Archivo mensual: junio 2012

Con bombos pero sin platillos

Confieso: fui prejuiciado al carnaval de este año, con la idea de encontrarme una vez más carrozas poco felices, comparsas alegres pero no lo suficiente como la cuidad lo exige y un pueblo que, amén de poseer un espíritu fiestero inigualable, aprovecha la más mínima oportunidad puesta a su alcance para el esparcimiento, ante la ausencia de propuestas para alegrar los corazones en medio de los avatares cotidianos.

Para suerte mía, estaba equivocado, hasta la mitad. Las fiestas sanjuaneras del fin de semana recobraron parte del brío opacado en los últimos años. Al menos, los trajes de las comparsas animaban con su colorido y brillo las humedecidas arterias de la ciudad, después de una semana con lluvia persistente. El sonido de los tambores no cesó mientras la conga invitaba a “arrollar” tras ella con el toque de los cueros.

Volví a ver en las manos de algunos miembros de la agrupación de danzantes los casi extintos faroles, cuyo constante girar regalan al entorno carnavalesco un colorido particular que se funde con el encanto de las casonas coloniales, la risa de la gente y el rozar de los pies por las calles de piedras al compás de la contagiosa melodía de la clásica “Caminadora”, de Los Zafiros, una canción de reguetón, o la más inesperada pieza musical, todas versionadas a ritmo de conga que, vale decir, suenan muy bien.

De eso se trata, de un pueblo aferrado a celebrar la fiesta de San Juan aunque San Pedro ordene a las nubes llorar sobre la villa. De las ocurrencias surgidas a manos de dos trompetistas que, en medio del chubasco a mitad de paseo el sábado en la noche, comenzaron a “batirse” en duelo. Cada uno desde una esquina retaba a su adversario a superar los acordes impuestos por la trompeta. La disputa terminó sin ganadores porque todos volvieron a sus puestos para seguir el recorrido cuando escampó.

Pero algo falta. Lo sé, siempre hay un “pero”.

No logro olvidar las anécdotas narradas por mi abuelo de aquella Trinidad cuyos barrios se engalanaban en cada fiesta sanjuanera, gracias al ímpetu de los vecinos que aportaban cuanto podían para regalarse a ellos mismos, y regalarle a la ciudad, unos carnavales a la altura de la significación misma de esta celebración popular.

Persisten en mi recuerdo las descripciones del “Barrio de los Indios”, liderado por Conchita Téllez, en la calle Boca; el “Barrio de la Torre”, donde un año colgaron de un extremo al otro de la calle tapas de las laticas de leche condensada para cuando el viento las acariciara, sonaran de forma diferente-a más lejanía una de otra el sonido era más fino- y ofrecían al jolgorio una sinfonía atípica pero encantadora; o el “Rincón del Amor”, desde la confluencia de las calles Gutiérrez y Rosario hasta la esquina de Desengaño, donde terminaba con un cartel de mensaje muy sugerente «Aquí se acaba el amor», porque justo en esa esquina estaba la Funeraria.

Cuentan los ancianos que en los ’60 Germán Pinelli visitó estos lares con motivo de las fechas, llegó a un barrio periférico y detuvo el carro ante el aroma exquisito que le llegaba de no sabía dónde. Cuando caminó por las calles de tierra advirtió que los habitantes de la zona resolvieron cubrir la fealdad de las oxidadas cercas con rosas, claveles y azahares, para “vestir” su territorio como los ubicados en las principales vía de Trinidad, y el locutor cubano sucumbió ante aquellos perfumes brotados de las flores.

Añoro distinguir zancudos, las Mascaritas-también conocidos como Disfrazados o Aburridos-: personas con caretas o antifaces disfrazados voluntariamente para salir por las calles; las comparsas con más brillo como la tan renombrada de Muñoz; carrozas de mayor estética, no tiradas por un tractor con una imagen descuidada cuyo motor puede detenerse en medio de la calle y terminar con el recorrido de la noche.

Aspiro a ver resurgidas estas ideas acompañadas de otras tantas iniciativas emergidas desde el interior de la ciudad, cuyos habitantes constituyen los protagonistas de estas jornadas. Aquellas ideas que dieron fama a esta localidad en materia de carnaval en la década del `60. Ese ánimo entre las personas por mantener en secreto el tema de su barrio para garantizar el primer puesto en la competencia. Nada demandaba de grandes recursos- vocablo pertinente para justificar la apatía y los pocos deseos de hacer -, pues todo nacía de las ganas, no de suntuosas sumas de dinero.

Ojalá termine la costumbre de asociar esta celebración como pretexto para pasarse de tragos y propiciar altercados absurdos. 

He asistido a las Parrandas de Remedio, de Vueltas, las tradicionales “pugnas” entre el Bando Azul contra el Rojo en Majagua, Ciego de Ávila… En no pocas oportunidades siento envidia del ánimo de sus moradores para evitar la pérdida del patrimonio intangible de su territorio, que conforman la identidad cultural de esta Isla.

Soy demasiado joven para defender recuerdos de una época que no me pertenece, pero si tantos criterios apuntan a la desaparición paulatina del espíritu carnavalesco en Trinidad, algo de cierto debe existir en los comentarios.

Este año hubo bombos, para suerte de todos, pero persisten memorias que urge revivir para disfrutar de  unos carnavales como Trinidad lo merece. Solo entonces, tal vez retome el tema y este post tenga una segunda parte donde aparezcan los platillos ausentes esta vez.

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Recuerdos de cumpleaños

Este viernes nada era más importante en mi casa que preparar el brindis para los invitados a los 15 años de mi prima.

Ocho personas acometíamos esta tarea titánica. Titánica, sí, porque colocar el bocadito, la ensalada fría, el dulce, la croqueta en 150 platicos plásticos; luego, llevar esos platos llenos a otra mesa para cubrirlos con papel retráctil y evitar las impertinentes moscas; ponerlos dentro de una caja y, por último, trasladar la caja hacia una habitación con aire acondicionado, por temor a la descomposición de cualquier alimento, a causa de las altas temperaturas… resulta un trabajo tan loable como el sobrecumplimiento del plan de producción de cualquier empresa, o más, si todo el proceso fue a mano y parte del menú nació en el fogón de mi hogar .

“Caballero, es increíble cómo cambian los tiempos. ¡Ahora, ni los cumpleaños son iguales a los de antes!”, comentó no sé quién. La frase rompió la enajenación del proceso preparatorio y despertó reminiscencias adormecidas.

Primero reaparecieron las casi desaparecidas cajitas de cartón, perfectas para este tipo de celebración. Para muchos, armarlas devenía tarea tan compleja como resolver una ecuación matemática. Su tapa podía quedar despedazada en un dos por tres, para fabricar el más rústico de los cubiertos, a falta de cucharitas o tenedores.

En su interior, los niños introducían los dedos para llevarse a la boca cualquiera de las golosinas en medio de la fiesta y los adultos zambullían el carnet de identidad en determinado almuerzo, actividad laboral, etc., cuando el material de fabricación era demasiado débil.

En las fiestas de cumpleaños, todo lo anterior sucedía al término de la sesión fotográfica. ¿Por qué? No me digan que no pertenecen a la generación donde el cake de las fotos era el mismo utilizado en el brindis.

En mi caso, la repartición de la comida ocurría después, y solo después, de concluido el momento de esas posiciones tan simpáticas: sentados encima de la mesa detrás de las velitas encendidas, en medio de mami y papi; con abuelos y bisabuelos de ambas partes; los padrinos, si tenías; tíos, primos, los mejores amigos, profesores, compañeritos de aula…hasta sumar el barrio entero, en la última toma.

Aquellas imágenes estaban cuidadosamente planificadas-no pocos padres hacían una lista-. Las cámaras eran de rollito y cada miembro de la familia debía posar con el homenajeado antes que la cinta terminara. Si el niño lloraba o se ponía majadero, disparar el flash podía demorar buen tiempo porque “no se podía permitir ni una foto desperdiciada”. Por no hablar de los fotógrafos contratados. Recuerdo a Wilfredo Villafaña, un señor de cara y cuerpo gruesos, cuyo lente me retrató en más de un aniversario.

¡Qué decir de la decoración! Los comestibles servían como los adornos más efectivos. A un lado, una bandeja de bocaditos o galleticas; del otro, botellas de refrescos. El ornamento variaba en correspondencia con los abastecimientos destinados para la celebración. Al fondo, el clásico ¡Feliz cumpleaños!, el mantel más elegante, a modo de dosel o la mejor pared de la casa para que “la foto saliera bonita”. Tuve un cartel de Elpidio Valdés que decía ¡Felicidades, Carlos Luis!, y a los pocos meses se convirtió en ¡Felicidades, Alejandro!, cuando llegó el cumple de mi primo. El nombre cambió infinidad de veces, hasta que fue imposible escribir sobre lo re-escrito.

El único elemento invariable en todo el embellecimiento resultaba el cake, siempre al centro de la mesa, repleto de espárragos por sus cuatro costados. Por cierto, hace tiempo no veo una planta de espárragos. Debo buscar una para Lente Compartido, porque dentro de poco será una reliquia.

“Caballero, es increíble cómo cambian los tiempos”, repetíamos en la cocina de mi casa y hablábamos de las sumas de dinero destinados hoy para el “primer añito del niño”, de la presencia de La Bella y la Bestia, La Sirenita, entre tantos otros personajes de Walt Disney impresos en artículos para fiestas. Yo atrapaba cuanto momento quisiera en mi cámara digital, con la tranquilidad de poder descargar la tarjeta con solo dar un clic, si esta se llenaba.

“¡Ahora, ni los cumpleaños son iguales a los de antes!”, decíamos mientras veíamos en la mesa del comedor un mar de platos plásticos, cubiertos de papel retráctil, como reemplazo a las cajitas de cartón, listos para servir este viernes, cuando nada era más importante que preparar el brindis para los invitados a los 15 años de mi prima.

Frente a María, a Ochún, a Cuba

“(…) vida, dulzura y esperanza nuestra (…) A Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”.

Nueve años trascurrieron para que mis padres pudieran llevarme al Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba, a pagar una promesa hecha el día que nací, cuando la vida de este prematuro peligraba en una incubadora del hospital.

Del templo recuerdo poco. Sabía que ante mí tenía a la Virgen, a la Patrona de mi país, pero era más por repetición que por convencimiento. Me impresionaron las medallas, uniformes deportivos, charreteras de los militares, y tantos otras ofrendas- a mis ojos infantiles, solo objetos puestos de forma organizada sobre paredes y mesas, una especie de almacén gigante-, como recompensa a un deseo concedido.

Por eso, agradezco mucho el viaje de este sábado cuando más de 50 jóvenes de Trinidad, Cienfuegos, Las Tunas y Sagua la Grande emprendimos rumbo a la tierra caliente, para visitar a la Virgen Mambisa.

Quienes iban por primera vez el templo regresaron con un sueño cumplido. Yo traje en mi equipaje la satisfacción de tener en Cuba un lugar muy interesante para ver desde una perspectiva popular, socio-cultural, más allá de la significación religiosa. Fue en este viaje cuando entendí que cuando se trata de la Madre de Cuba, el ateísmo puede cuestionarse y ni la más efectiva catequesis católica logra explicar el fenómeno de lo popular en torno a la Virgen.

Todavía no he encontrado algo o alguien que logre convencerme cómo es posible que el sábado escuché 4 veces, porque las conté, decir en el Santuario: “yo no creo en Dios, pero sí creo en la Caridad”; cómo un policía me llamó el año pasado, mientras la imagen peregrina caminaba por las calles de Trinidad, y con un misterio tremendo me preguntó: “ciudadano, ¿usted es la de la Iglesia? Era para, si puede, me dé una estampa de la Virgencita…”.

Nadie logra darme un motivo bien fundamentado de cómo mi ahijado, de apenas tres años y sin el más mínimo conocimiento de religión, me dijo sin más “Nino, esa es la «virgenchita»”, cuando señaló la imagen que tengo en mi billetera;  por qué mi abuelo, ateo confeso, salió a ver la procesión de la Virgen y se acordó de mi bisabuela, también de nombre Caridad; o qué motivó a una de mis mejores amigas del aula a pedirme una imagen para su cuarto porque “aunque no la venere, me gustaría tener una”, me dijo.

A pesar de mi formación religiosa, de la que vivo orgulloso y lo estaré hasta el fin de mis días por lo mucho que me ha servido, esta vez decidí abrir una brecha entre las fronteras del dogmatismo para aceptar la existencia de “cosas” inexplicables, al menos por ahora.

No importa si la que está allá, en la cumbre del altar de la Iglesia del Cobre, es la advocación de la Virgen María, madre de Jesús; la que apareció en la Bahía de Nipe ante tres hombres que buscaban sal, hace casi 400 años. Esa a la que Mariana Grajales le confió la vida de sus hijos en la manigua, años más tarde. Esa a la que los mambises construyeron un rústico altar, cuyas telas sirvieron a Carlos Manuel de Céspedes para hacer su primera bandera y a la que Ignacio Agramonte invocaba antes de cargar al machete.

No importa si la que está allá, en la cumbre del altar de la Iglesia del Cobre, es Cachita, la bella Ochún, dueña de los ríos, símbolo del amor, la feminidad… la Venus del panteón Yoruba, alegre y fiestera, con el tintineo de sus cascabeles para seducir a los Orishas y a los hombres, envuelta en oro, amante de la miel.

Cuando contemplé a los pies de la imagen a una religiosa, una muchacha echa “santo”, una madre embarazada, agradeciendo el poder tener su criatura después de una infertilidad diagnosticada; un negro, un blanco, jóvenes, ancianos, discapacitados y hasta una quinceañera… preferí acogerme a la idea de Jorge Mañach, cuando expresó que la Virgen de la Caridad era, en pocas palabras, Cuba y que era imposible hablar de Patria sin la Caridad del Cobre.

¿Pedestal pendiente?

La cotidianidad cubana no puede escribirse sin hablar de la bolsa de nylon: la jaba o jabita, como la llamamos cariñosamente quienes habitamos esta Isla. Su compañía es tan importante como la de una mascota y es, en este sentido, más económica porque no precisa de alimentación, ni corremos el riesgo que se enferme o atropelle un carro.

Es la compañera indisoluble de billeteras, carteras, monederos y bolsos de trabajar. A la hora de salir a la calle, se torna imprescindible no solo por si necesitamos almacenar algo, sino porque puede servirnos de auxilio ante cualquier eventualidad. Por ejemplo, nos ayuda a guarecernos de una lluvia sorpresa, a falta de sombrilla -no han sido pocas las veces que he visto gente corriendo en el medio de un aguacero con una bolsita sobre su cabeza-.

Por otros rumbos, su función se limita al transporte de alimentos o artículos adquiridos en algún supermercado o Centro Comercial; las diferentes firmas las diseñan a su antojo, con los más inverosímiles motivos. En Cuba, las preferimos sin tanto adorno, blancas o transparentes y así “pegan con todo”, como dijeran los expertos en moda; flexibles, para doblarlas hasta en el más pequeño de los bolsillos de un pantalón.

Aquí, el nombre varía según la zona geográfica: los orientales le dicen Cubalse, por una de nuestras cadenas de tiendas. Ha contribuido a fomentar la importancia del reciclaje. Bueno, a mí me vale como argumento lógico para justificar cuando la lavamos para quitarle malos olores y la ponemos a secar al sol para reutilizarlas, hasta tanto sea posible.

Tiene función lúdica. Los más pequeños unen sus asas con una cabuya larguísima y la empinan, como remplazo a los casi extintos papalotes. Provoca sustos: basta acercarse sutilmente a la víctima con una bolsita inflada, colocarla cerca de los oídos y ¡pam!

Por su parte, los adultos encuentran en su fibra el mejor material para limpiar los restos de alimentos después de comer, más efectivo que el indicado hilo dental- varios especialistas sostienen daña menos las encías-. Los hombres de la casa, la ubican como la solución perfecta  para eliminar salideros en el baño o la cocina, como digna sustituta del teflón, material utilizado en la unión de materiales de plomería.

A una buena amiga, le ha dejado un fuerte trauma: una vez soñó que era perseguida por un bandido, quien usaba una jaba como arma homicida al ahogarla. Desde ese día, mi amiga, no puede evitar asociar este objeto con la pesadilla y, me confiesa, le da escalofríos de vez cuando.

Sin embargo, la jaba parece sentirse ofendida porque los arquitectos ni siquiera han esbozado el proyecto para levantar el pedestal propuesto por el humorista cubano Carlos Ruiz dela Tejera, en su monólogo dedicado a las bolsas de nylon. Tal vez por eso, esta camarada del cubano de hoy, nos castiga a menudo, al desaparecer de las tiendas e ir a parar en manos de revendedores, quienes cobran un peso en moneda nacional a cambio de una.