Archivo mensual: julio 2012

El fin de la ausencia

Por muy atrevido que parezca, y hasta cierto punto presuntuoso, me atrevo a asegurar que la reapertura del Museo de Arqueología “Guamuhaya” de Trinidad puede ubicarse entre los acontecimientos más importantes acaecidos en los últimos años en la palestra cultural de la ciudad.

Tal vez fue el espíritu de Juan Andrés Padrón y Jiménez de Valdespino, uno de los potentados en tiempos del esplendor azucarero y antiguo dueño del inmueble; o el fantasma de Ángela Borrell, otra de sus propietarias después, el motivo para impulsar de una vez y por todas el renacer de una institución clausurada por diez años. Quizás todo se deba a factores más objetivos como la proximidad de los cinco siglos de fundación de la tercera villa, los festejos por determinada fecha…

Sea como fuere, la vox populi no deja de agradecer el tan esperado regreso del museo, único de su tipo en la región central de Cuba, en donde no pocos trinitarios pasaban horas admirandos por los animalillos disecados, esqueletos o instrumentos de trabajo pertenecientes a los aborígenes que habitaron el macizo montañoso Escambray en tiempos inmemoriales. Por sus salas desfilaron incontables visitantes seducidos por el encanto de los secretos sepultados bajo tierra, imprescindibles para comprender buena parte del devenir histórico del territorio y, ¿por qué no?, de la Isla toda.

Diez años duró el letargo, a falta de recursos- ¡ay, “recursos”! si la palabra en sí misma supiera la connotación que ha adquirido para los cubanos, seguro exigiría un pago por su empleo-. Aunque en varios momentos se avizoró el retorno, la resurrección definitiva de este palacete colonial enclavado en uno de los costados de la Plaza Mayor no terminó de “cuajar”. “Ver para creer: llegamos a los 500 sin Arqueología”, decían en las calles.

Bastó abrir las puertas y ventanas para que el público invadiera las nueve salas de exposición con la avidez de lo desconocido, la curiosidad de ver “cómo quedó” o el deseo de despertar nostalgias.

Al caminar por el piso de loza bremesa, yo también caí en las redes de las remembranzas. Recordé que fue en el interior de esta casona donde amasé el barro por primera vez y miré esqueletos de hombres y animales sin espantarme. Todo gracias a los talleres impartidos por Alfredo Rankin-fundador y primer director del mueso-, una versión humana del Tío Mat el viajero, de la serie Fraggel Rocks, muy de moda en mi infancia, por su barba blanca, chaleco atestado de bolsillos y gorra de explorador; pero, a diferencia del animado, éste hombre hurgaba tierra adentro para explicar el pasado.

“Más vale tarde que nunca”, resolví. Para nada aplaudo tan demorado retraso, pues si todas las instituciones necesarias de reparar en Trinidad requirieran una década de clausura sería algo así como el cuento del nunca acabar. Por esta vez me queda el sabor de la satisfacción porque la ciudad recuperó una de sus instituciones más preciadas, esa por cuyos salones recorrió el naturalista y explorador alemán Alejandro de Humboldt en 1803, cuando estuvo por estos lares.

Es un hecho: el Museo de Arqueología recuperó su esplendor de antaño; está de vuelta, ansioso por ilustrar los capítulos de la etapa prehispánica y colonial de la región arqueológica centro-sur de esta isla nuestra de cada día.

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WANTED!

Por un momento me transporté a una película del oeste norteamericano. A los pueblos de clima árido, vacas, buitres, con una sola calle que agrupaba las casas de los pobladores, la oficina del Sheriff- éste con la típica estrella dorada prendida de su chaqueta de vinil oscuro-, alguna tienda de víveres y la clásica taberna con mamparas de madera donde los cowboys bebían hasta la embriaguez, piropeaban a las mujeres de mala vida… y los hombres más bravos, o los despechados, retaban a batirse en duelo a cualquiera, con tal de alardear de su destreza con la pistola.

Pensé en los anuncios clavados en postes, paredes, puertas y cuanto lugar fuera posible para alertar sobre cierto prófugo de la justicia o bandolero en general. El único recurso válido para la identificación del bandido era el retrato dibujado a mano sobre las pancartas de color sepia encabezadas por una palabra: WANTED (SE BUSCA, en español) escrita con una tipografía gigante. En la parte inferior aparecía una suma de dinero, como recompensa a quien atrapara al delincuente.

Pero no estaba en el lejano oeste- aunque el calor de estos días puede ponerlo en duda-, mucho menos en un set de filmación; ni se rodaba ninguna película en Trinidad. Tampoco buscaba a un criminal sino al llavero de la Zona Monumento quien, por cuarta jornada consecutiva, había dejado secas las vías que enmarcan la Plaza Mayor, donde vivo.

Créanme, no exagero cuando afirmo que ese joven de treinta y pico de años se ha convertido en un personaje tan popular, o más, que cualquier investigador de renombre o figura pública. No ocupa un puesto directivo- se subordina a la Oficina de Acueducto y Alcantarillado-, pero es dueño y señor de los conductos sumergidos bajo de las piedras de mi barrio; es una especie de San Pedro sobre la tierra. Basta introducir su llave maestra en el lugar justo, girar hacia la dirección correcta para regalar tanto alegrías a las casas de la zona cuando los grifos suenan, como molestias no aptas para hipertensos o diabéticos si transcurre casi una semana sin avizorar la más mínima gota, mientras que en los alrededores corren riadas cristalinas.

Tal vez tenga la potestad de disponer del preciado líquido a su antojo, eso explicaría por qué si tiene mal humor no “pone” el agua; quizás desvía el fluido hacia sitios puntuales, o tenga la anuencia para alterar los ciclos establecidos para el abastecimiento de cada zona, entre otros permisos desconocidos en mi circuito.

Probablemente, ni él mismo imagina su protagonismo en la cotidianidad ciudadana de esta parte del Casco Histórico. A lo mejor es tímido, quiere le haga una entrevista y por eso desaparece, dejándonos como flores marchitas clamando por lluvia.

Es mulato, se tiñe el pelo de rubio, usa ropa un tanto extravagante y en su mano aprisiona la llave maestra. Esa es la descripción más puntual que puedo ofrecerles. ¿Por qué? Para si se tropezaran con él le pidan regrese de inmediato a “bautizar” las tuberías resecas. Yo no le ofrezco un premio en metálico, pero sí un post para enaltecer su trabajo.

A tal punto llega la desesperación que hago una súplica parecida a la del piloto de “El principito” en el párrafo final del libro escrito por Antonie de Saint-Exupéry: si lo ven, ¡sean amables entonces! No me dejen así, escríbanme, díganme que el llavero ha vuelto.

Nostalgias de sombras

Aquellas noches eran muy largas, decía mi madre. La comida debía estar lista con mucho tiempo de antelación porque podíamos quedar en penumbras de repente, tal cual había sucedido el día anterior.

Tenía apenas tres años. Ni siquiera sabía el año en curso. Mi único interés consistía en acostumbrarme a las dimensiones de la casona ubicada frente a la Plaza Mayor donde vivía desde el mes de noviembre después de un reajuste familiar de hogares: un palacete del siglo XVIII heredado por mi padre de manos de mi tatarabuela, cuyas dimensiones resultaban aplastantes al compararlas con la morada pequeña que me vio nacer, ubicada en el otro extremo de Trinidad, cuyo quicio servía a mi abuelo materno para contar historias al atardecer, como lo hacía el Narrador de Cuentos sentado al calor de la estufa.

No entendía por qué cuando llegaba la más tenebrosa negrura, los sillones y butacas del juego de sala de mi abuela materna eran trasladados del salón principal hacia la acera, para conversar hasta bien entrada la madrugada.

Esperaba la oscuridad como quien aguarda un regalo de cumpleaños porque cuando el quinqué de casa se encendía mi madre me contaba una historia distinta cada noche, escrita sobre la marcha cuyos protagonistas ella dibujaba al acomodar sus dedos gruesos a la luz emanada del recorte de frazada para limpiar el piso convertido en mechero. Nacía así una serpiente, una mariposa, un venado, un conejo… entre tantas otras siluetas.

Afuera mi padre hablaba con quien llegara de repente o cruzara por las calles negras. Recuerdo a un hombre llamado Pascual Cadalso: alto, flaco y de nariz pronunciada a quien escuché contar chistes cuando Trinidad estuvo 15 días a oscuras tras el paso del huracán Denis, mucho tiempo después.

Mientras, yo trataba de imitar con mis manos huesudas la serpiente representada en la pared de la saleta, cuyo perfil parecía el de una culebrilla inofensiva comparada con la de mi madre e intentaba construir una fábula con mis propias sombras.

Años más tarde me enteré que en aquel entonces corría el año `92, estábamos en Periodo Especial y el culpable de no poder ver la televisión o leer mi libro de La buena dueñita se llamaba apagón: suceso de una repercusión socio- psicológica inimaginable para los cubanos; fenómeno cuyo vaticinio ponía en duda las habilidades premonitorias de cualquier sabio, pues podía llegar de súbito aunque el día anterior lo hubiesen anunciado a determinada hora.  

Comprendí  por qué debía bañarme con el sol afuera, qué significaba la frase “tener algo adelantado para cuando regrese”, dicha por papi en las mañanas cuando ponía a ablandar los frijoles antes de irse a trabajar así como los rezos de mami a las once mil vírgenes para terminar de hervir el agua y sumergir luego mis pañales orinados. Era como el juego del gato y el ratón. ¿Quién ganaba: los hombres o el corte de energía eléctrica?

Supe que las sombras en la pared constituían el método más cercano a lo infalible para luchar contra mi intranquilidad desmedida y evitar algún tropiezo en medio de la oscuridad.

Pero no fue hasta apenas unas semanas cuando aprendí que los padres de muchos amigos míos también regalaron noches de historias con las siluetas emergidas de la luz de una chismosa, una vela o un quinqué para embelesarlos-aunque a una amiga lejos de apaciguarla, la alteraban-.

Solo espero que cuando la vida escriba el capítulo de mi generación-años más, años menos- además de hablar de cambios en la educación, la moda, la manera de asumir la vida, de una “juventud perdida”, entre otros criterios subjetivos y discutibles… no olvide mencionar que también fuimos los niños criados con sombras en la pared, reproducidas hoy por nosotros mismos para calmar a un pequeño si el apagón nos sorprende o como memoria de aquellas noches ahora recordadas con tristeza, mágicas entonces.

La aventura de la Isla

La Isla de la Juventud, cerámica hecha por sus artesanos

El título parece el de una historia de corsarios, piratas, esclavos, castillos, fortines de guerra; de la búsqueda de algún tesoro escondido en los confines de un terreno bañado por  el mar, de princesas y nobles caballeros de la realeza, como las escritas por el francés Alejandro Dumas.

Por favor, no sufra usted una desilusión si le confieso que los protagonistas de los episodios de esta semana resultan siete estudiantes universitarios enrolados en un viaje para conocer aún más sobre los lugares de Cuba y su gente; de siete jóvenes interesados, además, en sumar otra locura a la relación de sucesos descabellados cometidos en una etapa inolvidable de su vida, dos semanas atrás.

Meta: Isla de la Juventud. Con meses de antelación parte de la “tropa” gestionó los pasajes para La Habana, luego hacia el Puerto de Batabanó, después los boletos para zarpar en el catamarán hasta el Municipio Especial del archipiélago. Estos trámites pueden considerarse toda una proeza, créanme. Obtener siete asientos para un trayecto tan largo y complejo merece al menos un reconocimiento de la Empresa de Ómnibus Nacionales.

Claro, nada podía ser tan fácil y una hora antes de comenzar el viaje rumbo a la capital sufrimos el primer desagravio al enterarnos que no aparecíamos en el listado de pasajeros. Al final, burlamos el presagio negativo sobre la aventura vacacional, aunque nunca aparecieron los culpables del incidente. Horas después vislumbramos la terminal habanera, luego el mar de Batabanó. Más tarde llenamos la panza del Catamarán “Río las Casas” hasta poner pie en tierra para averiguar cómo llegar hasta el Campismo Arenas Negras, puerto definitivo.

Imaginaba la Isla de la Juventud diferente. Suena pesimista pero mientras recorríamos el boulevard aún sin terminar de Nueva Gerona, municipio cabecera, las descripciones recogidas en los libros, Internet y la memoria de no pocos sobre el olor a azahar y toronja, cultivos exportados hacia otras latitudes décadas atrás; el rugir de las máquinas mientras sacaban el mármol de las entrañas del territorio llamado también Isla de las Cotorras… contrastaban con la sensación de estanco, pereza y una dosis de olvido.

A lo mejor la suerte nos jugó una trastada y cuando creíamos encontrar un pinero de pura cepa resultaban emigrados de Camagüey, Las Tunas, entre otras provincias de Oriente; cuyo deseo inmediato resultaba cruzar el mar para volver al hogar que dejaron, o vivir en el algún lugar del Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí, aun cuando la mayor parte de su vida había transcurrido en la Isla del Tesoro, otro nombre dado a este sitio de la geografía cubana.

Las esperanzas descansaban entonces sobre el Presidio Modelo. Tampoco corrimos mejor fortuna. Solo la parte donde quedaron confinados los moncadistas en los años `50 sobrevive de una instalación gigantesca que, pese a ser un sitio cuya historia “(…) abruma y deprime… los hombres devinieron monstruos, algunos pocos héroes, y centenares fueron redimidos por el martirio (…)”, al decir de Pablo de la Torriente, constituyó una de las grandes obras arquitectónicas en tiempos neocoloniales y se erige como testigo de capítulos vitales de la historia patria.

Torres abandonadas, atemorizantes por fuera, destruidas por dentro; marcas del paso de la lluvia y el silencio de lo que pudo ser conforman el escenario para los visitantes. Tarea sencilla no debe ser dotar de matices atrayentes a un sitio destinado a reos -escribo “debe” pues poco conozco de museografía- pero la esencia no radica en tal o mas cual montaje sino en la necesidad de quitarle la soledad a un lugar inspirador de tristeza de por sí.

Pero la realidad siempre nos sorprende con personajes que, al menos yo, agradezco mucho conocer porque sus anécdotas son tan interesantes como las escritas por los investigadores de renombre, o más. Es el caso de una señora con quien conversamos a la orilla de la carretera, mientras aguardábamos una guagua que debía pasar rumbo al campismo y nunca llegó.

Se llama Norma, roza los sesenta, tiene piel agrietada, carácter bravo como el más viril de los hombres y en menos de una hora habló de su llegada a la Isla de la Juventud, cuando emigró de la Ciudad de los Parques; nos conversó de su hijo, médico internacionalista recién llegado de Venezuela; de sus guardias nocturnas como custodio en el Ministerio del Azúcar. Contó de aquella próspera Isla de la Juventud por quien cambió su natal Holguín y hoy añora porque “no es ni remotamente como era cuando llegué hace 25 años”. Una mujer que levantó las paredes de su casa son sus propias manos, sin ayuda de ningún albañil. “Yo misma hice la mezcla. Un día ponía un bloque; otro día, dos…”, confesó.

La imagen de un territorio cuyos recursos pudieran explotarse con más efectividad, la poca expresividad de la mayoría de los pobladores… se mezcló durante los 4 días de aventura con estampas como la celebración de un cumpleaños en pleno campismo, con mosquitos cuyas picadas todavía conservo pero al final me rio de las noches cuando terminamos de comer para recluirnos en la cabaña a jugar cartas como si estuviéramos en una beca y el roce de las arenas negras sobre mis pies-aunque prefiero mi playa Ancón, pese a su suciedad-.

Al final también trajimos en el equipaje de regreso el sabor de la aventura, sitios pendientes como la finca El Abra, donde estuvo Martí en su juventud, junto al recuerdo de una ciudad encaprichada en sacudirse de sus descalabros para retomar la producción de mármol; en enamorar a foráneos y moradores tal como lo hizo con Cristóbal Colón en 1494, cuando el navegante español descubrió en su segundo viaje esa islita de aguas tropicales a la que bautizó como La Evangelista, localizada muy cerca de Cuba.

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