Archivo mensual: agosto 2012

El que no sabe…

Con la llegada del ocaso, y  después de maltratar el último resquicio de Trinidad durante el mediodía, el Sol colorea esta villa detenida en el tiempo, alguna que otra brisilla vespertina refresca el ambiente y visitantes de los rincones más impensables del orbe caminan por la zona histórica del territorio para tomar fotografías, disfrutar de la magia del atardecer, conocer acerca del pasado de la ciudad, etc. Bueno, esto último puede ponerse en entredicho. Fíjense:

“Muchas casas de este lugar tienen muebles que están en la localidad desde 1513 (…), los antiguos palacetes ubicados alrededor de la Plaza Mayor fueron las primeras viviendas construidas en el territorio (…), justo aquí, en el Centro Histórico, fue donde se fundó la tercera villa de Cuba (…)”.

Tales atrocidades- no encuentro otra palabra para calificar la sarta de mentiras en la declaración anterior- las escuché recientemente en boca de un guía de turismo, mientras ¿informaba? a un grupo de extranjeros, en horas de la tarde.

Desde la ventana de casa también yo contemplo la belleza de esas casonas cuando el encanto crepuscular las alumbra; soy testigo de cómo los idiomas o dialectos de cada conglomerado de foráneos se funden en un idioma ininteligible y el sitio donde otrora vivieron los potentados del terruño se transforma en una versión postmoderna de la Torre de Babel.

En principio, por supuesto, me resultó risible ver cómo los turistas asentaban ante cada una de las falacias pronunciadas por aquel hombre uniformado, alto, con un tono capaz de convencer al mismísimo Papa y cuyo poder de persuasión-o manipulación- envidié de repente.

Luego llegó el razonamiento y sentí pena por él. Me dolió su ignorancia, el poco respeto que sentía hacia su trabajo. Pensé a cuántos más habría embaucado-o lo haría en tanto alguien se percatara-mientras aquellos veraneantes le regalaban un aplauso al término de su “actuación”.

Ojalá algún conocedor hubiese estado cerca para desmantelar el show, aunque en el presunto caso que alguien pasara, de seguro continuaría su paso por respeto o miedo.

Coincidí entonces con el refrán de “el que no sabe es como el que no ve”; sentí tristeza por esos viajeros, que quizá constatarían después habían sido víctimas del engaño, pero no supieron en ese preciso instante que resulta imposible la presencia de muebles en Trinidad en 1513 porque para esa fecha todavía era un terreno habitado por aborígenes-quienes no sabían de butacas ni sofás europeos-; que la villa nació un año después en los márgenes del Río Guaurabo, bien lejos de la Plaza Mayor… y la fábula narrada por aquel hombre insensible carecía de veracidad.

No sé el nombre del guía, tampoco importa. Tengo bien clara mi posición respecto al engaño.

Porque también he viajado a otros sitios de esta Isla para conocer más sobre ella, me solidaricé desde mi ventana con aquellos desconocidos quienes, lejos de conocer sobre la historia local, aprehendían una narración ilusoria con la inocencia del ignorante.

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Punto de giro

“¿Quién dijo que la vida era fácil? Siempre hay dolor y esfuerzo” Isabel Allende

El día transcurrió tranquilo… esperaba la noche para disfrutar de una cena italiana, planificada semanas atrás sin ningún motivo en especial, salvo estar juntos un verano más compartiendo aventuras que, tal vez, alegrarán nuestra existencia cuando lleguen las arrugas.

Ahí estaba, junto a mis amigos, sentados todos a la mesa, frente a nosotros fuentes de pasta con salsa blanca, vino, carne de cerdo asada y berenjenas fritas. Conversamos de lo humano y lo divino, de lo real y lo maravilloso, de un tiempo estival signado por playas, acampadas frente al mar, tabernas, charlas gratas, confesiones…

Ella tenía prisa porque debía ir a una reunión en la parroquia. Al principio el pretexto explicó su desespero y por qué abandonó su silla después de hacernos una foto de grupo.

Todavía con el sabor de la receta italiana en la boca, la velada hasta entonces divertida, mutó por completo y supimos que los días venideros estaban contados para nosotros: apenas avance septiembre ella partirá hacia otro rumbo porque “la vida consagrada es así”.

De sopetón, como la más cruel bofetada, la alegría despareció y las lágrimas borraron toda la felicidad de antes.

Fue un punto de giro-como el de los guiones cinematográficos-, ese acontecimiento imprevisto, impactante recogido en las teorías literarias, de producciones audiovisuales…que da un vuelco inesperado a la historia. Eso fue sí, un punto de giro que nos arrebató toda la alegría de la noche y nos trajo una tristeza que permanece imperturbable, aunque pasen los días.

Es una sensación capaz de destruir la coraza del hierro más áspero, donde todos los postulados psicológicos de “mirar el lado positivo de las cosas; de vivir intensamente cada día” desaparecen y quedas desnudo, indefenso… frente a un mar feroz contra el cual es imposible nadar.

Ya lo presentíamos, pero es innato al ser humano aferrarse hasta la hora última al mínimo retazo de esperanza por costumbre, o por el simple hecho de asirse a algo antes de entregar la victoria en bandeja de oro.

Todo cambió para todos y en todo. Hasta esta bitácora de martes sufre los desmanes del desconsuelo. Esta semana pretendía contarles sobre la extinta fiesta de Santa Elena, patrona del poblado de Casilda, ubicado cerquita de Trinidad, celebrada el pasado sábado, pero no logro hilvanar las ideas de manera coherente.

Pese a la voluntad de sobreponerme para no perder el orden de historias que tengo en mente para los próximos encuentros, nada surge que no apunte a María Josefa Vera Ríos-María José, como le decimos cariñosamente-, Religiosa de María Inmaculada, quien por más de cinco años ha hecho suya las calles, los campos… Trinidad toda; una mujer sabia que ha guiado al grupo de jóvenes del que formo parte; una malagueña aplatanada, capaz de resistir el calor, entender la cotidianidad cubana y que apuesta por la nobleza del ser humano en tiempos donde la incredulidad crece, tal cual lo hizo Vicenta María-la Santa que fundó la congregación de monjas a la que pertenece-.

No es fácil pero “esa es nuestra vida, estar donde se nos necesite”, nos dijo.

Quizás sean estas confesiones demasiado íntimas. A lo mejor muchos quedan desilusionados, pero prefiero un post sincero a uno insípido, escrito por los pelos, sin motivación alguna.

“El show debe continuar”, dicen en teatro. Y este continuará, lo prometo, pero les pido me disculpen esta vez. Sé que muchos entenderán porque, al menos una vez, la vida nos ha sacudido de golpe y existen sentimientos indispensables de canalizar porque te aprietan el pecho a más no poder.

Los dioses en Londres

Dos días han transcurrido desde la clausura de los Juegos Olímpicos celebrados en la capital británica donde cada país llevó los mejores exponentes dispuesto a inscribir su nombre para la posteridad, en conquistar la gloria deportiva, un puesto alto en el medallero, etc.

Objetivamente la magna cita ya es historia, pero en la praxis digamos que la teoría no se cumple a cabalidad. Todavía al pasar por cualquier zona, barrio….parece que el pebetero aún arde en el Parque Olímpico de Londres.

 Así sucede en la esquina caliente de Trinidad, la ciudad donde vivo. Este sitio, la esquina, es uno de los más pintorescos y populares de la villa. Apenas despunta el Sol y los apasionados al deporte confluyen en esa dirección para conversar, sí conversar, aunque a quien camine cerca le parezca presenciar la más enardecida pelea, a juzgar por el tono exacerbado y la gesticulación con que cada quien defiende su hipótesis.

Por ese lugar tan caliente-nunca mejor puesto el adjetivo a estos espacios que abundan a lo largo de toda la isla- pasé ayer y escuché una frase muy útil para engrosar una verdad que esgrimo desde hace años: los nacidos en la Mayor de las Antillas somos únicos, estemos donde estemos.

Discutían sobre la actuación del cubano Dayron Robles en la carrera de los 110 metros con vallas: que si ya estaba previamente lesionado, que si el dolor fue repentino… cuando de pronto un hombre alzó la voz dispuesto a defender su punto de vista: “lo que pasó fue que el padrino no le hizo un buen trabajo, compadre, más ná que eso”.

Al principio la idea me resultó ocurrente, pero horas más tarde, mientras conversábamos en casa, sirvió para despertar imágenes en apariencia intrascendentes captadas en las transmisiones en vivo por uno de los tantos lentes situados en los sitios más impensables de las instalaciones deportivas.

Aparecieron, entre otras, la estampa de una gimnasta rusa cuya entrenadora la persignaba segundos previos a su actuación, un boxeador besando un rosario blanco antes de luchar, el equipo estadounidense de los 400 metros en la carrera de relevo quienes al terminar la competencia se tomaron de las manos, se arrodillaron e inclinaron las cabezas para rezar; e infinidad de atletas que antes de lanzarse al ruedo encomendaron su suerte a quien estimaran oportuno, besaron el suelo, murmuraron desconocidos soliloquios… hasta llegar al hombre más veloz del planeta, el jamaicano Usain Bolt, cuando tocó la cruz que lleva al pecho y miró al cielo tras su despampanante triunfo.

La tierra de la reina Isabel II se transformó, para mí, en el más folclórico de los lugares en todo el mundo, donde deben haber coexistido ¿pacíficamente? las más insospechadas deidades, criaturas, conjuros… 15 días atrás, luchando entre ellos tal vez desde un universo paralelo, para defender a los deportistas bajo su protección.

Entonces imaginé a los competidores de las más diferentes creencias con sus respectivos rituales para invocar a sus ancestros, fantasmas, espíritus, dioses, santos… antes de tomar el avión, el tren rumbo a la sede olímpica para que les “echaran una mano” y hasta especulé sobre la idea que muchos deben haber llevado sus “amuletos” para debilitar a sus rivales, al menos desde el plano espiritual.

Seamos francos: los atletas son de carne y hueso, y tratándose del más relevante suceso en el mundo del deporte celebrado solo cada cuatro años, de seguro cada quien se aferró a su asidero, sea cual fuere, preparación física y entrenamientos aparte.  

Parece jocoso, lo sé, pero si a todos se nos ha escapado un “ay, Dios mío”, aunque inconscientemente, cuando hemos estado con la soga al cuello no me extrañaría sumarme a la suposición de aquel hombre en la esquina caliente de Trinidad, quien a la pregunta lanzada por otro de los allí presentes: “¿qué pasó entonces con el chino Liu Xiang que también se cayó en los 110 metros con vallas?” respondió: “ná, que Dayron le «tiró» al chino con tó los hierros pa´ que se cayera y después el chino se la desquitó y le «echó pa´ arriba» algún espíritu de los de ellos”.

Nieve quemada

Una clara de huevo y dos cucharadas de azúcar blanca bastaban a mis bisabuelas para garantizar la felicidad de toda la familia cuando el calor inclemente arremetía en los meses estivales. Con solo batir los ingredientes emergía una de las confituras más comunes en la mesa de los cubanos: merenguitos quemados.

No fueron pocas las tardes en que mis antecesoras husmearon en la cocina para aprender cómo elaborar esos pequeños “copos de nieve chamuscados”, capaces de endulzar almas ácidas y días amargos.

Tal vez era esta una de las primeras recetas que se enseñaba a las jóvenes cuando debían enfrentarse por vez primera a las odiseas culinarias años atrás, o al menos este sería un buen argumento para explicar cómo a través del curso de los años no existe un cubano-perdón si la osadía sobrepasa límites- que no haya probado este platillo, al menos una vez en la vida.

Cuando las cocinas de gas ni siquiera figuraba en el imaginario del más loco, el carbón coloreaba el merengue hecho a mano, fruto del constante batir con el tenedor- instrumento providencial transformar lentamente aquellas claras de huevos en un monte blanco, al que más tarde se le adicionaba azúcar blanca-.

Factor clave resultaba el ritmo del proceso de batir, capaz de desperdiciar los ingredientes si se atrasaba la cadencia o, por el contrario, se aceleraba demasiado. A lo mejor encontramos en esta acción inmutable un antecedente al desarrollo de futuras bursitis…

Al final, poco importaba los malestares posteriores cuando las mujeres de mi familia servían la “obra terminada”. Podían estar solos o como pequeñas coronas encima de las natillas caseras después de almuerzo, comida o de manera inesperada pues, según me han dicho, no existía una hora puntual para degustar de su sabor; el deseo de “matar el antojo” resultaba pretexto ideal para agarrar un tenedor y empezar a revolver las claras.

Aunque después llegaron las hornillas eléctricas y unas vasijas plásticas donde mis padres batieron infinidad de veces para saciar mis caprichos y lograr que mi humanidad inapetente no sufriera de una hipoglicemia; aunque el gas dejó atrás el carbón para dorar la mezcla, algunas normas básicas de la receta permanecieron inmóviles.

Cuentan las anécdotas familiares que cierta vez un señor intentó hacer merenguitos quemados y, para ahorrarse el proceso del batir a mano, se auxilió de una batidora rusa que, lejos de ayudarlo, terminó por echarle a perder la claras de los huevos porque la gruesa espuma nunca cuajó. Solo a fuerza de tenedor, “a la antigua”,  se lograba el grosor exacto.

Estoy en busca de una explicación convincente para justificar cómo este delicioso plato ha desaparecido silenciosamente dentro de las propuestas culinarias, al menos por estos rumbos. Bueno, el precio del azúcar y los huevos se van un poco de las manos, últimamente… o la razón sea la tan manida excusa del ritmo acelerado de la vida moderna.

Quizá porque estoy “chapado a la antigua” y por mis venas corren manías familiares imposibles de olvidar es que no cambio los merenguitos quemados por las más exquisitas confituras industriales y de vez en cuando echo mano de un tenedor para agitar con constancia dos claras de huevos en busca de una nube blanca que luego pinto con la llama del gas de casa.

Mientras lo hago, rodeado de las anécdotas narradas por quienes comparten sus días conmigo, imagino a mis bisabuelas preparando merenguitos; a mi abuela materna colocándolos en el refrigerador para cuando mi abuelo regresara del trabajo… hasta llegar al instante donde me sorprendo a mí mismo delante del fogón para saciar mi antojo de nieve quemada.