Archivo mensual: septiembre 2012

Realidad esotérica

La Popa es un barrio que delimita el norte del perímetro urbano de Trinidad. De calles y callejones irregulares hasta el extremo, este sitio se erige en la loma donde reposa la ciudad. Desde la Vigía, cúspide situada metros más arriba, aguarda una vista panorámica del terruño desde los techos de tejas y palacetes coloniales hasta distinguir, al fondo, la península Ancón son su mar, ese inmenso hilo azul en el horizonte.

De pequeño corría hacia el cerro para mirar el atardecer. Sin embargo, nunca noté que tras pasar los pilotes de cemento sembrados en la calle para enmarcar un área del Centro Histórico, se abren las puertas a una realidad esotérica; un universo paralelo a la archiconocida imagen de la villa.

Mientras la alborada desplaza los residuos de la noche en otras partes del pueblo, calle arriba, donde los caminos se convierten en un laberinto, amaneció hace mucho rato.

Así lo comprobé cada una de las mañanas cuando enfilé mis pasos hacia el distrito número 5 de La Popa para supervisar a los cuatro jóvenes a mi cargo, responsables de censar cada uno de los domicilios del lugar, como parte del recién concluido Censo de Población y Viviendas.

Por esos lares se vive sin apuros porque “las cosas hay que cogerlas con calma, mi china. Si te agitas, te fermentas y hay mucho calor para estar en la funeraria”, le decía una mujer a otra. En la esquina, el mismo señor del día anterior llegaba con una jaula en mano, ésta con su respectiva tirita de tela roja para proteger de los malos ojos al tomeguín atrapado dentro de las varillas de punta, listo para “matar el tiempo” con el compadre que le esperaba.

En el patio de una casa ubicada en el callejón Sal Si Puedes una mujer lavaba a mano la ropa sucia a cielo abierto, restregaba contra sus puños el cuello de las camisas de uniforme para dejarlas impecables; a la vez, escuchaba la novela trasmitida por Radio Sancti Spíritus. Al filo de otra arteria asomaba un hombre que arreglaba bolsos de mujer sentado en la puerta, sin complejo alguno.

Sobre las once las ollas de presión comenzaban a cantar, el olor a potaje fresco se mezclaba con el aliento etílico del borracho que aún no había pasado la resaca del día anterior y ya tenía otra botellita en sus manos e iba feliz con su paso zigzagueante, entonando una versión libre de un bolero.

Subido en aquella loma recordé cuando descubrí hombres dedicados al quehacer de la randa y junto a la aparición de nuevas estampas que coloreaban el día, pensé otra vez en las historias escondidas por esos vericuetos, cuya escritura todavía está en deuda; en las imágenes que el lente de una cámara captaría con tan solo hurgar en las entrañas del territorio.

Al menos me confortó ver parejas foráneas por esos rumbos de Dios, dispuestos a admirar paisajes distintos al de la playa, el valle, entre otras opciones turísticas.

Después del mediodía llegaron los enumeradores. El primero habló de una señora que encendió la batidora en cuanto le vio llegar, para hacerle un batido fresco; el segundo contó de su experiencia al censar una casa con trece convivientes emigrados de Santiago de Cuba; la tercera habló de Fulana cuando le brindó un pan de la tienda con mantequilla echa en casa y el cuarto imitó la mala cara que le puso Mengana al abrirle la puerta y compartió el sofoco de cuando un perro casi le muerde el pie.

“El Censo de Población y Viviendas es como una foto para mostrar lo que sucede en Cuba a partir de determinado momento, en este caso, desde el 14 al 24 de septiembre”, nos dijeron infinidad de veces en la capacitación previa. Yo recordaba la frase mientras volvía a casa y la contrastaba con las imágenes que fijé en mi memoria para escribir después.

Esas instantáneas cotidianas dieron un vuelco al proceso de poner pegatinas en las puertas de las casas y llenar planillas. Ellas constituyen mi botín en la masiva investigación realizada. Tal vez no tengan colores tan vivos como las de la televisión y queden soslayadas por fríos resultados estadísticos, pero yo las defiendo a mansalva porque, gracias a ellas, miré otro rostro de mi ciudad.

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Fuga a conciencia

Todavía conservo el sabor de la primera vez que decidí obviar todas las ordenanzas, reglamentos y orientaciones de los superiores; cuando mis instintos opacaron toda objetividad y tomaron el control. Esa experiencia- atrasada, por cierto- la viví hace pocos días, a mis 23 años.

En Secundaria Básica tuve momentos parecidos, pero siempre acompañado por el resto de mis compañeros. Fue en noveno grado cuando, por primera vez, huimos todos en masa de aquellas clases televisadas que nunca superaron la aclaración de dudas hecha por el maestro frente a frente, con tiza y borrador en mano.

Ese día cuya fecha no recuerdo, un emisario bajó del aula ubicada en el cuarto piso donde debíamos permanecer hasta las 4:20 de la tarde, constató que la puerta estaba sin vigilancia, dio la señal y los 30 alumnos de mi clase corrimos en estampida, como la manada más indomable.

Después vinieron los años en el politécnico y las evasiones de las clases de Física, pero siempre-repito-por decisión unánime-sin consulta con los maestros, por supuesto- y utilizando la puerta como salida cada vez.

Cuando analizo esas escapadas colectivas con la lupa de mis 23 años todavía inmaduros, resuelvo que también yo me sumaba a dichas sublevaciones de adolescencia para no ser “el voto en contra”, a veces; otras, por la aparente insubordinación de esos años y la tranquilidad de “arder todos en la misma hoguera” en caso de algún inconveniente.

En la universidad es distinto: cada cual asume las consecuencias de sus actos. Eso sí, esperamos los diez minutos estipulados para que el profesor llegue a impartir la conferencia. Si no aparece, cada cual toma sus pertenencias y sale del aula sin apuros, porque es nuestro derecho aunque a muchos profes todavía les cueste reconocerlo.

Nunca rechacé el estudio; al contrario, no me incomoda si el amanecer me sorprende con una libreta abierta, pero no resisto malgastar el tiempo, mucho menos que me obliguen a hacerlo.

Por eso cuando comprendí que había desperdiciado la mañana de ese sábado reciente en espera de cierta funcionaria, cuya llegada estaba prevista de nueve a diez de la mañana para una visita sorpresa anunciada desde el día anterior-¿no era sorpresa…? –, las manecillas del reloj picaban el mediodía en aquel local casi desierto, con poco menos de 30 personas, y ni siquiera aparecía la sombra de la inspección, no lo pensé dos veces y violé, como pude, lo normado en el curso de capacitación que recibía.

Ante la imposibilidad de salir por la puerta principal, porque estaba custodiada para impedir la partida de quienes regresamos después del receso y así la visita encontrara al menos unas pocas sillas ocupadas de cuatro locales que debían funcionar, vislumbré en la ventana ubicada al final del aula la vía perfecta para huir.

Solo una insinuación nos bastó a una buena amiga y a mí para dirigirnos al fondo, asomar la cabeza, ambientar imaginariamente aquel momento con la música del filme Misión imposible, calcular la altura del muro entre el alféizar y el suelo, saltar, apresurar el paso hasta doblar la esquina y caminar rumbo a casa como los más experimentados prófugos.

Mensaje para las musas

A Gisse y Leydi, como felicitación atrasada por el día del periodista

Gisselle Morales Rodríguez-propietaria de una finca virtual– y Leydi Torres Arias-dueña de las botellas lanzadas al mar de la blogosfera– comparten la pasión por el periodismo, la prensa plana, la provincia de Villa Clara, el arte de seducir con las palabras, entre otras tantas afinidades.

A Gisse la conocí primero, un lunes, cuatro de enero, tres años atrás, en el salón de reuniones de Escambray, cuando la nombraron mi tutora en las prácticas del primer semestre de la carrera. Yo solo veía su pelo rubio. Ella estaba de espaldas, volteó, sonrió y movió los dedos en señal de saludo sin sospechar que a partir de entonces no lograría desprenderse de mí hasta los días de hoy.

Meses más tarde-yo estaba de vuelta a la Universidad-llegó Leydi. Aún no era mi profesora de Tendencias del Periodismo Contemporáneo, sino una estudiante de quinto año dispuesta a compartir el  deslumbramiento que sentía, todavía siente, por el periodista cubano Luis Sexto, eje central de su tesis, a través de una conferencia en la asignatura Grandes Figuras del Periodismo. “Es uno de los mejores en el país, sin chovinismo alguno”, dijo antes de empezar aquella clase en la que o rompía su abanico, o se declaraba hipertensa, a juzgar por el nerviosismo que tenía.

(…)

Aunque trabaje en Sancti Spíritus Gisse vive atrapada entre dos orillas y no logra desprenderse de su natal Sagua la Grande-como yo nunca lo haría de Trinidad, esté donde esté- y cada 15 días se echa la mochila al hombro- a veces la imagino como una estudiante becada todavía -dispuesta a regresar a la ciudad de sus nostalgias. Ama los gatos y el agua de río.

Leydi vive en Santa Clara, pero Cienfuegos es su ciudad predilecta. Escribe al mar. Sucumbe ante el Muelle Real, los atardeceres y todo cuanto huela a mar. De ser  posible desviaría cualquiera playa hacia Santa Clara, para no tener que viajar en busca del sonido de las olas.

Ambas hechizan con los helados, los postres; ambas perpetuaron mi nombre. Gisse lo hizo en tinta, un 23 de enero, cuando por vez primera publiqué en el semanario de Sancti Spíritus; Leydi me embotelló en abril, cuando contó sobre los tres Carlos de su vida-nunca antes habían escrito sobre mí en un blog personal-.

Sin pedirle permiso a ninguna de las dos, les robé un post a cada una-aún cuando sé vendrán muchos más y mejores- porque, en conjunto, labran el rumbo de cada martes en la isla nuestra de cada día. Ambos escritos descansan en la pared de mi cuarto.

Cuando leo A prensa fría,de Gisse, me convenzo que los teclazos más osados, el tratamiento del tópico más polémico no sirve de nada si carece de emoción, si el periodista no logra humanizar el acontecimiento más terrible; si no busca “la descripción pormenorizada y sin mordazas de los claroscuros que-por más que le pese a algunos-todavía tiene la realidad”.

Leydi me ha dedicado varias de sus botellas, la han acusado de escribir mucho sobre mí-lo cual ha despertado celos, estoy seguro-pero ninguna me apasiona tanto como Soledades. Con esas palabras nacidas en noviembre de 2011, supe que yo no era el único que, a veces, se siente solo a pesar de estar rodeado de mucha gente; que canalizar los sentimientos en estos predios digitales también resultan esencias válidas para “no sentirme en una isla desierta” porque los periodistas son de carne y hueso.

Me falta hacerlas coincidir para conversar hasta el amanecer. Eso sí, cuando nos sentemos a la mesa me toca a mí cocinar porque Leydi ha tenido malas experiencias frente a los calderos y los frijoles negros no son el fuerte de Gisse.

(…)

Hay quienes eligen como faro a eminentes personalidades. Yo, además, tengo dos musas -por cierto, ahora me percato las declaré mis musas sin consulta previa, ¡qué atrevido soy!-, autorizadas a tirar de mis orejas cuando desvíe el rumbo en el estilo de la escritura, en los mensajes, en todo.

A estas dos reporteras regalo el post más parcializado de todos hasta ahora; una declaración confesa de una “obsesión muy rara”, como dice mi madre, escrita más de diez veces-no es exageración-y de la que todavía no estoy satisfecho, casi al poner el punto final.

Me queda mucho por decir… porque las cuartillas siempre serán pocas para decirle a estas dos periodistas, mujeres, amigas cuánto las admiro y las quiero.

La Virgen del Teniente Coronel

“(…) dale la unidad a tu pueblo/siembra amorosa la unión (…)”

A María Antonia Téllez, nieta de José Téllez, y su familia, por permitirme contar esta historia

 Tal vez la decisión más difícil para el Teniente Coronel José Téllez Caballero durante toda su existencia fue cuando resolvió que su esposa e hijo mayor vivirían en una cueva hasta al fin de la guerra independentista.

Corría el período 1895-1898. La contienda contra los españoles llegaba a todos los rincones de la Isla. Para 1897 José había tomado Trinidad al frente de una columna compuesta por 180 hombres del Ejército Libertador y se refugiaban en las lomas del Escambray.

Antonia Marín y Emigdio, su esposa y primogénito, vivían en la casa ubicada en la calle Boca, pero Téllez escuchó rumores de abusos hacia las cónyuges de los insurrectos por parte de los panchos. Entonces el oficial trinitario se vio en la encrucijada de despojar a los suyos de toda comodidad y llevarlos loma arriba, donde se dormía con el machete en la mano por si sucedía un ataque imprevisto, para mantenerlos a salvo.

Pero no confiado en la protección que pudiera brindarle a su mujer e hijo, José sorteó los enrevesados caminos del lomerío y, auxiliado por sus camaradas, trasladó la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre de su casa hacia el interior de una cueva. Ahí le encomendó el amparo de todos.

Las velas encendidas por los mambises a los pies de la Patrona alumbraron aquella gruta que se convirtió en el templo más primitivo de todos, donde no valieron sermones ni doctrinas, solo la fe nacida del corazón hacia la Madre de los cubanos, cuyo nombre pronunciaron los trinitarios antes de cargar al machete como lo hizo Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Antonio Maceo, entre otros patriotas durante la Guerra de los Diez Años.

A los pies de esa imagen-literalmente-, dentro de la cueva, Antonia dio a luz a la criatura que dormía en su vientre antes de dirigirse a la manigua. La llamaron Estrella de la Libertad. Fue la primera hija hembra del matrimonio, nacida del coraje de su madre y los rezos a la Virgen, lejos de todo contacto con la civilización o partera alguna.

Solo cuando terminó la beligerancia hispano-cubana Estrella vislumbró otra realidad fuera del verdor de las palmas junto a sus padres y hermano mayor, los sobrevivientes de la tropa caminaron otra vez por las calles trinitarias y la hornacina salió de la caverna para permanecer en el cuarto, otrora habitación de la niña Estrella, donde perdura hasta nuestros días.

Quizá por salir ileso de tantos combates, porque la Caridad defendió de todo mal a los suyos, o por esos misterios insondables de la fe, el Teniente Coronel le ofreció cada siete de septiembre, vísperas del día de la Patrona de Cuba, memorables veladas culturales.

Cada año la imagen abandonaba su urna de madera y cristal para posesionarse en un altar edificado por José solo para ella. Alrededor del monumento rezaban, hacían o pagaban promesas; los trovadores de la ciudad como Isabel Béquer, La Profunda, cantaban con su guitarra, los poetas regalaban versos… hasta el alba del día ocho.

Téllez mantuvo la tradición hasta 1946, cuando falleció ciego a causa de la diabetes, rodeado del cariño de sus nueve hijos, los cuales heredaron el ritual y lo legaron a las generaciones venideras.

Por eso el bisnieto del Teniente Coronel limpia los candelabros, guardabrisas; encarga flores… a pocos días para celebrar cuatro siglos del hallazgo de la Virgen Mambisa en la Bahía de Nipe.

Otro año más la morada abrirá las puertas como en tiempos del mambí, hijo raigal de esta villa, figura trascendente si hablamos de historia local, cuya existencia desconocen las nuevas generaciones de trinitarios. De él sobreviven retratos, el uniforme, el silbato de guerra, la jícara que usara en la manigua, entre otros objetos donados por sus hijos al Museo Municipal de Historia.   

Nadie sabe y su espíritu asome por una ventana o los muros de la casa este siete de septiembre, sonría feliz mientras contempla la imagen ante la cual nació su primera hija y vea el fruto de una semilla sembrada siglos atrás, cuando su bisnieto tome el rosario a las doce en punto y rece una Salve a la Patrona de Cuba.