Archivo mensual: octubre 2012

Déjà vu de huracanes

No logro despojarme del impacto de las imágenes trasmitidas por los medios de prensa nacionales, a propósito del paso del huracán Sandy por las provincias orientales de Cuba aunque hayan trascurrido más de 72 horas. Lo reconozco: soy demasiado sentimental, pero es que sé el sacrificio que cuesta mejorar las condiciones en las viviendas o adquirir dos o tres artefactos que viabilicen tu cotidianidad-más cuando la realidad en Oriente es distinta a la del extremo occidental- y no es fácil perderlo todo, o casi todo, en un pestañazo.

Sandy destrozó todo cuanto pudo en Santiago de Cuba, Guantánamo, Holguín, Las Tunas, Granma…con vientos capaces de desplomar casas enteras, una lluvia que ahogó caballerías de tierra, hectáreas de cultivos y una furia comparable tal vez con el diluvio universal,  y, con ello, el sudor de los guajiros en el surco, las noches de desvelo al pie de las plantaciones y, tal vez, los sueños de prosperidad de muchos habitantes de esa zona.

A miles de kilómetros de distancia, Santa Clara también recibía la furia huracanada, el río de la Universidad sepultaba el puente y un mar fangoso dividía la Casa de Altos Estudios en dos terrenos aislados, y los árboles se vapuleaban desenfrenadamente, como si estuviesen poseídos.

De regreso a casa, casi nada sobrevivía de los paisajes bucólicos de Manaca Iznaga, La Pedrera, La Paloma y otros pueblecitos a orillas de la carretera, salvo el ganado disperso por el camino. La inundación alcanzaba la mitad de los troncos de las palmas, las cercas de las fincas se distinguían solo por las puntas y el gris entristecía aún más el horizonte.

Vi en el rostro de una mujer que tendía la ropa ensopada en agua, en un cordel improvisado en el portal de su casa, la misma expresión de la santiaguera asomada al balcón del tercer piso con la mirada puesta en los cables eléctricos dispersos en la calle; al guajiro cuando se puso las manos en la cabeza al ver destrozado sus tierras tal cual lo hizo aquel guantanamero en Caimanera… en medio de aquel paisaje diluviano.

Junto a estos fenómenos meteorológicos, reaparece el mismo deja vú, el puente agrietado, la casa destruida, los árboles en medio del camino, la fase de adaptación o resignación, el cuestionamiento de por qué la naturaleza puede volverse en nuestra contra en cuestión de segundos y reducir a cenizas todo intento de progreso.

Los años pasan y todavía resucitan los desmanes de Flora en la década del ´60, de Lily en los ´90, del funesto paso de Katrina por el estado de New Orleans; de Denis, aquel huracán que en 2007 acostó una palma en plena Plaza Mayor de Trinidad, puso de cabeza el árbol centenario del Museo de Arquitectura y dejó a la ciudad en penumbras por más de 15 días, y en mí pervivirá hasta el fin de los tiempos la tarde cuando abrí la puerta de mi casa y vi la desolación ante mis ojos adolescentes, al paso de la tormenta. 

Luego llega la fase de suplicar a las deidades para que las consecuencias no sean tan fuertes como las de “tal ciclón” y, más tarde, el desconsuelo después de la lluvia, al ver el resultado de los embates. Entonces es preciso empezar desde cero cuando pensamos sacar la cabeza para respirar de una vez por todas. 

A pesar de sufrir tantas veces lo mismo, jamás lograremos sacudirnos esas ideas que atormentan la cabeza días después e impiden-en mi caso- que surjan palabras felices cuando tenía que escribir el próximo post para este blog.

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La certidumbre de la espera

Juro que esta historia es real, por ilusoria que parezca.

No sé por qué, pero cuando reparé en ella me envolvió la serenidad de su rostro, la transparencia de su mirada y la dulzura de su voz.

Rondaba los 75 años. Parecía una abuelita de los cuentos infantiles, de esas sentadas al calor de la estufa, dispuestas a contar historias irreales a sus nietos mientras acaricia un gato dormido en sus rodillas. Libre de atavíos que pudieran ridiculizarla, vestía una blusa color mamoncillo, saya carmelita y zapatos cerrados; el color rosa pálido cubría los labios y el estilo de los años ´20 moldeaba el pelo canoso.

Su boletín señalaba el asiento doce, paralelo al mío; se dirigía rumbo a Trinidad y sobre las piernas llevaba una cartera de asas plásticas con cuerpo de tela. Nada más conocía fuera de esos datos intrascendentes, pero no podía evitar contemplar el  brillo de su mirada, puesta en la carretera.

Durante las tres horas de viaje exprimí mis neuronas hasta el agotamiento, en busca de una razón lógica para comprender por qué me conmovía aquella anciana nunca antes vista. Nada funcionó.

La Yutong llegaba a la Terminal de Ómnibus de la ciudad. Ella retocó el rosa pálido, peinó otra vez sus canas y caminó despacio hacia la puerta, antes que la guagua aparcara.

Dirigí mi mirada a lo lejos y advertí a un  señor de camisa a cuadros, entrado en años, como ella, ubicado justo donde el vehículo apagaría los motores.

Solo entonces empezó a desenredarse la madeja de ideas en mi pensamiento y entendí que la luz en las pupilas la provocaba la certidumbre de saber que, fuera de la guagua, alguien la esperaba.  

La puerta de la Yutong cedió. Ella bajó despacio por la escalera, tocó tierra firme y, con la lentitud de los años, ambos caminaron hasta encontrarse. Se abrazaron, se besaron en la mejilla, no como lo hacen primos o hermanos lejanos, sino con la pasión de quienes comparten su existencia desde hace mucho tiempo.

No pude confirmar si eran casados. Tampoco era preciso: solo del amor cultivado con el paso de los años podía dibujar aquella escena garciamarquiana.

La gente se agolpaba en el pasillo central de la guagua, recogía su equipaje, abandonaba la estación sin reparar en la versión humana de Florentino Ariza y Fermina Daza ante sus ojos.

Desde el cristal de la ventana recordé los 64 años del matrimonio de mis bisabuelos maternos-sin incluir tiempo de noviazgo-, quienes murieron mucho antes de yo nacer, pero las anécdotas familiares me permitieron conocerlos al dedillo. Al calor de los recuerdos mi piel se arrugaba, seducido, al mismo tiempo, por la ternura de esos ancianos cuyo nombre, pasado, secretos… desconozco y, quizá, nunca más los vuelva a ver.

Oasis en el cielo

Siempre me ha gustado mirar al cielo. Apenas no levantaba una cuarta del piso y yo “flotaba” desde entonces. Flotar, así llaman mis padres a la facilidad innata de la que todavía no logro sacudirme- tal vez jamás lo haré- de olvidar en menos de un minuto determinada encomienda,  de viajar a cualquier sitio con solo cerrar los ojos, aunque a la vista de todos tenga los pies sobre la tierra; de fundar un universo a mi antojo, donde el alma se muestra en toda su plenitud.

Perdí la cuenta de las veces en que subí al techo del último cuarto de casa y recosté la espalda sobre el piso de rasillas de barro para mirar las motas de algodón prendidas en el cielo del mediodía. Con solo mover las pupilas, moldeaba las nubes y todas las criaturas que habitaban en mi cabeza se convertían en esculturas efímeras, fabricadas de un material desconocido, a miles de millas de distancia.

Quizás tal divertimento se lo deba a mis progenitores, quienes me pedían les describiera los seres que descubría entre los celajes en medio de algún viaje para apaciguar mi intranquilidad.

Con el paso de los años aquel taller de alfarería ubicado en las alturas se convirtió en el sitio donde pensé, deambulaban los espíritus de mis antepasados, donde aguardé por una Revelación, por los marcianos que validarían la hipótesis de mi abuelo sobre la procedencia de los seres humanos, o por el avión donde vendría mi padrino para contarme historias de hadas.

Nunca dejé de mirar al cielo, a las nubes, al infinito… aun cuando asumí de una vez y por todas que ninguno de mis antecesores tocan la lira por esos predios porque permanecen a mi lado, que si algún OVNI visitaría la Tierra no sería por esas fechas y que mi padrino no tenía un jet privado para visitarme con solo chasquear mis dedos.

Bajo esa capa protectora me siento amparado y pienso que vivo en esas pequeñas esferas vendidas como suvenir en muchos países del mundo.

Casi siempre esos momentos fugaces de enajenación terminan en resbalones, choques, tropiezos…, pero, aun así, no puedo sustraerme al encanto de girar la cabeza hacia arriba, revivir el ritual infantil de modelar nubes y fantasear. A veces me pregunto si del otro lado del Sol hay un mundo en decadencia, como dice el cantautor guatemalteco Ricardo Arjona.

En esos satines inmaculados adheridos al infinito azul deposito mis súplicas, cuestiono mi futuro y me inquieto si aparece un nubarrón gris como alegoría de mal presagio. En ese mar que pende sobre mi cabeza ahogo mis nostalgias, melancolías y soledades, imploro por paciencia y me pregunto si en todo el universo al menos una persona piensa en mí, en ese preciso instante.

La epidemia del cuestionamiento

“Creen que porque son universitarios tienen a Dios cogido por las barbas”, dijo por enésima vez aquel funcionario de pulóver a rayas cuando se vio sin una razón contundente para explicarnos por qué dilataba la entrega de cierto documento oficial. Y por enésima vez quienes estábamos ahí corroboramos la validez de nuestra hipótesis: a la mayoría de los jóvenes, para dejar siempre un margen de error, que asistimos a las casas de altos estudios nos consideran seres de otro planeta.

Me aventuro a decir que esta realidad sobrepasa las fronteras territoriales de mi ciudad. Mas, para no pecar de absolutismo ni pisar espacios ajenos, me circunscribo una vez más a los márgenes locales.

La epidemia del cuestionamiento, así nombré-sin consulta previa con ningún especialista- este padecimiento cuyo blanco resultan quienes aún no terminamos de estudiar; una especie de virus que, aunque no figura en ningún manual de terminologías médicas, bien pudiera declararse en el futuro una enfermedad crónica trasmisible.

Al decir de quienes peinan canas, este fenómeno ha existido siempre, bajo otras denominaciones. Sin embargo, es ahora, cuando sufro sus consecuencias en carne propia, que advierto su presencia.

Todo empezó con comentarios aparentemente superfluos referidos al modo de vestir, de hablar de los universitarios una mañana cuando nos mezclaron con estudiantes poco más jóvenes de otros niveles de enseñanza. Lo que pudo empezar con una intención aparentemente trivial se convirtió en el detonante para agudizar la mirada durante los días venideros y corroborar que el ascenso de esta pandemia resulta implacable.

A aquellos criterios absurdos dichos sin tacto por profesionales, se suman otros más preocupantes porque nacen del ciudadano de a pie, sin una base objetiva. Semanas atrás pusieron en tela de juicio la veracidad de un trabajo periodístico de un estudiante sin leer la primera línea, o sin detenerse a pensar siquiera que, a la larga, dejan en entredicho la competencia de todo un medio de prensa. Las temáticas de la redacción, vale decir, dista de la política y la economía.

Resulta una rara necesidad de organizar un escarceo fuera de lugar, de apuntar siempre con dedo inquisidor y hacer que paguen justos por pecadores. Parece un estigma cuya mirilla apunta a quienes intentan labrase un futuro, lejos de vivir a expensas del azar…

Quienes hoy parecen contagiados con la plaga olvidan que también ellos exigieron un voto de confianza en sus años mozos. Y que conste, todas las manos dispuestas a encauzar, aconsejar, criticar con ánimos constructivos… serán siempre bienvenidas, pues si cada cual actuase al libre albedrío nosotros mismos hubiésemos adelantado el Apocalipsis, pero la frase “son muy jóvenes para hacer tal o mas cual cosa” no la acepto como una razón contundente; no me vale que a mis 23 años todavía intenten hacerme sentir como un chiquillo.

Tal vez estemos ante una mutación carente de antídoto. Al menos eso explicaría por qué se cierran puertas como si quisieran permanecer inmunes ante el posible contagio que pueda ofrecer mirar con mejores ojos a quienes, dentro de poco, abandonaremos las aulas para enfrentar la vorágine cotidiana.

Solo me queda cruzar los dedos, confiar que se trata de una mal efímero y existe un remedio para salir del cenagal de estos días cuando, muy a mi pesar, la epidemia del cuestionamiento crece desmedidamente delante de nuestras narices.