Archivo mensual: noviembre 2012

En casa de don José Mariano, 20 años después

De pequeño casi siempre descubría mi regalo de cumpleaños, el de Navidad con semanas o meses de antelación porque hurgaba en el escaparte de mis padres. Mas, tales habilidades detectivescas no advirtieron el ajetreo aquel lunes de 1992, cuando mis progenitores colocaron en cajas lo concerniente a cada pieza de la casa. “Caja # 1, aquí están los cubiertos, platos y vasos”, apuntaron en un cuaderno para saber dónde colocar aquella especie de arcas cuando llegáramos al nuevo destino.

Nada recuerdo de los siete viajes a cargo de Manolo- muy famoso en Trinidad porque en su camión trasladaba desde ladrillos hasta una vivienda entera-. Tres de esos viajes fueron necesarios para mudar el taller de radios de mi abuelo-.

Mis recuerdos empiezan a bordo del vehículo junto a mi madre, quien llevaba entre sus manos una funda de almohada donde dormía Tocha, una gata arisca que pocas veces pude acariciar.

Horas después la mudanza irrumpió en una plaza ajena para mí, alrededor de la cual se erigían palacetes, una iglesia… y el camión aparcó frente a una casona de descoloridas puertas cuya fachada no podía inspirar más desolación. Ni siquiera mi padre pudo aceptar lo poco que sobrevivía de la belleza del caserón donde transcurrió su infancia. “En diez años lo levantaremos”, le dijo mi madre-tal vez a modo de consuelo para no correr del espanto- cuando vio los muros palidecidos, agrietados, el patio de tierra con un platanal al fondo capaz de albergar caballos y vacas, el cuarto improvisado en plena sala con paredes de cartón bagazo para aprovechar el aire que se escurría entre los ventanales de madera y el largo trecho por recorrer para reanimar el paisaje deprimente de aquellas ruinas habitables donde me negué a pasar el resto de mi días.

“Esta casa es muy grande. Yo quiero la otra”, repetía a cada rato para ratificar mi voto en contra de aquel traslado. Todo me incomodaba: el olor, los techos, el silencio; me apabullaba la altura de las paredes, el color de los pisos… hacía catarsis del mínimo detalle- quién sabe y fue este mi primer intento de rebeldía infantil-.

Mucho tiempo trascurrió para encariñarme con mi nuevo hogar. Como nada resolvería con mis pataletas diarias, terminé acostumbrándome. Transformé el platanal en la verde pradera ubicada detrás de mi reinado ilusorio y los rincones en base de operaciones o aulas donde sometía a mi abuela paterna a clases de español. De a poco surgieron los afectos.

Más tarde supe por boca de mi padre que en esa casona donde celebré cada uno de mis cumpleaños, donde me partí la barbilla por correr con el piso mojado… vivió y murió don José Mariano Borrell y Padrón, rico sacarócrata de Trinidad en tiempos de ingenios; que a la luz de la bombilla de la saleta mi bisabuela y mi abuela tejieron hasta el amanecer-ahí también mi tía abuela tenía una academia de corte y costura-; que en esa cocina rústica elaboraban panetelas para vender, y que yo era la quinta generación de mi familia paterna en habitar esos dominios. Eso, aparejado al desgaste de ambos para construir el hogar familiar, terminó con mi rechazo ya de por sí debilitado para entonces.

Mi casa retoñó hasta convertirse en lo que ha sido a lo largo de estos años: un sitio dueño de una posición codiciada-es la única casa con vista a la Plaza Mayor, una perspectiva única al atardecer-, devenida en boutiques, casas parroquiales, entre otros escenarios construidos por los cineastas que sucumben ante su encanto; un lugar sui-géneris de ritmo agitado, a veces insostenible, donde convergen a diario muchos amigos para conversar o desahogar sus problemas; un recinto donde deambulan los espíritus, según expresan quienes poseen “su gracia”, cuyos espacios han acogido a actores, investigadores, músicos… (y no es autosuficiencia).

Aun falta por hacer. Las dimensiones atentan cuando se precisa resarcir algún imprevisto con las goteras, las paredes… dado por la espacialidad y la proporción de materiales a la hora de enmendar una rajadura del siglo XVIII. Vivir en el Centro Histórico acarrea también desventajas respecto al abastecimiento de agua, lejanía del centro urbano, restricciones constructivas, etc.

Sin embargo, tengo fe que algún día, con reciba el cobro como reportero a fin de mes, devolveré las pinturas murales sepultadas bajo las capas de cal en las paredes por culpa de los exorbitantes precios que alcanza la restauración de un metro cuadrado; regalaré a mis padres la cocina estilo mediterráneo que tanto desean, ubicada al fondo, como estuvo en tiempos de antaño y preservaré el Patrimonio del palacete que don José Mariano Borrell comprara en 1812 y al que llegué un día como hoy, dos décadas atrás, producto de un reajuste familiar que implicó permutar cinco casas el mismo tiempo. Apenas tenía tres años, no podía imaginar cuán afortunado era.

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Palabras de almíbar y mármol

El grosor de las páginas guardadas en la carpeta delataba la extensión del discurso. De antemano sabíamos que los próximos 20 minutos parecerían imperecederos.

Decidí confiar en que esta vez las palabras estarían libres de encumbramiento. Tal vez alguien ya le había sugerido que aun cuando se trate de alabar la trayectoria de una personalidad-y esta en especial resulta vital a la hora de hablar de restauración y recuperación del Patrimonio-, no es preciso endulzarlas con adjetivos grandilocuentes-Carpentier expresó que los adjetivos eran las arrugas del idioma-; no se trata de esculpir una imagen de mármol mientras se pronuncia el discurso.

Una vez más revivimos la misma estampa y luego del segundo párrafo, la disertación se escurrió entre las ramas y ella habló de todo cuanto había aprendido aquel “mágico día” cuando lo conoció- al escucharla, aquel encuentro parecía una confabulación planeada por los dioses del Olimpo-. Cuando reparó que ella misma se había erigido como centro de la conversación, forzó el rumbo hacia el cauce principal…, pero el público ya había notado su error.

Recordé una conferencia que nos ofreciera el periodista y escritor santaclareño Yamil Díaz donde, entre otras cuestiones, nos comentó sobre el facilismo que adoptan muchos profesionales de la palabra cuando deben reseñar el quehacer de algún renombrado a propósito de su fallecimiento o la entrega de determinada distinción. “Al final terminan hablando más de ellos que de la personalidad misma”, nos dijo aquella mañana en el salón de conferencias del periódico Vanguardia.

Mientras avanzaba la alocución, más recordaba a Yamil y el Doctor Honoris Causa se deshumanizaba, subía a un pedestal imaginario de mármol y terminaba por convertirse en un ser mítico, perfecto-al final me pregunté si ella creía en su propio discurso y si lo había revisado cuando terminó de escribirlo-.

Solo cuando él tomó la palabra derrumbó la imagen que le habían esculpido minutos antes, y nos hizo admirarlo por lo que en realidad es: un cubano empecinado en el rescate del Patrimonio, un hombre que anda La Habana deslumbrado por el pasado, preocupado por el presente e intentando contribuir al futuro.

Días después, leía la crónica escrita por Raúl Roa a propósito del 30 de septiembre y la manifestación donde la revolución estudiantil tuvo su primer mártir, Rafael Trejo; por vez primera vi el acto de lanzarse a las calles a protestar contra el gobierno de Gerardo Machado como una acción necesaria, común, desmitificada…, lejos de la epopeya recogida en los libros de Historia.

No entiendo la mala costumbre de colocar en un altar a las personalidades, a los sucesos de la historia; de esa especie de canonización democrática. Parece que la bandera tantas veces levantada de permanecer inmunes a la monotonía, el facilismo y los aires triunfalistas en la escritura, al final ondea en la nebulosa y caemos en la rutina-¿acaso infinita?- de esculpir esculturas y pronunciar palabras de almíbar y mármol.

En busca del sonido ausente

A Alfredito Zerquera

Su alma partió hacia rumbos desconocidos demasiado rápido. ¿Quién sabe cuántas melodías soñaba con interpretar todavía en la flauta, la fiel amiga que lo acompaño desde su juventud?

Nadie lo sospechaba, no estaba previsto, ninguna enfermedad lo aquejaba, apenas aparecían las canas…, pero las agujas del medidor de presión se dispararon vertiginosamente, apagaron el cerebro y, en solo día y medio, arrastró su cuerpo hacia el umbral donde no existe el regreso.

Es un hecho: Alfredo Zerquera, Alfredito o Zerquerita, como le conocían cariñosamente sus colegas músicos, amigos, familiares… ya no volverá a encantar al público con las melodías silbadas en su instrumento-al menos no en el mundo terrenal-.

Frente a acontecimientos así, es cuando la vida nos recuerda que aunque pretendamos labrar nuestro destino, esquivar los malos augurios… ella tiene la última palabra y ríe de último en nuestra cara -muchas veces con sarcasmo-. Con solo cerrar las válvulas del corazón se termina la existencia, así de simple.

¡Y es que a Alfredito le faltaba tanto por hacer! Y me atrevo a decirlo porque presencié sus ansias constantes de escalar más alto, de apostar siempre por el Arte, la Música, la Cultura, por Trinidad-solo alguien como él asumiría el liderazgo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en la ciudad, cuando la organización estuvo al borde del colapso, una misión casi suicida -.

En días como este lamento en demasía no haberlo entrevistado como el flautista excepcional que fue, fundador del cuarteto Leyenda, integrante de la Orquesta Aliamén, Las Cuevas, Estrellas del 48, entre tantas otras agrupaciones donde dejó el alma…, merecedor de infinidad de lauros por su quehacer dentro y fuera de fronteras, esposo, recientemente abuelo. Pero es que-repito-nadie avizoraba este adiós.

En mi adolescencia me encapriché en aprender guitarra. El me regaló las tardes de los lunes y miércoles e intentó enseñarme a leer el pentagrama. Me habló de la clave de Sol, la de Fa; de solfeo, negras, blancas, corcheas, fusas… pero nunca fui capaz de comprender el lenguaje musical. “Lo tuyo es el canto”, me dijo.

Ahí estuvo, haciendo arreglos de último minuto a una canción para interpretar en festivales, buscando el vals ideal para la fiesta de una quinceañera… con la gorra para proteger del Sol su cabeza afeitada, montado en su bicicleta-tan pequeña como su estatura- con el estuche de la flauta en la espalda para ir a ensayar a la Banda Municipal, a amenizar las noches en las escalinatas de la Casa de la Música con las melodías de boleros y guarachas con ese aire protocolar que siempre lo acompañó.

El próximo Viernes Santo faltará el sonido de su instrumento para acompañar a la Virgen de la Soledad en la procesión del Santo Entierro, su asiento en la tribuna el Primero de Mayo estará vació, no estará asomado en la ventana de su casa, con el saludo al vecino, no estará…

Dicen que los caracoles guardan el sonido del mar. Si colocas uno en el oído sientes al vaivén de las olas. Tal vez ese sea el reto de ahora en adelante: ir en busca del sonido ausente, escuchar con más atención los ensayos de la Banda o mirar cuidadosamente las escalinatas al atardecer, para sentir a Alfredito tocar desde otra dimensión porque, esté donde esté, estoy seguro que no ha abandonado la Música y se niega a cambiar la flauta por una lira, al ángel que ahora lo acompaña.

La otra magia del cine

Lejos, muy lejos estarían los hermanos Lumière de pensar que siglos más tarde su más grande aporte para la historia de la humanidad, el cine, adquiriría matices tan folclóricos, pintorescos, cercanos a la magia.

Alguna dosis de irrealidad deben tener quienes consagran su vida a la cinematografía. Son seres intranquilos, apasionados, en busca de un nuevo deslumbramiento; capaces de trasmutar una ciudad entera en un país distinto, de construir a base de tablones de madera, sacos y pinturas un pueblo inexistente en la faz de la Tierra para recrear disímiles historias, y luego trasformar esa misma locación en otra completamente opuesta… Eso es magia.

Pero no fueron acerca de esas artimañas las que aprendí este viernes, cuando regresaba a casa acompañado de una productora cubana. Ni la torcida ruta de Güinía de Miranda logró desprenderme de las anécdotas que ella me contaba acerca de las ceremonias realizadas detrás de cámara, antes de filmar la primera escena de la película, según las tradiciones del país al frente de la producción; de las manías y supersticiones de colegas con los que ella ha trabajado, de rituales parea embotellar la suerte en el proceso de rodaje. “Esa es la otra magia del cine”, dijo.

“En México se entierra una navaja o un cuchillo el día anterior al comienzo para garantizar la buena suerte. En España es tabú vestir de amarillo mientras se filma. Ese color asemeja al azufre. El azufre es símbolo del demonio, dueño del Infierno, donde se concentra todo lo negativo del universo. Entonces, el amarillo, es el Infierno. ¡Vaya trabalenguas!”.

“Una colega venezolana, dedicada también a la producción, no concibe sentarse otro sitio que no esté ubicado el Norte. Por eso siempre lleva a cuestas una brújula en su bolso. Cuando llega a cualquier sitio, coloca la bitácora en la palma de su mano para orientarse y donde la flecha señale el punto cardinal se acomoda. De no haber silla ahí, traslada el mueble hacia el sitio. Si no, permanece de pie, pero siempre en el Norte”.

-¿Y los cubanos?-le pregunté.

“Nosotros somos divinos, tú lo sabes, respondió. Cada cual acude a «lo suyo» para protegerse. En instantes así recordamos como nunca antes nuestros ancestros africanos. Ese va con su padrino, los santos del otro viajan con él para todas partes y los coloca en un rincón de la habitación donde se hospede. Cierto director cubano prohíbe la entrada al set sin antes romper un plato y esparcir humo de tabaco por todas partes…”

Llegamos a casa. Otra miembro del equipo de producción se sumó al diálogo y recordó que Humberto Solás guardaba un fragmento de papel gastado como recuerdo de su filme Lucía. “Él contaba que cuando visitó Trinidad en busca de locaciones para el filme-uno de los diez más importantes de América Latina- visitó el Palacio Cantero, hoy Museo Municipal de Historia. De pronto, una brisa arrastró hasta los pies del cineasta un retazo de papel viejo. Al leerlo decía: “Lucía”… y resolvió que la escena de amor de la primera historia, protagonizada por Raquel Revuelta, no podía tener otro escenario”.

¡Preparados para filmar! ¡Silencio!-dijo alguien de pronto.

Ellas debían partir hacia el set. El Sol caía a lo lejos. Los niños aprovechaban la brisa para empinar papalotes. Frente a la puerta de casa los actores corrían a sus puestos. Le seguían los extras y figurantes. Los técnicos daban los últimos retoques. El director miraba a través del monitor… Yo, todavía hipnotizado, no sabía si ante mí contemplaba un proceso de rodaje o una imagen del realismo mágico.