Archivo mensual: diciembre 2012

Melancolías de diciembre

Melancolías de diciembreA mis amigos ausentes

A mi padrino, especialmente 

Nunca he quebrantado las leyes, sean cuales fueren, para estar en paz con Dios y el Diablo. Confieso estar libre de cualquier pecado capital, al menos hasta ahora,  aunque a veces cueste hacer ayuno de la lengua y falte mucho para ver resplandecer un halo sobre mi cabeza.

Por eso no entiendo por qué siempre diciembre tiene reservada una tristeza diferente para mí, al extremo de sentir un constante salto en el estómago a las puertas de estas fechas.

Casi a punto de despedir el 2012 llegó el trago amargo: un amigo viajó a La Habana por unos días. No nos despedimos porque en pocas semanas él estaría de vuelta, pero apenas el calendario marcaba el día primero, llamó para comunicarme se quedaría por tiempo indefinido en la capital, en tanto arregle los papeles para emigrar.

“Esta Navidad tal vez no estemos juntos”, vaticiné convencido a mediados de año, aunque él ignoró el tono profético de la sentencia.

Hoy abro la puerta de la valija de mis melancolías de diciembre-un arca más abundante de lo que quisiera permitirme- para añadirlo a la lista de las ausencias navideñas. Ahí figuran el nombre de mis tíos postizos, amigos y seres queridos dispersos por disímiles rincones del mundo, cuya presencia necesito como nunca antes a la hora de entregar los abrazos de estos días.

En la cúspide de esas añoranzas está mi padrino, quien hace apenas 72 horas llegó a la media rueda, a cuya celebración no pude asistir porque vive del otro lado del Atlántico y como no tiene un jet privado, debo esperar a las rebajas de los billetes de las agencias de vuelo para verle.

Puedo preciarme de vivir una Navidad en familia, de transformar mi casa en un sitio de ensueño donde llegan los niños de cuanto recoveco existe en Trinidad para admirar nuestro Belén; de compartir la mesa cada Nochebuena con mis padres y mi abuelo materno, a pesar de su ateísmo confeso.

Sumo a dichas bendiciones los seres queridos todavía presentes por estos lares, a otros miembros de la familia-no de sangre, pero sí de espíritu- que desde hace más de una década esquivan las trabas de los aeropuertos para celebrar juntos estas jornadas.

Pero no puedo ignorar la nostalgia al escuchar tal villancico, cuando llegan las doce y no tengo el beso de mi padrino, de mi tío, de mis amigos ausentes otro año más.

Cada 25 de diciembre anhelo poseer el don de la ubiquidad para llenar el espacio vacío ante tantas felicitaciones, apretones, abrazos por repartir.

Además de los cánticos, arbolitos y guirnaldas, también en este día llevo a cuestas la valija de mis melancolías porque dentro de ella guardo todo cuanto me falta para sentirme completamente feliz, cuando llega el día de la Navidad.

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Fui sus ojos

Fui sus ojosParecía un sábado cualquiera, sin penas ni glorias. Esperaba a una amiga en casa de otra. Conversábamos sobre la semana, de mi catarsis habitual a finales de semestre porque la entrega de los trabajos siempre coincide con las evaluaciones de las asignaturas y el tiempo no alcanza ni a pedacitos.

Llegó la amiga por quien aguardaba. Me pidió la acompañara a llevar a su papá hasta el restaurante donde él toca en días alternos.

Acepté. Llegamos a la esquina. Lo saludé como de costumbre, pero cuando él intentó devolver el gesto estiró el brazo muy lejos de donde estaba el mío. Enseguida me apresuré a estrecharle la mano.

La retinosis pigmentaria avanzó demasiado desde la última vez que lo escuché hablar de ello. No lo sabía. Aunque todavía persistía una iluminación crepuscular, para él ya había anochecido.

-“Vamos”, indicó ella.

-“Espérate, déjame aguantarme de Carlitín porque casi me caigo la semana pasada. Eres muy bajita para mí”-dijo mientras apoyaba su mano en mi hombro, en busca de seguridad antes de emprender rumbo.

Incontables ocasiones caminé con los ojos vendados dentro de los amplios espacios de mi casa, una vez lo hice por el Prado de la ciudad de Cienfuegos, acompañado de otros jóvenes en un ejercicio de Psicología relacionado con la confianza, pero sabía que mi oscuridad terminaría al final de la dinámica. Ahora era diferente: para ese hombre yo era una suerte de lazarillo, un báculo de carne y hueso. “Arriba, muchacho, ahora tú eres mis ojos”, apuntó.

¿Cómo voy a guiarlo, si no sé nada de señas o palabras claves?, pensé.

Empezamos a caminar. “Estamos en la calle Rosario, casi llegando a Gutiérrez”, decía yo en un intento de graficar el recorrido.

Una cañada cortaba la vía en dos. ¿Cómo indicarle que salte el charco para no ensuciar sus zapatos?

Mi amiga presintió la inquietud, vino al rescate. “Párate, hay una cañada-le dijo-. Vamos a dar un salto grande, Papote. Uno, dos y…”

Cruzamos la riada de aguas sabatinas al mismo tiempo, como esa costumbre de chiquillos de caminar de manera uniforme, con el mismo pie-no sé si ustedes lo hacían cuando estaban en primaria, yo sí. Nos deteníamos y a la voz de un líder emprendíamos la marcha como un pelotón de adolescentes-.

Doblamos la esquina. Caminamos hasta la de Desengaño. Otra cañada para atravesar, pero ya conocía la técnica. Esta vez conté yo para sortear el inconveniente. –

“Estamos llegando”, anuncié al ver el cartel lumínico del restaurante.

Una vez en la puerta principal, entramos en el salón atestado de muebles antiguos. El resto del grupo se incorporaría más tarde. Él pidió lo dejáramos sentado delante del bongó hasta que la visión se acostumbrara a la luz y alcanzara a distinguir al menos sombras. Su mano abandonó mi hombro.

Parecía un sábado cualquiera, sin penas ni glorias. Ya no lo era. Una sensación desconocida desbancó la preocupación de antes por la escasez de tiempo en la última semana de clases.

Horas más tarde sentía en mi hombro la fuerza de ese hombre cuya visión oscurece por día sin esperanzas de revertir el padecimiento, que al tocarme me había convertido en el faro para alumbrarlo en su penumbra.

Desde la Montaña Vieja

Desde la Montaña ViejaSi escribiera un libro con las anécdotas de cada uno de sus viajes, hoy día viviría de los derechos de autor, sin lugar a dudas. Seis décadas marcan su calendario, pero tiene el espíritu de un universitario.  

A sus 60 años se regaló un viaje a Machu Picchu. Recorrió cuanto sitio pudo, en tanto el tiempo le permitió. El centro, los alrededores de Lima, Cuzco, entre otros puntos geográficos conformaron las  14 carpetas repletas de imágenes para documentar el periplo y que más tarde me servirían para admirar la arquitectura de esos parajes, los trajes típicos, las artesanías… a través de la clarividencia de su lente.

La escalada rumbo a las alturas del promontorio rocoso resultaba el clímax de la aventura. Aunque meses atrás rebajó unas libras para enfrentar el momento, de seguro imploró a cuanta deidad conocía la fuerza necesaria para llegar al final cuando se vio en el punto de arranque. Mientras más se acercara la meta el frío arreciaría despiadadamente, él lo sabía, pero valía la pena: caminar por el poblado andino inca edificado en tiempos de las antiguas civilizaciones era su sueño y lo logró.

Posiblemente en la cima sintió el mismo deslumbramiento del empedrador inca Pachacútec en el siglo XV, cuando el monarca hizo suyo el territorio donde ordenó erigir un complejo de edificaciones sin precedentes, signado por la opulencia. Quizá su alma experimentó una sensación inigualable de libertad, plenitud…

Ahí estaba, en la cúspide de una de las siete maravillas del mundo moderno, tras varios días de caminata, acompañado de su hija…celebrando sus 60 primaveras.

Meses después regresó a Trinidad, compartió con nosotros-como en tantas otras ocasiones- el baúl de fotografías digitales del recorrido y escuchamos sus crónicas de viaje.

Días más tarde, sentado frente a la computadora, me dispuse a recorrer otra vez Perú de la mano de sus imágenes. Al final de la carpeta, mezclado con otros videos, uno decía “Pidiendo por mis amigos”. Tal vez lo había copiado por error con la premura típica de los viajes en ese intento de no olvidar nada, pensé. Pero no, la grabación estaba en el sitio correcto… porque mientras admiraba el verdor de aquel paisaje andino él recordó a sus seres queridos.

Nada dijo… solo adjuntó el video al final de la lista de carpetas.

Ahí estaba yo, sobrecogido mientras escuchaba sus palabras porque lejos estaba de imaginarme que al borde de Machu Pichu- Montaña Vieja en nuestra lengua- un amigo mencionaba mi nombre, el de mi familia y nos hacía partícipes, de manera especial, de aquel momento sagrado.

Flexibilidades de doble filo

Flexibilidades de doble filoCuando apareció el titular en el Noticiero Nacional de Televisión me esperancé por un momento, lo reconozco. Al fin se esclarecerían las suposiciones diseminadas por la calle, a como un secreto a voces, respecto a los nuevos cambios en el proceso de ingreso a la Universidad en el actual período lectivo.

Mas, bastó escuchar el primer enunciado para comprender que lejos de albergar quimeras, las transformaciones abrían las puertas a un umbral signado por la paradoja, por cuyos predios todavía deambulo acompañado de un reconcomio que no me permite dilucidar a plenitud los beneficios de algunas de las disposiciones.

Perturbado, aguardé la tercera emisión del noticiero para corroborar los datos expuestos horas antes, navegué por las páginas digitales de los diarios y leí el reportaje publicado en el periódico Juventud Rebelde el pasado miércoles, en busca de una elucidación palpable.

No hay dudas: los exámenes de aptitud para ingresar al Instituto Superior de Diseño (ISDI) son aguas pasadas. Aquí  empezó mi catarsis. No apoyo el papel omnipotente otorgado a las pruebas de ingreso, al menos en este caso. Si bien es cierto que el dominio de las asignaturas priorizadas resulta imprescindible, en carreras como Diseño los aspirantes deben enfrentarse a ese instante donde demuestran su competitividad para ganarse un espacio en el ya de por sí reducido número de capacidades.

Paradójicamente, las carreras de Física Nuclear, Radioquímica, Meteorología, Física, Química, entre otras tantas, mantienen el examen adicional. Entonces, ¿la carrera de Diseño es menos rigurosa?…

El perfil de las Ciencias Médicas no corrió mejor suerte. Los 90 puntos precisos para optar por algunas de las carreras de dicha rama constituyen un recuerdo este año. Todo recae, otra vez, en el desempeño de los estudiantes en los exámenes de Español, Matemática e Historia. Y no niego la importancia de dichas materias, pero no comulgo con el criterio que el puntaje antes exigido sea una “alta calificación”, como la acuñan. Retomo mi verdad: varias profesiones traen aparejado sacrificios.

En medio del paisaje varias disposiciones muestran un rostro más feliz como la existencia de más de una convocatoria para que los alumnos de duodécimo grado venzan las materias así como la posibilidad de  combinar en las boletas carreas de curso regular diurno y por encuentro.

Al menos el perfil humanístico no constituye la prioridad como las ofertas vinculadas a la agronomía, la tecnología, la economía y Periodismo salió ileso del descalabro de vedar el proceso de selección para los interesados-muchos suponían correría la misma suerte que Diseño-. Ya lo sé, los rumores son solo eso: meras especulaciones, pero como reza el refrán “cuando el río suena…”

Después de leer y releer las notas digitales e impresas todavía persiste este extraño sabor amargo, esta incertidumbre, estas ansias de fruncir el entrecejo en señal de duda… y sigo en busca  del esclarecimiento a la maraña entretejida en mi cabeza, pero por ningún sitio asoma el por qué de las nuevas normativas.

Tal vez sea este un empecinamiento sordo cuyo trasfondo apunta al elevado precio que, a largo plazo, conllevaría “aflojar la cuerda” de la rigurosidad en ese momento cuando te dispones a encauzar tu vida de una vez y por todas.