Archivo mensual: enero 2013

Hipnotismo sobre rieles

Hipnotismo sobre rieles

El pitido de una locomotora me desenfrena el cuerpo. Basta escuchar cómo despiertan los motores para alborotar mi alma mientras una sensación irrumpe a velocidad inusitada hasta la médula. Hechizo con los trenes.

Antes basaba mi delirio en los viajes rumbo a Casilda, poblado de pescadores localizado a pocos metros de Trinidad, acompañado de mi abuela paterna a bordo de aquella mole de hierro negra con listas malvas en la parte delantera; o tal vez en las visitas a Condado, caserío situado en la zona rural, donde cada verano la familia pasaba una jornada entera recostados en los taburetes despejando del calor estival mientras mis primos y yo nos desprendíamos loma abajo montados en carriolas.

Para ese entonces el tren que atravesaba a pleno día el Valle de los Ingenios había mutado su forma habitual: ahora resultaba un esqueleto de guagua con ruedas de hierro sobre los raíles, pero poco importaban tales detalles. Mi felicidad consistía en pelear a toda costa por la ventanilla para perderme en el verdor del monte, velar a los mayores, sacar la mano para sentir el aire arremeter contra mis cinco dedos, aunque al final me ganara el regaño y la amenaza de “si la sacas otras vez, viene el hombre con el machete a cortártela”.

Después, en plena adolescencia, supe que la fascinación por los ferrocarriles formaba parte indisoluble de mis esencias gracias a un gallego, quien con 14 años zarpó furtivo en la bodega de una embarcación con destino a Cuba cuando estalló la Guerra Civil Española, y que por los entresijos de la existencia terminaría convirtiéndose en mi bisabuelo materno.

Mientras el locomotor cortaba pueblos a la mitad, silbaba estrepitosamente para anunciar la llegada a la estación y develaba paisajes de ensueño el joven emigrante saciaba el hambre de los pasajeros con el buffet a su cargo. El último amanecer le sorprendió a bordo, en el vehículo que trasladaba la caña del valle hasta el central FNTA.

A pesar de los desvencijados vagones, la fetidez en algunos de ellos, las pocas luces encendidas al llegar la noche y los dolores en los huesos tras horas de viaje, he salido desde Cienfuegos, o Majagua, en Ciego de Ávila, de regreso a la ciudad donde descansan los restos del Che.

El delirio alcanza el punto que, al menos una vez por semana, siento de la necesidad de subirme al lomo de Pancho Alfredo Ferroso-así ha llamado un fututo colega al tren universitario- para viajar hasta Santa Clara. El trayecto resulta más largo, el paisaje es el mismo, casi lo domino a la perfección, pero lo disfruto igual.

Nada perturba el bienestar cuando los tranques de los coches se estremecen y echan a andar. Siempre he asociado los trenes con las historias de amor. La analogía ya no me suena descabellada del todo, no después de escuchar las declaraciones de la poetisa cubana Carilda Oliver Labra de cómo las paredes de un vagón devinieron buzón para intercambiar mensajes románticos con un enamorado suyo a través de graffitis en las paredes.

Resulta curioso: no conocí a mi bisabuelo, ni siquiera viví los días del esplendor ferroviario de Trinidad. Ya en mi época apenas quedaban los residuos de la bonanza. En la ciudad, el único tren digno de estos días -entiéndase en su concepto reducido- es el destinado a pasear a los turistas por el Valle de los Ingenios.

Si bien ya no abordo el gigante de hierro rumbo a Casilda o Condado, tengo fe de presenciar algún día la rehabilitación de las vías férreas oxidadas en distintos parajes de Cuba; espero ver cómo el pitido de la locomotora arrebata otra vez el silencio de los bateyes ubicados a ambos lados de los raíles y, por qué no, añorar que desde la estación de Trinidad salgan moles de hierro rumbo a lejanos lugares de la geografía tal cual sucedió cuando mi madre estudiaba Derecho en la “Marta Abreu”.

En tanto continúo con mi viaje de media hora hasta Santa Clara dentro de Pancho Alfredo, siempre con la incertidumbre de saber si quizá mi bisabuelo caminó antes por el vagón donde viajo.

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La misteriosa desaparición de Euterpe

La misteriosa desaparición de EuterpeEl estallido de los fuegos artificiales no logró cambiarme el juicio. Al apagarse las luces en la gala inaugural di por confirmada mi sospecha: la Semana de la Cultura en Trinidad pasaría sin penas ni glorias.

Sin embargo, en un intento de revocar mi propio vaticinio aguardé los siete días de la celebración, pero de nada sirvió. Aquella iniciativa propuesta  en 1974 por el fallecido historiador de la ciudad Carlos Joaquín Zerquera y Fernández de Lara, a modo de festival de invierno para agasajar al terruño en cada aniversario de su fundación, quedó atrapada en la hojarasca del tiempo para siempre. El propósito primero-difundir los valores nacionales de la Cultura Cubana- hoy roza las fronteras de la utopía.

Aun cuando la festividad concluyó sigo en busca de Euterpe porque esta edición estaba dedicada a la Música, según anunciaron; mas, o la musa griega desapareció sin dejar rastros antes de la alborada del sábado 12 o al final solo se trataba de seleccionar un eje temático, por mero formalismo.

Tal vez la idea primaria fue dedicarl a la música africana y olvidaron colocar el calificativo. Solo así lograría explicarse por qué el sonido de los tambores– algunos procedentes de Camagüey, con buena calidad, vale decir- acaparó la mayor parte de los eventos de la semana, pero apenas se escuchó una composición del repertorio clásico cubano o internacional.

Poco, o casi nada, perdura de la Trinidad engalanada que acogía a artistas de diferentes manifestaciones por estas fechas. Solo pocas instituciones culturales abren las puertas de las casonas coloniales para ofrecer actividades cuya falta de difusión las condena a pasar inadvertidas.

En esta oportunidad ni siquiera sobrevivió la emblemática plataforma, símbolo del jolgorio, erigida antes en pleno corazón del Centro Histórico, frente a las escalinatas, convertida en el escenario ausente de la vida cultural de la ciudad donde el público asistía en masa-no es un eufemismo-para suplir la carencia de propuestas artísticas para cultivar el espíritu el resto del año.

Entonces recordé una anécdota sobre un hombre cuyo nombre yace traspapelado en la historia que un día temió por la trasformación de la Semana de la Cultura en una suerte de feria pueblerina.

Muy a mi pesar, la sentencia martillaba el pensamiento mientras enfilaba la vista hacia los aparatos diseñados para entretener a los niños y saquear los bolsillos de los padres, los caballos galopaban en pleno asfalto y el ritmo del reguetón “ambientaba” la feria de artesanía organizada por el Fondo Cubano de Bienes Culturales alrededor de la Plaza Mayor.

Perdí la noción del tiempo. No sé si estaba en la Semana de la Cultura o en las fiestas sanjuaneras celebradas en junio.

Agradezco al menos la presencia de la compañía de payasos Pentaclown Habana por las carcajadas de los pequeños, el empeño de algunos investigadores que sacaron a flote el Coloquio de la Cultura Trinitaria y la preservación de esta tradición que más tarde harían suyas muchas urbes de la geografía nacional-aunque llegado este punto cabría preguntarse cuánto queda de la génesis del proyecto-.

En vano resulta indagar en las causas de la ausencia de bríos porque la repuesta recaería en la escasez, la falta de recursos o, en el mejor de los casos, el ahorro para celebrar por todo lo alto los cinco siglos de existencia de Trinidad en 2014 –una justificación que me temo se esgrimirá como estandarte en los meses venideros-.

Si tales motivos resultaran ciertos, empezó la cuenta atrás. Ojalá en el próximo enero Euterpe reaparezca y la ciudad muestre todo su esplendor para conmemorar el día cuando Diego Velázquez decidió fundar la tercera villa de Cuba. Con este preludio no creo una exageración cruzar los dedos desde ahora.

Palabras para una Isabel profunda

Palabras para una Isabel profundaSiempre me ha cautivado la transparencia de la mirada de Isabel Bécquer. Cuando apagué la grabadora aquel mediodía de domingo, después de una hora de entrevista donde me develó varios secretos, mi memoria fijó para siempre el azul intenso de sus ojos, capaz de confesar al alma más cerrada.

Aun cuando el tiempo, el implacable, le cobra con malestares las madrugadas que le robó al sueño para esperar el amanecer al ritmo de un bolero, una canción trovadoresca… rodeada de quienes la acompañaban en las extintas descargas itinerantes, en tiempos donde no existían aparatos para divertir al hombre con solo presionar un botón, Isabel se resiste al paso de los años y espera el ocaso para salir a caminar por las calles de piedras, bastón en mano.

No existe en toda Trinidad un portal, un banco de la Plaza Mayor, una esquina… donde La Profunda, apodo heredado de su hermano, no haya pulsado las cuerdas de su guitarra para cantar sin más pretexto que despejar la monotonía.

Pudiera presumir de ser la inspiración de un vals compuesto por otro reconocido músico de la villa, recién fallecido, especialmente para ella, o bien de compartir escenario con grandes de la música como Elena Burke o Pablo Milanés; mas, esta hija ilustre de la villa prefiere definirse como “una persona igual a todo el mundo. Toque o no, es la misma Isabel”, dijo recostada en la ventana de su cuarto, sitio sui-géneris donde las paredes se convierten en un diario para conocer lo que su modestia no le permite contar, a través del sinfín de fotografías y lauros colocados por doquier.

En esa habitación coexiste el pasado y el presente, el recuerdo de las jornadas cuando sus progenitores llenaban el ambiente de melodías en el silencio de una ciudad desconocida para el turismo extranjero con la algazara del mercado de artesanía, localizado en las afueras, y el toque incesante de tambores para acompañar cantos yorubas. Pero Isabel se refugia en “estas cuatro paredes porque aquí está todo cuanto necesito para ser feliz”, dice convencida mientras desvía la mirada hacia el escaparate donde practicaba a escondidas los acordes aprendidos en la guitarra.

Aunque las instalaciones turísticas localizadas en las inmediaciones de su domicilio le perturben el descanso-y el de todos los moradores de la zona-o algunos jóvenes del territorio sean incapaces de aquilatar cuánto representa esta mujer para la ciudad, nada logra desenraizarle la pasión desmedida a la tierra donde nació y que hace apenas unas horas la agasajó a propósito del 79 cumpleaños de la trovadora.

En horas de la mañana, mientras conversaba con ella, reparé en una coincidencia nunca antes advertida, a mi pesar: enero une a dos mujeres de nombre Isabel, ambas bendecidas con el don de la creación, a quienes admiro: Isabel Allende e Isabel Bécquer.

Entonces puse fin al ejercicio de contención iniciado el sábado para no adelantarme a los acontecimientos y esperar con paciencia el martes próximo para comentarles sobre la Semana de la Cultura- título con gran carga eufemística-, y resolví escribir sobre mi otra Isabel, una Isabel profunda a quien tengo la suerte de tenerla cerca, eternamente culpable de recordar el mar si pienso en sus ojos.

Ritual de enero

Ritual de eneroDentro de pocas horas abrirá la puerta del despacho, encenderá velas e incienso, invocará a las musas… contemplará  la fotografía de su hija Paula, escuchará los susurros de los espíritus que la acompañan, respirará hondo y escribirá las primeras palabras en la cuartilla en blanco presa en la computadora. Hoy, 8 de enero, la escritora Isabel Allende da vida a una nueva historia.

No lo niego: daría hasta lo imposible por conocer a esta chilena raigal, a quien descubrí con 14 años cuando quedé prendido de la historia de Eliza Sommers y Joaquín Andieta en tiempos de la fiebre del oro. También yo zarpé del puerto de Valparaíso escondido en la embarcación donde se refugió la joven protagonista de Hija de la Fortuna, para acompañarla a buscar a su amado en la California del siglo XIX.

Desde entonces juré a Isabel una fidelidad inquebrantable hasta el fin de mis días y decidí sumarme a la lista de adictos a su literatura. Envuelto en el deslumbramiento, aprendí de su historia familiar, de aquel 8 de enero, cuando comenzó a escribir, en la cocina de la casa de Caracas, donde se refugió del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 perpetrado por Augusto Pinochet, una carta dirigida a su abuelo enfermo donde le contaba todo cuanto había aprendido de él.

Ahí nació La Casa de los espíritus, páginas que irremediablemente me remiten a anécdotas de mi familia y me recuerdan lo impredecible de la existencia humana. El más idílico paisaje puede transmutarse en un verdadero infierno de la noche a la mañana, como le sucedió a los Trueba cuando el militarismo irrumpió en aquel país latinoamericano.

Gracias a uno de mis tíos postizos tengo firmado por ella La ciudad de las bestias, el primer volumen de una trilogía dedicada a sus nietos. “Para Carlitos, Isabel Allende”, escribió cuando el cubano radicado en la Gran Manzana le dijo mi nombre. Ya lo sé, tales palabras no difieren de los cientos de dedicatorias que firmó ese día para miles de desconocidos, pero para mí constituyen uno de mis más preciados tesoros, aunque la frase suene manida.

Más allá de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, le agradezco a Neruda el haberla acusado como la peor periodista de Chile, sentados en el salón de su casa en Isla Negra y le aconsejó dedicarse a la literatura “donde todos esos vicios son virtudes”, como ha confesado la propia Allende en muchas ocasiones.

Aun cuando no acatara el consejo y siguiera por la senda del Periodismo, la admiraría por la capacidad de defender su suelo con el arma de las palabras, pero de no cegarse y denunciar los males que laceraban al país, como lo hizo con la discriminación femenina cuando trabajó en la redacción de distintas publicaciones.

“El destino no puede torcerse”, dice siempre mi madre. De una forma u otra sabría de la existencia de la autora de El plan infinito. Escritora o periodista, le profesaría la misma admiración.

Desde este rincón del mundo bendigo el día en que doña Panchita, madre de Isabel, le regaló un cuaderno donde pudiera plasmar con palabras las ideas antes dibujadas por la niña en las paredes de su habitación porque “ese fue el inicio de una vida signada por la escritura”.

“Los sueños son fundamentales, nos ayudan a entender la realidad y sacar a la luz todo cuanto está enterrado en las cavernas del alma”, escribió en La suma de los días. Por eso me aferro a la ilusión de verla al menos un instante.

A miles de millas de distancia la imagino realizar su ritual de enero para dar vida a otro libro. Mientras,  hipnotizado por el apasionamiento que me recorre el cuerpo cuando escucho nombrarla, escribo estas palabras que quizás lea alguna vez, si por esos misterios tecnológicos de Internet llega por accidente a la Isla nuestra de cada día.