Archivo mensual: febrero 2013

El primer “señor”

El primer señorLa fama de la Universidad Central de las Villas en toda Cuba y otras latitudes resulta indiscutible. Pero quienes hayan pasado alguna vez por sus aulas o hayan estado vinculados al mundo universitario villaclareño, no me dejarán mentir cuando afirmo que la ruta 3 es tan famosa como la casa de altos estudios.

El trayecto conecta al centro educacional con el corazón de la ciudad donde descansan los restos del Che. Media hora, aproximadamente, dura el recorrido o la aventura, según se vea.

“Clasificar” es el término acuñado por los universitarios para nombrar a quienes logren montarse en la guagua después de someterse a empujones y hasta golpetazos con un pomo plástico como sucedió en una oportunidad, cuando una mujer utilizó un envase de este tipo para aleccionar al jovencito que intentaba colársele.

Este ómnibus urbano no solo recoge a quienes estudiamos ahí, sino a todos los habitantes de los pueblecitos ubicados a orillas de la carretera, entre ellos, los pioneros de los distintos niveles de enseñanza. Una de Secundaria Básica inspiró este post.

Venía yo sentado, casi dormido, cuando noté la avalancha de uniformes blancos y amarillos que “asaltaba” la guagua. A mi lado, el asiento vacío lo ocupó una muchachita de 14 años a lo sumo. Ella se quedaba una parada después de la mía.

“La 3” llegó a la Universidad y cuando me disponía a bajar aquella chiquilla me preguntó:

-Señor, ¿qué hora es?

Todo se detuvo cuando escuché el encabezado de la pregunta. Ya había sido víctima, del vocablo “compañero”- utilizado también para referirse a personas mayores, por una cuestión de respeto-,  pero nunca esperé ser llamado “señor” a mis 23 años, todavía jóvenes.

Solo pensaba en un espejo para mirar mi rostro en busca de alguna arruga, cana, o una razón convincente para que la adolescente se refiriera a mí de aquella forma con su vocecita tímida.

Por un instante me sentí tan viejo como mi abuelo a sus 91 estaciones, con el cuerpo estrujado… Quise explicarle que solo tenía 23 años pero no pude. Si no me bajaba, continuaba el viaje hasta no sé dónde.

Al final olvidé decirle que era poco más de las cinco de la tarde.

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Estampas entre penumbras

Estampas entre penumbrasGusto poco de la vida campestre, lo admito. Aunque mi abuela materna nació en un cerro del Escambray, el encanto de permanecer rodeado de palmas, ríos, tierra, vacas y terneros perdura hasta el atardecer. Ahí el hechizo pierde efecto y mientras el Sol desaparece, crece en mí un deseo incontrolable de correr hasta la ciudad más cercana. “El campo es para las vacas”, sostenía un  ancestro desconocido, a cuya sentencia me acogí cuando comencé a espigar-nada tengo en contra de quienes viven en esos parajes, no los enjuicio en absoluto, aclaro.

Sin embargo, si alguien me hubiese vaticinado que la semana pasada terminaría a bordo de un jeep, dispuesto a adentrarme en el corazón de varios pueblitos rurales,  en medio de una noche sin luna, nunca le hubiese creído.

Sucedió. Después de terminar una cobertura me informaron de una salida nocturna en compañía de algunos dirigentes del territorio para conocer acerca de varias irregularidades ocurridas monte adentro.

Deslumbrado por la propuesta,  accedí sin más pretensiones que ganar en entrenamiento para mi futura profesión. Nada imaginaba del cúmulo de vivencias que traería al regreso, más allá de la información recopilada con trazos apurados para redactar después.

Apenas entrábamos a Magua, un caserío de pocos habitantes, alejado de la carretera, cuando las luces delanteras descubrieron la primera imagen. Sentados en la parada, donde lo mismo se detiene un camión que un ómnibus Víazul, tres guajiros velaban por la tranquilidad de la zona, inmersos en la más completa oscuridad, con los caballos amarrados bien cerca y un machete a mano listo para usar en caso de imprevistos. Hacían cuentos, tal vez tan ficticios como los de Juan Candela para “matar el tiempo porque no existe nada mejor que sentarse en este quicio y conversar todas las noches”.

Ya en el camino central se erigían casas de madera a ambos lados. Otra vez las luces delanteras develaban colores, esta vez de las plantas sembradas en latas y colgadas en los portales para embellecerlos. Había helechos, tilo, violetas… entre otras especies botánicas que contrastaban con los muros de tablas. Una puerta estaba abierta, desde el interior una anciana intentaba descubrir quién interrumpía la quietud nocturna.

Al regresar rumbo a la carretera, un hombre sorteaba la irregularidad de la vereda, carente de alumbrado público, mientras llevaba al hombro un saco bastante pesado, según parecía. ¿Y si se cae?, dije para mis adentros. Pregunta tonta, bastaba verle evadir los baches sin ninguna linterna o farol para comprender que conocía la ruta al dedillo.

Casi llegando a Manaca, un batey donde en tiempos del esplendor azucarero se erigió una de las casas-haciendas más renombradas en todo el Valle de los Ingenios, dos jinetes cabalgaban rumbo a las afueras con las cantinas de leche vacías. Apenas eran las once de la noche “pero ya hay que tenerlo todo previsto para empezar a ordeñar cuando den las cuatro de la madrugada y así la leche llegue a tiempo”.

A pocos metros un foco alumbraba los corrales donde permanecían controlados toros y carneros. “¡Custodio!”, llamó el funcionario. De las ruinas de una carpintería apareció la silueta de un hombre achaparrado, de aspecto noble y ropa gastada. De inmediato comenzó a responder las interrogantes relacionadas con el trabajo, pero a mí me quedaba la duda: “¿No le da miedo estar solo aquí durante toda la noche?” “No- respondió él- yo siempre estoy acompañado”. Pensé, lógicamente, en un compañero de turno, pero nunca preví que él apuntaría a un gallo posado en un trozo de madera. “Ese es mi compadre, hace más de tres años está conmigo en cada guardia”.

Mientras atisbaba la valla con el saludo de bienvenida a la ciudad, apresaba en tinta cada una de las estampas descubiertas en medio de las penumbras del campo. “¿Tomando nota, periodista?”, preguntó uno. “Elementos imprescindibles para después escribir el comentario”, respondí…pero nada sospechaba aquel hombre uniformado que mi mente entretejía una historia distinta para publicar el martes.

El imprevisto rumbo a la felicidad

El imprevisto rumbo a la felicidad“(…) Cuando el amor los llame, síganlo. Y cuando su camino sea duro y difícil. Y cuando sus alas los envuelvan, entréguense (…) Y cuando les hable, crean en él (…)” Khalil Gibrán

A la hora de moldear con palabras a su príncipe azul, Isabel solo esgrimió como requisito indispensable que tuviera pocos vellos. La imagen de haber visto un hombre con pelo en pecho en abundancia desde la ventana, años atrás, le atormentó toda la adolescencia al punto de preferir quedarse para vestir santos si fuera preciso, antes de aceptar como esposo a un mancebo peludo. 

Cuando apenas despegaban los años mozos se veía a sí misma casada con un magnate, convertida en propietaria de una mansión. Quizás añoraba despertar con el aroma de los cafetales ubicados a los pies de una hacienda imaginaria de la cual ella sería la dueña y señora… pero ni siquiera albergó entre los más irrealizables pensamientos la posibilidad de sucumbir ante los encantos de un emigrado español. 

Sucedió un día cuya fecha exacta yace extraviada. Isabel frecuentaba una casa en la calle Alameda cuando apareció aquel gallego aplatanado en una finca de Sopimpa, caserío del Escambray, dispuesto a pasear junto a la muchacha con quien se había comprometido hacía poco. 

Para siempre quedará en las enmarañadas veredas de los recuerdos si fue Pío, el emigrante, quien quedó fascinado por los ojos negros y la piel inmaculada de Isabel o si fue ella la que borró de un tirón su prototipo de belleza masculina al ver aquel hispano cubierto de pelo, pero con una mirada seductora que recordaría hasta el último de sus amaneceres. 

Las estampas rescatadas de la memoria ubican al extranjero rompiendo el compromiso antes contraído para cortejar a Isabel, que más tarde sería su esposa por más de seis décadas. Poco le importó a Pío la oposición al noviazgo por parte de sus guardianes en Cuba, mucho menos si la nueva pretendida provenía de un estrato social diferente al suyo. 

A propuesta de un tío de la joven abandonaron la vida citadina para asentarse en el lomerío, dispuestos a hacer prosperar los cafetales adquiridos con el escaso capital de Pío. No imaginaban que aquel negocio terminaría robándole parte de la inversión y los abandonaría a su suerte en una finca inhóspita que aprendieron a administrar sobre la marcha. 

Pese a la trampa, el inmigrante y la trinitaria encontraron la felicidad entre los paisajes bucólicos. Entre el bálsamo de rosas, el olor a tierra mojada y el aroma de las plantaciones tuvieron su primera hija, la mayor de seis hermanas nacidas más tarde. Después de diez años de desgaste, en el surco él, con plancha de carbón en mano ella, reunieron la suma necesaria para trasladarse al Central. 

Para ese entonces Pío empezó a incursionar en el universo de los ferrocarriles como maquinista e Isabel, entre otras tareas, vendía comida a los norteamericanos, dueños de la industria, en la casa convertida en varios momentos del día en una fonda. 

Una vez más-como un deja vú- aunaron el dinero preciso para regresar a Trinidad, ahora con tres hijas más a su cuidado. Después de vivir corto tiempo en la calle Mercedes se asentaron en una vivienda localizada en Reforma para construir el hogar soñado 30 años atrás, cuando eran jóvenes imberbes y se lanzaron a la misión suicida de quererse hasta que la muerte los separara, tal cual sucedió.

La casa, de número 365, devino epicentro de largas tertulias nocturnas, de veladas memorables donde una de las hijas tocaba el piano con impresionante maestría, otra jugaba con muñecas mientras la mayor enamoraba con uno de los hombres más apuestos de la ciudad. 

Cuando el Día de los Enamorados nos pisa los talones revivo la pasión de Isabel, mi bisabuela materna, y el día en que de poco le sirvió la idea entretejida en el pensamiento de un príncipe libre de vellos cuando miró los ojos café de mi bisabuelo Pío; una historia casi in-creíble que espero no muera conmigo, pero para ello necesito recordarle a Eros que todavía le falta un corazón por flechar: el mío.

Barbaridades bárbaras

Barbaridades bárbarasSe llama Francisco Manuel, pero ni amarrado admite le llamen Pancho o por su nombre a secas; prefiere le digan Francisquito o Francis… Siempre que hablo con alguien acerca del regionalismo su nombre sale a flote porque a sus 23 años no existe Dios sobre la tierra que lo haga abandonar su natal Casilda, pueblo de pescadores ubicado camino a la playa Ancón, en Trinidad. Apenas conoce de blogs, aunque terminó embotellado por una de mis musas en julio pasado.

A pocos meses de inaugurar la Isla nuestra de cada día me confió una pesquisa que venía realizando tiempo atrás, cuando encontró en los errores provocados por el hablar presuroso de varios miembros de su familia, amigos, colegas… la solución al tedio provocado por los calores estivales.

“Barbaridades bárbaras”, así tituló la compilación de disparates que depositara en los almacenes de mi computadora meses atrás con el propósito de mostrarme el resultado de estar con el oído alerta y el lápiz en punta para anotar el mínimo desliz.

Nada sospechaba, o mejor dicho, nada sospecha él que justo este martes una selección de sus apuntes sale a la luz pública. Espero los disfruten.

BARBARIDADES BÁRBARAS (SELECCIÓN)

  • “Si te vas a bañar coge el baño que está dentro del cubo”.
  • “Apaga la puerta y cierra el televisor”.
  • “Mira como esta  rampusiando para el Sur”. (rampusiando por relampagueando)
  • ¿Esos espejuelos no tienen ampliación?  (ampliación por aumento)
  • Se aguantó el codo y dijo: “¡Qué clase de dolor tengo en el calcañal!”
  • “Hay que anunciarlo por el parlante”. (parlante por autoparlante)
  • “Tú dame la cámara que yo voy a ser el videógrafo”.  (videógrafo por camarógrafo)
  • Dice Fulana: -“Mañana tengo que hacerme un intrasonido”.  Mengana corrigiéndola le responde: -“No se dice así, se dice trasonido”. (intrasonido y trasonido por ultrasonido)
  • “Ese hombre habla con mucha henestecidad”. (henestecidad por honestidad)
  • “Ella es tremenda actora”. (actora por actriz)
  • “Lo peor que tenemos nosotros es que somos muy perfeccionalistas”. (perfeccionalistas por perfeccionistas)
  • “Ábreme la luz”. (abrir por encender)
  • “Está muy oscuro. Perencejo, ilúmbrame aquí”. (ilúmbrame por ilumíname)
  • “Al final voy a terminar teniendo una estrucción intestinal” (estrucción por obstrucción intestinal)
  • “Arrempújame pa’ que tú veas lo que te va a pasar”. (arrempújame por empújame)
  • “Se formó tremendo fafarrancho”. (fafarrancho por zafarrancho)
  •  “Ya estoy mejor del catarro. El médico me mandó a tomar combióticos”. (combióticos por antibióticos)
  • “Hazme el favor y no empieces a fufurruñar”. (fufurruñar por refunfuñar )
  •  “Ahora vengo de ponerme una indección”. (indección por inyección)
  • “Al final eso va a terminar en un succidio” (succidio por suicidio)

A estas “Barbaridades bárbaras” añado una que me sucedió en la capacitación para el Censo de Población y Viviendas del pasado septiembre:

Una muchacha quería saber si yo estudiaba en la Universidad. Al responderle que sí me pregunta entonces cuál carrera.

-“Periodismo”-contesté.

Inmediatamente un joven sentado delante de mí se volteó, y con mirada de asombro inquirió:

– ¿Qué tú estudias… CARDIOQUISMO?