Estampas entre penumbras

Estampas entre penumbrasGusto poco de la vida campestre, lo admito. Aunque mi abuela materna nació en un cerro del Escambray, el encanto de permanecer rodeado de palmas, ríos, tierra, vacas y terneros perdura hasta el atardecer. Ahí el hechizo pierde efecto y mientras el Sol desaparece, crece en mí un deseo incontrolable de correr hasta la ciudad más cercana. “El campo es para las vacas”, sostenía un  ancestro desconocido, a cuya sentencia me acogí cuando comencé a espigar-nada tengo en contra de quienes viven en esos parajes, no los enjuicio en absoluto, aclaro.

Sin embargo, si alguien me hubiese vaticinado que la semana pasada terminaría a bordo de un jeep, dispuesto a adentrarme en el corazón de varios pueblitos rurales,  en medio de una noche sin luna, nunca le hubiese creído.

Sucedió. Después de terminar una cobertura me informaron de una salida nocturna en compañía de algunos dirigentes del territorio para conocer acerca de varias irregularidades ocurridas monte adentro.

Deslumbrado por la propuesta,  accedí sin más pretensiones que ganar en entrenamiento para mi futura profesión. Nada imaginaba del cúmulo de vivencias que traería al regreso, más allá de la información recopilada con trazos apurados para redactar después.

Apenas entrábamos a Magua, un caserío de pocos habitantes, alejado de la carretera, cuando las luces delanteras descubrieron la primera imagen. Sentados en la parada, donde lo mismo se detiene un camión que un ómnibus Víazul, tres guajiros velaban por la tranquilidad de la zona, inmersos en la más completa oscuridad, con los caballos amarrados bien cerca y un machete a mano listo para usar en caso de imprevistos. Hacían cuentos, tal vez tan ficticios como los de Juan Candela para “matar el tiempo porque no existe nada mejor que sentarse en este quicio y conversar todas las noches”.

Ya en el camino central se erigían casas de madera a ambos lados. Otra vez las luces delanteras develaban colores, esta vez de las plantas sembradas en latas y colgadas en los portales para embellecerlos. Había helechos, tilo, violetas… entre otras especies botánicas que contrastaban con los muros de tablas. Una puerta estaba abierta, desde el interior una anciana intentaba descubrir quién interrumpía la quietud nocturna.

Al regresar rumbo a la carretera, un hombre sorteaba la irregularidad de la vereda, carente de alumbrado público, mientras llevaba al hombro un saco bastante pesado, según parecía. ¿Y si se cae?, dije para mis adentros. Pregunta tonta, bastaba verle evadir los baches sin ninguna linterna o farol para comprender que conocía la ruta al dedillo.

Casi llegando a Manaca, un batey donde en tiempos del esplendor azucarero se erigió una de las casas-haciendas más renombradas en todo el Valle de los Ingenios, dos jinetes cabalgaban rumbo a las afueras con las cantinas de leche vacías. Apenas eran las once de la noche “pero ya hay que tenerlo todo previsto para empezar a ordeñar cuando den las cuatro de la madrugada y así la leche llegue a tiempo”.

A pocos metros un foco alumbraba los corrales donde permanecían controlados toros y carneros. “¡Custodio!”, llamó el funcionario. De las ruinas de una carpintería apareció la silueta de un hombre achaparrado, de aspecto noble y ropa gastada. De inmediato comenzó a responder las interrogantes relacionadas con el trabajo, pero a mí me quedaba la duda: “¿No le da miedo estar solo aquí durante toda la noche?” “No- respondió él- yo siempre estoy acompañado”. Pensé, lógicamente, en un compañero de turno, pero nunca preví que él apuntaría a un gallo posado en un trozo de madera. “Ese es mi compadre, hace más de tres años está conmigo en cada guardia”.

Mientras atisbaba la valla con el saludo de bienvenida a la ciudad, apresaba en tinta cada una de las estampas descubiertas en medio de las penumbras del campo. “¿Tomando nota, periodista?”, preguntó uno. “Elementos imprescindibles para después escribir el comentario”, respondí…pero nada sospechaba aquel hombre uniformado que mi mente entretejía una historia distinta para publicar el martes.

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16 Respuestas a “Estampas entre penumbras

  1. Dr.Mario Alberto Triana Estrada

    Intersante , todos alertas , bonita experiencia Carli

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    • Carlos Luis Sotolongo Puig

      En algo tienes razón, Mayi, hay que estar alertas a ciertas estampas que pueden poner en riesgo el quehacer en nuestros campos…
      Agradezco mucho la oportunidad que tuve en este viaje… Un beso. Gracias siempre por dedicarme los martes y los domingos.

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  2. Usted sí sabe sacarle partido a todo, compadre. Buen ejercicio,¿no?
    Siempre te seguimos los martes. Saludos.

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    • Carlos Luis Sotolongo Puig

      De eso se trata, Roberto, aprovechar al máximo cada cobertura, cada experiencia que pueda tener como futuro profesional; buscar más allá… no conformarse NUNCA!
      Saludos…

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  3. Bonito relato Carli, sobre todo, la experiencia vivida y luego el poder hacérnosla llegar a todos los que te esperamos en Islanuestra. Un beso.

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    • Carlos Luis Sotolongo Puig

      Gracias, Hecti…de nada sirven esas experiencias si no las comparto con ustedes, que cada semana me dedican su tiempo, me aconsejan y velan por mí desde la distancia… Un beso.

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  4. Jejeje, coje el trillo, venao!
    Ataca, Chicho, el Carli se mandó pal monte a chismear sobre los guajiros y el desenfreno!
    A mí me gusta mucho el campo, mi socio, visto en postales y en el cine… Serio, acampar en medio de la naturaleza es algo fascinante. Lo hicimos ahora en Costa Rica, pero acampamos en una casa de familia, en medio de la civilización, con agua caliente, teléfono, Tv y comodidades modernas. Ay, Dios, qué malos querrilleros somos hoy en día! Jajaja, disfruta de la vida, mi socio!
    El Manue

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    • Carlos Luis Sotolongo Puig

      jejejeje, tienes razón, Manue, somo malos guerrilleros, aunque debo alegar en mi defensa que estoy dispuesto a acampar en pleno monte si voy en un buen grupo. En las vacaciones del año pasado estuvimos una noche entera acampando en la playa, fue maraviilloso!!!, pero eso de vivir en el monte… mmm, no es lo mío.
      No obstante, esta experiencia fue única y, sinceramente, espero se repita!!! Nos vemos!!! Un saludo para todos!!!!

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  5. bueno, respiro tranquila, eres mi hermano al 100%, yo tampoco gusto de la vida campestre y mucho menos nocturna… pero qué bueno que ese viaje te dejara estas historias.

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    • Carlos Luis Sotolongo Puig

      Y qué bueno que llegas este martes, Ley!!!!! Qué bueno que siempre estás para darte la primicia de cada historia. Otra coincidencia que nos une… poco monte y mucho mar…

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  6. Carli, confieso que si algo extraño de mi vida de reportera del Plan Turquino eran precisamente esas escapadas al campo. No me gustaban para nada aquellas reuniones de ciudad en las que se decía -todavía se dice- que en el campo todo está bien y los campesinos son felices, lo que realmente me hacía feliz era trepar las cuestas de esas lomas trinitarias, encontrarme un guajiro que preparara el café en colador y me sorprendiera con esas ocurrencias como solo las tiene la gente del campo. Me ha encantado este post, como me sigue encantando el campo. Eso sí, de visita, jejejeje. Besos

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    • Carlos Luis Sotolongo Puig

      Tienes razón cuando, Gisse, el discurso de los campesinos ha variado muy poco, o nada en realidad. Son esas estampas las que me hicieron ver ese paisaje nocturno con otros ojos, las que transformaron aquel recorrido- provechoso igualmente, aclaro- en algo más que una experiencia reporteril. Ya verás como subiremos pronto a las lomas los dos!!! y traeremos nuevas historias, nuevas imágenes de esta Cuba profunda que vive en las montañas de la isla nuestra de cada día. Un beso. Eso sí, a las seis bajamos jejejejej.Gracias por regresar cada martes. Un beso

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  7. Carli: Sinceramente agradezco todo lo que con cariño y dedicacion nos plasmas para beneplacito de todos , yo vivo en una urbe donde si algo falta es el verdor caracteristico de nuestrio ambiente trinitario, en uno de mis viajes visite un lugar maravilloso del cual guardo bellas fotos y recuerdos, se llama La Batata en el centro de las montañas de tope de collantes, mi esposa quedo fascinada con tanta belleza natural, ella es Mexicana y siente una gran afinidad por nuestro terruño y en especial por el campo, de veras que agradecemos tu gran esfuerzo por dejarnos tan inigualables imagenes y comentarios.

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    • Carlos Luis Sotolongo Puig

      Para mí es un placer, Jose, saber que me sigues semana tras semana y que siempre estás pendiente, gracias.
      Es cierto que ese verdor se extraña mucho, aun cuando la mayor parte de nuestros días trascurra en la ciudad. Yo mismo trato de ir en las vacaciones al menos una vez al río o a alguna excursión relacionada con lo campestre. Esos paisajes son de ensueño, con unos personajes pintorescos que también hablan de nuestra villa, de nuestra tierra. Muchas gracias reiteradas por dejarme tu impresión este martes. Comenta cuando quieras, que aquí los buenos amigos siempre serán bienvenidos. Un saludo para tu esposa y también las gracias para ella por amar a Trinidad. Abrazos.

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  8. Leido en San Vicente de la Barquera, Cantabria, España. Me gustó tu relato. Saludos

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    • Carlos Luis Sotolongo Puig

      Gracias, Jesús, por leerme desde Cantabria y más aun por dejarme su comentario. Este es mi oasis de martes y desde ya lo invito a que se quede con nosotros cada semana. Un abrazo bien caluroso desde Cuba. Saludos.

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