Archivo mensual: marzo 2013

Folklore de Viernes Santo

Folklore de Viernes Santo“El Diablo anda suelto porque Dios ha muerto”, exclamaría con tono místico Carlos Joaquín Zerquera, fallecido historiador de la ciudad de Trinidad, si este Viernes Santo cruzara el umbral de mi casa.

Y es que con la llegada de la Semana Santa, Semana Mayor o Semana Grande, como también se le conoce en otras latitudes, reaparecen mitos entretejidos entre los cubanos en torno al día de la pasión y muerte de Jesucristo; rituales con más arraigo que el propio significado religioso de la fecha, cuya presencia tiñe la jornada con los matices de la fe popular.

Lo más común es escuchar a alguien preguntar quién cura el empacho-una suerte de desorden digestivo tras el consumo de alimentos- porque solo el Viernes Santo los interesados aprenden cómo aliviar el padecimiento estomacal. Para ello deben acudir a una persona bendecida con el don. Eso sí, nada más pueden ser tres aprendices por cada maestro. Existen varios métodos: una toalla, una cinta… y cuentan que si olvidas la oración, no naciste con la gracia.

“Por nada de este mundo pienses en barrer si no quieres ser víctima de la invasión de las hormigas. Barres y entran al momento”, dicen por ahí. También cesan las matanzas de los animales; según cuentan, ni siquiera se puede maltratar a las lagartijas porque “ellas borraron con su cola las huellas dejadas por José y María en el desierto cuando huyeron del Rey Herodes”.

Otra leyenda señala que las plantas no deben podarse. Si se desafiara la furia divina, en el caso del almácigo brotará del tallo una sustancia roja en vez del acostumbrado líquido blanco, como remembranza a la sangre del crucificado. Durante la semana deben sembrarse los gandules, para recogerlos listos en Navidad.

De toda la pesquisa previa a la escritura, la más curiosa para mí resultó el mito del huevo de la gallina. Al decir de una amiga, a su abuelo, afectado por la diabetes, le curaban el pie con la resina del huevo puesto por la gallina el Viernes Santo. Había que dejarlo secar, misteriosamente no se ponía “culeco” (clueco, de manera correcta), entonces se aplicaba sobre el paciente.

Hasta el amanecer del Sábado Santo reposan los vasos espirituales, caracoles y cartas. Solo los interesados en hacer mal aguardan al mediodía para pactar con el demonio, el resto de los representantes de los cultos sincréticos cubanos caminan rumbo al templo, vestidos de blanco, para postrarse ante el Santísimo Sacramento del Altar.

A pesar del escepticismo de algunos, existen quienes no tienen las agallas para desobedecer estas disposiciones de procedencia desconocida, legadas de una generación a otra hasta inscribirse en las estampas costumbristas de esta Isla.

Este viernes la procesión del Santo Entierro caminará por las arterias empedradas de Trinidad. Otra vez -al menos durante 24 horas-llegará la quietud que otrora reinaba en el Centro Histórico de la villa; otra vez el pueblo acompañará al Santo Sepulcro, la Virgen de la Soledad y San Juan en su peregrinar hasta el Calvario… y otra vez el imaginario popular desatará las supersticiones de Viernes Santo. Algunos aprenderán a aliviar empachos, las escobas, caracoles y otros métodos adivinatorios reposarán, alguien ofrecerá promesas a Satanás, los animales respirarán aliviados, las plantas no sufrirán daños y los pollitos en formación devendrán bálsamo bendito para convalecientes.

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¡Habemus Papam!

Habemus PapamPara luchar contra la somnolencia del mediodía, encendí el televisor para sintonizar Telesur- he creado adicción desde la llegada del canal multinacional a la televisión cubana-, sin ningún interés en particular. La pantalla me sorprendió con una multitud reunida en la Plaza de San Pedro, ansiosa por conocer al Papa recién elegido en el cónclave más corto de la historia.

Sin embargo, bastó que el Sumo Pontífice asomara al balcón de la Basílica a presentarse ante los fieles y dar la bendición “Urbe et Orbi” para que los medios de comunicación pusieran ojo alerta sobre el Pastor de la Iglesia Católica y entretejieran las más variopintas teorías, en un pestañazo.

Algunas de ellas ratifican con la elección del jesuita Jorge María Bergolgio el vaticinio de Nostradamus cuando previó un papado de transición al que sobrevendría el último sucesor de Pedro porque con él llegaría el controversial Apocalipsis. Yo me pregunto, ¿no serán los medios de comunicación los interesados en profetizar otra vez el fin del mundo tras el fallido intento del calendario maya? Del otro lado están quienes vieron en este hombre de 76 años el remedio santo-nunca mejor dicho-a los desmanes de Latinoamérica.

En medio de la hojarasca, prefiero acogerme a pequeños actos de Francisco I desde su primera salida en público como anunciarse en primer término como el Obispo de Roma y no como el vicario de Cristo; que haya pedido a los feligreses una oración a la Divina Providencia por él, antes de impartir su bendición; que haya besado la estola sin tanta parafernalia y haya escogido el nombre de Francisco en honor a Francisco de Asís, fundador de la Orden Franciscana cuyo carisma reside en la pobreza.

Además de constituir el Pontífice Supremo de la Iglesia Universal, el Papa lleva sobre sus hombros no solo la responsabilidad de mantener el Ministerio de Pedro sobre la Tierra, sino también velar por los asuntos del Estado del Vaticano- tan o más complejo que otra nación del orbe-. Aún cuando sea el siervo de los siervos de Dios, el calificativo no lo exime de su condición humana, de equivocarse, aunque a los consorcios informativos internacionales, enfrascados en resaltar la postura asumida por el religioso en tiempos de la dictadura en Argentina, le cueste aceptarlo.

Lejos de preocuparme por el pasado, temo más que el Santo Padre manifieste un pontificado rígidamente teológico en vez de acercar más la Iglesia Católica a los creyentes; de no despojarse de visiones arcaicas para hacer de la Casa de Dios un sitio más tolerante a los nuevos tiempos y esquive archiconocidos asuntos peliagudos en torno a representantes eclesiásticos.

Al menos, repito, el ejercicio de su cargo ha empezado desechando los bombos y platillos rescatados por Benedicto XVI, abolidos en el Concilio Vaticano II, que lejos de establecer una común-unión entre Iglesia-católicos, creaba un distanciamiento cuyo fin resultaba la migración de fieles.

El hecho de tener una visión latinoamericana dentro de la Santa Sede, distinta de los acostumbrados cánones europeos, constituye un logro de por sí; el hecho de que Francisco I provenga de una orden religiosa permite enfrentarse al cargo con nuevos matices, pienso yo.

De toda la algazara mediática me quedo con la imagen del arzobispo, devenido el primer Papa latinoamericano, que partió a Roma con zapatos prestados, renunció a su chofer, prefiere la austeridad, ha declarado que la Iglesia de Cristo debe identificarse con la pobreza y al rezar su primer Ángellus, este domingo, invitó a ser misericordiosos. Mientras, permanezco con los pies sobre la tierra, con la esperanza de que Francisco I conduzca por rumbos prósperos a la Iglesia fundada por Jesús de Nazaret, con más acciones y menos reflexiones.

255

Logotipo de la carrera de Periodismo en la UCLV

Logotipo de la carrera de Periodismo en la UCLV

“(…) porque la gente no son más que números”. Polito Ibáñez

El 13 de febrero de 2008 llegué por primera vez a la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas con el afán de superar mi título de Técnico Medio y Bachiller en Gestión Documental y Archivos. Tenía claro mi deslumbramiento por los medios de comunicación masiva, por eso escribí en primera opción la carrera de Comunicación Social, pero jamás valoré el Periodismo como una posibilidad, no por falta de interés, sino porque pensaba que la carrera estaba destinada solo a estudiantes de preuniversitario.

Faltaba solo una casilla por completar y no podía enmendar mi elección, según me alertaron en el Departamento de Ingreso para no decidir a la ligera. Con la esperanza de encontrar una opción para sellar mi boleta sin tener que recurrir a las carreras previamente desechadas, volteé la hoja. Ahí estaba Periodismo. Entonces supe que podía optar por la profesión más bella del mundo, según lo definiera García Márquez.

“En un mes regresas para las pruebas de actitud”, me informaron. Cuatro semanas después estaba en la Facultad de Humanidades sin más pretensiones que lanzarme a la aventura, dispuesto a luchar por una plaza.

Recuerdo el mínimo detalle, el pantalón de mezclilla azul, el pulóver blanco con dos franjas verdes en las mangas, los zapatos color piel. En la agenda llevaba el resultado del método aplicado durante el tiempo de mi preparación: quien llegara a mi casa debía formularme una pregunta de cualquier tópico. Luego añadí a la sopa de interrogantes las lecciones recibidas de mi abuelo acerca de Política, el entrenamiento de Arte, a cargo de mi padre, junto a los recortes de las noticias más trascendentales publicadas en la prensa, recopilados por mi madre.

Aquel martes, 13 de marzo, quedé reducido a tres dígitos: 255. El pequeño cuadrado de papel con el cuño estampado de la Universidad y encima el número, escrito en tinta azul, se convirtió en un carnet de identidad sin el cual no podía realizar a las fases siguientes, en caso de aprobar la primera.

Antes de empezar a responder las 25 preguntas del cuestionario, me encomendé a Dios y a los espíritus de mi familia. Cometí errores, no me avergüenza decirlo: los nervios me impidieron dilucidar cuál era el humedal más grande de Cuba, la organización de masas más grande del país y a quién se le conocía como el General de los Hombres Libres. Sin embargo, tampoco niego que salí de la primera prueba confiado, no por autosuficiencia sino por lógica: solo había fallado en 3 de 25, tenía buen average.

Al anunciar los seleccionados para la segunda ronda, fui el último número en mencionar. Respiré y volví al ataque, ahora solo quedaban 6 de 30 jóvenes en el inicio. Pero la felicidad con que salí la primera vez se vino abajo al terminar la segunda fase, concerniente a redacción, interpretación y dictado, porque el resto de los aspirantes desarrolló el texto en más de una hoja. A mí me sobró espacio. “Recuerda que los periodistas deben ser concisos”, me consoló mi padre al ver mi poca fe.

Sin embargo, por segunda vez la suerte -o el destino- me sonrió y quedé entre los escogidos para la última fase. Nuevamente fui el último número anunciado.

Algún episodio perdí por el impacto. Solo recuerdo a mi padre abrazándome, a mi hermana negra felicitándome y a un amigo, por ese entonces estudiante de Psicología, estrujarme el cuerpo.

Una vez dentro del aula recuperé mi nombre. Fui el segundo en someterme al tribunal; mas la embestida devino en diálogo ameno donde diserté sobre los años en el Politécnico y cómo había llegado a convertirme en aspirante a periodista; hablé de Isabel Allende, de la sección infantil a mi cargo en Radio Trinidad cuando era pequeño y de la ausencia de un antecedente familiar dedicado al oficio de José Martí, Jorge Mañach, Enrique de la Osa, José Alejandro Rodríguez, Luis Sexto…

Al día siguiente supe que había quedado en segundo puesto. Entonces aquella aventura no me pareció descabellada y pensé en la sentencia pronunciada por mi madre en infinidad de ocasiones: “los caminos no pueden torcerse”. Nunca pensé encaminarme por los rumbos del Periodismo, pero tal vez me estaba predestinado.

Todavía conservo el papel cuadrado con el número grabado en tinta, otro de mis compañero-él fue el 280- lo atesora en su billetera. “Lo quiero plasticar para no perderlo nunca”, me dijo cuando le comenté sobre este post. Mañana el calendario marcará cinco años, pero ni el más superfluo detalle de aquel martes, cuando giré el picaporte de las puertas del Periodismo con un número de tres dígitos, logra desdibujarse.

La furia del libro

La furia del libro

Cuando la Feria Internacional del Libro llega a los municipios del país experimento una sensación de escepticismo y, al final, ratifico mis suposiciones un año tras otro: hace mucho, pero mucho tiempo, que la directriz principal de la fiesta de la literatura yace difuminada, sin remedio aparente.

Al menos así sucede tanto en la ciudad de mis nostalgias como en otros parajes de Cuba, a juzgar por diferentes opiniones recogidas en otras bitácoras personales.

Cada vez que estoy en un costado de las infelices tiendas erigidas para proteger a ejemplares y vendedores tengo un falso dejá vú. Y es que buena parte de los títulos me resultan familiares porque estaban en la feria anterior, pero como nadie quiso llevarlos a casa los confinaron al estante de una librería el resto del año. Ahí durmieron hasta este febrero, cuando le sacudieron el polvo para volverlos a distribuir con la esperanza que corran mejor suerte.

Este año la librería, un improvisado punto de venta en el portal del Cine Romelio Cornelio, junto a dos carpas de Artex constituyeron los únicos escenarios para los lectores trinitarios. Apenas llegaron un número considerable de los ejemplares recién editados y cuando sucedió, se requirieron dotes acrobáticos para alcanzar uno porque debías enfrentar a una muchedumbre que, en la mayoría de los casos, los adquirió “porque es el libro de este año y me dijeron estaba buenísimo”, según escuché, como si se tratara de un insumo cualquiera.

Me niego a aceptar la pobreza de títulos y supongo que algo de cierto tienen los comentarios pronunciados en voz baja sobre los textos que nunca salen a la luz y transitan furtivamente en las barrigas de los bolsos, cubiertos por papel periódico, hasta llegar a las bibliotecas particulares. 

“Comprar un libro es un acto completamente espiritual. Es preciso tocarlo, hojearlo, saborearlo…”, dice mi madre, pero quedas perplejo al ver el gentío abultarse mientras alguien le exige a la vendedora “dame ese de ahí, el del muñequito blanco sobre el fondo rojo, ese mismo…”

Al menos en Santa Clara, la ciudad donde estudio, se respiran aires diferentes-aunque también con dosis de contaminación- y hablan de tal evento teórico o mas cual conversatorio como Dios manda. No así en mi Trinidad-ah, las desventajas de volcarse de a lleno al turismo y no prever cómo se extingue el desarrollo cultural que otrora tuvo la ciudad-.

Tal vez quien decretó el carácter anual-y hasta obligatorio- del evento no previó cómo estos días de plácemes para el recreo intelectual devendrían una especie de fiesta popular, donde los volúmenes se transforman en raseros para el bolsillo de los ciudadanos.

Por estos días compro pocos libros, confieso, acaso porque me resulta ridículo verme como quienes cargan bolsas repletas de ejemplares cuyas páginas, tal vez, jamás abrirán y quedarán condenados en un rincón hasta la llegada de las trazas, en el mejor de los casos, porque aun en medio de la marisma hay quien no puede resistirse al encanto de ostentar a través de la compra.  

La mejor definición del fenómeno la escuché el pasado diciembre en boca un profesor. “Cuídense, muchachos-advirtió-. Cuando la Feria comienza, las personas adquieren hábitos obsesivos compulsivos porque se desata una peligrosa enfermedad, un  virus llamado la furia del libro”.

¡Dios me libre de contraerlo!