Archivo mensual: abril 2013

Yo también fui Principito

Yo también fui Principito“Éste es, para mí, el más bello y el más triste de los paisajes del mundo”. Antoine de Saint-Exupéry

Con seis años le dije a mis padres que quería disfrazarme de El Principito para participar en “El personaje de mi cuento”, un concurso organizado por la biblioteca municipal de Trinidad donde cada quien representaba al protagonista de una historia. Me convertí en el mago Merlín, el conejo Ratapón, el escarabajo Miguel, Juan Candela, el músico alemán Johann Sebastian Bach…, pero siempre conservé con especial cariño mi primera interpretación.

Dicen mis padres que a los pocos meses de nacido, en medio de mis perretas nocturnas, me susurraron fragmentos de la obra de Antoine de Saint-Exupéry. Tal vez aquella lectura de la que no tengo recuerdos explique mi apego a la historia y la fascinación no sea, como creía, porque El Principito usara una capa-adoraba los personajes con capas como príncipes, brujos, hechiceros-.

Así fue cómo hablé de baobabs, asteroides y defendí a ultranza frente a mis compañeros de aula la existencia de aquel niño, único habitante de un planeta localizado a millas de distancia, guardián de una rosa. Logré repetir al dedillo la frase de la zorra-muy trillada hoy día-, una sentencia que he murmuro cuando he sufrido algunas de las miserias de este mundo.

Poco antes de los 18 releí la historia. Entonces apareció la melancolía, el vacío en el pecho, el llanto con que termino de leer la petición, desgarradora para mí, del último párrafo: “¡Sean amables entonces! No me dejen así, escríbanme, díganme que el principito ha vuelto”.

Acaso porque yo también tenía mi propio asteroide, mi oasis en el cielo; por el encanto desmedido a los faroles, a mirar las estrellas…; quizá porque he sido feliz desde las tres, si alguien viene a las cuatro o porque quisiera sentirme domesticado, es que siempre tengo a mano mi edición de 1999, de hojas coloreadas por la humedad y puntas torcidas de tanto hojearlas, dispuesta a erigirse como asidero ante los agujeros sentimentales de mi alma.

La única vez que supliqué por una pintura fue por una de El Principito. La obra retrata al personaje de pie en su asteroide, acompañado de su rosa y su volcán, pero con el pensamiento puesto en el dinero- una imagen muy postmoderna, pero de El Principito, a pesar de todo-.

Lo dibujó un amigo de mi padre para una exposición en la Casa del Joven Creador, cuando la institución funcionaba en Trinidad. No sé dónde encontré el valor, pero valió la pena: terminé llevándome dos obras más: cuando el pequeño emigra a los planetas, ayudado por las aves silvestres y la del geógrafo, “el viejo señor que escribía libros enormes (…) y sabe dónde se encuentran los mares, los ríos, los pueblos, las montañas y los desiertos”.

Ha transcurrido más de una década desde la mañana en que mi tía abuela adaptó un pantalón rojo a mi cuerpo esquelético, de niño de primaria y los amigos de papi pintaron una flor y dos estrellas en cartón para ayudarme a encarnar a ese niño preguntón, a quien todavía imagino en su asteroide; el protagonista del libro que me enseñó a dudar, a no quedarme con respuestas incompletas, a insistir siempre. Ha transcurrido más de una década y todavía El Principito me arroja a la cama… y me hace soñar.

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En la tierra de los demonios

En la tierra de los demonios

A Ley, promotora y capitana de este viaje. A Ángel, motivo de la visita.

 Cuando visité Remedios por primera vez fue para asistir a sus tradicionales parrandas del 24 de diciembre-una viaje pendiente de escritura-. El jolgorio marcó para siempre mi vida no solo por el colorido, los fuegos artificiales, el gentío congregado de todas partes de Cuba y el mundo, sino porque pude ver el apego de los pobladores a la fiesta, del ímpetu para convertir su bando en ganador.

Hasta hace pocos días mantenía en mi memoria a Remedios como un pueblito de ensueño, ubicado en el centro de esta Isla, pero al bajar del camión la imagen idílica se desvaneció y constaté que la octava villa fundada en Cuba trasmite la sensación de cansancio, muy común en diversosos parajes de la geografía nacional.

A juzgar por la quietud parecía como si la esclava Leonarda se había levantado de entre los muertos con el vientre repleto de demonios y había ahuyentado a los pobladores del terruño, como sucedió en épocas de la Colonia cuando los moradores de entonces escaparon del emplazamiento para fundar la ciudad de Santa Clara, como narra la leyenda.

Ello, unido al contraste de ver en una esquina la Iglesia Mayor San Juan Bautista con la fachada pintada, sus altares enchapados en oro, y al otro extremo las ruinas del templo donde estuvo la imagen de la Virgen María del Buen Viaje, hallada hacia 1600,  quien debería constituir la Patrona de Cuba, según reza en el imaginario popular, provocaba una impresión de despreocupación acumulada.

Es como si Remedios estuviera olvidada, anquilosada y el hecho de constituir el octavo asentamiento poblacional erigido por los conquistadores españoles o tener a su favor el halo que envuelve a estos territorios fuera suficiente para captar la atención de los interesados en conocerla y no precisara, al menos, sacudirse los aires de dejadez, o maquillar algunas fachadas para los visitantes -digo maquillar porque hablar de restauración en estos días puede convertirse en un verdadero eufemismo-.

A pesar de los descalabros la ciudad tiene el olor al misterio, al polvo del mito, el encanto del silencio del mediodía, el anciano sentado en la glorieta del parque, el joven con la guitarra al hombro, el vendedor de frutas, el niño travieso…

Gracias a esas señales la mente empieza a vislumbrar colores en medio del agrisado paisaje arquitectónico; entonces olvida el desamparo que pesa en el ambiente y emerge el antiguo Remedios, la misteriosa ciudad de los demonios cuya fecha exacta de nacimiento constituye aún un enigma, la de los bandos San Salvador y El Carmen, la tierra asediada por corsarios y piratas para arrebatarle el oro de los 13 altares del templo… el sitio donde el advenimiento de la Navidad es único en Cuba.

Ensoñación de primavera

Ensoñación de primaveraSucedió en abril. La noche sería de guitarra, cajón y rumba flamenca, de luces y aplausos. Para ellos, además, la noche olía a enamoramiento.

Semanas antes iniciaron una correspondencia furtiva, un intercambio de mensajes entregados cuando los otros desviaran la atención. Las notas escritas con caligrafía nerviosa, empapadas de la fascinación de haberse encontrado inesperadamente, les producían un cosquilleo en el estómago, un sobresalto constante cuando sus miradas coincidían en medio de discursos latosos.

Llegó el momento en que necesitaron decirse frente a frente las palabras apresadas en papel. Se dieron cita lejos de la ciudad. Conversaron con absoluta franqueza de los sentimientos sofocados en el pecho, se confesaron los temores, los escollos a sortear… y decidieron correr el riesgo.

Aparecieron las escapadas a cualquier hora del día, las excusas con los amigos para justificar por qué llegaban tarde a los lugares, por qué se quedaban embobecidos a pleno mediodía, por qué si uno hablaba del otro, los ojos le resplandecían.

Ellos convertían cada día en único: salían a caminar, compartían música, se regalaban tarjetas sin motivo especial, seguían entregándose cartas, uno le guardaba el dulce favorito del otro para cuando llegara la noche y volvieran a estar juntos. Algo debieron sospechar los demás, pero nunca les preguntaron, al menos no por lo claro.

Pero el secreto no duró mucho tiempo. Empezaron los rumores, los comentarios malintencionados que traspasaron el límite de lo permisible. La aventura devino incertidumbre. La cruz de la inexperiencia y el temor terminó sobre sus hombros y les pesó demasiado-al menos a uno de ellos, quien terminó aceptando, a su pesar, que su braveza no era suficiente para enfrentarse a molinos de viento-.

Comenzó el principio del naufragio, los pretextos para faltar a los encuentros, el nudo en la garganta cuando el uno tenía al otro delante y no se atrevía a decirle la verdad, porque todavía le quería. El letargo terminó con el fin de la primavera, una mañana en que, después de noches de insomnio, uno se resignó a la suerte de dejarle ir. El acuerdo de “quedar como amigos” resultó puro formalismo.

Hoy el silencio tensa el ambiente cuando están solos, apenas sostienen diálogos de larga duración fuera de temas oficiales. Quizá el uno no sabe de la tristeza que acompaña al otro desde la despedida porque nadie le ha vuelto a susurrar que lo quiere y lo necesita.

Todo comenzó y terminó en una misma primavera, la más maravillosa de todas, según confesó. Así sucedió, o al menos así lo contó él hace poco, cuando se reunió con sus amigos y para narrar experiencias definitorias en la vida de cada cual. “Las brisas de abril me remontan al instante donde todo el universo se redujo a un nombre, a un ser con quien me sentí el más excelso sobre la Tierra”, dijo.  

Todavía se pregunta si tomó la decisión correcta, si no hubiese sido mejor lanzarse el vacío, solo por una vez… pero ya no valen las suposiciones. Solo le queda el recuerdo de aquella ensoñación.

Remedio para el cantor

Remedio para el cantorComo muchos citadinos esperan la tarde para pasear a sus mascotas por parques, avenidas, o por el barrio para presumir del pedigrí del animal, si lo tiene, entre otras cuestiones, al verla llegar con un gallo en la mano a la casa de su hermana, ubicada en el reparto universitario de Santa Clara, supuse se trataba de una versión rural de tal costumbre.

A fin de cuentas, de no ser por la Universidad, el campus erigido a la redonda del instituto de la educación superior sería otro de los tantos pueblitos de Cuba partidos en dos por una carretera. “Ella no tiene perros, ni gatos, sino un gallo”, pensé.

Sin embargo, la hipótesis perdió toda validación cuando ella anunció a voz en cuello el motivo de la visita: regalarle el gallo a su sobrino.

El animal no podía tener mejor aspecto: elegante, bien alimentado, de cresta alta y buen pecho, pero, en aras de demostrar su fuerza, cantó con una potencia capaz de estremecer muros. Ahí empezó mi recelo hacia el recién llegado y supe que no nos llevaríamos bien, tal cual sucedería más tarde.

Alrededor de las diez de la noche volvió a emitir un altísimo “quiquiriquííí”. “Seguro es para desearle felices sueños a los vecinos”, intenté convencerme para no caer en la desesperación. Al llegar la medianoche empezó otro concierto, este con más de ocho cantíos por minuto que me sentaron en la cama, con el corazón sobresaltado. Lo peor era el lugar donde tenía lugar la “magistral interpretación”: justo del otro lado de mi ventana.

“Ahorita se calla”, dije mientras echaba mano a los cojines y dos mantas muy socorridas cuando arrecia el frío universitario- quienes hayan sobrevivido al invierno de la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas no me dejarán mentir acerca de las bajas temperaturas en la UCLV- para aplastarme la cabeza. Aún con aquella muralla improvisada para aislar la resonancia, el agudo sonido se clavaba en el tímpano.

Abrí la ventana para ahuyentar al provocador. “Sccchhhh, Sccchhhh”, le repetía para ver si lo espantaba. Él permanecía inmóvil. Empezó a aletear entre canto y canto- o entre acto y acto porque, repito, parecía un unipersonal de lujo-. Tal vez se trataba de una coreografía a mitad del espectáculo. De todas formas, a mí no me daba la mínima gracia.

Probé con agua fría como segunda alternativa. Tampoco funcionó. El silencio duraba lo que el impacto del líquido sobre las plumas. Se sacudía y volvía a la carga. Parece simpático, pero imagínense ¡después de un día de clases, con un calor capaz de enloquecer al ser más ecuánime del planeta que venga un gallo a perturbarte el sueño!

Ante dos intentos fallidos, recurrí a la medida extrema. Llegué al baño, tomé un pomo ubicado debajo del lavamanos, volví a la ventana, asomé la punta del frasco, calculé para dar en el blanco y disparé el chorro de cloro-lo siento, la desesperación no entiende de buenas maneras, no tras fracasar dos veces-. Le di en el pecho. El animal emitió un sonido extraño, como si la voz se le entrecortara y se alejó.

Al día siguiente todos se preguntaban por qué el gallo había perdido tantas plumas en el pecho de la noche a la mañana. “La envidia de la gente. Seguro fue la vecina porque ayer me comentó lo lindo que estaba el gallo”, dijo la madre del dueño. “El mal de ojo es terrible”, mentí.

Si en estos momentos algún miembro de una organización protectora de gallos, o animales en general, lee estas líneas debo añadir en mi defensa que el culpable del caos-en este caso el gallo, aunque parezca lo contrario- está vivo y nuevas plumas asoman en el espacio vacío. Eso sí, ahora canta a la entrada de la casa al llegar la medianoche.