Archivo mensual: junio 2013

Lección a ritmo de tambores

Lección a ritmo de tamborTrinidad aún se sacude la resaca de los carnavales, término que de no ser por el empeño de los moradores por defender a mansalva las fiestas de San Juan y San Pedro, y hacer malabares para mantener en pie las comparsas, se convertiría en otro de los eufemismos del terruño.

¿Para qué aburrir con la misma cantaleta de si los carnavales hoy son sinónimo de saqueo para los bolsillos del ciudadano de a pie; de si Trinidad lejos de mostrar un rostro propio del jolgorio muestra sus calles tal cual lucen el resto del año; de si todo se resuelve con distribuir puntos para la venta de cerveza o levantar timbiriches para los alimentos? Al final todas las respuestas caerían en el mismo saco. Sería llover sobre lo mojado.

Sin embargo, en medio del descontento tengo, al menos, un motivo para respirar aliviado. Sucedió el sábado, cuando un mar de niños celebró el Paseo Infantil Fantasías del Futuro, resultado de la imbricación de diferentes proyectos de la Casa de Cultura “Julio Cueva Díaz”, del territorio. Gracias al esfuerzo de los padres y trabajadores, los pequeños hicieron suyas las calles, y regalaron a la ciudad una mañana pintoresca, a golpe de tambores y pasos de conga, de quitrines y princesas… y dieron, tal vez sin saberlo, una lección de que a veces lo más importante son los esfuerzos unidos en las ganas de hacer.

Los infantes, ajenos al concepto de escasez de recursos, no precisaron más que el sonar de los cueros para levantar sus faroles de papel y empezar a bailar con maestría de profesionales e invitar a otros niños, a las madres, al visitante, al curioso… a sumarse al festín.

Bajaron por la calle Rosario, doblaron por el conocido Callejón del Teatro hasta llegar a Desengaño, en su encuentro con Jesús María, y terminaron en la plaza cultural del Parque Céspedes. Allí recitaron, cantaron, pregonaron, actuaron y bailaron otra vez para Trinidad, sin otra intención que recordarle a los más viejos qué era un carnaval infantil y regalar la experiencia a quienes, como yo, la desconocían.

Quizá sea este el inicio para despertar el adormecido espíritu de carnaval de esta villa, la tercera de Cuba, la Ciudad Museo del Mar Caribe, Patrimonio de la Humanidad… sí, pero también un lugar pródigo en tradiciones carnavalescas, que merecen despolvarse e imponerse ante la apatía o los facilismos de estos tiempos.

Resulta difícil imaginar cuánto pueden enseñar “los que saben querer”, como diría Martí. Tal vez ellos, con esa inocencia suya, no han aquilatado todavía cuánto representó ese paseo sabatino para la tierra donde nacieron. Ojalá a los decisores les haya llegado el mensaje que se escurrían entre el ritmo de los tambores: el de regalarle a Trinidad unos carnavales como merece el próximo año, al celebrar su 500 cumpleaños.

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Singing in the rain

Singing in the rain♪(…) I´m singing in the rain, just singing in the rain. What a glorious feeling (…)♪

La lluvia llegó de pronto. Esta vez no fue necesario correr en estampida a recoger las toallas y la ropa del cordel porque ya mi madre, con esa clarividencia suya, había presagiado el temporal cuando aparecieron los atisbos de los primeros nubarrones, y mi acusación de paranoica quedó en ridículo cuando cayó aquel chaparrón a plena tarde.

Siempre me han gustado los aguaceros. A pesar de mi constante alergia y malestares en la garganta, no fueron pocas las veces que salí colgadizo afuera, en el patio de casa, para empaparme de aquella agua caída de alguna nube celestial, como creía. Una vez afuera quería mojar a quienes permanecían resguardados en la saleta, pero Galinka, madre al fin, adivinaba mis intenciones y advertía “No te atrevas, Carlitín, que mojas el piso y tú no limpias”.

El agua de lluvia sabe a viejo -sí, he tomado un poquito, no se asombren-; es más “gruesa” que la del río o el mar, y tiene el sortilegio de desorbitar a algunas personas y provocarles el deseo irresistible de dejar a un lado bolsos, zapatos, incluso cerrar sombrillas, para sentir la lluvia en la piel.  

Así sucedió cierta vez con una africana, hospedada con su esposo francés en mi casa. Ella sostenía con vehemencia que no había regalo más grande que la lluvia, y al caer la primera gota no pudo resistirse, desabrochó sus ropas, cubrió su parte más íntima y se lanzó desaforada, quizá poseída por alguna deidad, a mojarse toda, incluyendo sus despampanantes pechos descubiertos. Según supe, aquella escena provocó el descontrol de dos amigos, quienes sucumbieron al vapuleo de aquella mujer, diosa a sus ojos.

También a mí algún espíritu me nubló el juicio y me arrojó este domingo colgadizo afuera, al sentir el sonido del agua sobre los ladrillos, para bañarme en un aguacero de junio porque perdí el primer aluvión de mayo por culpa de la fiebre.

Bajo el chorro recordé los misterios de que si el aguacero moja la ropa, esta no debe moverse para evitar infectarla con mal olor y las supersticiones de que el agua de lluvia es la mejor para ablandar frijoles duros o lavarse la cabeza, porque deja el pelo más suave. Así lo hacía mi tatarabuela paterna en un tinajón que ha sobrevivido al paso del tiempo y hoy adorna el jardín.

Quise eternizar el instante. Canté bajo la lluvia, como Gene Kelly; pensé en los aljibes de esta ciudad que justo en ese momento engordaban, para ayudar más tarde a palear la sequía de estos tiempos; miré a mi jicotea y mis dos cotorras sumarse a aquella bendición de la naturaleza y agradecí a la Divina Providencia bautizar el suelo reseco de Trinidad.

Definición

DefiniciónA mi hatajo de locos, por soportarnos tanto tiempo.

Mis amigos no son normales, siempre lo he dicho, y quienes han compartido con ellos me han confesado después que deben tener algunas “tuercas flojas”. Unos llegaron hace años, otros se sumaron después.

Fuera de ese grupo no tuve grandes compinches entre mis compañeros de clases, hasta llegar a la Universidad. Aunque estudiamos juntos desde preescolar hasta noveno grado, hoy mantengo contacto con muy pocos de aquellos 31. Cada quien tomó su rumbo al terminar Secundaria Básica;  apenas tres llegaron a los estudios superiores, el resto terminó el preuniversitario o una carrera en la enseñanza politécnica, a duras penas, no por falta de inteligencia, sino porque nunca simpatizaron con la superación profesional.

Pero siempre he tenido como asidero a mi “hatajo de locos”, como los he definido. No tenemos la misma edad; unos estudian en la Universidad, otros trabajan o buscan empleo, pero las historias de vida nos han llevado a querernos como hermanos.

Cuando tengo visita en casa, antes de presentárselos les advierto: “nosotros no somos muy cuerdos”. “¿Por qué?”, me preguntan… y prefiero se den cuenta ellos mismos porque es muy difícil explicarles que tenderse en la Carretera Central a mirar las estrellas, a plena madrugada, mientras arreglaban la rotura de la guagua; caminar disfrazados por Trinidad en fin de año para hacer reír a los niños; llamarnos a las tantas de la madrugada solo para saludarnos-sin borrachera de por medio-; preparar una comida en diciembre, siempre original- de dulces, sentados en cojines o  rodeados de lujosas copas y platos (prestados todos)-; pescar a pleno día, aunque el sol achicharre la espalda; hacer serenatas a medianoche sin guitarra; celebrar el día de San Valentín todos juntos, solteros y comprometidos… y tantas otras locuras no resultan comportamientos de personas con sano juicio.

Si es preciso nos tiramos de las orejas, nos regañamos. Siempre hay quienes van y vienen, quienes están a medias…, pero yo no imagino mi vida lejos de ese hatajo de locos a quienes les digo poco cuánto los quiero porque me cuesta expresarlo en público -prefiero escribirlo-, aunque la mayoría no conozca de blogs y apenas dos de ellos han podido llegarse, conexión mediante, a la isla nuestra de cada día.

Nos han llamado de todo: desde “bichos raros” hasta “futuros curas y monjas” cuando hemos atravesado la ciudad con el sacerdote o la religiosa rumbo al campo a jugar con los niños de las comunidades. No pocos han quedan boquiabiertos si nos ven bailar y tomar cerveza en la discoteca, los sábados en la noche, o si brindamos con vodka a la orilla del mar. ¡Ay, las mentes estereotipadas-resultado de tantos años de inculcar que la fe es cosa de blandengues-, no puede aceptar que seamos seres corrientes!

La definición más ocurrente la acuñó un hombre parco en palabras, padre de una integrante de este hatajo de locos. Él veía fotos en la computadora, junto a su esposa e hija. Apareció una imagen de una boda donde estaban todos juntos, apretujados (yo no pude ir a la ceremonia). En aras de encontrar el calificativo perfecto él dijo: “Tú los ves así y te da la sensación de que son…-sostenía y movía las manos en un gesto de simular una masa compacta, indisoluble-. Todos ellos, incluyendo los que no están, son… son…-repetía y seguía explorando en su memoria- Ellos son…, ellos son… ellos son un ESO”.

Asalto de espíritus

Asalto de espíritusParecía un espejismo a plena mañana. Inesperadamente, cinco estatuas humanas habían invadido la Plaza Mayor de Trinidad. Tal vez para muchos esta sea una estampa recurrente, y hasta monótona, en las calles de otros países, pero estas imágenes sacudieron al sábado de sus desquiciantes temperaturas para convertirlo en una jornada única, al menos para mí.

Quienes hayan caminado por el corazón del Centro Histórico de esta villa, coincidirá conmigo que es un sitio de ensueño. Y no es que el apego a mi Ciudad Mueso me nuble el juicio. Basta ver cómo los visitantes sucumben cuando caminan por las piedras y los lentes de las cámaras se desorbitan intentando captar cada detalle de los palacetes enmarcados alrededor de la Plaza. Algunos imitan la pose de la estatua de Terpsícore localizada en su centro, otros prefieren recostarse en los bancos para mirar las palmas, al cielo, a evocar momentos, a romancear…algo de sortilegio debe tener un lugar capaz de provocar tales sensaciones. 

Pero aquel payaso vestido con retazos de periódicos, Yemayá, la diosa de los mares del panteón yoruba, con un caracol en mano, recostada al empinado farol; la esclava con un niño en su regazo, el hombre de hojalata y la monja de pie con el antiguo convento de San Francisco de Asís al fondo, establecieron una comunicación indefinida con el entorno, al punto de crear en mí la sensación de verlos como espíritus que protegían la ciudad.

Apenas trascurrieron cinco minutos cuando aparecieron las expresiones de asombro por este acontecimiento sin precedentes. Desde cada rincón llegaron los niños, dispuestos a curiosear con esa inocencia tan suya, y familias enteras al enterarse de aquella invasión bendita. Hasta quienes pasaban de casualidad quedaron absortos al ver interactuar a los personajes con quienes le acercaban una ofrenda.

Para otros pudieron parecer meros gestos, pero algo de místico encontré en las caricias de Yemayá a una mujer, en las palabras que la monja le susurró a un niño, en el Ave María pronunciado delante de una anciana, que rezó con ella y se persignó como si hubiese conversado con un espíritu. Aquel tap improvisado por el hombre de hojalata, embobecían a las personas mayores; los cantos en lengua yoruba entonados por la mujer a su bebé y las flores de origami junto a los mensajes repartidos por el Payaso de la Paz, según aparecía en su pedestal de papel, venían impregnados de un simbolismo. Así lo sentí, aunque parezca incierto.

Al mediodía el sol arreció demasiado, y terminó espantándolos. Pero ya era imposible desprender a la Plaza Mayor del encantamiento producido en horas de la mañana, cuando una masa se congregó sin aviso previo en torno a las figuras-en menos de media hora aparecieron cientos de personas, según cálculos a simple vista-. Entonces otra vez quedó claro que este pueblo no está signado por la desidia, como aseguran muchos, sino carente de opciones refrescantes, con la capacidad de sorprender, de hacer a un ama de casa desprenderse del fogón.

Tanto resultó el impacto que desde ahora los invito a acompañarme el domingo próximo en Lente Compartido, mi blog de fotografía, para compartir las imágenes captadas por mi cámara y vean que no hiperbolizo cuando titulé el post de este martes “Asalto de espíritus”.