Archivo mensual: julio 2013

Sutilezas

SutilezasEstamos juntos desde muy lejos,
jóvenes, viejos,
negros y blancos, todo mezclado;
uno mandando y otro mandado,
todo mezclado;
(…)

San Berenito, Santa María,
Santa María, San Berenito,
¡todo mezclado!

(…)

Nicolás Guillén

 

Me fascina la dualidad de creencias de algunos cubanos. En una mano el rosario para encomendarse al santoral católico, y en la otra un manojo de hierbas preparadas para despojarse si es necesario.

Los ojos incrédulos los identifican como simples ornamentos, los despistados apenas reparan en ellos; otros, aquellos que aguzan la vista, identifican el roll de ciertos objetos colocados sutilmente en los hogares.

En estos días he reído para mis adentros al visitar la casa de varias amistades y ver herraduras detrás de la puerta para embotellar la suerte y espejos colgados con vista a la puerta principal, para quien entre deje las malas vibras en su propio reflejo. He visto plantas de Tunas detrás de las ventanas, con una cinta roja para ahuyentar los malos ojos, imágenes de la Virgen de la Caridad con un girasol que se escurre entre el tallado y deja entrever una tacita con miel para la Patrona.

Encima de los escaparates asoman bordes de vasos con agua y en la pared del comedor la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Entre rosas, cupidos, helechos y jazmines se alzan racimos de Yo puedo más que tú y Vencedor… algunas sembradas por algún ancestro, otras recién plantadas “porque son muy bonitas”- sí, claro-. Entre los cuadros que colorean la sala se enmarcaran un ojo atravesado por un puñal, “un regalo de Fulano” ”- sí, claro-.   

Así algunas casas se trasmutan en sitios donde convergen espíritus y santos, velas y ofrendas… Con ellas se enriquece el halo místico de Trinidad, y el de esta isla toda. Tal vez estas costumbres yacen adormecidas en las esencias de cada uno, dispuestas a despertar cuando haga falta, quizá como remedio a la desesperación.

Nadie escapa a esa especie de mixtura que signa la identidad del cubano, y se hace palpable en la imbricación religiosa. En el legendario ajiaco descrito por el doctor Fernando Ortiz nos cocinamos todos, para suerte nuestra.   

“Al borde la locura hace hasta lo imposible, Carli”, me dijo hace poco una amiga. Y a pesar de una probada fe católica, hizo suyas algunas prácticas folclóricas para alejar los malos espíritus y recuperar la concordia en la casa.

Las tensiones familiares habían crecido en los últimos meses como la mala hierba, el negocio no prosperaba como pensó. Entró en catarsis y ese lunes colgó un espejo en una columna con vista a la puerta principal de su casa, sembró una Tuna, le amarró una cinta roja, y la puso en la ventana.

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Enseñar a volar

Enseñar a volarCuando llegó al aula, dispuesta a enamorarnos de la entrevista radiofónica, en segundo año de la carrera, supe que Alicia Elizundia no era una profesora normal. Nada sé de métodos adivinatorios, aunque no era necesario consultar una bola de cristal o las cartas del tarot para presagiar que con ella las clases rebasarían la teoría.

Al hablar de periodismo, se transformaba. Parecía una actriz entregada en el escenario, una bailarina dejando la piel en cada movimiento. Parecía estar poseída, arrebatada… y al mirarte a los ojos te contagiaba aquel delirium tremens,  te arrastraba a su trance.

De ella solo conocía las anécdotas de pasillo, cúmulo de experiencias de años anteriores que pueden ensalzar o destruir a un profesor en un santiamén. De a poco, durante los 90 minutos de conferencias, tres veces a la semana, construí mi propia Alicia.

Aun cuando me tilden de empalagoso, me tomo la libertad de presentárselas.

Alicia Elizundia, la mía, es la periodista que me ayudó a superar el trauma a la entrevista de personalidad, después de una amarga experiencia con un catedrático cuyo nombre debo callar por ahora. Es la profe con quien hablé de mi debilidad por la crónica periodística -considerada menor para muchos académicos, tanto el género como los cronistas-. Pero, por encima de todo, Alicia fue, es y será la reportera que me enseñó a volar, a escalar en el universo de los medios. “Siempre se los digo a mis alumnos: nunca dejen de soñar, pero no esperen sentados. A los sueños hay que ayudarlos a hacerse realidad”, decía siempre.

Y no lo hacía por presumir de filósofa, sino con pruebas contundentes de su quehacer. De no haberse atrevido, jamás hubiese entrevistado a la cantautora Teresita Fernández, José (Pepe) Alejandro Rodríguez, paradigma del periodismo cubano, y tantas otras figuras inalcanzables a nuestros ojos inexpertos.

Quizá porque me siento eternamente en deuda con ella es que me cuesta entender cómo su nombre no aparece en un reportaje publicado en el diario Granma, a propósito de los 80 años de la emisora villaclareña CMHW, una de las más famosas en Cuba. He releído palabra por palabra con la esperanza de haber perdido el hilo en un pestañazo, pero no: su nombre no figura, ni tampoco el de Frente al Espejo, programa de entrevistas que mantuvo a flote muchísimo tiempo.

Me desconcierta. Quisiera creer que tal descuido se debe a su ausencia del medio -está fuera de fronteras por compromisos laborales-, al espacio en página, al número de líneas y hasta algún corrector distraído que suprimió el párrafo donde se le mencionaba. Y aún así me cuesta entender que la Doctora Alicia Elizundia, voz reconocida en el gremio reporteril villaclareño y cubano, autora de libros de testimonio y entrevistas, merecedora de un arsenal de reconocimientos nacionales y extranjeros, Premio Anual de Periodismo Juan Gualberto Gómez (1996),  Premio Nacional de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro (2000), Distinción por la Cultura Nacional (2002)…haya pasado desapercibida, tanto su nombre como impronta en la W.

Imagino las miradas desleales que deben haberla circundado por cosechar éxitos, los susurros a sus espaldas…, pero los celos también rondan esta profesión.  Por eso este martes escribo para Alicia, la mía, dueña del don de conmover con las palabras; periodista que en tiempos donde la televisión y los medios digitales se imponen, ella defiende a mansalva el embrujo de la voz y las ondas de radio.

Los saquitos de don Pedro

Los saquitos de don PedroDon Pedro y doña Caridad nunca tuvieron refrigerador en su casa, tal vez porque ambos nacieron pegados a la costa y el olor salitre les calmaba la sed, o quizás porque los favores recibidos como empleado para cobrar alquileres no le alcanzaban a él para darse el lujo.

Años más tarde, cuando don Pedro se convirtió en chofer de Francisco de Paula y Suárez del Villar, un médico de renombre en aquella época, se trasladaron definitivamente a Trinidad. Para ese entonces ya había desposado a doña Caridad. Luego de vivir en diferentes casas, encontraron en una ubicada en la calle Mercedes el sitio ideal para envejecer juntos.

La acomodaron según les permitió el dinero que don Pedro llevaba como pago frente al timón; mas, nunca lograron reunir el capital suficiente para comprar el refrigerador, aunque creo que de haber podido tampoco lo hubiesen hecho. Preferían una vida sencilla.

Por el pasillo lateral corretearon sus tres hijos y un nieto que criaron. Entre el olor a guayaba, venido del árbol sembrado al final, y los aromas emanados de los calderos de fondo tiznado por el carbón, don Pedro aconsejó a su nieta, tiempo después. Pero no lo hizo con discursos aleccionadores, sino con refranes; tal vez un ardid para enraizar valores.

Llevaban una existencia metódica, pausada -a lo mejor en otra vida nacieron en Londres-. Se levantaban a las cinco de la mañana, almorzaban a las 11. Doña Caridad dormía la siesta hasta las dos; don Pedro permanecía en un sillón de la sala, con los pies en alto. En la tarde se dedicaban a las labores hogareñas. Comían a las cinco, para que doña Caridad fuera a la misa de las seis. Él la esperaba escuchando la radio que más tarde devorarían los comejenes. Si no había celebración en la iglesia, se sentaban en la puerta hasta las ocho. Nada ni nadie logró variar aquel horario de costumbres, jamás impuesto. Así ocurrió siempre.

Sin embargo, lo que más me cautiva de esta historia es el ritual que don Pedro realizó por más de 30 años para tener agua fría en las comidas.

Cuentan que a las 10:30 de la mañana -ni un minuto más, ni un minuto menos – se le veía caminar hacia la casa de su hijo con dos pedazos de tela blanca, resguardados por dos retazos de saco.

Ahí guardaba cuatro cuadrados medianos de hielo -ni más, ni menos-, dos para el almuerzo y dos para las comidas. A pesar de la insistencia de la nuera de darle una vasija más grande, él se negaba. Envolvía los trocitos por parejas en la tela blanca, que doña Caridad mantenía impecable; luego los recubría con el saco para conservar el frío.

En ese ir y venir, en busca de hielo, una pierna le falló. Cayó, y los cuadrados congelados salieron deprendidos calle abajo. Ese día terminó el rito. Una semana después don Pedro partió a otro mundo.

Dicen que cuando ha pasado media hora después de las diez, todavía se ve a aquel hombre encorvado, de espejuelos anchos y calvicie prominente traspasar el umbral de la casa con sus recortes de tela y saco.

Ahora, mientras una gota de sudor atraviesa mi espalda y un ventilador apacigua mis sofocos, me pregunto de qué sortilegio se valía don Pedro para que el hielo no se derritiera en verano. Eran otros tiempos, no se hablaba del calentamiento global, del agujero en la capa de Ozono… pero algo de misterio había en aquel rito realizado por el padre de mi abuelo.

Parecía de madrugada…

Parecía de madrugada…Sancti Spíritus, 4:45 AM

El sonido de mis zapatos, el canto de las chicharras y los grillos interrumpían el silencio de la madrugada. No me gusta ese silencio, se parece a la inercia. Yo odio la inercia.

A simple vista aquel barrio parecía una aldea despoblada, como si un cataclismo hubiese arrancado el último rastro de existencia. Las luces de los postes eléctricos descubrían los portales de las casas con los faroles apagados, las ventanas y puertas cerradas, la basura acumulada en las esquinas. Con los párpados pidiendo a gritos volver a la cama yo caminaba rumbo a la Terminal de Ómnibus por el medio de la calle, como siempre me han aconsejado hacerlo a esas horas, para tener dominio de ambas aceras en caso de apuros.

Parece que la ciudad se ofendió por asociar el paisaje con la desidia, y al doblar la esquina me mostró sus estampas de madrugada.

A pocos metros unos hombres embutían las entrañas de un camión con bolsas de leche. “Arriba, que ahorita se hace tarde y esto tiene que llegar en tiempo y forma”, repetía uno con voz de líder. Los motores despertaron, el vehículo se perdió al final de la calle. Otro camión ocupó el puesto vacío. Los hombres volvieron a llenarlo de bolsas de leche.

Ya en el paseo espirituano, dos barrenderos apartaban las latas, botellas, papeles dejados por los indolentes. Las escobas, con un ritmo constante, musicalizaban el ambiente al rozar el pavimento. Desde el banco un borracho recordaba a Nubia, la mujer de su vida; gritaba cuánto la quería, le reprochaba por qué lo había dejado. Pero enseguida recuperaba el espíritu de macho dominante para entonar a viva voz, con desafinación total, esa canción mexicana devenida en himno para los ebrios: “No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el Rey”.

Rumbo a la Terminal se sentían los cascos de un caballo; también pasaron carros, motos. Las casas erigidas en las orillas también dormían, como las del barrio que había dejado atrás. Una fila de postes eléctricos dividía la carretera, pero a mí me parecía un puente de luces de neón suspendido en el aire con destino al infinito. ¿Y si de verdad llegaran a ninguna parte…?

Las estrellas aún eran visibles en el cielo oscuro. Era casi un cuarto después de las cinco, no había ni rastro del despunte del alba. Parecía de madrugada, pero la ciudad ya había despertado.