Archivo mensual: agosto 2013

Huellas imprevistas

Huellas imprevistasMis vacaciones empezaron con lágrimas. La entrega de los trabajos finales en la Universidad, las horas de estudio para los exámenes, la ansiedad de esos días y varias preocupaciones me sumieron en un abismo que, en serio, no le deseo ni a mi peor enemigo. 

Tal vez porque sé del agitado semestre que toca a las puertas o porque en enero estaré inmerso en la investigación para graduarme, es que no tuve grandes ambiciones para los meses de julio y agosto, lo juro, solo descansar en casa para reponer fuerzas, nada más. 

Sin embargo, la vida -el destino, Dios…- me demuestra una vez más su omnipotencia. Todas las tristezas de julio se convirtieron en alegrías de agosto. 

Mientras el inicio del séptimo mes del año me sorprendió en vilo, en plena madrugada, los amaneceres del mes siguiente llegaron desde La Habana, en un viaje pendiente de escritura por los “papelazos” que este servidor y su compañero de aventuras hicieron en la capital. 

Después vino Gisse, la musa de Cuba profunda, con acompañante incluido; una visita pendiente hace tres años. Y al fin le pude mostrar mi Trinidad con calma, compartimos la Cascada de Javira, la mesa, la comida de Carlos Enrique, cafés, risas, chistes, secretos…

Una semana después llegó Leydi, la musa que lanza botellas al mar. Estuvimos en la playa, su delirio, hasta bien entrada la tarde; como a Gisse, la llevé al salto de agua con 9 metros de profundidad, donde el agua siempre es fría, pero vale la pena el riesgo por el camino, el paisaje, la experiencia. Y también compartimos la mesa, la comida de Carlos Enríque, cafés, risas, chistes, secretos…

“Menos mal, los amigos siempre vienen al rescate. Menos mal, esta noche no estoy solo en el combate. Siempre igual, los amigos traen escudos pa´ salvarte y al final te levantan como único estandarte”, dice una canción.

Llegaron los últimos días de agosto y cruzó el umbral de casa una de las intérpretes que más admiro, de pequeña estatura pero grande, muy grande de corazón, capaz de enamorar a niños y jóvenes con sus canciones. Ella es, como reza el título de una de sus obras, como un duende. Tal vez los espíritus la atrajeron hasta aquí, a lo mejor estaba predestinado.

No pueden faltar mis blogs, mis dos bebés, como les digo, y con ellos todos los amigos que cada martes y domingo hacen clic en las coordenadas digitales para acompañarme.

Así pues, a pocos días para viajar otra vez a Santa Clara para empezar el último semestre de la carrera, cuando se divisa en el horizonte el camino para la tesis de diploma, cuando se avizora el extraño sentimiento de imaginar cómo me sentiré dentro de un año al llegar a un medio de prensa, me permito esta especie de alto en el camino, quizá porque siempre es bueno aquello de mirar atrás para seguir adelante.

Mis vacaciones empezaron con lágrimas, pero terminaron con sonrisas. Aunque me falte la presencia física de muchos para compartir estos momentos porque están del otro del mar; aunque asoman nuevas jornadas de aventura, muy prometedoras, por cierto; aunque de vez en cuando amenacen preocupaciones… siento las huellas de estos acontecimientos imprevistos.

Anuncios

El difícil carisma de la pobreza

El difícil carisma de la pobrezaLlevo 72 horas viviendo en el cuarto de espiritualidad de un convento. Hasta ahora en los encuentros en la residencia de las Religiosas de María Inmaculada (RMI), ubicada en la barriada del Cerro, en La Habana, los varones dormíamos en salones amplios como estrategia para evitar travesuras a la hora del sueño. Este agosto, como éramos pocos hombres de Trinidad, se decidió enviarnos al ala de los ejercicios espirituales.

Mi primera visita a la casa madre de las RMI en Cuba fue en el 2000, cuando tenía 11 años. Durante cuatro días estuve solo con las hermanas, adolescentes, jóvenes y asesores de Sagua la Grande, Las Tunas, Cienfuegos y La Habana; un viaje sin la compañía de mami o papi donde, por cierto, lloré en balde durante horas para salir de aquel encierro. Al terminar el jubileo aprendí a sobrevivir lejos de casa.

Pero nada resulta comparable con esta experiencia, acaso porque aquel chiquillo inmaduro no tenía edad para aquilatar la envergadura de vivir en una habitación con el mínimo de condiciones, de una sobriedad por momentos agobiante, pero donde se aprenden valores que no te enseñan en la escuela.

Mi cuarto es el número 5. Cuando entras, a mano izquierda, hay un escaparate sin gavetas para colgar la ropa, al frente está una cama personal de hierro, a un costado queda una mesita donde apenas caben cinco libros. Al lado, sostenida por dos pies de amigos de madera torneada, tengo una tabla de menos de medio metro donde escribo este post en una hoja amarillenta, al estilo de los antiguos frailes y monjes. A la derecha queda un baño minúsculo y ante mis ojos una ventana enrejada, con vista al patio central donde los muchachos corren, juegan fútbol o se preparan para ir a comer. Las paredes tienen color marfil, no hay cuadros, lámpara de noche, flores u otros adornos, solo una cruz en el espaldar de la cama.

Del otro lado de la puerta, a mis espaldas, queda a un pasillo largo y silencioso. Se sienten pasos anónimos, el sonido de llavines y otras puertas que se cierran. Mi cámara fotográfica y el reproductor de música devienen único contacto con la tecnología, pero solo hay una cajita de corriente: para cargar la batería debo desconectar el ventilador. La cobertura es inestable, el celular sirve de poco. El teléfono público está roto. No tengo computadora, velas o incienso… pero ninguna de estas ausencias pesa tanto como creía.

Aun cuando sé que en pocos días todo será como antes, agradezco estas jornadas vividas en austeridad porque me han servido para afianzar mi admiración por quienes hacen de la pobreza y la obediencia un estilo de vida. No lo digo solo por las hermanas o monjas de clausura, sino por todos los que abrazan el acto de servir a los demás sin alardes, sin repartir migajas, sin esperar ovaciones masivas o reconocimientos públicos.

En esta especie de celda monacal no me siento tan mal, aunque a veces me falta el aire si recuerdo los descomunales espacios de mi casa. Desde aquí disfruto el canto de los pájaros al atardecer, el encanto del silencio de la noche, y en las mañanas me despierta la luz del sol. De vez en cuando aparece algún espíritu existencialista, pienso en mi familia, mis amigos, mi futuro, en ciertos fantasmas y tormentos; pienso otra vez en quienes ayudan a un necesitado ahora mismo…pienso mucho, quizá demasiado para mis 24 años, y me aferro a la idea de que algún día mis plegarias serán atendidas como quiero.

Preparativos con somnolencia

Preparativos con somnolenciaQuien escuche las mil y una ideas barajadas en los encuentros con directivos, las estadísticas acerca de las acciones constructivas, de restauración y rescate efectuadas a propósito del medio milenio de fundación de Trinidad, pudiera cuestionarse si existe una villa paralela a la que desanda a diario, donde el engranaje para conmemorar la fecha trabaja con la sincronía de un reloj suizo.

La ciudad donde vivo –sumida entre las bendiciones y los desmanes del turismo, con una vida cultural volcada en satisfacer necesidades extranjeras, donde el abastecimiento de agua resulta punto rojo…– ofrece un paisaje más variopinto.  

Aquí coexisten inmuebles de antaño, testigos del esplendor azucarero, con viviendas de segundos y terceros niveles de hormigón, con terrazas y azoteas de estética infeliz, ejemplos de una tendencia contemporánea centrada en la ostentación y no en la conservación del patrimonio; aquí persisten paredes descascaradas y palacetes que se mantienen en pie gracias a la calidad de los materiales de su soporte, no como resultado de intervenciones estatales.

Así pues, lejos de tener mejor semblante para su 500 cumpleaños, la tierra del pintor Benito Ortiz y del teniente coronel José Téllez Caballero carga sobre sus hombros la cruz de la somnolencia. Además de repintar paredes, que ojalá no desluzcan después de las lluvias de octubre, sellar agujeros u otra actividad de poca envergadura, apenas se escuchan ecos de una acción a gran escala, un proyecto bien articulado y coherente con la magnitud que supone el medio milenio de existencia de la tercera villa de Cuba.

Con paciencia esperé el fin del primer semestre del año con la esperanza de ver, aunque fuera distante, un impulso en los preparativos. Nada sucedió. Contuve las ansias de escritura hasta que terminara julio. Nada sucedió. Y nada ha sucedido a solo dos días para sellar la primera quincena de agosto, salvo el pausado resarcimiento del Museo Romántico, obra cumbre del jolgorio, según fuentes oficiales, que para terminarla en tiempo y forma los encargados deberán pactar con Cronos o trabajar de madrugada.

No me sorprende, lo confieso. Ni la villa de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, la primigenia de la isla, escapó al rezago. Con semejante epidemia debe también lidiar la Santísima Trinidad, además del espíritu finalista de los líderes, las desavenencias históricas con la capital provincial, la no aprobación de un presupuesto a estas alturas-esto último un secreto a voces en días recientes entre otras talanqueras. No me sorprende, repito, pero no por eso duele menos.

Quizá en los últimos meses del año se desate la avalancha para cumplir en pocos días un plan diseñado para un año. A fin de cuentas, no sería la primera ni la última vez en emplear la mala costumbre del maratón, aunque al terminar las festividades la ciudad vuelva a desmaquillarse.

Mientras que en papeles se articula una estrategia perfecta, puertas afuera existe otra realidad. Si los acuerdos plasmados en tinta al terminar cada reunión fueran directamente proporcionales a las acciones reales ejecutadas en el territorio, los festejos por los 500 años de fundación de Trinidad estarían signados por tanta pompa que llegarían a abrumar.

Experiencia de atardecer

Experiencia de atardecerEl ocaso despierta en mí un romanticismo reservado, secreto, aunque mi madre crea que soy muy poco romántico. No sé qué extraño sortilegio esconde ese momento para desnudar las almas, romper corazas, avivar la ternura y la melancolía.

Mis recuerdos de contemplar una puesta de sol estaban inconclusos. Cuando tenía tres años mis padres me llevaron a ver el atardecer. Debía permanecer con los ojos alertas para “pedir un deseo cuando el sol besara al mar”, pero nada conservo de aquel momento, salvo la pregunta de cómo era posible un beso entre el sol y el mar, según me dijeron después. Gracias a una amiga que nos abrió las puertas de su casa en La Boca-un poblado costero localizado a pocos metros de Trinidad- completé la experiencia.

Si bien puedo presumir de la vista de ensueño desde mi ventana hacia la Plaza Mayor de Trinidad, ella tiene un portal frente al mar. Su casa ha sido de las pocas en conservar la visualidad. Los hogares vecinos no han corrido la misma dicha porque las viviendas construidas en los últimos años -“las intrusas”, como diría Dulce María Loynaz en Últimos días de una casa– se han alzado delante de sus narices en una suerte de muralla que les prohíbe ver las olas y los botes cuando navegan.

Terminábamos de comer. La luz del ocaso se colaba lentamente y coloreaba el espacio con los tonos del crepúsculo. Algo especial sucedía afuera. Salimos al portal, seducidos por el misterio.

El sol bajaba a encontrarse con el mar. De un lado las montañas, con las faldas sumergidas en agua salada. Entonces recordé la canción inmortalizada por el dúo Escambray y que llega a nuestros días como un himno a la ciudad: “Cerca del mar y del monte tengo gaviotas, tengo sinsontes.  Cerca del mar y del monte tengo gaviotas, tengo sinsontes… y un poco de soledad. Trinidad, Trinidad…”.

Desde el portal una amiga tomaba fotos, otro decidió ir al mar para estar más cerca de las olas. Sentado en el sillón me estremecía; pensé en mis amigos-los de aquí y los de allá-, en mis musas… en cómo pudiera cumplir, algún día, uno de los sueños de mi padre y comprarle un terreno sin lujos, pero donde él pueda mirar el horizonte cada día.

Cierta vez leí: “atesora tus momentos felices, ellos proporcionan un buen respaldo para la vejez”. Por eso hice mío aquel instante fugaz. Mientras el sol se diluía en las aguas pedí el deseo pendiente desde mis tres años, con la esperanza de que los atardeceres nunca me falten cuando llegue a viejo y, sobre todo, tener a alguien a mi lado para compartirlos.