Experiencia de atardecer

Experiencia de atardecerEl ocaso despierta en mí un romanticismo reservado, secreto, aunque mi madre crea que soy muy poco romántico. No sé qué extraño sortilegio esconde ese momento para desnudar las almas, romper corazas, avivar la ternura y la melancolía.

Mis recuerdos de contemplar una puesta de sol estaban inconclusos. Cuando tenía tres años mis padres me llevaron a ver el atardecer. Debía permanecer con los ojos alertas para “pedir un deseo cuando el sol besara al mar”, pero nada conservo de aquel momento, salvo la pregunta de cómo era posible un beso entre el sol y el mar, según me dijeron después. Gracias a una amiga que nos abrió las puertas de su casa en La Boca-un poblado costero localizado a pocos metros de Trinidad- completé la experiencia.

Si bien puedo presumir de la vista de ensueño desde mi ventana hacia la Plaza Mayor de Trinidad, ella tiene un portal frente al mar. Su casa ha sido de las pocas en conservar la visualidad. Los hogares vecinos no han corrido la misma dicha porque las viviendas construidas en los últimos años -“las intrusas”, como diría Dulce María Loynaz en Últimos días de una casa– se han alzado delante de sus narices en una suerte de muralla que les prohíbe ver las olas y los botes cuando navegan.

Terminábamos de comer. La luz del ocaso se colaba lentamente y coloreaba el espacio con los tonos del crepúsculo. Algo especial sucedía afuera. Salimos al portal, seducidos por el misterio.

El sol bajaba a encontrarse con el mar. De un lado las montañas, con las faldas sumergidas en agua salada. Entonces recordé la canción inmortalizada por el dúo Escambray y que llega a nuestros días como un himno a la ciudad: “Cerca del mar y del monte tengo gaviotas, tengo sinsontes.  Cerca del mar y del monte tengo gaviotas, tengo sinsontes… y un poco de soledad. Trinidad, Trinidad…”.

Desde el portal una amiga tomaba fotos, otro decidió ir al mar para estar más cerca de las olas. Sentado en el sillón me estremecía; pensé en mis amigos-los de aquí y los de allá-, en mis musas… en cómo pudiera cumplir, algún día, uno de los sueños de mi padre y comprarle un terreno sin lujos, pero donde él pueda mirar el horizonte cada día.

Cierta vez leí: “atesora tus momentos felices, ellos proporcionan un buen respaldo para la vejez”. Por eso hice mío aquel instante fugaz. Mientras el sol se diluía en las aguas pedí el deseo pendiente desde mis tres años, con la esperanza de que los atardeceres nunca me falten cuando llegue a viejo y, sobre todo, tener a alguien a mi lado para compartirlos.

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12 Respuestas a “Experiencia de atardecer

  1. Como extrano esos atardecers! Cuanndo compres el terreno parat padre reservame el de al lado!

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  2. Precioso post, Carlitín. Me encantó, sobre todo, el leer de tus confesiones interiores. Hay muy pocas personas que hoy en día se desnudan el alma. Creo que eso puede ayudar… Ya te lo he dicho, creo…
    También amo la mar, como amo al crepúsculo que a su orilla nace. Hace algunos años, en Cuba, reflexionaba sobre la trascendencia que adquiere un ocaso visto desde esa mágica frontera entre la tierra y el agua. Dos mundos, dos elementos, dos vidas diferentes. Y me inspiré, escribí este poema, que publico por primera vez. Te he dicho que dejé mi condición de poeta en la isla, desde hace casi 5 años escribo muy poco, así que te pido condescendencia para estos versos míos. Los hago públicos solamente porque me estremeció tu post. De lo contrario, para nada…
    Un día, ya verás, tu viejo tendrá su sueño de ver el horizonte cada día. Y tú, seguro, tendrás quien te acompañe a disfrutar los atardeceres díariamente. Si te falta ese alguien, pues te acompañaremos mi esposa, hijos y yo, y nos sentiremos honrados de compartir el crepúsculo contigo. Será todo un placer!

    LOS ALMENDROS CREPUSCULARES DE LA MAR

    La noche anuncia lentamente sus ramificaciones.
    En la parte más densa de la mar destellan las soledades,
    mientras una mujer clara como una metáfora
    sueña con las flores creciendo alrededor del aljibe.
    Las mujeres y el crepúsculo tienen una complicidad de puerta reprimida,
    de parábola que nace apoyándose en la fragancia de la luz.
    Nadie nacido en el crepúsculo descree de la oscuridad,
    de los almendros del patio…
    Nadie salta las gnósticas rutinas de la muerte,
    o escancia los púrpuras de las heredades,
    La muerte, la vida y el ocaso son aliados:
    ellos escalan la herrumbre, las disculpas,
    las publicaciones de una editorial provinciana,
    las mentiras de la muchedumbre en sombras.
    La noche y el día han reunido sus talismanes,
    la idolatría, las piedras corrientes corazón abajo,
    las cosas comunes con que las arduas voces de la noche que llega
    ensalman la lealtad de la memoria.
    La mar, el crepúsculo, una mujer y un almendro…
    Hoy veré florecer la mar.

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    • Gracias miles, Manue, por el poema, por la compañía y por escucharme en cada post. Es cierto, el mar tiene ese extraño misterio de confesar al espíritu. Será que como no tengo nada que esconder, no me da miedo compartir con los buenos amigos mis experiencias y sentimientos. Además, después de semejante atardecer, entre otras cosas, no podía escribir de nada más este martes.
      Un abrazo para todos por allá y , como siempre, te agradezco esos detalles y primicias que tienes con la Isla nuestra de cada día. Como siempre, te comento mi verso favorito: (…) En la parte más densa de la mar destellan las soledades (…)

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  3. Maravilloso, sobretodo porque estuve ahí metida de lleno en ese instante, si desde que abrí los ojos he tenido la oportunidad de ver atardeceres así como ese…Gracias mil, coincidimos en muchos recuerdos.
    Queda una gran tranquilidad espiritual cuando recreas la vista con esos matices de rojo-naranja-verde-azul…. Es inevitable, siempre mi paso por la villa me obliga volver a la costa.
    Ah!!. también sueño con mirar el horizonte siempre que voltee la cabeza, estas invitado.

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    • Entonces, Mayra, si coincidimos en muchos recuerdos, es porque sabemos que los atardeceres son únicos. Hasta yo lamento muchas veces no poder cointemplar los atardeceres con más frecuencia por culpa de la vorágine cotidiana. Pero este atardecer fue especial…
      Ah! me sumo a tu invitación!!!! 😉
      Un beso grande.

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  4. Dr.Mario Alberto Triana Estrada

    Exelente , me gustan los atardeceres desde la Iglesia de la Popa o la escalinata de la Casa de la musica muy cerca de tu casa , esa puesta del sol es impresionante y te hace recordar solo buenos momentos , gracias carly

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    • Pues cuando vengas, Mayi, vamos a ver un atardecer juntos. Creo que el de la Popa no será posible porque el Pansea viene pisándonos los talones, pero desde la Vigía sí puede ser, o desde la escalinata. Es un trato!
      Un beso y gracias a ti por acompañarme cada semana.

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  5. Lindo y nostálgico post, Carli! Es cierto que en el diario encuentro del sol con el mar hay una magia inacabada que siempre se renueva, sobre todo allá, donde el sol se engalana de los colores más increíbles para no deslucir sobre aquel mar, el nuestro, el que es abrigo y vigía de nuestra querida villa hace casi cinco siglos.
    Gracias por los colores y la calidez de una tarde trinitaria.
    Un beso!

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    • Ese día sentí un cúmulo de sensaciones, Mayra. De un lado la suerte de ser partícipe de ese momento especial, pero por otro lado me sentí un tin solo. Pero, espero, pronto revertir esa estampa…
      Gracias a ti por este comentario tan lindo y poético, propio de un atardecer en nuestra ciudad.
      Un beso.

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  6. Héctor Jesús Betancourt García

    Precioso Post Carli, romántico , con un bonito colorido en su foto y en tus palabras tan bien entrelazada para llegar a esa escritura tan perfecta con la que narras, un atardecer te desnuda, te deshinibe, hace tuyo es instante en que se pide el deseo, al ver unidos en un beso el sol y el mar, como si sintiéramos ese ” chasquido” de algo caliente que se mete en agua…
    Ojalá este y muchos más ,como bien dices lleguen a las bellas memorias de tu tranquila vejez y por supuesto, acompañado.

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