Archivo mensual: octubre 2013

La esencia en su nebulosa

La esencia en su nebulosaA veces tengo la sensación de vivir en un país que no es el mío, al menos no donde nací hace 24 años. No importa si estoy en Santa Clara, La Habana, Viñales, Pinar del Río o Trinidad; la impresión es la misma: cada vez me siento más alejado de la hornada de adolescentes que veo a diario en las calles.

Mi generación se ha enfrentado a tantos cambios que cierta vez, cuando estudiaba en Secundaria Básica, una profesora nos clasificó como  “los conejillos de indias” por convertirnos en una especie de probetas para los ensayos en el sistema educativo cubano, desde el experimento de reducir los grupos a 30 estudiantes y ponderar las video-clases sobre el contacto presencial con los profes, hasta las Pruebas de Ingreso a la Universidad, cuando se decidió dejar Historia de Cuba como examen común y el resto- Español, Matemática y Biología- de acuerdo al perfil de la carrera, por solo aludir a transformaciones en el sector educacional.

Sin embargo, a pesar de los vaivenes, de las bruscas sacudidas, mi generación se mantuvo lo más incólume posible. Aunque de vez en cuando asomaran intentos de rebeldía, no pasaban de un ataque de rabia adolescente. La tecnología nunca devino elemento divisorio entre nosotros.

Quizá desde aquel tiempo era previsible que quienes venían detrás estaban signados por otros preceptos, pero nosotros,  chiquillos imberbes, sumidos en cambios hormonales, no fuimos capaces de avizorarlo. Pero ni siquiera el más lucido pudo pronosticar que a estas alturas Cuba se vería enfrascada en una batalla para defender a mansalva su acervo inmaterial ante el asedio de patrones y paradigmas extranjeros, extremadamente lejanos a su idiosincrasia.

A la mayoría de los adolescentes de hoy, para dejar un margen de error, la vida les sorprende con botines en pleno verano y enguatadas en la playa, vestidos como si hubiesen nacido en otro país, sentados frente a una pantalla -cualquiera que sea-, embebidos de novelas y seriales foráneos. Yo consumo algunos de esos productos audiovisuales, disfruto mucho de la música en inglés, aclaro, pero todo en su justa medida; nunca se me ocurriría combinar una bufanda con una camiseta en agosto.

Este sábado observaba a los adolescentes en el parque. El desfile era tan homogéneo que por momentos pensé se trataba de seres clonados. En los pulóver, vestidos, faldas, pantalones, zapatos… solo variaba la tonalidad. La mayoría usaba gafa a plena noche, andariveles más vinculados a una pandilla o tribu urbana y aparatos tecnológicos en las manos, en un intento de ostentar una independencia económica que no tienen, porque ninguno trabaja todavía. En medio de aquel paisaje, lo juro, me sentí fuera de sitio.

No critico los gustos estéticos de cada cual -¿quién soy yo para semejante osadía?-, pero ese mare magnum debe tener cierta dosis de infección en tanto ha devenido costumbre, más que paliativo a los descalabros en las industrias cubanas afines. Una infección que, por lo menos a mí, me preocupa más que cualquier crisis financiera porque conduce, sigilosamente, a una pérdida de identificación con lo autóctono, con lo legítimo de tu tierra.

Aun cuando se manejen conceptos como Aldea Global o Era sin fronteras, nunca he escuchado que esta, la nuestra, sea la Era de la falta -o pérdida- de identidad. Aun cuando las tecnologías han dado al traste con los límites geográficos, un chino no es igual a un español, ni un estadounidense a un inglés. Cada quien conserva su propia esencia, y las lleva consigo aunque decida emigrar.

Por eso a veces temo que esta isla caribeña se convierta en una ajena a la mía, culturalmente hablando. Ojalá los adolescentes defendieran a Guillén o a Martí con la misma vehemencia con que discuten de la tecnología Androide; que no confundieran el danzón con el casino si les preguntan cuál es el baile nacional; que sin ser ciegos a las miles de vallas que faltan por saltar, defendieran con orgullo la herencia cultural del país donde nacieron…,  y no vieran como “una alternativa extremadamente «chea»” la opción de discutir la Tesis de Licenciatura con una guayabera o una camisa sobria, no con un traje comprado en las tiendas de bajo costo de cualquier país latinoamericano.

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Décimas a bordo de una carretilla

Décimas a bordo de una carretillaUn hombre recorre la Plaza Mayor, en Trinidad, con una carretilla. A simple vista parece un ciudadano común. Es alto, de pelo blanco, viste ropa holgada. Tiene 66 años, pero la habilidad con que sortea las irregulares calles empedradas representa a alguien más joven.  

Solo cuando se detiene y se sienta a escribir en su “taxi”, como reza el cartel en la parte delantera del vehículo construido por él mismo hace más de una década, descubres que ese hombre no es solo un carretillero que vive de transportar el equipaje de los turistas, sino un ser bendecido con el don de escribir décimas en cuestión de segundos.

No presume de su arte, aunque pudiera hacerlo si tenemos en cuenta que ha dado vida a cerca de 2 500 composiciones dedicadas al lugar más recóndito del planeta, una “geografía poética” atesorada dentro de su mochila remendada, y ganó recientemente el primer lugar en un certamen dedicado a promover los valores de China, auspiciado por el Instituto Confucio en Cuba y la Universidad de La Habana. Mas este hombre se conforma con ser “El enamorado de la Geografía” o “El poeta carretillero”, como lo definieron dos extranjeros, según me confesó en una entrevista.

Se llama Luis Martínez Ruiz, natural de Guaos, en la provincia de Cienfuegos. Apenas levantaba una cuarta del piso se le veía ensimismado entre las páginas de un boletín, una revista, un libro…, como lo estaba su padre. Ahí descubrió su apasionamiento por la Geografía. Tal vez soñó, en algún momento, consagrarse a esa ciencia, pero la zozobra de si algún día su hijo no regresaba de la escuela a causa de la efervescencia que se cernía en el campo en la década del´50, llevó a la madre de Luis a resolver que la formación académica del niño terminaría cuando venciera el sexto grado.

Así, después de trabajar en la barbería o despachar víveres en la tienda del pueblo, Luis, ya un adolescente, saciaba su sed de conocimientos. Leyó a Marx, Martí, suplementos especializados en Ciencia, la biografía de Abraham Lincoln… y todo cuanto consideró útil para cultivarse. Pero cuando descubrió a Samuel Feijóo cayó de bruces ante el arte de rimar versos y la unió a su deslumbramiento por otros parajes.

No quedó hoja en blanco, espacio de libreta o cuaderno de apuntes donde no tradujera en tinta la décima construida en el aire. A base de intuición perfiló su habilidad. Solo cuando llegó a Trinidad, muchos años después, encauzó sus inquietudes en los talleres literarios.   

Entre el traslado de maletas, su esposa, hermanos de fe y la construcción de espinelas transcurre su existencia. Desde su carretilla deja embelesados a los turistas cuando, en un pestañazo, dibuja en versos el país de los visitantes con exquisito detalle. Habla de las noticias, de literatura, música y danza, pero sus ojos se desordenan si le preguntan de Geografía. No existe rincón en el mundo que escape de la sapiencia de este poeta empírico, quien siempre lleva en el bolsillo de su camisa un bolígrafo y un pedacito de hoja, por si la musa lo sorprende.

Soledad compartida

Soledad compartidaEsa noche las cosas no salieron como él las planificó. Después de comer con sus amigos, irían todos a los carnavales para festejar hasta el amanecer. Él quería bailar, pasar un rato agradable, pero después de la medianoche a un miembro de la tropa le entró sueño, otro debía terminar tareas y el último prefirió irse con su familia.

Regresó a casa, con todas las ganas de hacer sofocándolo. Intentó dormir, pero la ira y el llanto lo impedían. Resolvió irse a la hamaca, afuera de su cuarto, prendió el celular y leyó unas palabras, almacenadas ahí, que no escribieron precisamente para él, pero aún así las ha hecho suyas.

Eran casi las tres de la madrugada, quería llamar a su amiga, la autora de ese mensaje tantas veces convertido en tabla salvadora en medio de la tormenta, pero no eran horas. Ella quizás dormía y él no tenía derecho a interrumpirle el sueño, pensó.

(…)

A varios kilómetros de distancia, en otra provincia, el insomnio torturaba otra vez a una muchacha: le traía malos recuerdos, le hacía dar vueltas en la cama hasta sumirla en la tristeza. Ya había leído suficientes versos y prosas, había contado infinidad de ovejas y no tenía ánimos para escribir.

Encendió el celular, buscó en la lista de contactos, encontró el nombre de su amigo. Quería llamarlo, pero era tarde, quizás dormía y ella no tenía derecho a interrumpirle el sueño, pensó.

(…)

Solo al día siguiente, mientras conversaban vía telefónica, supieron que pudieron haber realizado esa llamada en la madrugada porque justo en ese momento ambos estaban despiertos al otro lado de la línea, deseosos por compartir tribulaciones. Ambos estaban en esa rara sintonía que logran los buenos amigos, los hermanos.

Así fue, aunque parezca difícil de creer. A una misma hora, un mismo día… ellos se pensaban mutuamente. Desde entonces, cuando cuecen heridas del alma, la soledad no es total porque, quizá, en ese preciso instante ocurre otra vez ese raro embrujo a distancia que alivia la carga, y hace que la soledad sea compartida.

A oscuras

A oscurasHace una hora, más o menos, se quedó a oscuras el reparto universitario, donde transcurren mis días de lunes a jueves. Por suerte cociné temprano porque, sinceramente, no sé qué sería de mí con el estómago vacío a esta hora -8:30 pm-, máxime si hoy es jueves, lo cual significa reserva agotada de galletas y sirope, y el fogón donde preparo la comida es -adivinen- una hornilla eléctrica.

Gracias a Dios, de los años ´90, el período más lúgubre que haya conocido Cuba si de apagones se trata, recuerdo poco, pero con los 15 días que viví a oscuras después del demoledor paso del ciclón Denis, en 2007, y las noches de mi adolescencia que me sorprendieron con una penca de guano en la mano para quitarme el calor en los días de la severa crisis energética en la isla tengo suficiente.

Mas, sería falso negar cuánto me he divertido hoy porque aun cuando ha transcurrido bastante tiempo desde el Período Especial, el apagón todavía saca de quicio, todavía sorprende…, Las frases, las manías permanecen inmutables y, ante el corte de luz, reaparecen en un santiamén.

El proceso, de estructura en espiral, consta de varias etapas. La primera de ellas es la queja. Por eso, apenas se apagaron los bombillos, se oyó a la vecina decir: “Ay, Dios mío, ahora sí está bueno esto”. No importa si se trata de una avería o un problema más serio: lo importante es desahogarse. Cada quien tiene su expresión. La de mi padre es: “Anda, qué rico, Tata”.

Después llega la segunda fase: investigar las causas. Acaban de llamar a la Planta Eléctrica e informaron que un transformador explotó y la Universidad, junto a sus barrios aledaños, está a oscuras; que están trabajando en eso, pero demora. Ahora la vecina entra en el desquicie, tercer escalón del espiral. Por eso vaticina: “¡Mi madre, esto es pa´ largo! ¡Échale guindas al pavo! Yo te digo a ti. Caballero, no escampa, ñooo, aquí no escampa”. En este momento se acuerda del avance de la novela, lo cual la enerva aún más: “Con lo bueno que estaba el capítulo de hoy. Fulana se encontraba al fin con Perencejo… ”.

Un perro ladra. Grillos y chicharras amenizan la penumbra. Los dueños de la casa de enfrente hicieron una fogata pequeña para alumbrarse -tal vez una costumbre de aquí-. Si estuviera en Trinidad, mi padre ya hubiese sacado los sillones para la acera.

Ahora la vecina entró en la cuarta etapa: la proyección, un mecanismo de defensa, según estudié en Psicología. Es necesario canalizar la molestia. Para eso está el hijo, sin bañar todavía. Por eso ella -la vecina, su madre- le repite: “Te lo dije, pero es que tienes la cabeza muy dura. Siempre es lo mismo contigo, mijito. Ah, y no has hecho las tareas. Pues, mira, déjate de boberías y abre la libreta, porque a la hora que venga la luz vas a empezar aunque no duermas”. Me parece escuchar a Galinka pronunciar casi las mismas palabras. Me río. Oigo el sonido de una mochila al abrirse y unos libros puestos a regañadientes sobre la mesa.

Es tarde. Hace calor. La vecina entró ahora en la última  etapa: la resignación, acompañada de un rápido análisis logístico para precaver ante otra «fuga imprevista de electricidad». “Mañana voy a comprar velas. Todavía quedan algunas, pero nunca sobran”, le dice al marido.

Hablando de velas, ya se terminó la primera de las mías. A la segunda le queda poco. Debo terminar de escribir antes que la luz se consuma. La llama se agita. Los trazos se deforman por el apuro. “No te vayas a apagar, me falta poco -suplico- Déjame llegar el punto final. No te vayas a apag…”.