Archivo mensual: noviembre 2013

Esquivar el tedio

Esquivar el tedioSi usted quiere presenciar un evento gracioso le convido a asistir a una charla, un conversatorio, una reunión… de forma obligada, justo como me sucede este martes. Ahora mismo estoy sentado en un pupitre, en medio de una conferencia más tediosa y reiterativa que interesante. Y también ahora mismo es que reparo en las imágenes a mi alrededor.

De aquí no se debe salir, sería una falta de ética. Es preciso permanecer, al menos una hora, para preservar las apariencias. Apuesto a que son muy pocos -para no pecar de absolutismo- quienes están en el “aquí y ahora”. Los cuerpos están presentes, pero el pensamiento está absorto, en busca de un ardid para esquivar el tedio.

Delante tengo varias personas con carpetas e informes. Aunque simulen que comprenden la relación entre fascismo y cultura que un catedrático -muy inteligente, pero de pocas facilidades comunicativas- explica al auditorio, en realidad dedican el tiempo a revisar asuntos de trabajo, a adelantar el papeleo… algunos bostezan con disimulo; otros se alisan el pelo para no dormirse.

Nadie escapa al amodorramiento que ahora mismo asedia al salón. Ni siquiera una funcionaria de alto rango logra centrarse y aun cuando voltea para acallar los murmullos, acaba de pedir un libro de poemas a su compañero. A veces asiente y vuelve otra vez a los versos. ¡Dichosa ella! ¡Puede leer poesía mientras disertan de Schopenhauer, Franco y Hitler!

A mis espaldas la gente cuchichea, se pasan papeles con mensajes para provocar risa o saber dónde van a almorzar; muchos garabatean la hoja del final de las libretas hasta convertirla en una monocromática obra surrealista. De vez en cuando el estado de enajenación tiene momentos de lucidez. Entonces todos aterrizan y mueven la cabeza en un intento de engañar al experto sentado al frente.

En días como este agradezco sobremanera tener a mano bolígrafo y libreta. Escribir, extrapolarme… es mi arma contra el aburrimiento. No soy el único: a mi lado una muchacha también escribe una historia.

Quien me vea ahora mismo pensará que tomo notas porque alzo la vista para hilvanar las ideas en la mente antes de llevarlas al papel. “Mira cómo escribe”, dirán muchos sin imaginar siquiera que mientras hablan otra vez de guerras y tragedias, en un discurso extremadamente monótono, yo traduzco mi entorno en palabras.

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Tercer naufragio

Tercer naufragio“Me parece mentira después de haber querido como he querido yo. Me parece mentira encontrarme tan solo, como me encuentro. ¿De qué sirve la vida si a un poco de alegría le sigue un gran dolor? Me  parece mentira que tampoco esta noche escucharé tu voz”. Alberto Cortez 

Por tercera vez en cinco años albergué la posibilidad de ser feliz y sacudirme la soledad. Por tercera vez sentí que esperaban por mí… Me ilusioné.

El barco empezó a navegar con calma. Todo iba surgiendo poco a poco, sin presiones. Mi celular almacenaba en un día más de diez “timbrazos” -artificio cubano para esquivar las altas tarifas para teléfonos móviles impuestas por la Empresa de Telecomunicaciones ETECSA, cuyo significado varía en dependencia de quién llame. Pueden interpretarse como “hola, cómo estás” o “¿qué estás haciendo?, te extraño, te necesito, te quiero…”-. Devolví cada llamada. En ocasiones marcaba yo.

Empezaron los detalles, intercambio de gestos, planes a corto plazo… El barco seguía su rumbo. La historia se iba escribiendo con la tinta del día a día. Así sucedió durante casi dos meses.

Una noche, sin embargo, comenzó a hablar de diferencias y perspectivas futuras distintas, de modos de pensar, de pocas cosas para ofrecerme. Entonces supe, en una suerte de presagio, que mi barco quedaría a la deriva, como sucedió 17 días después.

“Me vi de pronto con dos lagrimones, en el velorio de las ilusiones”, como cantara Ana Belén. “Pisando charcos bajo aguacero, también se puede cantar un bolero con estos labios que tanto hay callado, que tanto han mentido, que tanto han besado”.

Desde entonces mi alma tiene ritmo de bolero. Me quedé con versos por leer, con tarjetas y flores por entregar, con secretos por compartir. En mi reproductor todavía guardo melodías pendientes de dedicación. Existen canciones que nunca más he podido escuchar porque despiertan demasiados fantasmas. ¿Cómo se deja de querer de un día para otro?

Quienes conviven a diario conmigo dicen que ya no hablo de la libertad que defendí a capa y espada para aprovechar al máximo la Universidad. Y no están del todo errados, acaso por la rara sensación que provoca verte con un montón de aventuras y anécdotas para inmortalizar, con satisfacciones y puertas abiertas, pero con la mano tendida, a la espera de compañía para atravesar esas puertas.

“No se puede escapar del dolor; hay que domesticarlo, para que no moleste”, dijo Isabel Allende en La isla bajo el mar. En ese proceso llevo inmerso un tiempo bastante prudencial, pero no me acostumbro. Todavía confundo su rostro, su voz… Desde aquel día no he vuelto a soñar ni a querer. A veces creo que mi celular suena y cuando reviso el registro de llamadas, está vacío.

Violetas para ti

Violetas para tiA la memoria de Teresita Fernández

El contacto más cercano que tuve con Teresita Fernández durante toda mi existencia fueron sus canciones. Crecí con ellas. Mi mami, apasionada a los gatos, me cantaba la del gatico Vinagrito; mi padrino -muchas veces a dúo también con mami- la del conejito majadero, el que siempre se olvidaba de su llavero y buscaba su zanahoria entre la hierba verde, y unas tías postizas interpretaban el tema de la palangana vieja en aquellas descargas improvisadas en mi casa.

Teresita Fernández fue de esas personas que nació para dar amor. Y escribo “fue” porque este lunes Teresita cruzó el umbral hacia el limbo de melodías y composiciones creado por ella misma, acompañada de su guitarra y los personajes que nacieron de su pluma, esos seres convertidos en canción que han visto crecer a familias enteras a lo largo de los años.  

¿Quién no entonó alguna vez ♪amiguitos, vamos todos a cantar porque tenemos el corazón feliz (…) Si por el día, con alegría, el sol de oro vemos salir, el nuevo día con sus colores es quien nos pone el corazón feliz…♪. ¿Cuántas madres no arrullaron a sus niños con ♪dame la mano y danzaremos, dame la mano y me amarás, como una sola flor seremos, como una flor y nada más…♪?

Teresita tenía un ejército de duendes dentro. Sí, porque persona común no puede crear tantas maravillas con solo combinar notas y acordes, no puede musicalizar los versos del libro Isamelillo, escritos por Martí, ni las rondas escritas por Gabriela Mistral como lo hizo ella. No todo el mundo puede enseñar a poner un poco de amor a las cosas feas para que la tristeza cambie de color. No todo el mundo puede dejar una misma huella en tantos corazones… Para hacer eso hay que tener duendes dentro.

Dicen que en su apartamento, en La Habana, tenía una palangana vieja con violetas sembradas; que Vinagrito existió de veras y que Vicaria, la lechuza de sus canciones, la visitaba de noche.

Esta santaclareña no tuvo hijos, pero la vida la convirtió en una suerte de matrona de niños, adolescentes, jóvenes y adultos porque nadie escapa al sortilegio  de sus composiciones.  Por eso Liuba María Hevia, un día en que Teresita le comentó de su soledad, le respondió: “no tienes hijos, pero has dado vida a canciones que son como hijos. ¿Quien ha abrazado a tantos niños en este país?, tienes muchos motivos para ser una mujer feliz, Teresita”.

Las letras de Teresita me han acompañado en los últimos meses porque tengo en mi reproductor el disco Liuba canta a Teresita, un fonograma que ha despertado estampas de mi niñez, adormecidas por el tiempo. Parecerá mentira, pero a mi tía, a sus 70 años todavía le estremecen sus canciones.

Ahora mismo, mientras escribo, escucho el disco. Aquí, conmigo, están la señora manatí, sirenita del mar; la lagartijita verde, tía jutía, con su delantal blanco llenito de romerillo; Pitusa y Eusebio…, y está Teresita, a quien le digo, parafraseando su canción Titiritero: “tu fantasía fue la alegría de mi niñez (…) tu fantasía trae la alegría de un amanecer”.

Metamorfosis de un cementerio

Metamorfosis de un cementerioEl 2 de noviembre, día de los fieles difuntos, cada quien recuerda a sus familiares y amigos ausentes. La gente camina hacia el cementerio apenas amanece para rezar, llorar por las nostalgias, poner al tanto de los asuntos familiares a los que no están en este mundo, desafiar y recriminarle a la muerte la partida de alguien una vez más…

Los cementerios no me asustan. Lo heredé de mi madre, quien con apenas cuatro años acompañaba casi todos los días a mi bisabuela a la tumba de la familia para que doña Isabel pusiera flores a los fallecidos y conversara con los espíritus, envuelta en el remanso de la necrópolis.

Este sábado, sin embargo, el camposanto civil de Trinidad sufrió una suerte de metamorfosis a mis ojos al ver cómo cada quién recordaba a los suyos de acuerdo a su religión, creencias, filosofía de la existencia… En un santiamén confluyeron deidades y santos, ángeles, espíritus y almas, y ese sitio sacramental se transformó en muchos lugares al mismo tiempo.

En aquella tumba una señora ponía flores, pero en la otra había restos de animal sacrificado, tres cáscaras de coco seco y algunas plumas -dicen se trata de una “limpieza” o una “consulta” a un muerto sobre determinada preocupación-. Dos mulatos llevaban par de cojines de flores -imagínense par de hombres macizos con tal adorno en las manos-, y al depositar la corona en la sepultura empezaron a hablar de Gourriel, de 20 jonrones que hacen falta para no sé qué juego, junto a sus pronósticos para esta Serie Nacional de Béisbol.

En otro extremo una mujer planificaba su sepelio. “A mí me entierran con música mexicana bien alta y ron, mucho ron, porque lo único seguro es esto”, le decía a quienes la acompañaban mientras señalaba el panteón. Un hombre aprovechó la oportunidad para aleccionar a su amigo. Parece que tiene cierta adicción al alcohol porque le decía: “Si sigues bebiendo, dentro de poco llevarás puesta la «guayabera gris» (el ataúd)”.  

Había niños acompañando a sus abuelas, ancianos, gente más joven, blancos, negros, rosarios, collares de santería… todo dentro del “Huerto del Señor”, como dirían las personas mayores.

Ni siquiera la muerte escapa a la naturaleza del cubano. Aunque sabemos cuán implacable es, jugamos a sortearla e inventamos dicharachos para burlarnos con sarcasmo de ella, de los cementerios, acaso porque sabemos de antemano el final de la historia.

Quizá por eso un hombre refirió que iba “un momento al reparto Boca Arriba”, refiriéndose a lugar donde descansan su familia, y al salir escuché a un sepulturero decirle a otro -parece que éste no iba a trabajar hace algunos días-: “ ¡Coño, compadre, al fin resucitan los muertos!”.