Archivo mensual: enero 2014

Petición

PeticiónPara hoy no traigo una historia para recordar buenos momentos o compartir catarsis, sino una petición para quienes lean estas palabras en las redes sociales, el correo electrónico o escriban las coordenadas de la Isla nuestra de cada día.

Quiero que cada cual invoque a dioses, espíritus, muertos, estrellas, extraterrestres, energía, deidades yorubas, elementos de la naturaleza, Dios, Jesús, Jehová, la Virgen… en fin, en quien tengan puesta su confianza para que, de una manera u otra, todo lo bueno que existe dentro y fuera de este mundo ayude a alguien muy especial para mí.

Hace 48 horas está encamado y los pronósticos no son favorables porque un tumor le impone la cuenta atrás. Aquellos que saben de quién se trata, les ruego mantener en silencio su nombre porque este no es un post para llorar, sucitar el morbo o armar revuelos. Es simplemente una suerte de convocatoria para aliviar el dolor con la ayuda de fuerzas desconocidas, esos designios de la existencia que, inexplicablemente, ayudan a sortear tempestades imprevistas. No voy en busca de un milagro, sino de la conformidad para él y los suyos.

Después de intentos fallidos para obligarme a rellenar una cuartilla digital en blanco, caí de bruces, porque no puedo ir en contra del principio que esgrimí hace casi dos años, cuando decidí regalarme este blog: prefiero un post sincero a palabras insípidas, tiradas por los pelos, para complacer o quedar bien con mis lectores. Si alguien me hubiese dicho que escribiría algo así, le hubiese tildado de loco. Mas, por ese respeto y fe que tengo a los asiduos a esta cita semanal, es que tecleo este mensaje, sin cuidar mucho la estética o el estilo. Solo traduzco mi pensamiento en letras.

Disculpen si he defraudado a alguien esta semana, pero no logro hilvanar las ideas de forma coherente. A quienes decidan sumarse a mi oración o hacer la suya propia, les llegue mi agradecimiento. Para el próximo martes prometo seguir compartiendo historias.

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Memorias de ciudad

Memorias de ciudadNadie conoce el lugar exacto desde donde emana el deslumbramiento de Trinidad. Para algunos se debe a la armonía entre el presente y las almas del pasado que deambulan por doquier; muchos lo definen como un misterio y, por tanto, no es prudente resolverlo para que siga cautivando.

Trinidad, la Ciudad Museo del Mar Caribe, la villa detenida en el tiempo, de palacetes e ingenios, signada por la opulencia, la desolación y el renacimiento… pareciera que todo está escrito. La ciudad misma, sin embargo, se resiste al estanco y sus 500 años guarda historias para compartir, agazapadas en su acervo inmaterial, ése que aparejado al patrimonio tangible mantiene incólume la fascinación.

Cuentan que el terruño fue pródigo en el arte de la repostería, al punto de que ciertas familias mantenían en secreto las recetas y las legaban a las generaciones venideras como una especie de sello familiar. En el intercambio de dulces destaca los alfeñiques de la señora María Cantero, experta en preparar este platillo, los dulces y suspiros de yuca, las yemas dobles, los pasteles de masa real repartidos en las fiestas navideñas y la piña de almendras, un alimento que más tarde dio nombre a un punto de randa.

A los aromas de natillas y caramelo derretido se suman los versos de las cuartetas trinitarias, una especie de composiciones nacidas a vuelo de pájaro, de autoría anónima que bien podían alabar determinado sitio, persona o erigirse como sátira popular a cualquiera. Una de las más famosas está referida al Licenciado Maccort, un boticario de carácter poco feliz. Por eso no resultaba extraño escuchar en las inmediaciones del establecimiento estos versos: “En su casa el caracol/trabaja y se mortifica./ Y así vive en su botica/ el Licenciado Maccort”./

Detrás de las ventanas, en las saletas, solas o acompañadas por familiares o amigas muchas mujeres dieron vida a vestidos, mantillas, blusas y otras prendas a petición de las primeras damas de la República, quienes exhibían estas obras de arte emanadas de la urdimbre trinitaria en acontecimientos sociales. En medio de ese proceso de creación podía, tal vez, verse a un hombre con una jaula fabricada con varillas de río en la mano y, dentro de ella, escuchar el canto de un tomeguín, un sinsonte o un negrito. A nuestros días llega esta costumbre. Las aves continúan cantándole a su ciudad.

La procedencia de estas y otras estampas yace traspapelada en los enrevesados recovecos del tiempo. Por eso una sabia estudiosa refiere: “A Trinidad todo llegó por vía marítima, con destinatario pero sin remitente”.

Aquí confluyen las procesiones de Viernes Santo con los toques del tambor en el Cabildo de San Antonio; las composiciones de Catalina Berroa con los cantos yorubas y las tonadas trinitarias; las tradiciones de alfarería con las musas de los poetas. Esta es la tierra donde, como expresara Manolo Béquer en 1946, “cada rincón tiene una historia y cada historia un sinnúmero de evocaciones que invitan al ensueño y nos hacen trasladarnos a remotas épocas. Ninguna ciudad de Cuba ofrece al visitante tanto irresistible encanto y tanto recuerdo evocador”.

Un ajiaco con poca sal

Un ajiaco con poca salNi siquiera las voces de los trovadores Pedrito González y José Ferrer interpretando “Cerca del mar y del monte”, una composición devenida en una suerte de himno a Trinidad, logró rescatar del marasmo la tan esperada gala fundacional concebida como agasajo máximo a la villa en su 500 cumpleaños. Tres días después del acontecimiento continúa el cuchicheo entre los trinitarios de a pie, quienes saben, aunque no sean expertos en la materia, que la propuesta estuvo muy lejos de un homenaje raigal a este territorio del centro-sur de Cuba.

Bajo el título de Auténtica Trinidad: un don del cielo, el espectáculo tenía bastante tela por donde cortar. Y es que el acervo inmaterial de la ciudad es tan rico que una noche no alcanzaría para llevarlo a escena. Mas otra vez todo se redujo a los tambores folclóricos -los cuales cuecen uno de los rostros más añejos de la villa, es cierto, pero no el único- y algunas agrupaciones del patio con un repertorio nada novedoso.

Si bien era preciso contar la historia del hallazgo y fundación realizado por el conquistador español Diego Velázquez de Cuéllar en 1514, pudo romperse la manida y arcaica narración cronológica -para colmo ésta de un tempo lentísimo desde el comienzo- y sentar la gala artística desde una perspectiva más dinámica. Busqué en vano una dama sentada, con aro en mano, dando vida a una pieza de randa, costumbre raigal de estos lares; busqué un hombre paseando con una jaula de varillas de río en mano y un sinsonte cantando dentro; busqué a alguien amasando barro, tejiendo un sombrero de guano, cantando una tonada trinitaria u otra estampa de las tantas que atesora el terruño; busqué la ilación del espectáculo. Pero nada encontré.

A tal punto llegó la pobreza creativa que ni siquiera la escenografía tuvo un rostro feliz. La plataforma erigida frente a las escalinatas se vistió de un blanco monótono, como si Trinidad no tuviera artistas dispuestos a obsequiarle sus musas y regalarle un escenario lleno de colores, barroco, realista, surrealista, cubista… en fin, como a la ciudad se le antoje porque aquí hay arte para ello. Para colmo, el colofón devino una especie de clausura de un show hotelero. Así me confesó una personalidad de los medios audiovisuales cubanos, quien prefirió el anonimato para este post.

Tal vez desde los ensayos era previsible el fatídico y lamentable dev???????????????????????????????enir de la ansiada gala fundacional. Por eso el equipo de expertos que lo avasalló de críticas en los ensayos del viernes en la noche, corroboró su profecía al día siguiente frente a aquel ajiaco insípido, que a la postre terminará en el último puesto entre las siete villas.

Desde la azotea de la Iglesia Santísima Trinidad, donde estaba yo, no me explicaba cómo el pueblo no tenía credenciales para asistir al homenaje de su ciudad y los turistas ocupaban demasiados asientos en las escalinatas -¿eran invitados de honor?-; no me explicaba cómo periodistas y personalidades llegados desde la capital del país, previamente acreditados, miraban el espectáculo desde en una grada.

De todo se aprende, dicen por ahí. Ojalá esta experiencia sirva para darse cuenta, de una vez y por todas, que organizar un evento de este tipo lleva tiempo y, sobre todo, investigación, creatividad…Es preciso adentrarse en el pasado para llevarlo al presente. No se trata de conformar bloques sobre un guión retocado, sino de empezar desde cero, en busca de esquivar facilismos para ofrecer al pueblo -y a la ciudad misma- un espectáculo digno, coherente, donde Trinidad toda se vea reflejada; una propuesta para arrancar suspiros, vítores capaces de estremecer los palacetes, lágrimas y el recuerdo de los ausentes.

En medio de mi efervescencia -y la vergüenza de haber depositado tanto anhelo en la gala fundacional-, sentí pena por la villa de mis nostalgias porque ni la peor Semana de Cultura de todos los tiempos estuvo a la altura de este espectáculo. Trinidad no se merecía este momento y menos sus habitantes, quienes han dejado la piel en las últimas semanas. Mientras la noche se hacía larga, recordé un post de una musa. “Sancti Spíritus será la Cenicienta del medio milenio”, escribió ella. “Ese roll está reservado para Trinidad”, le dije. Por suerte, la triste sentencia se cumplió sólo para la gala fundacional.

La lucidez de un soñador

La lucidez de un soñadorEl 7 de enero de 1914, Manuel de Jesús Béquer Medina cumplía una semana de nacido. Quizá a esta hora escuchaba el arrullo de Lucía, su madre, o dormía acurrucado después de llorar  a plena madrugada. Tal vez en ese profundo sueño se engendraba el deslumbramiento que lo llevó a vivir por y para Trinidad.

Esta no es la historia del encumbrado y famoso Manolo Béquer, el segundo historiador de la villa, descubridor de los valores turísticos de Trinidad, el investigador incansable, el ser mítico que el tiempo creó. Ése también fue Manolo. En estos días, sin embargo, supe algunos secretos para desmitificarlo.

Cuentan que este trinitario era amante de los dulces caseros, pero le fascinaba el dulce de guayaba con queso; que tenía un ternero que lo acompañaba a todas partes y que llevó a sus hermanas hasta lo alto del pico Potrerillo para admirar la belleza del Escambray. Dicen, además, de su destreza para montar caballos y que, en su juventud, sembró piña y tabaco en Cañamabo, donde se localizaban las propiedades familiares, pero el experimento no dio frutos.

Tal vez fue esa intranquilidad la que convirtió a Manolo en un obsesionado por defender a mansalva el patrimonio; quizá fue su ingenio o la influencia de Oliverio, su padre, quien tanto luchó por levantar a Trinidad. Sea como fuere, quien hojee los folios donde plasmó sus iniciativas para lograr un binomio entre progreso y salvaguarda, comprenderá la lucidez inmensa que lo acompañó durante su existencia. Ojalá y muchos se acercaran a esos escritos antes de emprender ciertas acciones y poner en marcha estrategias que, a la postre, tendrán resultados nulos.

Deben haberlo tildado de loco en más de una ocasión, sobre todo el día en que alzó su machete para arrancar el aroma que impedía la construcción de la carretera para enlazar a Cienfuegos con Trinidad; cuando fundó la Asociación Pro-Trinidad o la Escuela de Artes y Oficios para impartir talleres de artes plásticas, radiotécnica, alfarería, albañilería…

Esta es la historia de un hombre que estudió la carrera de Ingeniería Mecánica por correspondencia; un hombre de muchos amigos para compartir su sueño de ver una Trinidad próspera, capaz de sustentarse por sí misma, un sitio capaz de despertar la melancolía, reservorio de tradiciones únicas. Me pregunto qué pensaría Manolo en este aniversario 500 de la ciudad…

A tal punto llegó la fascinación de este trinitario raigal que bautizó a su hija con el nombre de María Trinidad. Quizá la grandeza de Manolo estaba escrita mucho antes de nacer y, en una suerte de confabulación mística, vino a este mundo en el año mismo en que Trinidad celebró los 400 años de fundada. Un siglo después, la ciudad viste sus mejores galas y, a lo mejor, el espíritu del segundo historiador desanda las chinas pelonas para asistir a la fiesta del terruño al que entregó su alma.