Archivo mensual: febrero 2014

Un pueblito de Buñuel

Un pueblito de Buñuel islanuestradecadadiaLa Bajada no aparece en ninguna guía para extranjeros  ni en los mapas de los cuadernos de geografía de las escuelas. Tal vez ese anonimato es lo que mantiene virgen e inmune a este pueblito localizado a pocos kilómetros del comienzo de la Península de Guanahacabibes, en Pinar del Río.

Quienes peinan canas reviven el día en que abandonaron los precarios bohíos enclavados en las lomas para instalarse en una de las casas de madera mandadas a construir por el Che, con el afán de congregar a los carboneros dispersos por la zona. Así nació esta suerte de aldea mística frente al mar, según cuenta Tomás, un hombre de 60 años, con la piel curtida por el salitre, hijo de Mireya, la mujer más longeva de La Bajada, a saber, quien murió a los 92 años, hace casi un lustro.

El máximo desarrollo que ha experimentado el lugar son los techos de fibrocemento y la mampostería, que nunca lograron sustituir completamente a la madera; más bien llegaron para coexistir con ella. Un total de 31 viviendas y 100 habitantes conforman el paisaje demográfico de La Bajada, donde la electricidad llega a partir de las siete de la noche hasta las cinco o seis de la madrugada, según la vena del trabajador de la planta eléctrica, localizada a seis kilómetros del pueblo. Las paredes interiores de las casas no alcanzan el techo, así se garantiza una mejor circulación de aire, las puertas permanecen cerradas para evitar los daños por el exceso de salitre y solo al mediodía, cuando el sol arremete, se abren para dejar correr la brisa del mar y los ancianos duermen la siesta.

Entre la estación meteorológica, ubicada bien cerquita, el monte y el viaje a municipios cercanos se desenvuelve la vida laboral de La Bajada. Hay cuatro opciones: convertirse en biólogo del Parque Nacional Guanahacabibes, vaticinar las inclemencias del tiempo, cazar jutías y puercos jíbaros o trabajar en cualquier establecimiento de otro pueblito. No han sido pocas las veces en que la furia del mar y los ciclones han forzado a los lugareños a trasladarse a los albergues del municipio Manuel Lazo, pero ellos se resisten a la emigración definitiva. Por eso han desarrollado un sistema infalible: al mínimo indicio de evacuación  encaraman sus pertenencias en una camioneta colectiva y “dejamos la casa solo con el suelo hasta que pase el mal tiempo. Después regresamos porque el mar no es más fuerte que nosotros”.

De lunes a viernes, en la mañana, 15 niños caminan rumbo a la escuelita Isaac Crespo, ahí estudian hasta sexto grado. Luego se van a Manuel Lazo para la Secundaria Básica y el Pre. Algunos continúan hasta la Universidad, otros apenas terminan el 12. Lo que sí es común es el regreso de la mayoría a esa especie de paraíso desconocido que es La Bajada. “Por mucho que intentas desprenderte de aquí no puedes”, confesó Yusniel,  un «bajero» de nacimiento, egresado de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI). Aún cuando este joven de 30 años intentó adaptarse a los aires capitalinos de La Habana, volvió junto a su esposa Lisandra. Hoy Carlos Esteban, su hijo de ocho meses, es el más joven en ese paraje de ensueño.

Al atardecer se ve a los niños jugar con caracoles, conchas o esqueletos de cangrejos. Los fines de semana los jóvenes y los adultos juegan voleibol mientras los viejos miran el “campeonato” desde los portales. A tal punto llega la pureza de este sitio que no se tienen noticias de presencia religiosa por estos lares. Ni curas ni monjas, ni capilla o  iglesia figuran en la historia de La Bajada, donde “cada quien cree en lo mismo que nuestros padres, en la Virgen de la Caridad y Santa Bárbara”, comentó Cuqui, la esposa de Tomás.

Después de convivir durante tres días en esta comarca, de hablar con su gente y disfrutar de comida hecha a la vieja usanza supe por qué el capitán del viaje donde me enrolé bautizó el poblado como “un lugar tan surrealista como las películas de Luis Buñuel”. Mientras la vorágine de las ciudades marca el ritmo de la cotidianidad, el tiempo de La Bajada lo dictan la felicidad de la gente, el sol, el sonido del mar y la profecía del eterno retorno.

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Conducta

conducta-islanuestradecadadia“El espíritu polémico, artístico y comprometido con su realidad del cine cubano sigue vivo y se mantendrá con películas como esta”. Erique Colina, en CONDUCTA, una película oportuna y necesaria

 “Conducta es una esquina de la Cuba que desgarra; no es un pedazo de nuestras paradisíacas playas del norte (…)”. Enrique Ojito, periodista del semanario Escambray, en El espectador 4 869

 Acabo de ver Conducta, un filme dirigido por Ernesto Daranas Serrano que recién se estrenó en todo el país. Desafortunadamente no pude disfrutar de la película en el cine, como Dios manda, sino a través de una copia pirateada, una calidad aceptable al menos, que en horas de la mañana una amiga trajo en su dispositivo USB.

Sé muy poco, o casi nada, de los parámetros para determinar la calidad estética de un producto audiovisual. Para eso quedan los especialistas -me refiero a aquellos con suficiente conocimiento para escribir al respecto, sean o no personalidades, con criterios bien fundamentados, no a quienes confunden la crítica con concebir un texto bajo la égida de desarticular, desmantelar, hacer añicos, con razones pobres o tiradas por los pelos para dárselas de sabihondos o “anotarse puntos”, como he leído en más de una ocasión-. Yo solo puedo hablar como espectador, de lo que siento después de ver la escena final, hace 12 minutos exactamente.

Todavía tengo la cara empapada, lo digo sin ninguna pena; todavía se me van los suspiros… Conducta vino a completar un paisaje que iniciara con Suite Habana, del cineasta Fernando Pérez, por el impacto, el choque, el puñetazo de ver una Cuba distinta, muy distinta a la difundida  por los medios. Con Suite Habana aprendí lo que más tarde Buena Fe sintetizó en la banda sonora de Habanastation, de Ian Padrón: “Mucha Cuba en una Cuba/Una Cuba, muchas Cubas” .Con Conducta he visto la marginalidad descarnada, no ajena, pero sí distante de mi contexto; una marginalidad con historias que de no verlas así, al desnudo, parecerían ficción; un escenario de familias incompletas, donde la infancia transcurre en azoteas, entre palomas y peleas ilícitas de perros. A veces cuesta creer cuán poco conocemos los matices de esta Isla por la enraizada costumbre de ver la vida en blanco o negro, a veces el choque con esa realidad tan cruda te deja el corazón en un puño.

Por suerte esta no es una película de putas, jineteras, de extranjeros detrás de las mulatas, del dilema de la emigración, de santería o rituales folclóricos u otro de los esquematismos que han sumido a la filmografía cubana en los últimos años en casi un estereotipo, sino una especie de espejo de las vigas en nuestro ojo: los conflictos generacionales en escenarios laborales, la educación cívica, cada vez más débil, los maestros de antes, casi en extinción, y los profes de ahora, el panorama de quienes van a la capital a “lucharla duro” para salir adelante así como la delicada y tensa cuerda de las relaciones Estado-Iglesia en un país laico más por fuerza que por decisión popular. La verdad duele, pero a veces necesitamos tenerla en nuestras narices para reaccionar y enrumbar los caminos torcidos.

Durante la película pensé en mi ahijado de cinco años, en su futuro… también recordé unas casas levantadas a pocos metros de la línea de tren en Santa Clara que veía mientras viajaba en el vagón de la universidad a la urbe, unas edificaciones sostenidas prácticamente por obra y gracia del Espíritu Santo. Al principio las creí deshabitadas, pero un día vi un niño cerrar la puerta…Y es que la realidad de Conducta abraza este país de punta a cabo, aun cuando se desarrolle en La Habana.

Cuando corrieron los créditos entendí por qué mi madre tenía los ojos hinchados en la tarde. “Esta película toca fondo”, me advirtió mi amiga en la mañana. A mí, simple mortal espectador, me ha hecho bajar la cabeza y, sobre todo, me ha demostrado que todavía al cine cubano le falta mucha guerra por dar.

Patria

PatriaSegún cuentan, la hermana de mi bisabuelo paterno fue una mujer bendecida con la belleza. Dicen que aun cuando las canas y las arrugas se llevaron la frescura de la juventud, vistió pantalones y blusas de seda, calzó tacones altos de color negro y nunca perdió la sonrisa, una de sus armas infalibles para seducir a los hombres.

A la par de su labor como maestra -algunos hablan de su prestigio en las lides educacionales- Patria Sotolongo tuvo una vida social muy activa. Lo sabía de antemano gracias a las anécdotas familiares narradas por mi padre y lo comprobé durante las prácticas del Politécnico en el Archivo Histórico de Trinidad, cuando procesé el diario Actualidad, publicación local del siglo XX dedicada a reseñar el acontecer social del territorio. Y es que no existía una fiesta, inauguración, recibimiento a personalidades… donde no estuviera Patria. “Dicen que entraba al baile del brazo de un hombre y salía acompañada por otro”, me comentaba mi papá.

Mas aquella vida desenfadada, con extrema soltura, terminó al conocer a Jorge Saladrigas, un habanero interesado en hacer política, que viajó a Trinidad con el sueño de postularse para alcalde. Por ese entonces Patria estaba prometida con un hombre de apellido Ponce, pero al conocer al capitalino supo que le estaba predestinado. Así pues, la hermana de mi bisabuelo cerró el capítulo de su existencia signado por diversiones y se consagró en cuerpo y alma al aspirante a funcionario público, vendió los pocos bienes de su casa, ubicada en la calle Rosario, donde vivía con su madre, para costear la campaña electoral de Saladrigas, quien más tarde la desposó.

Pese a las charlas para ganarse la simpatía de los electores, pese a su facilidad para la oratoria, pese a las promesas repetidas… Saladrigas no convenció a los habitantes del terruño, quienes no apoyaron la propuesta del candidato. Cuando se procedió al escrutinio, se supo que el político solo obtuvo dos votos: el de Patria y el suyo propio. Ante la derrota Saladrigas regresó a La Habana, acompañado de su esposa trinitaria.

En el apartamento del Vedado transcurrió el resto de la vida de Patria, cuyo nombre figuraba entonces en las crónicas sociales de las publicaciones habaneras. Tiempo después enviudó, pero no regresó a Trinidad. Sus últimos días transcurrieron en casa de uno de sus sobrinos, que también vivía en la capital. Ahí fue donde mi padre, por ese entonces un estudiante universitario, conoció a su tía abuela, la famosa Patria Sotolongo de la que escuchó hablar en su niñez. De vez en cuando hojeo Actualidad y llega el recuerdo de esa antepasada de quien no conservo siquiera una imagen borrosa, cuya historia, por momentos, me parece imaginaria.

Cambio de roll

Cambio de rollEste jueves estuve frente a las cámaras en La casa por la ventana, una propuesta televisiva de Centrovisión Yayayo dedicada a difundir el arte joven de la provincia de Sancti Spíritus. Mis dos exposiciones fotográficas -las locuras más recientes en las que me he enrolado- resultaron los ejes del diálogo. El martes supe de la invitación. Entonces decidí desprogramar la historia seleccionada para esta semana en nuestra cita y contarles de la experiencia.

No es la primera vez que estoy “delante del vidrio” -como se dice en el argot periodístico y popular al acto de aparecer en la pantalla chica- porque he realizado locutor en cámara. También me han entrevistado para espacios radiales o televisivos, pero, en ambos casos, han sido momentos previamente grabados, con la posibilidad de comenzar de nuevo en caso de errores. En esta oportunidad, sin embargo, hubo un cambio de roles. No me tocaba preguntar, sino responder y, para mayor tensión, en un programa en vivo, con media hora de duración, donde los gazapos son irreversibles.

Aunque conozcas las interrogantes de antemano o sepas que el diálogo versa sobre ti, tu familia, amigos, entorno, estudios y planes futuros el nerviosismo no varía, créanme. Allí estaba: en medio del estudio, sentado en un cojín, temeroso de golpear el micrófono escondido debajo de la mesa, rodeado de luces, tres cámaras moviéndose, el monitor… Estaba “con el credo en la boca”, como dice mi tía abuela, más si sabes que a esa hora los amigos tienen la tele encendida para verte.

Hasta ayer me pareció un cliché la frase tantas veces repetida entre locutores o periodistas cuando pasan de entrevistadores a entrevistados  y experimentan en carne propia los aprietos que, tal vez, le hicieron pasar a algún individuo para obtener información. ¿Les confieso algo? -no me diga loco, por favor-: se siente raro mirar el juego desde otra posición, encarnar al que contesta, no llevar tú la voz cantante, convertirte en “acusado” y no en “policía”, metafóricamente hablando.

Yo, que siempre tuve claro la poca simpatía hacia los medios audiovisuales para el diarismo -prefiero reservarlo para la realización de documentales-, no puedo negar que a partir de esta experiencia entendí con mayor claridad la “magia” de la televisión recogida en textos académicos al palpar la voluntad de un equipo para mantener a flote un programa al aire con el mínimo de recursos y,  a pesar de ello, ofrecer a la audiencia un producto lo más decoroso posible; conocí a una conductora capaz de sacudir el nerviosismo con su carisma y transformar media hora de preguntas y respuestas en una conversación informal. De regreso a casa me propuse recordar siempre este 6 de febrero, cuando sea yo quien esté del otro lado del lente o la grabadora en mi desempeño reporteril y vea a mi entrevistado sudar frío.