Archivo mensual: marzo 2014

Barbaridades bárbaras III

Barbaridades bárbaras IIIHan pasado seis meses desde que viera la luz la segunda parte de la recopilación de disparates que ponemos a su consideración dos veces al año. Los asiduos a esta cita de martes, saben de qué se trata y cómo nació la idea. A quienes llegan por vez primera, les dejo los links de Barbaridades bárbaras I y Barbaridades bárbaras II para que sepan los antecedentes del post de hoy. No vamos a dilatar mucho la compilación porque esta tercera parte aúna 25 disparates que, después de someterse a un riguroso proceso de selección por parte de mi “equipo caza-gazapos”, quedaron finalistas para el volumen de este semestre. Desde ahora nos preparamos para la próxima entrega, en septiembre. Vayan marcando la cola para adquirir el ejemplar 😉

Barbaridades bárbaras III ©

  • “Ella se está buscando que ruede la sangre” (¿la sangre no corría?)
  • En medio de una clase de Photoshop: “Para este ejercicio es mejor usar la herramienta del cuadrado rectangular”.
  • “A mí me gusta mucho ese libro de Paulo Coelho que se llama El Pergamino” (Yo creía que Coelho había escrito un libro titulado El Peregrino… tal vez me equivoqué jeje)
  • “Deja la vagancia y haz algo reproductivo”. (¿qué actividad se hace con un fin reproductivo?… sin comentarios)
  • En la misma clase de Photoshop: “Hay que tener cuidado con el trabajo de los colores porque después la foto se puede ver muy contreñida”.
  • “Yo lo que pretendo ver son las características del Periodismo On-Lai”. (periodismo online)
  • Hablaban de la canción Color esperanza, de Diego Torres. Una muchacha intervino y dijo: “A mí me encanta esa canción, ¿cómo dice? Venga la esperanza, pase por aquí, lárguese la escarcha…” Y seguía cantando sin darse cuenta que interpretaba el tema Venga la esperanza, de Silvio Rodríguez.
  • Ese día estábamos de fiesta y un amigo, macho – varón-  masculino, dijo con mucha determinación: “¡Qué llenura! Ya tengo más de dos cervezas en la vagina”.
  • “Tengo un sueño muy sueñoso”.
  • “No todos los jóvenes son iguales: hay jóvenes y jóvenas”.
  • “La imprimición de las invitaciones quedó buenísima”. (impresión)
  • Estábamos en la inauguración de los juegos Criollos, en la Universidad, y la conductora dijo: “En estos momentos desfila la facultad que el año pasado quedó en Sexo lugar”.
  • Mirando a su sobrino le comentó: “A él le gusta que le den, él es medio mazorquista”. (masoquista)
  • Y en medio de aquel calor abrazador ella gritó: “Se me está quemando el sol con la espalda”.
  • “Cuando enbocamos el primer plano, es mejor que el fondo sea de un solo color”.
  • “¡Mira, mi vida, cómo se sabrosea el niño! (que yo sepa los niños se saborean)
  • “Toda la vida yo he oído que esa mujer es equivalente”. (vidente)
  • “A mí me han explicado muchas veces qué es la eutanasia, pero siempre se me olvida. ¿Qué enfermedad es esa?”.
  • “¿Quién te trajo el agayinaldo? “. (aguinaldo)
  • ¡Es tan rico estar en la playa panorando el contemplana! (contemplando el panorama)
  • En el menú de un restaurante decía: “Sugerencia de la casa: langosta de cerdo asada”.
  • “La excursión tiene incluido un camaratán”. (catamarán)
  • “Yo nunca he visto cómo le cortan el ombligo umbilical a un recién nacido”.
  • La última de las barbaridades me la contaron hace poco. Sucedió en la inauguración del bar Yesterday, en Trinidad, dedicado a los Beatles. Una amiga me dijo que alguien que ella conocía le preguntó si no había pasado por el Bar Los Buitres.

 A modo de petición: No se asuste si me ven cerca, no soy mala gente. Eso sí: si el error tiene pinta de barbaridad, póngale el cuño que aparecerá en el volumen IV 😉

Anuncios

Serenata para Paulita

Serenata para PaulitaA Paulita le gusta jugar con la gente, acariciar a Can – el perro de Cirilo, uno de los sacerdotes de Trinidad- y mirar a quienes andan por la calle. Tiene ocho años. Siempre se le ve con la mirada intranquila,  en busca de qué hacer, caminando de un lado a otro, supervisada todo el tiempo por su hermana mayor, su mamá o papá.

Ayer cayó un chaparrón por la tarde y dejó un viento soplando por todas partes. En la noche casi todas las casas tenían las ventanas abiertas, algunas personas se sentaron en las aceras para conversar, otros disfrutaban del clima después de un día con temperaturas insoportables. Yo iba a casa de un amigo. Al pasar por el frente de la casa de Paulita la vi de pie detrás de los balaustres de metal. Afuera, una señora jugaba a asustarla. Paulita, lejos de sorprenderse y llorar, se reía cada vez. Casi nunca he visto a Paulita llorar, ni siquiera los domingos en misa, cuando la eucaristía se torna larga.

Frente a casa de Paulita hay un restaurante particular. Para amenizar la comida de los clientes, un dúo de jovencitos interpretaba Yolanda, La Guantanamera, entre otras canciones de obligada interpretación si el público es extranjero.  A pocos metros, Paulita escuchaba la melodía desde su ventana e intentaba bailar… Así me pareció al verla dando palmas, doblando las rodillas y moviendo la cabeza.

Los músicos -uno a cargo de la guitarra y el otro de la percusión- tomaron un descanso. Cruzaron la calle, llegaron donde estaba Paulita. Yo venía de regreso. Al pasar otra vez frente a la casona, me despedí de la niña y su padre, pero ella casi ni me vio porque tenía la vista puesta en los instrumentos.

Tal vez ella quería una serenata, un concierto…, pero no sabía cómo pedirlo. Pero los músicos, que ya saben de la debilidad de Paulita por la música, les bastó mirar a la niña para adivinar su deseo. Solo recuerdo a aquel muchacho acomodar la guitarra en su muslo y empezar a cantarle a la niña un fragmento de Darte un beso, de Prince Royce.

♪“Yo solo quiero darte un beso y regalarte mis mañanas, cantar para calmar tus miedos. Quiero que no te falte nada. Yo solo quiero darte un beso, llenarte con mi amor el alma, llevarte a conocer el cielo. Quiero que no te falte nada”.♪

Detrás de su ventana, Paulita reía, daba saltos de alegría, se llevaba la mano a la boca. Quizá se vio como una de las princesas dibujadas en sus libros de cuentos y confundió al músico con un príncipe al pie del balcón, dispuesto a cantarle a su amada a la luz de la luna. De vez en cuando Paulita balbuceaba algunas palabras en su lenguaje, tal vez como agradecimiento o para unirse al coro. Sin embargo, bastaba mirarle los ojos para saber que Paulita, desde ese mundo tan especial que tienen los niños con Síndrome Down, se sabía la protagonista de aquella imprevista serenata nocturna, que a partir de entonces sucede todas las noches, según me dijo el papá de Paulita hace unas horas, cuando le hablé sobre este post.

 

Cosas de casa

Cosas de casa islanuestradecadadiaCon las anécdotas de mi casa pudiera escribirse un libro. Aquí se amanece, pero es imposible saber cómo va a acabar el día. Puede despertarte un vendedor o un amigo que pasó a tomar café; por eso siempre la cafetera está “plantada” apenas despunta la mañana. En la saleta siempre hay gente conversando de todo: artes plásticas, astronomía, deporte, cine, música…; en el palacete del siglo XVIII donde transcurre mi existencia “sale uno y entran cuatro”, como dijo alguien para definir la tormentosa y deliciosa vorágine con la que mis padres, mi abuelo materno y yo hemos aprendido a lidiar.

Hace poco conversábamos de los hechos más insólitos sucedidos en estas cuatro paredes desde que tengo uso de razón y recordamos tres muy simpáticos. Obviando todas las veces en que los turistas confunden la casa con un museo y quitan el gancho de la puerta para entrar como Pedro por su casa, prestos a tomar fotos, hasta que alguno de nosotros -casi siempre mi papá, con ese carácter tan suyo- le sale al paso, estas fueron las primeras historias en aparecer. Otro martes les cuento más, ¿de acuerdo?

Un día estábamos en la saleta, como de costumbre. De repente alguien entreabrió la puerta y lanzó una jaba, bastante pesada por cierto. Al principio pensamos era propiedad de alguna de las mujeres que piden a los extranjeros -vamos, no se asombren, que todo el mundo saben que sí las hay- y, tal vez, corrió despavorida porque venía “la Fiana”. Después creíamos que algún conocido había dejado el paquete porque iba cerca y la recogería al regreso. Sin embargo, pasaban las horas y nadie aparecía para reclamarlo. Intrigados -y a la vez preocupados, pues sabía Dios el contenido del bulto-, decidimos abrir la bolsa. Empezamos a sacar medias, batas, cintillos y no sé cuántas cosas más para bebés… Hasta los días de hoy no sabemos nada del dueño ni el motivo de aquel “regalito”, cuyo contenido yo vendí días después para engordar mi alcancía.

Otro día, alrededor de la seis de la tarde, un jovencito medio ebrio irrumpió en el patio mientras mi madre regaba las plantas. Con sus botas de cowboy, camisa a cuadros y sombrero de ala ancha, el muchacho solo decía: “Yo no soy de aquí, señora, usted ni me conoce, pero necesito ir al baño porque me estoy orinando de la borrachera que tengo. Mire yo le pago un «fula»”. Mi madre, tan atónita como yo, le respondía que acabara de orinar y que no era necesario pagar. El joven, ahora dentro del baño, insistía: “yo le pago un «fula», señora”. Salió con la moneda en la mano. Mi mamá se negaba. En eso mi abuelo salía de su cuarto, rumbo al baño. El jovencito se le interpuso y sin darle tiempo le dijo: “Mire, puro, pa´usted, pa´que se compre lo que quiera” mientras depositaba la moneda en su camisa. Mi abuelo, más atónito que mami y yo, no pudo responderle porque aquel desconocido salió a la velocidad de un cohete. Nunca más apareció.

La última historia ocurrió en diciembre del año pasado. Mi tía abuela escogía arroz en la cocina, mi mamá doblaba ropa en su cuarto. De pronto crujió la puerta de la calle. Como nadie llamaba, mi madre salió a ver quién era. Si bien se quedó sin palabras cuando aquel jovencito le pidió pasar al baño, esta vez se quedó boquiabierta al ver que una turista, cuya nacionalidad todavía desconocemos, corrió hacia un rincón de la sala, abrió su mochila, sacó una blusa, y…¡se quedó en ajustadores, se puso la blusa nueva, guardó la vieja, abrió la puerta y salió sin dar las gracias!

¡Y todavía la gente me tilda de exagerado cuando les digo que con las anécdotas de mi casa pudiera escribirse un libro!