Archivo mensual: abril 2014

Argot en la Era Digital

Argot en la Era Digital islanuestradecadadiaPuedo contar con los dedos las veces en que me he quedado mudo, indefenso, sin saber cómo salir airoso de una situación embarazosa o una pregunta trampa. No soy un lince en cuestiones imprevistas, para nada, pero tampoco llego al extremo de mi madre. La pobre, su agilidad mental es lentica, lentica.

Este sábado, sin embargo, no supe cómo responder la pregunta, muy ingeniosa por cierto, que me hiciera un chofer. Ya nos habían advertido del constante riesgo de ser “comido” a preguntas como una de las consecuencias de ser estudiante de Periodismo y después un reportero graduado. Pero este sábado, repito, mi boca no articuló palabra alguna, mi mente se tiñó de blanco.

Regresaba de la playa con mis amigos a bordo de un Chevrolet -los boteros hacen “la zafra” en estos meses de calor- y empezamos a debatir sobre el precio de la vida -que sube otra vez, como diría la canción, o mejor dicho hace mucho que no baja-, de los salarios -¡tema con tanta tela por donde cortar…!-, en fin, de cuanto asunto se nos ocurrió para entretenernos en el viaje. De pronto el «chofe» escuchó hablar de la futura discusión de tesis y me preguntó qué estudiaba. Cuando le respondí, hizo silencio (ese silencio de quien elucubra algo). Después de pensar muy bien su pregunta, aquel cuarentón volteó y en tono muy decidido me dijo:

-Así que Periodismo, ¿no? Entonces tú me podrás decir cómo se le puede decir a los periodistas que escriben bien hoy día, ¿verdad?

-¿Cómo?- repliqué yo.

– Tú sabes que antes a los periodistas que escribían con un estilo que gustara a la gente se les halagaba con la frase de “Fulano tiene buena pluma”. Pero en pleno siglo XXI todo es a base de computadoras; entonces ahí viene otra vez mi pregunta: ¿cómo se les dice hoy día a los periodistas que escriben bien? ¿“Tiene buen teclado o tiene buen mouse”?

(…)

Nota: Todavía busco la respuesta. Se aceptan sugerencias…

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Misterio de fe

Misterio de fe islanuestradecadadiaCuando llega la Semana Santa, Trinidad se transforma, se percibe un ajetreo distinto en las calles. La gente quiere saber si hay procesión, a qué hora. Desde el jueves empiezan a llegar turistas del rincón más improbable del planeta junto a los trinitarios bendecidos con la posibilidad del regreso -y también los medios económicos-.

Como en el resto de las iglesias del mundo, existen celebraciones litúrgicas a lo largo de la Semana Grande, pero el mayor misterio todavía yace en la Procesión del Santo Entierro, el Viernes Santo, en esas dos horas de recorrido donde se rememora la ruta del Gólgota. Eso es lo único que ha sobrevivido de las relaciones Estado-Iglesia por estas tierras de Dios, otrora dueña de unas festividades eclesiásticas tan majestuosas que siempre se decía que después de la Semana Santa de Sevilla, estaba la de Trinidad.

He aquí uno de los rostros más antiguos de la villa: el de celebrar la pasión y muerte de Jesús de Nazaret con una devoción popular sin límites; un evento donde confluyen creyentes, santeros, ateos, curiosos, extranjeros, visitantes de otras provincias, blancos, negros, mulatos, chinos, niños, adultos y ancianos en una suerte de ajiaco como los descritos por Fernando Ortiz, todos bajo el ingrediente de la tradición.

Aun cuando solo está permitida la procesión del Viernes Santo -del lobo un pelo, digo yo-; aun cuando el recorrido es el mismo, las imágenes, la música… cada año acuden miles de personas y cuando los tambores, clarinetes, trompetas y platillos de la banda municipal tocan la marcha fúnebre, los pelos se ponen de punta, la gente se pone seria, embebida por el misterio y el silencio.

Tres son las imágenes en el peregrinaje: el Santo Sepulcro, San Juan y la Virgen de la Soledad. Al primero lo carga el pueblo, las manos rudas del constructor, del ex presidiario; lo conducen los pies del vendedor en las esquinas, del que corre hacia el hospital… lo protege la mirada de quienes le siguen con sus velas encendidas, resguardadas en vasos plásticos o cartones.

Miembros de la comunidad acompañan al discípulo amado. Él le señala el camino al Calvario a María de la Soledad, cuyas manos sostienen la corona de espinas y su rostro desconsolado, lo envuelven las lágrimas. Los jóvenes custodian a la madre durante el recorrido y desafían las irregulares calles empedradas para moverla lentamente de un lado a otro -la «bailan», dirían los más viejos-, como si caminara por la ruta de la cruz.

Mientras este camino continúa por la calle Amargura, llega a las Tres Cruces, baja por la calle Real para llegar a la Iglesia Santísima Trinidad, punto de partida, otros deciden permanecer en la Plaza Mayor para rezar y aguardar por la salida del Cristo de la Vera Cruz, un símbolo de la ciudad, que sale a escuchar el clamor de sus hijos desde el arco central del templo.

Al regreso las tres imágenes descansan entre la iglesia y la plaza, alrededor del crucificado, en una escena sui-géneris, rodeadas por ese mar de luces tintineantes en las manos del pueblo. Entonces se escucha el canto del Miserere en latín -uno de los pocos lugares en Cuba donde se mantiene la costumbre- y el himno al Cristo de la Vera Cruz. No importa si no entiendes qué significa la plegaria: basta mirar los ojos de la gente mientras contempla las imágenes, les tocan el pelo, el manto, las manos… para cumplir promesas o pedir amparo; basta contemplar al padre con el niño en hombros, bañado en sudor, a la anciana con el rosario en la mano, a la joven con los collares de Ochún rezarle al Sepulcro para dejar de buscar explicaciones racionales y dejarse seducir por el misterio, al menos por una vez en la vida.

Cuando un amigo se va…

Cuando un amigo se va-islanuestradecadadiaEste día, veinte años atrás, hacía 48 horas que mi padrino había llegado a España. Tal vez caminaba por una calle de Madrid, absorto en el deslumbramiento de recién llegado; quizá dormía porque aún estaba acostumbrado al horario de Cuba.

Dos días antes, en la saleta de mi casa, una despedida se interponía en una amistad que comenzó en tiempos de la vocacional de Santa Clara, cuando la suerte hizo coincidir en el 7mo B a mi mamá y mi padrino. Ahí empezaron las aventuras que los convertirían en dos seres inseparables para siempre.

En teoría aquel viaje tenía fecha de regreso, pero mi mamá presintió que pasaría mucho tiempo sin ver a ese hermano que la vida le había regalado. Por eso ella tiene fechado el miércoles 30 de marzo de 1994 como el segundo día más triste de su vida, el primero fue cuando mi abuela abandonó este mundo.

Dice ella que en intento de dosificar el dolor, fuimos todos a la orilla del mar para una primera despedida, pero yo no lo recuerdo porque con cinco años me era imposible asociar la playa con un escenario de tristeza. Aunque se juraron controlar las emociones el día final, la promesa se desmoronó la última noche: un paisaje de angustias donde mi padre tuvo que hacerme miles de murumacas para que yo no sospechara nada.

Entonces las confesiones y las dudas empezaron a viajar en cartas, tarjetas y postales que intercambiaban con bastante frecuencia; aquellos tiempos no eran de emails ni redes sociales. El papel, la tinta y alguna llamada telefónica se encargaron de acortar la distancia.

Eso es lo terrible de la emigración cubana: la perenne incertidumbre de si volverás a ver a los tuyos, el desarraigo, a veces definitivo; un proceso signado por el trauma de la separación, donde son muy pocos los que tienen el privilegio de asirse a la ley del eterno retorno. Al menos para mi mamá y mi padrino no fue tan devastador porque ha podido regresar varias veces a la Cuba de sus nostalgias.

Desde aquel día mi mamá entendió el significado real de unos versos cantados por ambos en las noches de descargas y que yo escucharía tiempo después en la voz de Elena Burke y Pablo Milanés, aunque la composición original es de Alberto Cortez: “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Ese primer verso pende del cuello de mi madre, estampado en un pergamino dorado que mi padrino le envió en un cumpleaños; una suerte de talismán para combatir las nostalgias e invocarlo cuando lo necesita.

El tiempo ha hecho más cercanas las comunicaciones, ahora las cartas son correos electrónicos, los telegramas pueden ser mensajes por Facebook o el teléfono móvil… pero mi madre siempre tiene un espacio vacío en su alma, una herida que siempre le faltará una esquina por sanar.

Por eso este 30 de marzo llamó a mi padrino a las seis de la tarde, hora de Cuba, que en España marca la medianoche, porque hacía veinte años de aquella noche gris y todavía se le encoge el pecho. Delante de ella recordé una frase que me dijo una Religiosa de María Inmaculada cuando le pregunté si a ellas le daban algún método para no sentirse tristes cuando debían trasladarse a otros países o regiones, después de pasar cinco años en un mismo sitio. “Fija esto en tu memoria, Carlitín -me dijo-: el corazón nunca se acostumbra a decir adiós”.