Archivo mensual: junio 2014

Pez de agua salada

Pez de agua salada-islanuestradecadadiaA sus 60 años, Ana Estela nunca ha sentido el agua de río corriéndole por la piel. Ella puede hablar del salitre cuando se pega en los poros, de la piel quemada por el sol a la orilla del mar, de dejarse vapulear por las olas; puede describir con precisión milimétrica las playas de la costa norte, el paradisíaco y turístico Varadero…, pero su cuerpo nunca ha experimentado ni experimentará, según aclara, la sensación de sumergirse en el agua dulce.

No se trata de ningún trauma infantil; tampoco de temores inculcados por sus padres, quienes sí navegaron en todas las aguas; ni siquiera resulta una prohibición de los orishas. Simplemente un día cualquiera de su niñez supo que los ríos y ella estaban en corrientes opuestas. Por eso esta villaclareña raigal estableció esa especie de pacto vitalicio de respetar las aguas bajadas de las lomas, por ningún motivo confesado.

Tres décadas más tarde, al lado de su esposo, en medio de un paraje bucólico de Las Tunas, intentó romper el juramento. Mas de frente al risco, con la mirada puesta en las profundidades, supo que aquella alianza nunca llegaría a feliz término y con el mismo temor sacudiéndole el estómago, no sumergió siquiera un dedo del pie.

Después de aquel día, el contacto más próximo entre un manantial, un arroyo, un río y Ana Estela ha sido a través de fotografías o desde la ventanilla de un auto cuando ha atravesado los puentes entre Cienfuegos y Trinidad para llegar a la villa detenida en el centro-sur de Cuba.

Aún cuando las aguas dulces han mostrado su rostro más apacible y cristalino o su lado más seductor, rodeadas de palmas o entrelazándose con la orilla del mar… no han logrado enamorar a Ana Estela, quien no lamenta el hecho de desconocer cómo son los ríos “por dentro” y el alivio que provoca, sobre todo en estos meses de verano, darse un chapuzón en una cascada o hidratar los poros con las riadas que se escurren entre las piedras de un paisaje rural.

Plantada en plena urbe santaclareña, lejos de olas, arenas y caracoles, Ana Estela visita el mar cuando puede escaparse a Trinidad o al cercano poblado de Caibarién. Entonces recuerda los días de su infancia cuando iba de la mano de sus padres a bañarse en la playa, a construir castillos de arena. Ahí se siente como verdadero pez y mientras mira el horizonte se convence que su alma pertenece a la sal, no al reino de los güijes y las ninfas.

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Legado

Legado-islanuestradecadadiaHoy hace 27 años que mi abuela materna se convirtió en espíritu y comenzó a protegerme desde otra dimensión, aunque yo ni soñaba con nacer. Por eso los recuerdos, las anécdotas y las escasas fotografías en sepia resguardadas en los álbumes familiares han devenido los únicos recursos para aprender de ese ángel hecho mujer.

Quizá por esa capacidad premonitoria que tienen los abuelos, un mediodía cualquiera, mientras preparaba la sopa de pan o almibaraba un flan, ella presintió que partiría de este mundo sin conocer a su nieto. Entonces le encomendó a mi madre que cuando su primer hijo o hija cumpliera 15 años, le entregaría la alianza de oro y platino con que mi abuelo la desposara después de más de una década de noviazgo, en tiempos de la República.

Mi abuelo nunca quiso regalarle una sortija de matrimonio con piedras preciosas porque no podía pagar un diamante y no quería imitaciones baratas para la mujer de su vida. Así, el día de la petición llevó esa joya cuyo lugar de procedencia él no recuerda ya, y grabó en el interior del anillo la fecha del acontecimiento -14 de febrero de 1949- y sus iniciales -LP-, en un intento de permanecer atado a ella para siempre.

De esta manera me fue entregado el 22 de mayo de 2004, vísperas de mi cumpleaños, el símbolo de la felicidad de mi abuela durante toda su existencia. Desde entonces esa suerte de talismán me ha acompañado en momentos cruciales, a veces colgando de una cadena; otras, reluciendo en mi mano izquierda.

Con esa misma alianza pienso sellar algún día mi felicidad con alguien. Algunas veces me parece que el letargo de la sortija terminará, pero al final vuelve al cofre de cristal, también propiedad de mi abuela.

Mientras los sueños llegan, el anillo sale de su casita calada solo en fechas especiales, en las que necesito sentirla a mi lado con más fuerza, en esa complicidad nieto-abuela que siempre me faltará. Precisamente, mañana será uno de esos días en que mi anular se engalanará con el legado de mi abuela porque en apenas unas horas me convertiré en Licenciado, y sé que ella está orgullosa de mí.

Después de todo, tal vez sea cierto aquello de los designios de la existencia y que los espíritus buenos también mueven hilos desde otro mundo porque, quizá por azar, a lo mejor no, la discusión de mi tesis fue fijada justo un día después en que, 27 años atrás, mi abuela había dejado este mundo y se había transformado en uno de mis ángeles custodios.

Cañada

Cañada-islanuestradecadadiaLa semana pasada llovió en Trinidad. Por suerte, porque la ciudad jadeaba a más no poder por, al menos, una gotica caída desde lo alto, donde parece no llegan las quejas de la sequía que nos azota la mayor parte del año.

Lluvia es igual -así, en fórmula matemática- a amas de casa corriendo en estampida a recoger la ropa tendida en los cordeles (tendederas en otros países), a miles de miradas puestas en el cielo para intentar predecir cuánto va a durar el chaparrón o de qué punto cardinal viene el aguacero… En Trinidad se añade otro denominador: lluvia es igual a cañadas, esa riada de agua por el medio de las calles empedradas para garantizar el desagüe rápido y evitar que la villa se ahogue.

Nacidas después que los picapedreros terminaran con aquellos lodazales por donde era imposible pasar cuando escampaba, la historia de las cañadas tipifica ese entramado urbano en forma de tela de araña descrito en las investigaciones locales como resultado de que Trinidad “haya nacido en la falda de una colina”, dirían los historiadores y eruditos, sentencia que se los ciudadanos de a pie traducen como “que esté ubicada en la falda de una loma”.

¿Qué trinitario no ha cruzado una cañada? Cuando somos niños, nuestros padres nos cogen de la mano o nos cargan a cochingo (a caballito, en los hombros…) Cuando somos adolescentes saltamos la cañada, si no es muy ancha, por esa elasticidad de la juventud. Cuando vamos madurando, nos quitamos las chancletas por temor a que la fuerza del agua se las lleve calle abajo. Cuando el cuerpo tiene sus añitos, busca entre las piedras sepultadas bajo ese río efímero una que lo sostenga para mantener el equilibrio. Cuando ya llegan las canas, no se desafían las cañadas.

Débiles o fuertes, estrechas o anchas, inofensivas o peligrosas… todo depende de cuánta lluvia caiga. Por eso muchos trinitarios recuerdan aquel tormentoso día de mayo de 1990 cuando la furia de una cañada arrastró una lavadora rusa por más de diez cuadras.

La semana pasada llovió en Trinidad, regresaron las cañadas. Y en esos manantiales de agua que recorren las arterias empedradas, alimentándose unas de otras para robustecerse, recordé cuando salía a la calle en los días “en los que el mundo parecía caerse” a colocar barquitos de papel sobre las aguas turbias con la esperanza de verlos doblar la esquina; sueño vano porque las débiles embarcaciones naufragaban en menos de cinco minutos.

La lluvia no paraba, las cañadas crecían y crecían… Una madre tomó por el brazo a su hijo y le dijo que iban a jugar a cruzar la cañada; otros miraban detrás de las ventanas, los turistas hacían fotos. Al poco rato de escampar, ya habían desaparecido. Trinidad estaba fresca otra vez.