Cañada

Cañada-islanuestradecadadiaLa semana pasada llovió en Trinidad. Por suerte, porque la ciudad jadeaba a más no poder por, al menos, una gotica caída desde lo alto, donde parece no llegan las quejas de la sequía que nos azota la mayor parte del año.

Lluvia es igual -así, en fórmula matemática- a amas de casa corriendo en estampida a recoger la ropa tendida en los cordeles (tendederas en otros países), a miles de miradas puestas en el cielo para intentar predecir cuánto va a durar el chaparrón o de qué punto cardinal viene el aguacero… En Trinidad se añade otro denominador: lluvia es igual a cañadas, esa riada de agua por el medio de las calles empedradas para garantizar el desagüe rápido y evitar que la villa se ahogue.

Nacidas después que los picapedreros terminaran con aquellos lodazales por donde era imposible pasar cuando escampaba, la historia de las cañadas tipifica ese entramado urbano en forma de tela de araña descrito en las investigaciones locales como resultado de que Trinidad “haya nacido en la falda de una colina”, dirían los historiadores y eruditos, sentencia que se los ciudadanos de a pie traducen como “que esté ubicada en la falda de una loma”.

¿Qué trinitario no ha cruzado una cañada? Cuando somos niños, nuestros padres nos cogen de la mano o nos cargan a cochingo (a caballito, en los hombros…) Cuando somos adolescentes saltamos la cañada, si no es muy ancha, por esa elasticidad de la juventud. Cuando vamos madurando, nos quitamos las chancletas por temor a que la fuerza del agua se las lleve calle abajo. Cuando el cuerpo tiene sus añitos, busca entre las piedras sepultadas bajo ese río efímero una que lo sostenga para mantener el equilibrio. Cuando ya llegan las canas, no se desafían las cañadas.

Débiles o fuertes, estrechas o anchas, inofensivas o peligrosas… todo depende de cuánta lluvia caiga. Por eso muchos trinitarios recuerdan aquel tormentoso día de mayo de 1990 cuando la furia de una cañada arrastró una lavadora rusa por más de diez cuadras.

La semana pasada llovió en Trinidad, regresaron las cañadas. Y en esos manantiales de agua que recorren las arterias empedradas, alimentándose unas de otras para robustecerse, recordé cuando salía a la calle en los días “en los que el mundo parecía caerse” a colocar barquitos de papel sobre las aguas turbias con la esperanza de verlos doblar la esquina; sueño vano porque las débiles embarcaciones naufragaban en menos de cinco minutos.

La lluvia no paraba, las cañadas crecían y crecían… Una madre tomó por el brazo a su hijo y le dijo que iban a jugar a cruzar la cañada; otros miraban detrás de las ventanas, los turistas hacían fotos. Al poco rato de escampar, ya habían desaparecido. Trinidad estaba fresca otra vez.

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10 Respuestas a “Cañada

  1. LINDO Y CRIOLLO PERIODISTICO REPORTAGE…

    POR ESTAS LATIDUDES LOS MONTES Y TUNDRAS …se autoincendian…los fuegos y candelas son cosas naturales y normales…Todos los annos…esperan por lluvias como las de nuestro Escambray….Como annoro volver a ver nuestro rio AY!!.CRECIDO y el Tiunicu..rugir como un toro bajando las montannas….
    Gracias a este bello espacio web’criollo

    El guajiro de CARACUSEY!!!!!!

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    • Gracias a usted otra vez, Senelio, por permanecer este martes junto a nosotros. Las cañadas son tan nuestras que les debía un post en mi / nuestra islita. Yo añado a esos ríos que usted menciona mi añorado Guaurabo, mi Agabama… que refrescan los calores estivales que ya se sienten por estos lares. Saludos!!!

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  2. CL.
    Recordar es volver a vivir, por muy efímeros que sean, esas memorias emocionan.
    Me parece estar formando parte de todo lo narrado, sentir la caída de los goterones y el chorro en la canal; incluso ver atravesada la sala de mi casa por la cañada, hasta salir al patio…….entonces, a sacar agua.
    Gracias amigo. El abrazo de siempre. Mayra

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    • Esas emociones, Mayra, son las que nos recuerdan que todavía merece vivir de los recuerdos y evocarlos de vez en cuando para evitar que se pierdan por los vericuetos de la memoria… Eso sí, después que escampa (como bien dices) llega la faena mayor: sacar el agua y el fando, si la cañada es despiadada jejeje. Un beso tan grande como la cañada de la calle Rosario!!!

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  3. Un día cruzando una cañada (la de Colón) se me quedó pegado un billete de 20 pesos en una pierna eran los principios de los 80′, cuando 20 pesos tenían valor. En la del Callejón del Olvido los niños nos poníamos a “pescar” los juguetes que salían por el caño del círculo infantil Clodomira Acosta y navegaban callejón abajo.

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  4. Lindo relato el de esta semana. Ya extrañaba que nos tuvieras abandonados a los que fielmente te seguimos en tu blog.
    !Un abrazo!

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  5. Carlitin, cuantos recuerdos bonitos hoy en tu blog, cuantas añoranza de esa etapa mía y de mis hijos, jugando en a cañada de nuestra calle, que venia con fuerza y de acera a acera, allí ellos hacían diques, para que no les rompiera los barquitos y hasta con rda tierra arenosa hacían fuertes y ponían soldaditos de plomo, que les hacia y regalaba Rafael Bastida a todos los niños de la cuadra. Gracias mil, por mantener vivos todos estos recuerdos.

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