Archivo mensual: julio 2014

La efímera resurrección de los pueblos

La efímera resurección de los pueblos-- IslanuestradecadadiaLa mayor bendición que pueden recibir los pueblitos alejados de una cabecera provincial, sea cual fuere, es ganar la sede de un acto conmemorativo a una fecha patria. Nacidas a pocos kilómetros de caminos y carreteras, esa especie de aldeas esotéricas llevan sobre sí los desmanes del fatalismo geográfico, el menosprecio de sus vecinos territoriales y, muchas veces, el anonimato.

Aunque los dirigentes conozcan la localización exacta de los poblados –nada loable en realidad porque es deber de cada líder conocer a ciegas la jurisdicción a su cargo-; aunque tengan sobre la mesa mil y un informes de las dificultades en esos parajes distantes, sobran los dedos de las manos para contar las ocasiones en que las ruedas de los vehículos de la jefatura se enrumban más allá de donde termina el asfalto y empieza el polvo y la tierra colora´.

Fuera de inspecciones sorpresas previamente anunciadas por los canales pertinentes para fiscalizar la calidad de las producciones -y de paso recoger algunas laticas de mermelada o puré de tomate para probarlas luego en sus menús vespertinos-, la estampa de tocar a las puertas de los moradores, tomar café con ellos, conversar cara a cara y no papeles mediante, dialogar en otro ambiente que no sea el de la vorágine laboral… figura como un recuerdo borroso entre los habitantes.

Mas basta la designación de un acto provincial en esos predios para que esa suerte de comarcas encabecen las agendas de los órganos de dirección. Entonces, por fin, se escucha una respuesta al bulto de problemas acumulados en el escritorio durante meses. De repente los recursos dejan de escasear, motivo por el cual las reparaciones no se habían acometido antes, y salen los ases guardados debajo de la manga -o dentro de los almacenes, no me queda claro-, empiezan a calentarse los motores y las “brigadas salvadoras” corren a toda velocidad para reanimar la imagen de un lugar lánguido, casi muerto; un paciente cuya gravedad estaba reportada desde hacía mucho, pero había otros enfermos priorizados.

Si bien la cura no puede ser completa, al menos se parapeta el semblante del doliente para que los visitantes venidos “de arriba” no lo vean tan moribundo porque “cuando viene visita a la casa, debe estar en las mejores condiciones, aunque sea por unas horas”. Una pinturita por aquí, un agujero tapado con cemento por allá, un centro rehabilitado por sector, dos o tres vallas para reflejar las tradiciones de la zona, cal, mucha cal, en los bordes de las aceras, carteles alegóricos. ¡Listo!.

Llegó el día. La plaza luce como nueva. Al centro, el pueblo convocado -e igualmente cansado después de partirse el lomo para ganar la sede-. Las guitarras cantan tonadas. En el escenario bailan, luego pronuncian discursos para elogiar “a los aguerridos trabajadores” así como “a exhortarlos a mejorar la calidad y la eficiencia”. Aplausos, aplausos, aplausos.

Qué importa si meses más tarde las paredes decoloran, si la cal desaparece del borde de las aceras, si todavía no se ha reparado aquel local al borde del derrumbe, si regresa el desabastecimiento en la instalación recién remozada, ¿acaso la tarea no era resucitar efímeramente al pueblo?

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Mientras espero

Mientras esperoAcabo de llegar a una ciudad que no es la mía, pero donde nunca me he sentido extraño. Ha de ser por la gente, por sus aires urbanos y de progreso, por su teatro o por un muelle con nombre de alcurnia.

Esta vez, sin embargo, no son los edificios, ni los leones de su Prado, ni su Boulevard el motor para escribir, sino su Terminal de Ómnibus y el ajetreo de la gente, el ir y venir de pasajeros, la cotidianidad, por momentos descarnada, que justo ahora se vive aquí, en los predios de los camiones, las Yutongs y los Vía Azul.

Estoy sentado en un quicio grande de la entrada. Parece que aquí se sientan dos clases de personas: quienes huyen hasta el último momento del calor insoportablemente insoportable (con redundancia incluida) del salón de espera y entran a rectificar el pasaje cuando no les queda más remedio, y aquellos que, como yo, miran para todas partes para ver si por las cuatro esquinas aparece la dichosa persona que debe venir a recogernos.

Delante mío hay una especie de camino que comunica el frente con el costado de la terminal. En esta media hora ha desfilado por aquí lo humano y lo divino: gente sin vacaciones, a juzgar por portafolios y papeles a cuestas, una pandilla de jóvenes con cara de vacacionistas de bajo costo, matrimonios, futuros viajeros, los graduados de Ciencias Médicas (hoy fue el acto, según acabo de saber), gente con paso apurado y otros con caminar lento, dos niños en bicicleta y un señor con un saco en la mano lleno de latas vacías y usadas que él recoge.

A solo dos metros está el gremio de los choferes estatales y boteros: suerte de cofradía que hace competencia a viazules y transtures; especie de relacionistas públicos graduados de la universidad de la calle, bendecidos con el don de la persuasión y el convencimiento; seres “generosos” con turistas de mochilas al hombro o maletas con rueditas que le ofrecen a los clientes un servicio completo “hasta la puerta de la casa, y te damos el chance de parar donde quieras, de hacer todas las fotos que quieras, además de ir en un Chevrolet original, con todas las piezas originales, por solo 25 CUC”, como si los yumas realizaran un análisis anatómico de los vehículos antes de montarse. Al final la parejita de extranjeros tranza con la propuesta y el “gestor de viajes”, el hombre que parece dirigir toda la cuestión, ya tiene en la mira a otro matrimonio con pinta de ingleses.

Acaban de anunciar por el altavoz que el camión de la 1 y no se qué, con destino a Rancho Luna, está cancelado. No dicen la causa. No va a salir. Punto. Fin del anuncio. La gente protesta “porque esto es una falta de respeto, esto es lo último y yo te digo a ti…”

Quienes estaban al lado mío se van. Ahora se sienta un jovencito que trae el libro Jardín, de Dulce María Loynaz. En la calle los carros, motos y bicicletas pasan a toda velocidad. La gente camina, busca la sombra, intenta no perder la guagua o resolver algún pasaje… El diarismo se muestra en vivo y a todo color. Yo espero.

Desintoxicación

DesintoxicaciónTodo el mundo te advierte del estado posterior a la discusión de la tesis y la entrega del título. Según las experiencias de cada quien, el proceso se nombra flotar, estar en el limbo, estar en el aire, sentirse libre, no tener nada que hacer hasta que empieces a trabajar, disfrutar, gozar de lo lindo…

Sin embargo, la definición más ocurrente la ofreció una profesora durante el último semestre de la carrera. Ella contaba que una vez concluido su trabajo de diploma acerca de la prensa cubana en determinado período, necesitaba buscar literatura lo más distante posible a su estudio para “desconectar” de todo aquello. Y encontró en ciertos textos, esos cuyas portadas se cubren con papel periódico para ocultar títulos y autores, el aliciente a su estado.

Ahí fue cuando acuñó el término de Fase de Desintoxicación: período de tiempo donde se despeja la mente de redacciones científicas y se intenta compensar -o recuperar- el tiempo dedicado al informe final. Vaya, tomarse un diez -o un veinte-, si lo vamos a expresar en “cubano”.

Lo que por aquel entonces me resultó gracioso, lo suscribo hoy con la mayor de las convicciones. Solo ahora, cuando me encuentro en el mismo punto del camino donde ella estuvo años atrás, logro entenderla con todas las pistas y señales.

Desintoxicación. Así estoy. Mezcla extraña de alivio y nostalgia, de ir al mar, al río, de ponerme al día con series y libros pendientes… antes de recibir las asignaciones de coberturas para la semana, las reuniones y cotizaciones del Sindicato; mezcla extraña con cierta dosis de violencia solapada, porque no respondo de mí si alguien me pregunta lo más mínimo acerca de la nota informativa, tema central de mi investigación de grado, o si ese fuera el primer trabajo a realizar el primer día de adiestramiento.

Por suerte no soy el único imbuido en este proceso. Algunos de mis compañeros reaccionarán igual si les mencionan palabras como tratamiento al género comentario, análisis de rutinas productivas, recepción, comportamiento de la página web, sistema comunicativo, prensa colonial o semiótica.

No me juzguen. Saldré de esta, pero necesito desintoxicarme…

Tardes de Mundial

Tardes de MundialJusto cuando el sol no encandila, después que el canal Tele Rebelde recesa sus trasmisiones de la Copa Mundial de Fútbol, los barrios de Trinidad, como los de toda Cuba, reciben el asalto de los niños, que se lanzan a las calles sin más pretensiones que sentirse estrellas por unas horas, esparcimiento aparte.

Con permiso de nadie interrumpen la tranquilidad de la zona. Ahí, sin el bullicio del estadio brasileño, crean su propio Mundial y confirman que el más universal de los deportes gana cada vez más adeptos en un país históricamente beisbolero.

Los partidos de fútbol que se libran en los recovecos de esta villa -los protagonizados por los más pequeños, aclaro- obvian las reglas elementales, pero no importa. Los equipos no precisan de 11 jugadores. Todo depende de la cantidad de niños en la cuadra. Si son 11, perfecto; si son seis, perfecto; si vienen los de la calle de arriba y son más, perfecto.

Tampoco necesitan balones profesionales, uniformes, zapatillas u otra indumentaria. Ellos no conocen de consumismo. La misma pelota para jugar voleibol se convierte ahora en la herramienta para meter goles. Juegan en camiseta o sin camisa, descalzos y se dan el lujo de cometer errores porque no hay árbitros con el silbato ni la tarjeta amarilla, o entrenadores gritando desde el costado. Esos roles los desempeñan quienes esperan su turno en la acera, banquillo imaginario de los jugadores sustitutos.

Dos hierros oxidados pueden delimitar el área de la portería en el mejor de los casos. Si no, una línea dibujada con tiza sobre el asfalto o las chinas pelonas resulta suficiente, y si no hay ni hierros ni tiza, la presencia del portero basta: eso es respeto. Aquí no hay más público que los propios chicos, alguna muchachita enamoradiza, y no se advierte a nadie con las caras maquilladas con la bandera de su selección, con pelucas, gafas estrafalarias, disfraces…

El tiempo del partido lo marcan el sol y los bombillos de las esquinas. En el desarrollo del juego no existen dos tiempos reglamentarios, sino dos tipos de interrupciones. La primera, si alguien pasa por la acera (breves segundos en stand by); la segunda, si a lo lejos se escucha desde una puerta o una ventana: “Fulanito, ¡a bañarteeeeeeeeeeeeee!” (el jugador voceado elije si es reemplazado en el acto o se arriesga a que le “den” tarjeta roja cuando esté frente a quien lo reclama).

¡Ah!, eso de que se constituye un equipo por país no tiene cabida en estos encuentros vespertinos: lo importante es que cada uno encarne a su paradigma. De modo que nadie debe extrañarse si en una misma selección juegan Messi, Casillas, David Villa, Thomas Müller, Cristiano Ronaldo, por solo mencionar los más famosos. Eso es un equipo multinacional.

Cada tarde los niños construyen su propio momento de gloria, lejos de toda parafernalia televisiva y la fiebre de los fotógrafos por captar la mejor imagen. Nada importa lejos de pasarla bien (aunque pueda haber alguna que otra bronca insignificante de chiquillos, pero es normal), creerse los mejores futbolistas, intentar meter un gol, aunque no tengan un narrador que lance un grito como en el estadio de Brasil.

Nadie sabe y en ese remolino de niños corriendo detrás del balón haya un diamante en bruto y un día no muy lejano, a juzgar por las pretensiones de Cuba en ganarse un escaño en venideros certámenes regionales de fútbol -aunque todavía falta bastante trecho, cabe notar-, uno de ellos sea tan famoso como el jugador que idolatra. Entonces, años más tarde, tal vez, las generaciones venideras quieran imitarlo.