Archivo mensual: agosto 2014

¿Iberostar o Campismo?

Iberostar o Campismo?Mirando el gesto de desprecio y petulancia de la carpetera del hotel me preguntaba qué gallo cantaría si en ese momento yo tuviera nacionalidad española, francesa, japonesa… cualquiera, menos la mía.

Un día antes llegaba yo al Iberostar Daiquirí, en Cayo Guillermo, Ciego de Ávila, dispuesto a disfrutar de mis últimas vacaciones como estudiante, porque la semana próxima, a estas horas, estaré en mi segundo día laboral. Gracias a mis papis logré enrolarme en esas ofertas que hacen para los cubanos en los meses de julio y agosto -sepa usted que la palabra “oferta” es otro de los tantos eufemismos comunes por estos lares-.

Después del check-in nos llevaron a la habitación. ¡Vaya sorpresa! ¡The room was not ready! A la entrada una especie de cascada en miniatura saliendo del aire acondicionado y llegaba hasta las camas. Pensé era culpa de los clientes anteriores. Craso error el mío cuando regresé dos horas más tarde y vi el cuarto preparado, pero con la inundación aún más grande. Llamé a recepción. Mandaron a los técnicos a arreglar el desperfecto. “Es que la cajita por donde desagua está desequilibrada, pero esto se arregla, no se preocupe”, me explica el compañero.

Me voy la piscina. Música, traguitos, buena compañía. La tarde va cayendo en un paisaje romántico. Llego a la habitación y… el romanticismo se diluye en ese charco que otra vez cae desde la rejilla del aire acondicionado. Otra llamada a los técnicos, que vienen y esta vez solucionan la avería picando un pomito de agua mineral Ciego Montero para sostener esa dichosa cajita de agua. ¡Ay, pomitos de agua, laticas de embutidos, jabitas de nylon… qué sería de las innovaciones cubanas sin ustedes!

Y ya tarde, en el silencio de la noche, cuando las luces se apagan, como describiría una novelita rosa: ¡Taratatán, apagón en todo el piso! Sí, queridos amiguitos, apagón en un edificio de un Iberostar cuatro estrellas. En un flashazo -esos flashazos provocados por la ira- me pregunté si estaba en un hotel Iberostar o en una base de Campismo Popular (con el debido respeto a los trabajadores de la mencionada instalación de veraneo para los cubanos, no me malinterpreten). Entonces ahí, en la oscuridad, reparo que en el piso donde me alojo están los cubanos. “Mmm… ¡qué raro!”, diría satíricamente el humorista Jorge Díaz si estuviera ahí. Viene el técnico -el pobre, hay que darle la medalla del mérito laboral- y nos dice que la fase de ese módulo tenía algunos problemas en los últimos días, pero él nos devuelve la luz.

Seis de la mañana. Me levanto a orinar. Piso frío y mojado. Adivinen… ¡el charco está de vuelta! ¡The pool is back! Quien comparte el cuarto conmigo baja al lobby y pide cambio de habitación. Se lo niegan. “El hotel está a tope”, le engañan. Pide hablar con el Jefe de Carpeta. La recepcionista tambalea y “¡qué suerte, hubo una cancelación de último minuto y podemos darle una habitación nueva, en otro módulo!”. Sonríe plásticamente y yo la miro con ese gesto de engáñame que me gusta.

Nueva habitación. El piso seco. Las camas hechas. Empiezan las comparaciones: en el primer cuarto había un televisor ATEC-HAIER, en esta hay un Samsung de pantalla plana; la primera estaba en el fin del mundo, esta tiene vista a la piscina; en la primera faltaba una lámpara de noche y un cuadro en la pared, esta está perfecta; en la primera el mini-bar no enfriaba, en esta el agua está casi congelada…

Si yo fuera francés, ¿hubiese tenido que dormir una noche entera en una habitación con un aire acondicionado en mal estado? ¿Acaso no pagué (y bastante caro, cabe notar) para tener confort durante tres noches y cuatro días como cualquier huésped? ¿La primera habitación donde estuve sería una de esas que cierran de vez en cuando a causa de desperfectos, y nos habían ubicado allí para repartir las ganancias entre sabe Dios cuánta gente del hotel? ¿Por qué los CUC que mis padres ahorraron durante el año valen menos que los euros y los dólares? ¿Por qué la recepcionista me miró como si fuera una cucaracha cuando le exigí por mis derechos como cliente? ¿Por qué me discrimina una cubana como yo?

Silencio. Salgo al balcón, al fondo queda el mar. Vuelve otra vez la pregunta: ¿Y si yo fuera turista…?

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Trabajo

Trabajo -ISLANUESTRADECADADIA“Así sucedió, hermano, me quedé mudo”, me confesó cuando terminó de contar esta historia…

Un amigo pensó que pocas veces volvería a sorprenderse hasta que visitó una discoteca gay en La Habana el verano pasado; un sitio cuyo nombre es prudente olvidar.

Él es gay hace mucho tiempo y no lo esconde, pero la vida homosexual en “el interior del país”, como dirían los capitalinos, es apenas una llovizna comparada con el clima turbulento en las ciudades capitales; ese desvelo perenne donde casi nunca hay mar tranquila, sino un ajetreo constante en contra de las manecillas del reloj.

Noche de disco. Música en el escenario, humo y burbujas en la pista, ovejas con parejas y otras solitarias intentando ligar algún compañero.

Mi amigo estaba en la barra cuando se le acercó un muchacho con porte de galán: alto, bien parecido, con ropa a la moda… Mi amigo tiene pocos aires cubanos.

– Hola – lo saludó el muchacho.

Mi amigo respondió.

-¿Cómo te llamas?- continuó el primero.

– Ernesto -mintió por temor a que después le pesara haber dicho la verdad.

– ¿Trabajas?- volvió a preguntar el muchacho con porte de galán.

-Sí, soy farmacéutico, ¿y tú?- quiso saber mi amigo.

El joven habanero lo reparó de arriba abajo, mirando la ropa de marca y los supuestos aires foráneos de mi amigo.

– Yo estoy trabajando- le respondió.

Momentos de sabiduría

Momentos de sabiduríaEstaba de viaje, por eso escribo tarde esta semana. Por suerte tampoco tuve tiempo de programar un post para ayer. Y digo por suerte porque gracias a una sorpresa es que nació la historia de este miércoles con sabor a martes…

(…)

Hace exactamente un año que no veo a la Hermana Antonia, una Religiosa de María Inmaculada (RMI) cuya existencia puede dibujarse con un par de sandalias y una sonrisa porque nunca ha dejado de caminar y alegrar a la gente. Un día nos habló de la vocación y dijo que la suya era perderse en el monte, en los barrios donde la vida no es un cuento de hadas para caminar, caminar siempre “hasta que Dios quiera y tratar de aliviar un poco las penas de todo el mundo”.

Antonia me cargó prácticamente desde que nací. Una vez me faltó poco para orinarle el hábito, cuando llegué a la Plaza Mayor y ella era la “monjita” que todos los sábados subía la empinada calle Rosario para dar catequesis. Antonia me regaló mi primer rosario y mi primera Biblia para niños; reliquias bien guardadas a pesar de los años.

Desde entonces ella se hizo presente en mi vida, aun desde la distancia, cuando fue destinada a Las Tunas. Luego regresó a Trinidad. Para esa fecha yo era casi un jovencito. Entonces empecé a caminar con ella a Magua, El Central, La Pedrera, entre otras comunidades rurales para aprender el acto de servir a desconocidos aunque después, tal vez, no te agradezcan; de intentar dejar huellas “porque de eso se trata la vida, muchachos, de dejar huellas, aun cuando sean pequeñas”.

Más tarde partió a Cienfuegos, hasta anclar, definitivamente, en la Casa Madre porque el almanaque le está cobrando tanto camino hecho. La última vez que la vi ya no tenía la fuerza necesaria para subir cuestas empinadas, pero sí las precisas para andar por El Cerro y conversar con las familias de esa barriada capitalina. Ya no tenía la fuerza necesaria para perderse en el monte, pero sí las necesarias para andar de un ala a otra del convento, del asilo a las aulas para atender a los adolescentes. La campana para llamarla era la que más resonaba en la residencia.

Hable con ella tres días antes de discutir mi Tesis.

-¡Dios mío, si ya te me gradúas, Carlitín! ¿Cuándo el tiempo pasó tan rápido?

– ¿Y en qué andas ahora, Antonia?

– En lo mismo, en esto y en lo otro: caminando, caminando siempre hasta que Dios quiera y tratando de aliviar un poco las penas de todo el mundo.

Ahora, después de cuatro horas de viaje, entro a mi cuarto. Encima del buró hay un sobre sellado. Para Carlitín, escribió alguien. Lo abro. Dentro hay una tarjeta con un mensaje para mí: “(…) Que el Señor siempre guíe tu pluma, pero la pluma de tu corazón (…)”. Hay también un libro de bolsillo, bien pequeñito. Se llama Momentos de sabiduría. En su portada también tiene un mensaje: “Que la sabiduría de Dios siempre guíe tu escritura”. Firma: Hermana Antonia RMI.

¡Aquellos maravillosos granizados!

Aquellos maravillosos granizadosLas fotos que reseñan mi niñez, adolescencia y juventud están bien protegidas en álbumes guardados en un mueble de casa. A ese amasijo de imágenes en blanco y negro, tonos sepias y otros colores imposible de identificar a estas alturas regreso de vez en cuando para mantener los recuerdos nítidos.

En ese mar de memorias gráficas navega la fotografía de este post, tomada por una cámara extranjera, de aquellas con rollito, en un pueblo desconocido, que evoca mi fascinación por los granizados: bebida por la cual caminaba cuadras enteras y formaba perreta en pleno Parque de La Fraternidad, en aquellas excursiones veraniegas a La Habana.

Por aquel entonces mi papá me acompañaba cada agosto, y siempre que nos dábamos un saltico al Barrio Chino, yo reclamaba mi granizado de cola o fresa. Nunca me fijé en la cara de los vendedores ambulantes, sino en sus manos raspando el bloque de agua congelada con un instrumento cuyo nombre aun desconozco: una herramienta con una tapa superior, donde se acumulaban los trocitos de hielo, que luego vertía en los vasos de cartón -¡ah, esos vasitos sustituidos por el plástico!-; luego se secaba las manos, te preguntaba de qué sabor querías el granizado, tomaba el sirope de una de las botellas colocadas en la parte delantera del carrito -casi siempre al lado del listado de precios, ¿se acuerdan?- , endulzaba el hielo troceado y yo me iba feliz.

Tal algoritmo minucioso, inalterable despierta cuando estoy frente a quienes venden granizado hoy día para convencerme una vez más que, para mí, ese proceso ha perdido el encanto.

Ahora casi todos los cuentapropistas tienen un artilugio para apresar el hielo y, al darle vuelta a una manivela, ya sale triturado. Otros más afortunados, con familia “afuera”, exhiben unas máquinas eléctricas, muy sofisticadas ellas, con letreros de Frozen Drink o Snow Cone, como se le llama en los Estados Unidos. Ya no hay temor a que el envase de cartón se filtre porque te lo sirven en vasos plásticos, con absorbentes y todo; ya no lo endulzan solo con sirope, sino con todo cuanto se le ocurra a quien lo vende, desde extracto “pasado por agua” hasta polvito instantáneo, casi siempre de marca Piñata; ya no existen uno o dos sabores, sino hasta cinco para escoger; ya no cuesta 80 centavos, sino dos y hasta tres pesos cubanos.

No sé si será por las nostalgias, por los recuerdos, no sé… pero ya casi no tomo granizados porque no me saben igual. Salvo dos o tres oportunidades en la capitalina calle 23 o algún establecimiento de Oriente, han sido contadas las veces en que he vuelto a disfrutar de ese refrigerio que, al menos en Cuba, nos calmó el estómago en los años duros y los veranos ardientes.

No sé si será por mis remaches a la antigua, pero al verme con el vaso plástico en la mano vienen a la mente aquellos vendedores ambulantes de mi infancia raspando el hielo, dándole sabor con aromas que nunca más he vuelto a probar. Entonces, en un ataque desmedido de melancolía, reaparece la imagen de aquellos maravillosos granizados.