¡Aquellos maravillosos granizados!

Aquellos maravillosos granizadosLas fotos que reseñan mi niñez, adolescencia y juventud están bien protegidas en álbumes guardados en un mueble de casa. A ese amasijo de imágenes en blanco y negro, tonos sepias y otros colores imposible de identificar a estas alturas regreso de vez en cuando para mantener los recuerdos nítidos.

En ese mar de memorias gráficas navega la fotografía de este post, tomada por una cámara extranjera, de aquellas con rollito, en un pueblo desconocido, que evoca mi fascinación por los granizados: bebida por la cual caminaba cuadras enteras y formaba perreta en pleno Parque de La Fraternidad, en aquellas excursiones veraniegas a La Habana.

Por aquel entonces mi papá me acompañaba cada agosto, y siempre que nos dábamos un saltico al Barrio Chino, yo reclamaba mi granizado de cola o fresa. Nunca me fijé en la cara de los vendedores ambulantes, sino en sus manos raspando el bloque de agua congelada con un instrumento cuyo nombre aun desconozco: una herramienta con una tapa superior, donde se acumulaban los trocitos de hielo, que luego vertía en los vasos de cartón -¡ah, esos vasitos sustituidos por el plástico!-; luego se secaba las manos, te preguntaba de qué sabor querías el granizado, tomaba el sirope de una de las botellas colocadas en la parte delantera del carrito -casi siempre al lado del listado de precios, ¿se acuerdan?- , endulzaba el hielo troceado y yo me iba feliz.

Tal algoritmo minucioso, inalterable despierta cuando estoy frente a quienes venden granizado hoy día para convencerme una vez más que, para mí, ese proceso ha perdido el encanto.

Ahora casi todos los cuentapropistas tienen un artilugio para apresar el hielo y, al darle vuelta a una manivela, ya sale triturado. Otros más afortunados, con familia “afuera”, exhiben unas máquinas eléctricas, muy sofisticadas ellas, con letreros de Frozen Drink o Snow Cone, como se le llama en los Estados Unidos. Ya no hay temor a que el envase de cartón se filtre porque te lo sirven en vasos plásticos, con absorbentes y todo; ya no lo endulzan solo con sirope, sino con todo cuanto se le ocurra a quien lo vende, desde extracto “pasado por agua” hasta polvito instantáneo, casi siempre de marca Piñata; ya no existen uno o dos sabores, sino hasta cinco para escoger; ya no cuesta 80 centavos, sino dos y hasta tres pesos cubanos.

No sé si será por las nostalgias, por los recuerdos, no sé… pero ya casi no tomo granizados porque no me saben igual. Salvo dos o tres oportunidades en la capitalina calle 23 o algún establecimiento de Oriente, han sido contadas las veces en que he vuelto a disfrutar de ese refrigerio que, al menos en Cuba, nos calmó el estómago en los años duros y los veranos ardientes.

No sé si será por mis remaches a la antigua, pero al verme con el vaso plástico en la mano vienen a la mente aquellos vendedores ambulantes de mi infancia raspando el hielo, dándole sabor con aromas que nunca más he vuelto a probar. Entonces, en un ataque desmedido de melancolía, reaparece la imagen de aquellos maravillosos granizados.

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Acerca de Carlos Luis Sotolongo Puig

Joven reportero con alma de cronista y fotógrafo aficionado. Desde Trinidad de Cuba cuento historias a quienes decidan acompañarme.
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4 respuestas a ¡Aquellos maravillosos granizados!

  1. Cuando volveran ..LAS NOCHES BUENAS!!..jajaja ..Lindo!! Te salio .COMPADRYTO!!

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  2. Roberto Glez dijo:

    HAs dicho bien, Carlos, esos granizados eran maravillosos. Un abrazo

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