Archivo mensual: octubre 2014

Cambia la imagen, ¿y el contenido?

Cambia la imagen, y el contenidoLos espacios informativos de la Televisión Cubana sorprenden a quienes estamos del otro lado de la pantalla con un cambio en su visualidad; modificaciones que, para ser sinceros, no logran deslumbrarme y me huelen más a reformas asociadas a no quedar rezagados respecto a medios internacionales como Telesur, cuya bendita irrupción en los hogares cubanos ha sido una especie de sacudión en las mentes anquilosadas de administrativos y realizadores del departamento del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT).

Ahora los sets presumen de pantallas de plasma de gran dimensión y tablets con tecnología Android en manos de locutores, presentadores y comentaristas en aras de concebir unas emisiones que, aunque se empeñen en negarlo, convergen en ciertos puntos con noticieros extranjeros (y que Dios me libre de la excomunión).

Ver de pie a Serrano —presentador del Noticiero Estelar— al lado del periodista de turno para introducir el comentario nacional o extranjero; ver a los responsables del segmento cultural o deportivo con un LED de fondo no constituye novedad alguna para quienes a través del denominado paquete de la semana o “carga”, como se le dice en mi tierra, han visto informativos y boletines de países ubicados al Norte o al Este de Cuba.

Sin embargo, en medio de los trajes nuevos de Serrano y los conjuntos de chaqueta de Daisy Gómez; en medio de tanta bruma tecnológica —que a veces le dispara los nervios a quienes están delante de cámara por no saber trabajar con los aparatitos—, me pregunto si la digitalización en el Sistema Informativo de la Televisión Cubana devendrá también punto de partida para la renovación del ejercicio periodístico contemporáneo.

¿Será que las pantallas high definition mostrarán temas medulares de la Cuba actual? ¿Será que los teleprompter traerán un discurso menos triunfalista?

Para nada me opongo a las transformaciones estéticas de los programas noticiosos (los pobres, Telesur les ha puesto una parada demasiado alta), pero defiendo aquellos cambios cosméticos encaminados también a reconquistar, contenido mediante, a un público que hoy apenas se identifica en la pantalla chica y convierte a la TV en una radio con imagen u oráculo del pronóstico meteorológico.

Prefiero una TV de palo, pero capaz de cautivar al espectador con noticias que valgan la pena, no una que, pese a su renovado maquillaje, no logra saciar la sed informativa de un pueblo que no vive de espaldas al mundo.

Anuncios

Alumno ausente

Alumno ausenteObligó a su madre a despertarme para darme la noticia. El reloj apenas marcaba las ocho de la mañana. Al otro lado de la línea, mi niño tenía una moneda y una caja de bombones en la mano, y por primera vez no se asustó cuando vio la sangre. “Ya largué mi primer diente, padrino”, me dijo, como el héroe que narra su más valerosa proeza.

Con semanas de antelación, Rubencito preparó todo el ritual: primero, escribir (entiéndase dictar un mensaje corto porque él apenas domina los primeros trazos) la carta al ratón Pérez, esa especie de mercader de los niños que intercambia dientecitos por monedas, golosinas o los antojos que puedan financiar el bolsillo de los padres; segundo, colocar la carta debajo de la almohada cuando el diente estuviera casi listo.

Pero mi ahijado tenía un deseo mayor: ver a Pérez; por eso encomendó a su madre la misión de velar por la llegada del roedor traficante. ¡Vaya sorpresa la suya cuando despertó la semana pasada y vio su recompensa, pero no logró entablar la ansiada conversación con el ratoncito!

“Me quedé dormida, pipo. Mami estaba muy cansada anoche y él debió pasar cuando pegué un pestañazo”, le explicó. Él estuvo inconforme al principio; mas, bastó la primera mordida al chocolate que le habían dejado como premio para borrar la tristeza.

“Ya largué mi primer diente, padrino”, fue la primera frase que escuché la semana anterior. Y ahora se le ve presumir de tener “alumnos ausentes”, como suele decirse en el argot popular cuando se caen los dientes; ahora está a la par de los otros niños de su aula.

Mientras, yo trato de acostumbrarme a la nueva sonrisa de mi niño, cuando miro el minúsculo orificio en su boca. La tarde lo sorprende averiguando cuál será el próximo “alumno ausente”. El nuevo mensaje está en proceso de escritura, pero esta vez confiado en que podrá ver a Pérez porque ha trazado una estrategia infalible: “cuando el diente esté a punto de caerse, me voy a hacer el dormido y cuando él venga a quitarlo me voy a despertar para poder saludarlo”.

Si ellos supieran…

???????????????????????????????Existen lugares en Cuba donde se estampan héroes que no son los nuestros. Se parecen, pero esas figuras de trazos grotescos solo comparten algún que otro rasgo fisonómico con los hombres y mujeres que históricamente nos enseñan a honrar, nada más.

En el presunto caso de tratarse de un desliz por parte de este observador, deduzco que los autores tuvieron como patrón la fotografía menos feliz de cada mártir, las imágenes de “lo que usted no vio” o, quizás, la caricatura hecha por algún compañero de lucha en la manigua o la Sierra en un rato de descanso.

De a poco las paredes de empresas, escuelas urbanas y rurales, círculos infantiles… transmutan en una especie de tapiz surrealista signado por la presencia de rostros de escasa estética, más próximos a la parodia que a la legitimación de los próceres. Por eso no es extraño ver la figura de Martí con una delgadez extrema, a Maceo con un bigote prominente o al Che con una barba demasiado tupida, por aludir solo a los más recurrentes.

Frente a dichos ¿retratos? el proceso de identificar varía de acuerdo con la capacidad de asociación de cada cual —sí, porque no piense que es algo sencillo—. Por eso no resulta extraño ver a los niños boquiabiertos, intentando dilucidar a quién tienen delante. Y esto solo ocurre cuando, en medio de la burda imitación, salta a la vista un elemento capaz de desbloquear la mente. Por ejemplo: una sonrisa amplia para reconocer a Camilo, una boina con una estrella para el Che… De lo contrario, queda la duda.

Entonces lo que estuvo concebido para fomentar el respeto hacia quienes vivieron por y para Cuba, desencadena una acción contraproducente que repercute de manera gradual en las lides ideológicas, sobre todo en los más pequeños.

Nadie sale ileso del sutil acto de deslegitimación y hasta aquellos que aun no han pasado a la eternidad sufren las consecuencias. Llegado el punto donde proliferan estos héroes indefinidos cabría replantearse en manos de quién se ponen los muros y las fachadas devenidas sitios para conmemorar a los patriotas.

Si ellos supieran, seguro prohibirían entregar óleos y pinceles a aficionados inexpertos que lastran la iconografía de los mártires.

Sobre esta isla se cierne una avalancha de hombres con machete en mano y uniformes verde olivo; uno tiene una pluma en la mano y viste de negro, otros desembarcan de un yate. Me parecen conocidos, pero cuando me acerco, no logro identificarlos.

Imaginario soliloquio posmoderno de la cucarachita Martina

Imaginario soliloquio posmoderno de la cucarachita MartinaEstos billeticos, distribuidos de mayor a menor, suman mi primera remuneración salarial, que recibiera el pasado jueves después de un mes de trabajo. No sé si alegrarme o deprimirme.

Soy adiestrado. Mi sueldo es de 345 pesos en moneda nacional (ahora noto que tiene su gracia. Es un número fácil de graficar con los dedos, en tanto son tres dígitos consecutivos. Vaya, como que se podrían inventar una coreografía y todo). Llevado a pesos convertibles —el cruel y despiadado compañero CUC— sería cerca de 13.80, o sea: casi nada.

Les confieso que desde hace rato me daba vueltas la idea de asociar el sublime y traumático acto de cobrar con el popular cuento infantil cuyo personaje principal es la vanidosa cucarachita Martina, quien se encuentra una moneda mientras limpiaba su casa. (En España la historia la protagoniza una ratita —la ratita presumida—y en Panamá el nombre de la cucarachita es Mandinga, para que los amigos lectores allende los mares no estén desorientados).

En fin, que me imaginaba en vivo y a todo color a Martina barriendo la sala de su casa cuando ¡puf! se encuentra en el piso 345 pesos en moneda nacional y no una moneda de oro. Estoy seguro que la alegría no sería tanta. Sí sería un alivio porque, seamos honestos, algo es mejor que nada, pero la pobre cucarachita no pegaría saltos de loca ni podría saber de primera y pata qué quería comprarse con eso.

Más me parece verla tomar el fajo de billetes, respirar aliviada porque tiene algo para “ir tirando” por tres o cuatro días, que salir corriendo para la shopping. Se me ocurren varias posturas a asumir:

En todos los casos, separar primero la cotización del sindicato y la UJC, si pertenece a la organización. Luego puede ir —no correr— hasta la tienda de productos industriales y comprar pasta de dientes, detergente líquido, una estopita para fregar, espaguetis por la libre, una colcha, una botella de vino Soroa (ese sería el único gustico a darse), desincrustante para el baño… Todo ello en el supuesto caso de que Martina viva cerca del establecimiento; de lo contrario debemos descontar el dinero del transporte público y dejar una reserva por si la guagua no pasa y deba coger un motorcito de cinco pesos o un coche tirado por caballos.

También podría —esta variante creo sería la más usual— sentarse en la mesa con el dinero delante, una vez terminada la faena. Mirarlo, volverlo a mirar y cambiar la pregunta. Ya no sería: “¿Qué me compraré”?, tal cual narra la historia, sino “¿Qué me puedo comprar?”, pronunciado con cierto escepticismo.

Si Martina tiene móvil, póngale el cuño que lo va a recargar con un bono de 5 CUC, luego de haber pasado por la casa de cambio (CADECA), claro; si no vive en el lugar donde trabaja, guardará algo para el viaje o un imprevisto.

Muy importante: en esta historia Martina debe tener a su mamá, su papá, o ambos, vivitos y coleando para que la sigan manteniendo; debe cumplir a rajatabla las medidas de ahorro energético en la casa para pagar poca corriente y ni se le ocurra ir al mercado a comprar papa o malanga… Nada de ropas, zapatos, y mucho menos hijos: esos temas quedan prohibidos cuando se tiene un sueldo de 345.

Y en medio de ese imaginario soliloquio posmoderno, siempre quedará la duda: ¿Y si Martina fuera cuentapropista…?

Por estos días el salario es denominador común del chateo o las llamadas con la gente de mi grupo universitario. Casi todo el mundo ha hecho rituales parecidos. Con el sueldo delante, algunos le han hecho fotos, como yo; han sacado cuentas y resolvieron que les da para comprarse unas gafas y retocarse el pelo, a otros para sufragar los gastos de transporte, contribuir mínimamente a la economía familiar, ver a la novia que está lejos, ir al Coppelia varios días a la semana y, al menos por esta vez, guardar el billete de cinco pesos como regalo simbólico a un pariente que está fuera de Cuba. El mes próximo, ya veremos.