Archivo mensual: noviembre 2014

Un trinitario en los tiempos del ébola

Un trinitario en los tiempos del ébola“¿Tú estás loco? El que se va para allá no regresa”, le espetaron en plena calle cuando supieron que partiría a los lejanos parajes de Sierra Leona para combatir el ébola.

El Servicio Militar en Angola durante la década del 90, cuando curó heridos bajo las bombas, las huellas de Haití como miembro de la brigada médica cubana Henry Reeve y otras experiencias en frentes internacionalistas no fueron suficientes para el trinitario Francisco Gonzalo Prada Morales (Panchi) aquella tarde en que resolvió integrar el primer contingente de cooperantes, que levantó vuelo el 1 de octubre.

“No llamemos a esta decisión ‘aventura’. En realidad se trata de un instinto que crece por los años en esta profesión. Es la oportunidad de saber que puedes ayudar, no importa a quién ni dónde”, me advirtió este licenciado en Enfermería, con más de tres décadas de trabajo, cuando empezamos a dialogar a través del buzón electrónico.

Al segundo día en Freetown, capital de la nación de África occidental, empezaron los entrenamientos, “jornadas intensas donde los médicos y personal de la OMS impartieron conferencias para conocer los síntomas principales de la enfermedad, cómo evitar el contagio, el procedimiento para mejorar la atención del paciente y aprender a manejar el traje de protección personal, sobre todo a la hora de quitárnoslo”.

Y vio erigirse el hospital Kerry Town, patrocinado por la organización inglesa Save the Children, conformado por seis salas, cada una con dos enfermeros y un médico por turnos de trabajo de ocho horas.

6 de noviembre de 2014: “Mi hermano, te cuento que ya hoy chocamos con el ébola. Hasta ahora solo hemos visto 10 casos confirmados, pero es suficiente para impresionarte, sobre todo con los niños, porque su respuesta a la enfermedad es casi nula, no tienen suficientes anticuerpos para vencerla y la pésima alimentación provoca que lleguen muy desmejorados. En ese momento te duele el cuerpo de impotencia por no poder hacer más.”.

A millas de distancia, en Trinidad, Janetzky Fernández Martínez, esposa de Panchi, vive orgullosa. “La gente pudiera pensar que él desatiende a su familia. Para nada. Muchas personas me decía que quien ama a su marido no lo deja exponerse a esos riesgos, incluso una vez me preguntaron cuándo regresaba, y detrás pusieron la coletilla: ‘bueno, si regresa’, porque no lo ven desde el punto de vista humanitario. Tengo mis miedos, por supuesto, pero él es muy responsable en su trabajo”.

No te detengas, avanza./ Lucha, procede, camina,/ que el que no se determina,/ nada en la vida alcanza. Nunca pierdas la esperanza/ de realizar tus ideas./ Cuando abatido te veas, juega el todo por el todo,/ que con Dios y de este modo/ cumplirás lo que deseas, le escribió una amiga a Panchi antes de partir.

Cada día, mientras resguarda su vida con el traje blanco, esa suerte de escudo para enfrentar al enemigo invisible que es el ébola, el enfermero susurra los versos. Del otro lado del mundo, en el centro sur de Cuba, su esposa confía, porque Panchi nunca ha dejado de cumplir sus juramentos y previo a la despedida le hizo uno: “Yo te prometo que voy a regresar”.

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¡Actualiza!

ActualizaMe llama para requerirme que hace 15 días Isla nuestra de cada día no cuenta una historia nueva. Le explico que sucesos imprevistos me han llevado a recorrer kilómetros en un día y que a mi PC le dio un patatús —pobre infeliz, está vieja y cansada después de años de desgaste y un lustro de avatares universitarios—.

“No importa, niño: ¡actualiza!”, reclama. Me regaña en un comentario y vía telefónica. “Esta semana tampoco escribiste. ¿Es que tengo que ir desde Santa Clara a jalarte las orejas?”, me amenaza.

“Hija, es que las musas están de vacaciones”, le digo. Craso error porque entonces reparo que hablo con una de las dos inspiraciones de esta bitácora. “¿Cómo? ¡Ninguna de las dos estamos en días libres, que yo sepa! Si Cuba profunda es más comprensiva, yo no, y tengo que leer algo nuevo yaaaa”. Y me da un ultimátum de 24 horas.

Yo, niño bueno y obediente, escucho el consejo por aquello de que el que a buenas musas se arrima, sombra celestial lo cobija —¿o el refrán rezaba de otra manera?…—, abro una página en blanco y empiezo a escribir esta especie de disculpa pública para evitar recibir un botellazo letal.

El pas de deux y la añoranza

El pas de deux y la añoranzaNunca he visto ballet en un teatro. Puedo presumir de asistir a exposiciones de artes plásticas, obras dramáticas, conciertos dentro y fuera de Trinidad —aunque tal vez mi arsenal se enriqueciera si la villa donde nací recuperara sus perdidos bríos de epicentro cultural—-. También pudiera presumir de conversaciones con artistas o de cómo los portones decimonónicos de mi casa han recibido a más de uno.

Mas, si hablan de plié y relevé en el escenario, de la impecable ejecución de tal bailarina y de las ovaciones que arrancó al público con la maestría de su ejecución, mi boca enmudece.

Supe del ballet gracias a mi padre —dichoso él, que pudo ver a Alicia Alonso interpretando su última Gisselle y a las Cuatro Joyas en tiempos universitarios—. Al principio, confieso, aquellas piruetas no me resultaron tan elegantes y estilizadas como graciosas (inocencia e ignorancia infantiles, supongo), pero él me enseñó a admirar a través de ¡Bravo! o La danza eterna —programas de la Televisión Cubana— los valores de una obra del repertorio clásico o contemporáneo.

Desde entonces, mi único contacto con esas historias narradas a partir de la fineza y la sensibilidad ha sido a través de la pantalla —primero rusa (Orizon) y más tarde americana (Goldstar)— del televisor de casa. Esas funciones televisivas, las entrevistas a bailarines en espacios como Cubanos en primer plano o Con dos que se quieran junto a un espectáculo de Carlos Acosta en el cienfueguero teatro Tomás Terry han enraizado mi disfrute por el fascinante —aunque también complejo y efímero—universo del ballet.

Sin embargo, no sé qué se siente estar en un palco de los teatros capitalinos, a la expectativa de que los protagonistas salgan a escena; me falta el cosquilleo que mi padre aún experimenta cuando rememora sus días de espectador delirante.

Cuando el calendario marca la fecha del Festival Internacional de Ballet de La Habana regresa la añoranza por disfrutar, al menos, un pas de deux y la incertidumbre de si aclamaré a Viengsay Valdés o José Manuel Carreño cuando caiga el telón, pese a mi escaso dominio de la afrancesada terminología técnica o mi incapacidad para juzgar una actuación.

Para llenar el vacío sintonizo el Canal Educativo en estas noches y sucumbir así ante los espectáculos de la cita de invierno a la vez de alimentar mi contacto a distancia con la manifestación artística que cierto crítico inglés definiera como la más exquisita y cruel de todas, pero también dueña del encanto de trastocar la existencia misma con los primeros movimientos cuando empieza la función.