Archivo mensual: enero 2015

El primogénito que se convirtió en Héroe

El primogénito que se convirtió en HéroeQuizá la clarividencia de las primerizas rondaba por estas horas a Leonor Pérez Cabrera, una mujer que, si bien los libros históricos recuerdan con el calificativo de Doña, aquel 28 de enero de 1853 era apenas una jovencita de 25 años a punto de descubrir el milagro de la maternidad.

Tal vez mientras la comadrona preparaba las condiciones para recibir a la criatura, la muchacha repasaba fugazmente la travesía que vivió al partir de su natal Santa Cruz de Tenerife para anclar en La Habana, sitio donde, en 1852, conociera a quien se entregaría en cuerpo y alma: el valenciano Mariano Martí y Navarro, celador de policía.

Mas, ni el más renombrado adivino de la Cuba del siglo XIX pudo vaticinarle a Leonor la grandeza de quien llevaba en las entrañas, bendecido con el don de la inmortalidad incluso antes de nacer. Pero eso sucedería años más tarde, cuando a los 15 años el niño le entregó los primeros versos, titulados A mi madre.

Empapada en sudor, todavía exhausta por el esfuerzo de dar a luz, Leonor sintió el grito de su primogénito, José Julián Martí y Pérez, recorrer el último rincón de aquella casa de estilo colonial marcada con el número 41 —hoy 314—, enclavada en la calle San Francisco de Paula del barrio habanero de igual nombre. Ese fue el día del milagro.

Luego vendría el bautizo del recién nacido, el viaje a España, el regreso de nuevo a Cuba, el traslado de domicilios, los estudios en la escuela municipal del barrio de Santa Clara y más tarde, en el colegio San Anacleto, el encuentro con quien sería su amigo para siempre, Fermín Valdés Domínguez, hasta la llegada del 10 de octubre de 1868, cuando el sentimiento independentista enraizó definitivamente en aquel Martí aún imberbe.

Del resto se han encargado los eruditos: de estudiar —unas veces mejor que otras—, resumir, reseñar… la vida del más universal de los cubanos, despojado a veces de toda condición mortal, esculpido en mármol sobre un pedestal: el eminente filósofo, político, periodista, cónsul de varios países, el fundador del Partido Revolucionario Cubano, el artífice de la Guerra del 95, el hombre cuyas frases parecen venirle como anillo al dedo a toda situación.

De este lado de la web, sin embargo, cada 28 de enero recuerdo al joven de de 17 años, el 113 de la Primera Brigada de Blancos, apresado por un grillete, trabajando en las canteras de San Lázaro; al hombre desterrado, de salud inestable, que cayó de bruces ante la belleza de la cubana Carmen Zayas Bazán, al escritor de piezas teatrales, autor de los Versos Sencillos, Ismaelillo y La Edad de Oro.

A más de 160 años de su natalicio, Martí continúa sorprendiendo, acaso como advertencia de cuántos episodios quedan aún por narrar sin necesidad de grandilocuencias. A más de 160 años de su natalicio cabría replantearse qué imagen perdura —y se forma desde edades tempranas— en la memoria popular: si la de un inalcanzable y místico ser inmortalizado en plazas, parques y bustos, o la de un hombre —bendecido con la lucidez, eso sí—, pero que, ser humano, a fin de cuentas, nunca hubiera llegado a este mundo de no ser gracias a una mujer.

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Balcones

BalconesPor primera vez en mi vida me encuentro rodeado de balcones de lunes a jueves, en un reparto bendecido con la tranquilidad pero desgraciado en atractivo arquitectónico.

Como árboles de concreto se erigen por los cuatro costados cientos de edificios, en una especie de laberinto que me ha tomado más de cuatro meses aprender a desentrañar, cuya diferencia yace, únicamente, en el color de las paredes exteriores.

Cada tarde, cuando termina la jornada laboral, penetro sin remedio en el barrio Olivos I, de Sancti Spíritus, y los edificios salen al acecho con sus rostros hieráticos. Solo los balcones logran sacarme del trance. Y no por el diseño del enrejado, que si bien garantizan la seguridad arrebatan todo aire de libertad al espacio, sino por convertirse en silenciosos delatores de los bienes, costumbres, incluso intimidades de los propietarios.

En aquel balcón hay dos tanques para almacenar agua —en algún momento de su vida, quien vive ahí sufrió un trauma con la escasez—; dos pisos más arriba un hombre hace mil y un malabares para colgar su bicicleta china—ahí no vive ningún jefe, por supuesto—. Allá, en el que está pintado de amarillo, alguien es fanático a la botánica porque lo convirtió en una especie de jardín colgante de Babilonia a mínima escala donde helechos, cactus y begonias se balancean en los macramés.

Enfrente hay un recién nacido o un niño de meses; basta mirar la cantidad de pañales y sábanas de cuna chorrear agua desde el amanecer de Dios para concluir que “la measón de la noche”, como dirían en mi casa, fue de madre. Y justo debajo la ropa interior de otros propietarios, tendida sin pudor, para que todo el transeúnte que deambule por la zona, resuelva que, paredes adentro, una mujer gusta de los calienticos con dibujos picantes y seduce a su pareja con un hilo dental.

Más adelante vive el cuentapropista, cuyo balcón se convierte en una especie de vocero de su negocio de “escaneo, impresiones y fotocopias de documentos. Fotos de carné de identidad, visa y pasaporte, relleno de memorias USB con series y novelas. Todo al momento”. Luego, en el cuarto piso, Ciclanita espera a Perencejito Pérez, su novio, a quien, parece, le duelen mucho las piernas para subir a buscarla; por eso le chifla y luego llama: “Ciclanitaaaaa, asómate al balcón”.

Balcones abiertos, cerrados, entreabiertos; balcones que cobran vida después de las cinco de la tarde, cuando Fulana sale a escoger arroz mientras cuchichea con la vecina; balcones pintados, descascarados, repellados, remendados, abandonados; balcones de donde cuelgan camisas Lacoste —burda copia ecuatoriana, creo—, uniformes de obreros y batas de amas de casa, sábanas de caché, sábanas zurcidas; balcones desiertos; balcones que sirven de retaguardia a los curiosos del barrio, agazapados tras las persianas de aluminio para chismosear más tarde de las once mil vírgenes; balcones desde donde las madres localizan a sus hijos para indicarles: “!A bañarteeeee!”; balcones que protegen secretos familiares, frustraciones, fantasías…; balcones que cambian la fisonomía de edificios inexpresivos y hacen más llevadero el insoportable momento del día cuando debo penetrar en el barrio espirituano Olivos I, aunque no quiera.

El universo de Richard

El universo de RichardCon la mirada fija en el triángulo amarillo, Richard duda si será esa la figura geométrica que su maestro le pidió identificar. Se arriesga, acerca la mano y descarta el de color rojo y el azul. “Muy bien”, dice el mentor. “Yo sí puedo, yo sí puedo”, balbucea el niño con las manos levantadas en un ataque de euforia.

A juzgar por la inscripción de nacimiento, Richard Álvarez Martell tiene 9 años, pero la edad de su mente es menor. Él vive en el silencioso universo del autismo; especie de cosmos íntimo donde casi nadie podía entrar.

Mas, desde abril pasado Pedro, su profesor, acompañado de María, auxiliar pedagógica, empezaron a colorear el mundo retraído del niño. “Al principio no asimilaba los ruidos o estar en grupo, se tiraba al suelo. Lo observé para saber lo que no le gustaba y sacarlo poco a poco de la introversión. Después lo llevé a las aulas de preescolar, empezó a aceptar los saludos y a estar en contacto con otros niños, aunque hay días en que no quiere”, me confesó Pedro aquel día en que encargos reporteriles me llevaron al municipio espirituano Zaza del Medio.

Pero la constancia ofrece una buena cosecha y ya no es preciso desmenuzarle el pan (que no puede faltarle, pese a no simpatizar mucho con el yogur, según apuntan sus asesores) ni insistirle para que beba agua porque lo hace por sí mismo.

El contacto diario ha desarrollado en ambos maestros la capacidad de interpretar la mínima señal del niño. Aprendieron, por ejemplo, que cada media hora deben llevarlo al baño, que si se desespera en un ejercicio de mesa es necesario un paseo para cambiar de actividad e intentarlo más adelante, y que al menos cinco o seis minutos al día están dedicados al tratamiento logopédico para descifrar las jerigonzas pronunciadas antes con dificultad, traducidas ahora en vocablos concretos: patio, mariposa, tijera… o frases como “son para mí”.

El tiempo les ha revelado a Pedro y María un Richard fascinado por tocar la tumbadora, el baile, los cantos, amante de los juegos El patio de mi Casa, La rueda rueda y toda dinámica donde él devenga protagonista.

“Richard me ha llegado hondo. Yo tengo hijos y como madre siempre pienso: ¿Y si fuera el mío? Él me aceptó desde el primer día. Eso, junto al cariño y la dulzura, es muy importante para poder avanzar”, admitió María.

En una escuela primaria de Zaza del Medio existe un aula cuyo umbral da paso al universo de Richard, el niño autista. Ahí están sus juguetes, su cama, su merendero… y dos guardianes que en cada amanecer luchan por derrumbar los muros de su silencio.