Balcones

BalconesPor primera vez en mi vida me encuentro rodeado de balcones de lunes a jueves, en un reparto bendecido con la tranquilidad pero desgraciado en atractivo arquitectónico.

Como árboles de concreto se erigen por los cuatro costados cientos de edificios, en una especie de laberinto que me ha tomado más de cuatro meses aprender a desentrañar, cuya diferencia yace, únicamente, en el color de las paredes exteriores.

Cada tarde, cuando termina la jornada laboral, penetro sin remedio en el barrio Olivos I, de Sancti Spíritus, y los edificios salen al acecho con sus rostros hieráticos. Solo los balcones logran sacarme del trance. Y no por el diseño del enrejado, que si bien garantizan la seguridad arrebatan todo aire de libertad al espacio, sino por convertirse en silenciosos delatores de los bienes, costumbres, incluso intimidades de los propietarios.

En aquel balcón hay dos tanques para almacenar agua —en algún momento de su vida, quien vive ahí sufrió un trauma con la escasez—; dos pisos más arriba un hombre hace mil y un malabares para colgar su bicicleta china—ahí no vive ningún jefe, por supuesto—. Allá, en el que está pintado de amarillo, alguien es fanático a la botánica porque lo convirtió en una especie de jardín colgante de Babilonia a mínima escala donde helechos, cactus y begonias se balancean en los macramés.

Enfrente hay un recién nacido o un niño de meses; basta mirar la cantidad de pañales y sábanas de cuna chorrear agua desde el amanecer de Dios para concluir que “la measón de la noche”, como dirían en mi casa, fue de madre. Y justo debajo la ropa interior de otros propietarios, tendida sin pudor, para que todo el transeúnte que deambule por la zona, resuelva que, paredes adentro, una mujer gusta de los calienticos con dibujos picantes y seduce a su pareja con un hilo dental.

Más adelante vive el cuentapropista, cuyo balcón se convierte en una especie de vocero de su negocio de “escaneo, impresiones y fotocopias de documentos. Fotos de carné de identidad, visa y pasaporte, relleno de memorias USB con series y novelas. Todo al momento”. Luego, en el cuarto piso, Ciclanita espera a Perencejito Pérez, su novio, a quien, parece, le duelen mucho las piernas para subir a buscarla; por eso le chifla y luego llama: “Ciclanitaaaaa, asómate al balcón”.

Balcones abiertos, cerrados, entreabiertos; balcones que cobran vida después de las cinco de la tarde, cuando Fulana sale a escoger arroz mientras cuchichea con la vecina; balcones pintados, descascarados, repellados, remendados, abandonados; balcones de donde cuelgan camisas Lacoste —burda copia ecuatoriana, creo—, uniformes de obreros y batas de amas de casa, sábanas de caché, sábanas zurcidas; balcones desiertos; balcones que sirven de retaguardia a los curiosos del barrio, agazapados tras las persianas de aluminio para chismosear más tarde de las once mil vírgenes; balcones desde donde las madres localizan a sus hijos para indicarles: “!A bañarteeeee!”; balcones que protegen secretos familiares, frustraciones, fantasías…; balcones que cambian la fisonomía de edificios inexpresivos y hacen más llevadero el insoportable momento del día cuando debo penetrar en el barrio espirituano Olivos I, aunque no quiera.

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Acerca de Carlos Luis Sotolongo Puig

Joven reportero con alma de cronista y fotógrafo aficionado. Desde Trinidad de Cuba cuento historias a quienes decidan acompañarme.
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6 respuestas a Balcones

  1. FRANCISCO dijo:

    QUE BONITA PINTURA ACOMPAÑA ESTE COMENTARIO!!!! UN ABRAZOTE.

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  2. Mayra Madiedo. dijo:

    CL. JJJJJJJJ. Excelente descripción, multiplicada x 3…Olivos II y III….
    El abrazo de siempre. Besos Mayra.

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