Archivo mensual: febrero 2015

No te has ido

No te has idoSe detuvo frente al cuadro colgado en la pared central de casa. Recorrió los arcos y las líneas discontinuas de la canaleta perdida que atraviesa la pintura. Reparó en las tonalidades, la profundidad, el tamaño de la obra. Alabó el pulso del pintor. “Es precioso”, dijo. Ella, la muchacha que admira el lienzo, vive en el país de Velázquez, Goya y Gaudí.

— ¿Quién es el autor?

— Un amigo

— ¿De aquí?

— Sí

— ¿Y vende?

Entonces noté que debí comenzar la conversación por el final, donde le explicaba que él se fue de este mundo. Increíblemente ha pasado casi un año y aún creo que se trata de una pesadilla, una ilusión, una falsa ausencia.

De frente al cuadro, una joven española calla y sucumbe ante la maestría técnica de un desconocido, quien, pese a su formación académica, nunca alcanzó fama lejos de su pueblo; un artista cuya obra jamás conoció galerías de renombre.

“La tristeza nunca se va del todo, se queda bajo la piel”, escribió Isabel Allende en La suma de los días. Y ahora la nostalgia llega para recordarme otra vez que es su espíritu el que deambula para siempre entre los aleros de tornapunta y la cafetera a punto de colar.

Juraría haberlo visto encima de las arcadas nacidas del pincel que alguna vez fue suyo, ese instrumento que emprendía vuelo y se ganaba el pan de cada día. Pero me cuesta creerlo. Para ello debo aceptar su partida definitiva, y aún me parece mentira.

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El sobreviviente que alivia las penas

El sobreviviente que alivia las penasNunca antes había visto la muerte tan de cerca como aquel día en que le diagnosticaron el ébola. Después de cuatro días luchando contra lo que suponía era una enfermedad pasajera, el joven Daniel Kamara, de 19 años, solo empeoraba.

Moribundo, dejó atrás aquella casa sin número —en Free Town las viviendas no se enumeran— de la calle Don King, hasta llegar al hospital Kerry Town, erigido en Sierra Leona, en busca de los médicos cubanos.

“Llegó con vómitos, cefalea, fiebre de 39, dolor muscular y ligero sangramiento por las encías —narra el enfermero trinitario Francisco Gonzalo Prada Morales (Panchi), a través del buzón electrónico—. Según lo establecido, los primeros días son determinantes para el tratamiento”.

Acostumbrados a lidiar con emergencias de todo tipo, desvistieron a Kamara de inmediato, cremaron sus ropas tal como establece el protocolo y procedieron a darle un baño. “Enseguida abrió los ojos y dijo algo en creole; no sé si ‘gracias’ o si preguntaba algo. Más tarde los exámenes confirmaron nuestras sospechas: positivo al ébola y la malaria, una muy mala combinación”.

Tal diagnóstico mantuvo en estado crítico a Kamara durante 48 horas más, hasta que comenzó a articular frases coherentes y la fiebre y el sangramiento cedieron de a poco. En tan solo 10 días al joven le volvió el alma al cuerpo, “una recuperación bastante rápida teniendo en cuenta el estado en que llegó”, continúa Panchi.

Si bien confiaba en la mejoría del paciente, el enfermero trinitario nunca imaginó que al comunicarle al joven su inmunidad al virus, el muchacho se convertiría, por voluntad propia, en una suerte de guardián de los pacientes más críticos de la sala.

Ahora, con su cuerpo mismo como escudo, sin más aditamentos que guantes y nasobuco, las jornadas de Kamara, que permanecía ingresado para evitar cualquier recaída, transcurrían acompañando, dándoles agua y pronunciando palabras de alivio en creole a quienes aun no habían vencido la enfermedad.

“Tengo 30 años de experiencia y te garantizo, mi hermano, que jamás había visto nada parecido. El día del alta lloró como un niño, compadre, y mostraba a base de señas su agradecimiento al equipo de colaboradores. Desde el visor del traje lo vi abandonar la sala, con esa satisfacción que bien conocemos los que ayudamos a salvar vidas”.

Sin embargo, Kamara no regresó a la casa en la calle Don King. A la salida del hospital, una propuesta aguardaba su decisión: continuar su desempeño con los enfermos de ébola como trabajador del centro.

No fue necesaria una respuesta: Daniel torció el rumbo, se cubrió la boca, las manos, se mezcló con el ejército de trajes blancos, llegó a los pies del más convaleciente y empezó a hablarle en creole para aliviarle la agonía.

La historia de Daniel Kamara (a la derecha) conmovió a los colaboradores cubanos.

La historia de Daniel Kamara (a la derecha) conmovió a los colaboradores cubanos.

Agua buena

Agua buena_Isla nuestra de cada díaVivíamos en el período de los inventos, ajenos a todo aparato que indicara modernidad. Transcurría la década en que las latas de leche condensada —si dabas con una, aunque estuviera vacía— se convertían en calentadores eléctricos, las sobrecamas y la ropa se cambiaban por comida, y se tomaban infusiones de cuanta yerba crecía en el monte y los jardines de las casas para apaciguar los alborotos de las tripas.

Era invierno, todavía se les podía llamar, y las consecuencias del calentamiento global solo figuraban en libros de ciencia.

Emburujado en no sé cuántos abrigos, medias y colchas, mis padres creaban una especie de barrera para espantar a doña Alergia y su caravana de malestares, encabezada por la señorita Estornudo, seguida por el duque Dolor de Garganta, el marqués Tos Perruna y su Majestad Fiebre. Pero ellos, los virus, tenían a su aliado el archiduque Cambio de Temperatura, que se llevaba muy mal con mi nariz y pulmones, y mi cuerpo de sietemesino tenía diezmadas las tropas de defensa.

El primer paso de ese ejercicio constante de protección comenzaba al amanecer cuando mi padre encendía el fogón, el gas —cuando había— o el carbón y ponía a calentar el agua para lavarme los dientes y quitarme las lagañas. Durante ese proceso, según él, el agua se convertía en “agua buena porque no te da frío”. Esa era la señal para levantarme: que el “agua buena” estuviera lista, como si fuera un bálsamo, un remedio fabricado con el punto exacto de calor.

Así ocurrió cada invierno hasta que llegaron jugueticos que agilizaban el proceso transformador: las duchas eléctricas y los hornos microondas. Entonces todo se resolvía con apenas abrir la pluma o apretar botones. Pero nadie sabe las vueltas que da la vida…

Veinte años después permanezco fuera de casa de lunes a jueves. Desde ayer una masa de aire frío recorre el país. Los amaneceres se parecen a los de mi niñez. Y esas mismas reminiscencias me plantan ahora delante de la hornilla eléctrica cuando suena el despertador.

Diferencias entre aquellos días y hoy existen muchas, pero la de mayor peso es que ahora yo me “fabrico” mi propia “agua buena”.

Mariposas en el recuerdo

Mariposas en el recuerdo-2Después de muchos años he vuelto a ver una mariposa en mi casa. Dichoso yo —sí, dichoso yo— porque a estas alturas puede considerarse una fortuna, casi una bendición divina, admirar el revoloteo y verlas llegar a algún sitio donde se posan efímeramente.

De niño mis padres me contaban que Trinidad estaba habitada por las mariposas. No había un solo sitio donde no llegaran para alegrar los días de esa generación que creció leyendo los clásicos de la literatura rusa, los versos de Neruda y cantando en los parques la melodías de Silvio y Pablo; esa generación que en la adolescencia y juventud se agazapaba bajo las sábanas del albergue de la Escuela Vocacional de Santa Clara para abrir furtivamente las novelas rosas de Corín Tellado y escuchaba a los Beatles a bajo volumen, a riesgo que los tildaran de diversionismo ideológico.

Quienes conforman esa generación saltada, como dijera cierto escritor, ocupaban los días de su niñez persiguiendo mariposas. Solos o acompañados por su pandilla, se lanzaban como expertos cazadores, sin más armas que las manos o alguna especie de red atada a un palo para dar un poco más de caché al acoso, pero nada más, porque aquellos rudimentarios e improvisados instrumentos jamás lograron atrapar ni la más indefensas de las mariposas.

Sin embargo, no fueron aquellos acechos infantiles los que las ahuyentaron. Simplemente desaparecieron con el tiempo hasta los días de hoy, en los que rara vez asoman por estos predios del centro sur de Cuba. De niño, recuerdo que al levantarme, había alguna en la pared del cuarto: negra, carmelita, con los más variopintos colores en la alas… Y mi inocencia de chiquillo no podía imaginar su ausencia.

Por eso al verla posada en la flor de Guacamayón comencé a seguirle el rastro porque, quizá, no vuelva a ver otra en mucho tiempo, si es que tengo suerte.

Gracias a la nitidez de los años ahora tengo una imagen nítida que me permite recordar al detalle su itinerario: del jardín al mosquitero de mi abuelo; luego descansó en la lámpara de la cocina y merodeó por la sala. Salió fuera y se posó en el alero de tornapunta… hasta abrir las alas y camuflarse con el paisaje diurno para emprender viaje, tal vez con destino al lugar donde ahora viven las mariposas que rondaban a Trinidad, una ciudad que bien pudo llamarse, en un momento de su historia, la tierra de las mariposas.