Agua buena

Agua buena_Isla nuestra de cada díaVivíamos en el período de los inventos, ajenos a todo aparato que indicara modernidad. Transcurría la década en que las latas de leche condensada —si dabas con una, aunque estuviera vacía— se convertían en calentadores eléctricos, las sobrecamas y la ropa se cambiaban por comida, y se tomaban infusiones de cuanta yerba crecía en el monte y los jardines de las casas para apaciguar los alborotos de las tripas.

Era invierno, todavía se les podía llamar, y las consecuencias del calentamiento global solo figuraban en libros de ciencia.

Emburujado en no sé cuántos abrigos, medias y colchas, mis padres creaban una especie de barrera para espantar a doña Alergia y su caravana de malestares, encabezada por la señorita Estornudo, seguida por el duque Dolor de Garganta, el marqués Tos Perruna y su Majestad Fiebre. Pero ellos, los virus, tenían a su aliado el archiduque Cambio de Temperatura, que se llevaba muy mal con mi nariz y pulmones, y mi cuerpo de sietemesino tenía diezmadas las tropas de defensa.

El primer paso de ese ejercicio constante de protección comenzaba al amanecer cuando mi padre encendía el fogón, el gas —cuando había— o el carbón y ponía a calentar el agua para lavarme los dientes y quitarme las lagañas. Durante ese proceso, según él, el agua se convertía en “agua buena porque no te da frío”. Esa era la señal para levantarme: que el “agua buena” estuviera lista, como si fuera un bálsamo, un remedio fabricado con el punto exacto de calor.

Así ocurrió cada invierno hasta que llegaron jugueticos que agilizaban el proceso transformador: las duchas eléctricas y los hornos microondas. Entonces todo se resolvía con apenas abrir la pluma o apretar botones. Pero nadie sabe las vueltas que da la vida…

Veinte años después permanezco fuera de casa de lunes a jueves. Desde ayer una masa de aire frío recorre el país. Los amaneceres se parecen a los de mi niñez. Y esas mismas reminiscencias me plantan ahora delante de la hornilla eléctrica cuando suena el despertador.

Diferencias entre aquellos días y hoy existen muchas, pero la de mayor peso es que ahora yo me “fabrico” mi propia “agua buena”.

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Acerca de Carlos Luis Sotolongo Puig

Joven reportero con alma de cronista y fotógrafo aficionado. Desde Trinidad de Cuba cuento historias a quienes decidan acompañarme.
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6 respuestas a Agua buena

  1. Mayra Madiedo dijo:

    CL. JJJJ bonitos recuerdos llevados de la imaginación a la actualidad. Me parece que los padres siempre buscamos piruetas para motivar en los niños determinados resultados, así me las ingenié para poner color a la mesa y como tu agua buena, fuera el plato a deglutar. Esa experiencia quedó grabada en mis nenas, que aún, cuando falta lo que nos gusta saborear, me dicen -Ma, hay que pintar la mesa. Un beso, acompañado del abrazo de siempre. Mayra

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  2. FRANCISCO dijo:

    SOY TESTIGO DE ESAS PERIPECIAS ANTI RESFRIOS DE TUS PADRES. QUE BUENO QUE LO RECREES EN ESTE LINDO POST, QUESE CONVIERTE EN UN RECONOCIMIENTO A SUS DESVELOS POR TI . (ESO NO HA CAMBIADO CON LOS AÑOS, LO JURO!)

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    • Carlos Luis Sotolongo Puig dijo:

      Claro que no ha cambiado, Jose. Esos padres míos son lo más grande. Y si aeso le sumas mi manada de tíos…. jajajaj. Soy afortunadoooooooooo

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  3. me das un poquito?? 🙂 o mejor…te ayudo a fabricarla???

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