Archivo mensual: abril 2015

Abundovsky y Vacily

Vacily y AbundovskyBien pudieron estar emparentados con el mismísimo Iván, El Terrible, escalar hasta la cima del monte Elbrus o merodear por cualquier punto de la Siberia rusa. A juzgar por sus apellidos, se llamarían Vladímir, Yuri, Lev…; mas, por más que intenten encontrarlos en los libros históricos o de literatura, jamás darán con ninguna de estas dos figuras ni se conocerá con exactitud la ascendencia de su linaje.

Solo se sabe que nacieron en suelo cubano, un día que todavía carece de precisión en el calendario, y que son Generales. Nada de descripciones físicas o psicológicas para calarlos. Tampoco detalles de cómo obtuvieron el grado militar, quién se los otorgó, cuándo o dónde. Debió ser por buen desempeño, creo.

Con más de 90 años en la costillas, quien único sabe de la existencia de estos jefes no necesita de semejante información. ¡Son amigos desde hace tanto tiempo que a estas alturas tales datos resultan nimiedades!

“Primero conocí a Abundovsky —confiesa—. Cada vez que necesitaba algo me lo encontraba: lo mismo cuando yo iba a comprar la carne que necesitaba para la comida, en la tienda, en el mercado, en la bodega; cuando buscaba ropa para mi talla, zapatos de mi número. En todo lugar, a toda hora, siempre me lo encontraba.

“Después supe de Vacily —continúa—. Llegó años después de convivir un tiempo con Abundovsky, por allá por los noventa y pico. Pero Abundovsky no sabía que le estaban serruchando el piso, tú sabes, hasta que Vacily le atestó un Golpe de Estado. Con Vacily la convivencia fue más complicada. Todavía lo es.

“Por suerte, Abundovsky no le guarda rencor a Vacily por su traición y hace un tiempito llegaron al acuerdo tácito de compartir el poder. El día, la semana, el mes… es mejor o peor de acuerdo a quién esté en el trono. De vez en cuando se respira cierto equilibrio si ambos imperan, pero a veces a Vacily se le despiertan de nuevo las ansias de supremacía”, concluye.

Cada tarde, después de bañarse, quien único los conoce sale al encuentro de uno de sus amigos. Nunca se reúne con los dos. Con su pintoresco caminar de nonagenario, embriaga la zona con el olor de su colonia —a los amigos se visita bien vestido y oloroso—. Un bastón le afianza los pasos. Del hombro siempre le cuelga una jaba, llena de bolsas pequeñas.

“¿A quién veré hoy? ¿Abundovsky o Vacily?”. El misterio termina cuando regresa, luego de recorrer las mismas bodegas, las mismas tiendas de víveres, los mismos puntos de venta.

“Hoy me encontré con mi amigo, el General Abundovsky”. Y de la bolsa que pone sobre la mesa emana el olor a dulce de guayaba, a limón, a tabaco, a vino…

“Hoy me encontré con mi amigo, el General Vacily”. La bolsa que pone sobre la mesa está vacía.

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El cajón de los mutilados

El cajón de los mutiladosTodo empezó cuando mi madre le encargó un moisés a Rafelito Tiemblatierra —hombre que dedicó su vida al arte del tejido con guano en Trinidad—, mucho antes de yo nacer.

Fibra sobre fibra el artesano conformó la cuna a la que añadieron más tarde, a modo de “fino” acabado, cuatro cajas de bolas para garantizar la movilidad; una idea infecunda, pues el guano y el metal no se llevaron bien, y más que un moisés para un futuro recién nacido, aquello parecía un canasto rústico, ausente de los bríos que mi madre dibujó en su mente, pese al ardid de Tiemblatierra de teñir algunas fibras para romper la monocromía.

Al final me encapriché en salir antes de tiempo; antojo cuyo precio fue la inmunodepresión, cumplir el primer mes en la Sala de Neonatología, criarme al calor de las tetas de mami, por solo citar algunos. Ante semejante panorama, el moisés debió conformarse con permanecer en la saleta de casa, consumido por la añoranza.

Los primeros pasos me acercaron a la cesta. Mas no para dormir, sino para guardar los juguetes rusos, los famosos Din Don, trompos, carros, aviones… que me encargué de desmembrar sin pudor en busca de los mecanismos escondidos detrás del plástico. Ninguno salió ileso de las despiadadas torturas. Solo los que llegaron más tarde libraron del desguace.

Cansado de la sobrecarga, el moisés que nunca fue perdió la fisonomía para convertirse en El Cajón de los Mutilados, como lo bautizaron mis padres; cajón que seguí atiborrando de los destrozos.
Más tarde la caja del televisor Orizon recién comprado, arropada con las coloridas páginas de las revistas Unión Soviética, RDA, Bulgaria de Hoy, Rumanía y otras publicaciones, cuando en Berlín cierto muro permanecía en pie, lo sustituyó.

Entre guano y cartón vivieron familias incompletas de matrioskas, carritos sin timones, pistolas carentes de gatillos… durante años, hasta que cambié de casa y salvar el segundo Cajón de los Mutilados era el más imposible de los sueños.

Ahora tengo delante fichas de juegos de mesa, dados que nunca más rozaron un tablero, muñequitos forzados a ser cíclopes, entre otros sobrevivientes resguardados en el sitio donde yacen ciertos recuerdos. Ahora los años remuerden mi conciencia por semejantes atropellos.

Reencuentro

ReencuentroHoy parece martes. Ayer también fue martes, aunque el calendario señalara sábado…

Hace unos días me avisó que los mares digitales del periodismo la harían recalar en puerto espirituano por unas horas. Sentí celos. El destino haría coincidir dos musas, pero yo no estaría allí.

Mas, a inicios de la semana pasada me notificaron que yo también estaría a bordo de la embarcación de Escambray. Supe que la vería, que volvería a envolverme en un abrazo hasta dejarme sin aire, que me amenazaría con mordidas, que, al menos por un tiempo breve, no necesitaría de teléfonos, mensajes en el móvil o Facebook para conversar.

Así, con soberano descaro, me salté olímpicamente el martes oficial de esta Isla nuestra de cada día porque sabía que mi verdadero martes sería, en realidad, el sábado.

(…)

Su viaje no podía ser normal —ella no es normal, dicho por ella misma—. El carro donde venía se sofocó a 13 kilómetros de la meta. Ella recogió unas flores del camino como constancia del percance.

Es esa suerte de ramo la señal de su llegada. Me las envía. Luego irrumpe en el salón con su dulce tormenta de abrazos, de besos y palabras sinceras. Entonces, y solo entonces, es martes para mí.

Ella me regala poesía. Yo alimento uno de sus delirios. Y mientras escuchamos hablar de recursos hipermedia, de la web 2.0 y el ciber periodismo, nos contamos primicias y chistes.

Ahora me recrimina que esta semana no actualicé el blog. Le digo que quiero una foto. Vuelve a regañarme. Insisto en que quiero una foto. Accede. Ella no sabe que la ausencia de letras esta semana ha sido porque en este momento estoy viviendo un verdadero martes. Ahora lo entenderá todo.

Al vernos en semejante abrazo apretado, más de uno queda desconcertado, y nos miran como locos cuando a pleno sábado no paramos de repetirnos “feliz martes”… Son códigos entre botellas e isla que por mucho que intente explicar nadie va a comprender.

Creo que a mi alrededor convocan a tomar asiento, no estoy seguro. Lo que transcurra fuera de este abrazo que recibo de mi musa no tiene importancia.

Primeras letras

Primeras letras 1Hace años que no recibía una carta. Hace años que no escribo cartas. Excepto mensajes cortos al dorso de tarjetas o alguna dedicatoria para un intercambio de regalos, el ortodoxo esquema de fechar la parte superior derecha de la hoja virgen, de poner el nombre del destinatario a la izquierda… no ha vuelto a salir de mi puño y letra. Ahora el teclado se encarga de tales funciones y también de emitir los documentos oficiales.

Días atrás me escribieron una carta. No la trajo el cartero. Tampoco llegó extraviada en los buzones de Correos de Cuba ni en ninguna maleta del extranjero. Me la entregó el remitente dentro de un sobre blanquísimo, que a su vez venía en otro más grande, de color amarillo.

No precisó estampillas u otra formalidad. Solo su nombre para identificar el envoltorio en una montaña de carpetas.

Me dijo que iba a bailar y quería que yo estuviera presente, y le tomara fotos. Solo eso.

Lejos estaba de imaginar que delante de todos sus amigos, y los padres de sus amigos, me tomaría de la mano, me daría un beso y me entregaría sus primeras letras, de trazos inocentes e impecables.

Para mamá y papá

Padrino:

Ya aprendí a leer y escribir.

Mis primeras letras las quiero dedicar a ti porque eres como un padre para mí y además disfrutas todos mis momentos felices.

Te quiere con todo el amor del mundo: tu niñito Rubén Ernesto

Abril 2015

Quería llorar, pero no podía. Solo atiné a apretarlo y decirle que estaba orgulloso de él; que yo, y su madrina, y todo el mundo lo queríamos mucho.

Ahora, después de un tiempo largo, tomo papel y lápiz para responder.

Mi niño:…

Me siento extraño. Hace años que no escribo cartas.

Primeras letras 2