Archivo mensual: julio 2015

La única alfarera

ApenasLa única alfarera realizó su primera pieza —un cesto para guardar objetos escolares— Neydis Mesa (Coki) Santander se convirtió en noticia. “Su vocación es muy firme, tiene una facilidad natural, inventa sus modelos y determina entre sus piezas cuáles son las mejores para ‘quemar’ (…)”, escribió la periodista Mary Ruiz de Zárate en La pequeña alfarera, reseña publicada en Bohemia en 1977.

Tal vez al verla delante del torno, la reportera no precisó de dotes premonitorios para vaticinar que Coki, “(…) en su afán de trabajo (…), andando el tiempo (…), en posesión de técnicas y con una visión artística de sus contemporáneos, ha de elevar el contenido del taller antiguo de sus ancestros. Y dejará de ser promesa (…)”.

A 30 años de aquella especie de profecía, se advierte a una mujer frente al torno, moldeando el barro para crear maravillas. Rocía agua, sumerge los dedos en la masa para domarla…, y el constante girar de la arcilla despierta el recuerdo de su abuelo, génesis del deslumbramiento de la artista.

“Se llamaba Rogelio Santander Durán. Él aprendió de mi bisabuelo, Rogelio Secundino Santander Ortega, quien, a su vez, heredó el oficio de mi tatarabuelo, Modesto Santander, fundador de una fábrica pequeña con un torno de madera, ubicada en la entonces periferia de Trinidad, hacia 1892; inicio de esta familia que siempre ha estado marcada por el barro.

“Mi abuelo fue y es mi paradigma, aunque falleció hace 10 años. Trabajaba desde las cinco de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Era capaz de hacer 69 tinajas de 40 pulgadas de alto en un día, dándole al torno con el pie. Desde niña me decía que mi futuro estaba en la alfarería. Tuvo la dedicación que ninguno de mis tíos mostró al verme con una pelotica de barro en las manos”.

Y narra cómo llevaba un trozo de arcilla dentro de su mochila para moldear en el aula; de las tardes en que, a la diestra de su maestro alfarero, los ingenuos lagartos, mariposas, jicoteas… ganaron en perfección; de los días en la Secundaria Básica, cuando se alejó del barro, y del retorno definitivo, una vez en el preuniversitario, para convertirse en la primera y única mujer de mi familia dedicada a estas labores, hasta el momento”.

Llegó entonces la lucha contra los estigmas. “Debo agradecer siempre el apoyo de mi madre y a mi padre. Si me hubiese dejado llevar por los prejuicios, hoy estaría loca. Todavía esa batalla no ha terminado porque la gente no entiende que este quehacer no resta feminidad. Yo me siento mujer por encima de todo. De hecho, nosotras tenemos una sensibilidad que enriquecen las piezas. No es feminismo, es un hecho, aunque a muchos les cueste aceptarlo”.

Al filo del mediodía se percibe el sonido de un torno de alfarería en la calle Gutiérrez, en Trinidad. Delante de la masa amorfa, asoma una mujer con una pieza dibujada en su cabeza, deseosa por materializarse. Mira la arcilla, se embarra las manos. La tierra está dura, ella persiste guiada por la voz de su abuelo quien, desde la distancia, le susurra la frase que la alentó desde siempre: “Ánimo, tú puedes. Ponle corazón, Coki. Tú serás alfarera aunque seas mujer”.

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No escribirás tus sueños

No escribirás tus sueñosDale vida a los sueños que alimentan el alma, / no los confundas nunca con realidades vanas. /  Y aunque tu mente sienta necesidad humana, (…)/ nunca rompas tus sueños, porque matas el alma./

Puede ver más allá de la realidad cuando pone la cabeza en la almohada. Dicen que heredó la gracia de su bisabuela, pero nunca tendrá la certeza porque no coincidieron en este mundo.

Tampoco puedo controlarlo, ni es todos los días —dice—. Sueño cuando los espíritus quieren. Veo imágenes nítidas, pero desordenadas, sin el hilo del tiempo o el espacio; episodios que van y vienen. Algunos los he soñado más de una vez, exactamente iguales. Después se me confunden unos con otros. Los días pasan y solo cuando se cumplen reaparece en ráfaga lo que vi mientras dormía, como una revelación…

Dale vida a tus sueños aunque te llamen loco, / no los dejes que mueran de hastío, poco a poco, (…)  / déjalos que vuelen contigo en compañía./

Entonces, ¿por qué no los anotas? ¿Por qué no los fechas y después calculas cuánto demoran en realizarse?, le sugieren.

Y cuenta la tarde en que le aconsejaron visitar al hombre que hablaba con los caracoles en lengua de los esclavos.  No había artilugios místicos en las paredes ni ofrendas para los santos en los rincones. Solo la mesa vestida de blanco, con vasos de agua en la esquina, el rosario sumergido en uno, la foto sepia a la luz de las velas.

Preguntó cómo manejar su don. El otro consultó a las almas del más allá, agitó los caracoles, los lanzó sobre el mantel y comenzó a descifrar el mensaje.

Se te permite ver ciertas cosas, pero no saber cuándo van a ocurrir.

¿Y si escribo lo que sueño?

Dicen los muertos que no es aconsejable, no sé por qué. Míralo, aquí está clarito…

(…)

De vez en cuando nuestros caminos se cruzan por azar del destino o voluntad de los muertos. Mira alrededor mientras camina, intentando apresar los recuerdos de la noche anterior en la memoria. Pero son tantos que empiezan a desdibujarse.

En la mesa que está junto a la cama tiene un cuaderno sin estrenar. Quisiera escribir, pero tiene miedo desobedecer a los del otro mundo. Sigue con sus premoniciones a cuestas.