La única alfarera

ApenasLa única alfarera realizó su primera pieza —un cesto para guardar objetos escolares— Neydis Mesa (Coki) Santander se convirtió en noticia. “Su vocación es muy firme, tiene una facilidad natural, inventa sus modelos y determina entre sus piezas cuáles son las mejores para ‘quemar’ (…)”, escribió la periodista Mary Ruiz de Zárate en La pequeña alfarera, reseña publicada en Bohemia en 1977.

Tal vez al verla delante del torno, la reportera no precisó de dotes premonitorios para vaticinar que Coki, “(…) en su afán de trabajo (…), andando el tiempo (…), en posesión de técnicas y con una visión artística de sus contemporáneos, ha de elevar el contenido del taller antiguo de sus ancestros. Y dejará de ser promesa (…)”.

A 30 años de aquella especie de profecía, se advierte a una mujer frente al torno, moldeando el barro para crear maravillas. Rocía agua, sumerge los dedos en la masa para domarla…, y el constante girar de la arcilla despierta el recuerdo de su abuelo, génesis del deslumbramiento de la artista.

“Se llamaba Rogelio Santander Durán. Él aprendió de mi bisabuelo, Rogelio Secundino Santander Ortega, quien, a su vez, heredó el oficio de mi tatarabuelo, Modesto Santander, fundador de una fábrica pequeña con un torno de madera, ubicada en la entonces periferia de Trinidad, hacia 1892; inicio de esta familia que siempre ha estado marcada por el barro.

“Mi abuelo fue y es mi paradigma, aunque falleció hace 10 años. Trabajaba desde las cinco de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Era capaz de hacer 69 tinajas de 40 pulgadas de alto en un día, dándole al torno con el pie. Desde niña me decía que mi futuro estaba en la alfarería. Tuvo la dedicación que ninguno de mis tíos mostró al verme con una pelotica de barro en las manos”.

Y narra cómo llevaba un trozo de arcilla dentro de su mochila para moldear en el aula; de las tardes en que, a la diestra de su maestro alfarero, los ingenuos lagartos, mariposas, jicoteas… ganaron en perfección; de los días en la Secundaria Básica, cuando se alejó del barro, y del retorno definitivo, una vez en el preuniversitario, para convertirse en la primera y única mujer de mi familia dedicada a estas labores, hasta el momento”.

Llegó entonces la lucha contra los estigmas. “Debo agradecer siempre el apoyo de mi madre y a mi padre. Si me hubiese dejado llevar por los prejuicios, hoy estaría loca. Todavía esa batalla no ha terminado porque la gente no entiende que este quehacer no resta feminidad. Yo me siento mujer por encima de todo. De hecho, nosotras tenemos una sensibilidad que enriquecen las piezas. No es feminismo, es un hecho, aunque a muchos les cueste aceptarlo”.

Al filo del mediodía se percibe el sonido de un torno de alfarería en la calle Gutiérrez, en Trinidad. Delante de la masa amorfa, asoma una mujer con una pieza dibujada en su cabeza, deseosa por materializarse. Mira la arcilla, se embarra las manos. La tierra está dura, ella persiste guiada por la voz de su abuelo quien, desde la distancia, le susurra la frase que la alentó desde siempre: “Ánimo, tú puedes. Ponle corazón, Coki. Tú serás alfarera aunque seas mujer”.

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Acerca de Carlos Luis Sotolongo Puig

Joven reportero con alma de cronista y fotógrafo aficionado. Desde Trinidad de Cuba cuento historias a quienes decidan acompañarme.
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2 respuestas a La única alfarera

  1. katty verdugo dijo:

    Que linda nota mi carlitos, acá en Chile hay uchas alfareras, también es un arte transmitidode generación en generación, de hace hay un pueblo, en las afueras de Santiago, que se dedica sólo a eso, se llamaPomaire, es muy lindo. Nosotros con Pablo tenemos loza de este material para cuando se cocina la comida más casera del país. Es bella, cálida y posee mucha identidad, por so me gusta comer en esos platos color café y olor a tierra. Un abrazo mi amigo, me encanta leerte.

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  2. Mayra Madiedo. dijo:

    CL, Gracias por llevarnos a esas histiorias trinitarias que habla de sus tradiciones y desnuda un oficio legendario de una familia y de la villa, ahora en las tiernas manos de Coki.
    El abrazo de siempre. Un beso Mayra

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