Archivo mensual: agosto 2015

¡Qué manías!

Qué maníasAparentemente son personas normales. Piel adentro, sin embargo, solo necesitan que llegue la noche, un instante puntual en el día, una situación determinada … para que se les “suelte” el loco.

Aunque parezca un destripador de almas, un intruso que hace púbica ciertas intimidades (cuidado los pervertidos, no se confundan), aquí están las manías más extrañas que pude encontrar tras un año de búsqueda. Ah, con la venia de los autores y respetando la solicitud de anonimato, vale aclarar.

(…)

De la muerte y la limpieza…

W llama un día antes del cumpleaños de la gente porque tiene miedo que la Parca le pase la cuenta esa noche y quedarse con la felicitación por dar. En cambio, Q pasa la colcha húmeda hasta el último rincón antes de acotarse —no importa si es de madrugada—porque en caso de que alguno de los que viven dentro de la casa se muere durante la noche, todo está limpio y listo para el velatorio.

Siguiendo por la misma cuerda de la limpieza, F se levanta todos los días a las 5:30 a.m. y, con escoba y trapeador en mano, deja impoluta la casa que había limpiado el día anterior (baño incluido). Al filo de las 8:00 a.m todo está que rechina. Entonces F regresa a su cuarto, pone la cabeza en la almohada y descansa una hora más. El ritual se repite de lunes a lunes.

Alimentarias…

L no come delante la gente ni amarrado. No sabe qué es compartir la mesa con la familia: coge el plato servido y camina hasta donde nadie lo ve para almorzar y comer todos los días de su vida. Por su parte, N llora si tiene que comer huevo frito por la tarde. Ni es fino ni tiene el refrigerador atestado de pollo, cerdo o carne de res (recibe la del sagrado animal por ser diabético, malpensados), solo que le duele comer huevo en cualquiera de sus variedades al anochecer. Prefiere arroz solo.

Mientras, a miles de kilómetros, P se alista para comer con dos tenedores y una cincuentona se niega a comer cualquier arroz que ella no haya escogido, por exquisito que sea.

Hogareñas…

Cuando se queda solo, antes de dormir, B revisa puerta por puerta: la de la calle, la del patiecito, la de atrás… y por último la del refrigerador y el escaparate. “Los ladrones pueden estar en cualquier lugar”, afirma. Algo parecido le sucede a G, solo que su ritual es diurno, antes de salir al trabajo. Eso sí, después de verificar todas las puertas, y cerrar la de la calle, la vuelve a abrir para echar un último vistazo.

Libros…

Si la depresión la sorprende, V no se tira en una cama a llorar. Tampoco pone música para levantar el ánimo: V camina hasta la librería más cercana y compra libros infantiles.

S también tiene una manía relacionada con los libros: no los lee nuevos. Le gusta sentir que alguien los ha hojeado, ver alguna punta doblada “porque eso es una historia oculta que tiene el libro”. Si por casualidad le interesara alguno nuevo lo compra… y lo presta para que otro lo estrene.

Olores, desodorante, e hipoglicemia…

A la gente le gusta el olor a esmalte de uñas, de café tostado o colado, de espuma… Z prefiere el olor a cemento y por si fuera poco tiene otra manía: no la pueden ver mientras se echa desodorante “porque estoy con las manos arriba”, y te lo dice como si en eso se le fuera la vida.

Pero lo que más le asusta a X son las hipoglicemias. Por eso se levanta cada mañana, prepara un vaso de leche para cada miembro de la familia (visitas incluidas), y si el reloj avanza y no te despiertas, ella te toca, vaso en mano. “Arriba, a tomar la leche y a seguir durmiendo no vaya a ser que te baje el azúcar…”

Yo…

Y para que no me tilden de mirar vigas en ojo ajeno, yo también exorcizo un pequeño demonito 😉 No me gusta que hayan fotos mías en la sala o saleta de mi casa porque la gente es demasiado curiosa y lo primero que hacen es mirar para ahí.

¿Y tú…?

Ya ves que no resulta tan difícil… ¿Me cuentas una de tus manías?

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Botella al mar

Botella al marDesde la semana pasada, los martes me saben a ausencia. Las palabras que llegaban antes a través del auricular, anclan ahora en mi buzón electrónico para mantener este ritual de años y acercar dos países alejados por el mar, hasta que la conexión lo permita.

Sabía de la despedida, pero no de la inminencia del adiós. El mismo día que me dio la noticia yo estaba soñando con ella. Lo juro. Soñaba que le recriminaba no saber si habían aceptado o no la solicitud. El toque en la puerta de mi cuarto me devolvió a la realidad.

“Carlitín, apúrate, que ella está al teléfono. Se va el lunes…”, me dijo mi madre.

Entonces supe que en los meses de verano no iríamos de nuevo al mar, a mi mar, donde le tomé fotos y le capturé arenas y caracoles. En apenas 48 horas llegaría a la tierra de Frida Kahlo y Diego Rivera, de la virgen de Guadalupe y el Día de los Muertos. Y yo me quedaría con un abrazo para darle; un abrazo que le guardo para cuando regrese.

Una musa se me escapó. Mas, antes de partir escribió sobre nuestra locura relacionada con el malecón habanero. Misterios de la vida o caprichos del destino, no sé.

“Ya llegué, estoy bien…”, escribió apenas pudo.

Aquí la espero, con la resignación a la que ya deberíamos estar acostumbrados los cubanos; la espero con dos libros pendientes de dedicación: los versos de Eliseo Diego y la historia de la tormentosa amistad entre Paul Theroux y sir Vidia S. Naipaul; la espero con mar y café, con Concha Buika, Chucho Valdés y Benedetti; la espero porque otras veces nos hemos separado —no como ahora, claro— y nos hemos reecontrado.

A riesgo de ir a la cárcel por hurto de mercancías, hoy asalto un depósito repleto de botellas para llevármelas a casa y escribirle mensajes a partir de su propio método. A riesgo de que WordPress me demande por plagio, desafío el temporal que se cierne sobre la villa que ella tanto adora para llegar a la península y lanzar este martes una botella al mar.