Vida

piramide capitalistaPrimero llegó el poeta con el corazón enamorado y dijo que la vida era “el mejor regalo que jamás habría recibido el hombre. La oportunidad de existir, de ser pleno, de encontrar una media naranja…” y vertió tanta azúcar sobre las palabras que su discurso terminó convirtiéndose en una melaza.

Más tarde el filósofo existencialista entró en escena para deprimir a la audiencia con su credo de que la vida no era más que “el instante fugaz donde se sufría desmedidamente, el corto camino donde vagaban las almas en desgracia, buscando la luz de la prosperidad y la calma; el océano turbulento donde navegaban ricos y pobres, blancos y negros”.

El optimista la resumió como “la oportunidad única donde cada día se aprende algo nuevo y hay debe sacársele hasta la última gota de jugo”. El creyente, en cambio, dio las gracias a Dios; el ateo, a nadie.

Sin embargo, ninguna de las definiciones ha sido tan ocurrente como la de la abuela de mi amiga; una conceptualización en rimas que un día le enseñó a su nieta. No sé si fue de su autoría y si se la habían enseñado. Lo cierto es que tantos años después ella, mi amiga, comprueba la veracidad de aquel poema que la anciana le repitió hasta el cansancio, tan práctico y real como la vida misma.

Aprende, mijita: 

La vida es como un relajo en forma de gallinero,

donde los que suben primero, se cagan en los de abajo. 

Pero si sube un guanajo, de peso no muy ligero, 

y llega a romper el gajo, 

suben los de abajo; 

y los de arriba, al carajo.

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