Archivo mensual: enero 2016

Carpintero de papel

Viaja con sus creaciones a cuesta, resguardadas en una caja de zapatos para protegerlas de los dobleces. Y nadie sabe que en la mochila lleva un cisne, un manojo de flores, una rana, un gato, un dragón. Solo cuando llega al destino, abre la boca del morral. Comienzan los asombros, como si fuera un mago, solo que no tiene conejos o palomas… o sí, pero de papel.

Apenas asoma a la adolescencia y ya Marcel Gómez Soria se confiesa esclavo del origami para toda la vida. En el mundo de los dobleces y el ensamblaje de piezas nacidas de las hojas levantó el esa suerte taller imaginario donde él constituye el carpintero principal.

“Esto me gusta más que jugar pelota, trompo o bolas. Todo empezó cuando estuve enfermo, hace tres años, en una silla de ruedas. Mi mamá me buscó videos que enseñaban cómo hacer origamis para que me entretuviera. Empecé a moldear las piezas para unirlas después, así hice mi primer cisne. Demoré dos o tres horas. Me gustó. Hice otra figura, y otra, y otra, hasta hoy”.

Aprendió que “existen dos tipos de origami: el clásico y el modular. El primero se hace a partir de una hoja de papel, el segundo consiste en empalmar piezas iguales. Parece fácil, pero, en el caso del modular, todas las piececitas deben ser exactas; tienes que saber cómo empalmarlas y combinar los colores para los detalles. Lo más difícil que he realizado fue otro cisne, de dos colas. Lo terminé a la una de la mañana, tenía alrededor de 2 000 piezas”.

“El origami también ha ayudado a Marcel a vencer la timidez —explica su madre, Maggie Soria Rodríguez—, hubo un momento en que borró todos los videos porque se sintió impotente por no realizar una figura, pero después lo retomó. Muchos amigos nos han enviado papel específico para hacer origamis y todas las personas que nos conocen nos regalan hojas, pliegos, lo que tengan, incluso un compañero de la imprenta nos ha facilitado mucha recortería para realizar los cursos de verano”.

De vez en cuando llega el cansancio, la fatiga por tantas horas de labor, asoman las inquietudes vocacionales, pero algo queda claro: Marcel no romperá la tradición de regalar grullas o búhos a sus amigos en los cumpleaños, una flor a su madre o abuela… y puede que algún día este adolescente trinitario conquiste a una muchacha con un corazón nacido de los dobleces.

La fábrica de papel que ha erigido a base de perseverancia nunca cerrará. Y viajará con sus criaturas a cuesta para siempre.

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Sin concesiones a la nostalgia

Sin concesiones a la nostalgiaDe vez en cuando Trinidad debe sacudirse los recuerdos y aceptar, aunque le pese, el transcurso del tiempo, la vorágine del siglo XXI, el nuevo prisma con que sus hijos la ven, la reinterpretación de lo que un día devino paradigma para Cuba. De lo contrario, cada año regresará el dejá vú, los paralelismos con la era dorada, acompañados de las evocaciones.

Todo será en vano: la tercera villa reacomoda sus tradiciones (aunque los expertos insistan que lo tradicional no cambia) ante los aprietos financieros y la dinámica de los nuevos tiempos.

Nada ayudan las remembranzas cuando la ciudad asoma a un nuevo cumpleaños, no por renegar del pasado (Dios libre al terruño de semejante sacrilegio), sino porque prefiere complacer a la mayoría de sus moradores y conformarse con que al menos sobrevive buena parte de su legado patrimonial, mutilado por momentos.

Hablar cada enero, durante la Semana de Cultura, de plataformas emblemáticas para el jolgorio, de balance entre las sonoridades para alimentar el espíritu y las que animan al esqueleto, de distinguir la diferencia entre cultura y feria pueblerina… resulta volver siempre al punto cero, con insatisfacciones sobre la mesa, cuya respuesta definitiva se rubrica con la escasez de recursos.

Tales descalabros solo parecen aquejarle a una minoría que, representación ínfima al fin, queda desdeñada ante la implacable cultura de masas, permeada de nuevas formas de asumir festejos tradicionales e interesada en anteponer el goce ante la cosecha intelectual por mucho ímpetu de ciertas instancias locales por revertirlo.

Tal vez sea mejor dejar las concesiones a la nostalgia, abrazar la reinterpretación que llega al calor de estos tiempos y aceptar de una vez lo que una trinitaria resumió de forma magistral en las inmediaciones del Parque Céspedes: “La cultura profunda tiene las horas contadas”.

El majá cambió de casa

El majá cambió de casaDebajo de los colchones hay un universo oculto. No piense mal usted: para nada me refiero a asuntos sexuales, sino a todo cuanto va a parar ahí a falta de espacio en estantes o cuartos de desahogo —si la casa lo tiene—.

No se trata de una exclusividad cubana, lo sé. Pero apuesto que por estos lares entre el bastidor y la colchoneta se esconden maravillas, no por lo valioso, sino por lo suigéneris. Por eso tengo un amigo que afirma con vehemencia, parafraseando la canción de la Orquesta Monumental, que el majá ya no está debajo de la cama, como se coreó durante la década del 70 del pasado siglo al calor de la música de la banda fundada por el saxofonista Daniel Rojas: ♪ Debajo de la cama está el majá, cuidao que te pica y que se va♪, sino bajo la capa que resguarda guata y muelles.

Si bien es cierto que el versito comenzó a asociarse con las cajas llenas de objetos de poco uso pero siempre útiles en caso de emergencia, colocadas (ayer y hoy) en los dormitorios, y más tarde con el espacio de los regueros de los chiquillos, la tesis de mi amigo resulta tan loca.

“Debajo de la cama al menos están recogidas —explica su teoría—. Tampoco es que sean nada del otro mundo: tal vez algunos libros, fotos, ropas viejas, cacharros de cocina… cosas así, pero debajo del colchón, muchacho, ahí sí hay que decirle a usted”.

Después de echar arriba los colchones de mi propia casa, y de preguntar a varios amigos cercanos, y levantar también sus colchones, se sabe que allí viven las cajas desarmadas de refrigeradores u otros electrodomésticos no solo para echarle mano en caso de rotura, sino para garantizar una base dura de la superficie a la hora del sueño, están nailons de varios tamaños por si vienen ciclones cubrir los muebles, guanos benditos para la buena suerte, sacos limpios y hasta algún dinerito guardado.

Insatisfecho con los resultados, la investigación sigue para validar con mayor rigor la hipótesis (ya de por sí validada) de mi amigo. Tal vez ha llegado la hora de escribir una segunda parte al famoso tema popularizado por la Orquesta Monumental.

Carta de un padre arrepentido

Carta de un padre arrepentidoIsla nuestra de cada día, hija:

Y todavía me sigues dando alegrías, aunque casi no te atienda y me excuse en el trabajo, en el tiempo, en las vueltas de la vida, en el exceso de nostalgia. Me sorprendes con nuevos amigos que deciden quedarse los martes, con letras que otros hacen viajar Internet mediante, reclamando historias.

Yo solo te pido una nueva oportunidad. Este martes, el primero del 2016, estoy en pleno corazón del macizo montañoso Guamuhaya, como ha quedado dispuesto luego de una redistribución territorial que más me huele a asuntos de latifundistas que otra cosa, y en la rama de aquel árbol al pie de la montaña un zunzún revolotea, quizás para recordarme que es martes y no puedo permitirme una semana más de ausencia.

Ahora te abro, me regalas el informe del año anterior para que retome el hábito semanal, me muestras barras estadísticas muy alentadoras, jamás en cero, pese al abandono acumulado. Recogiendo las cosa viejas, encuentro apuntes pendientes de escritura, memorias que algún día me servirán para ordenar los recuerdos. Y me demuestras que el problema no es esterilidad frente a la cuartilla en blanco.

Nuevas puertas se abren porque han leído todo cuanto he contado aquí y les gusta. Aumentan los seguidores en el buzón electrónico. Y yo no te agradezco.

Hagamos un trato: te voy a vestir con nuevas ropas digitales, también tengo letras sin estrenar. Recompensaré el tiempo porque no puedo recuperarlo, es imposible.

En el primer martes del año me bajo de la nube, para volver a andar. Prometo un 2016 como mereces.

A estas alturas solo quiero ofrecerte mis disculpas.

Atentamente,

Tu padre.