Archivo mensual: febrero 2016

Me llenaré la barriga con Montoto

Me llenaré la barriga con MontotoPor suerte conservo las carpetas de imágenes de Arte Cubano que el profesor nos diera en cuarto año de la carrera. Hoy me vienen como anillo al dedo para desarrollar un ejercicio de alimentación imaginaria.

Después de ver cómo en Trinidad las frutas han desaparecido por obra y gracia de la descoordinación entre Acopio y los particulares, no tengo más remedio. Lo mismo pasa con las verduras, pero como no me gustan, prefiero no gastar neuronas. Bastante tengo con las frutas.

Que si a los guajiros no hay quien le quite la cosecha después de tanto sudor, que si Acopio es mala paga, que si los revendedores, que si el acaparamiento es abuso de poder adquisitivo o necesidad… Mientras sigue el dime que te diré, por estos lares regresamos a los días en que había que hacer malabares para encontrar un plátano o una libra de tomates, los puntos de venta de la Agricultura Urbana cierran las puertas con candado y las rastras dan la vuelta en U cuando encuentran a la “police” en la entrada del pueblo, diciéndoles que si no entregan la mercancía a Acopio pueden regresar por donde mismo vinieron si no quieren enfrentarse a la multa y/o el decomiso.

Si bien uno debe hacer yoga para no ahorcar al que vende la piña o el aguacate a 1 CUC, y sueñe con el día en que no deba tararear el estribillo aquel de que “el precio de la vida sube otra vez”, en lo que el palo va y viene (como diría mi abuelo) son los vianderos y los refrigeradores de uno los que permanecen vacíos, son las placitas de uno donde no encuentras ni un plátano macho aunque sea en una foto con moscas alrededor.

De nuevo vuelve el “psss, psss” cuando pasas por la calle donde vive el hombre del mamey y la calabaza, que te la sigue vendiendo, pero ahora con más misterio que una novela de Agatha Christie y los precios tan altos como la escalera que se necesita para subir al cielo. De nuevo vuelven los carros (el que tenga) a arrancar para Guayos, el Central, Cabaiguán y otros lugares de Sancti Spíritus porque allá “la comida está a patadas, baratísima y yo no puedo dejar caer mi negocio. ¡De eso nada!”.

En lo que la oferta y la demanda se ponen de acuerdo, en lo que Acopio y los cuentapropistas hacen las pases o se tiran los calderos, contemplo las obras de Arturo Montoto en la carpeta digital y recuerdo al profe: “la pintura tiene sabores, queridos míos”. Cierro los ojos e imagino degustar el platanito libre de maduración artificial, tentadoramente abierto sobre el muro derrumbado. Si por casualidad no fuera suficiente, busco la saciedad en los clásicos bodegones de Francisco de Zurbarán o en las obras contemporáneas de Reinier Usatorres, reproducidas en los artículos de Arte en Casa. Allí hay naranjas y limones, aguacates y melones… sin que el desabastecimiento me desvele.

 

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Compañeros malhechores

Compañeros malhechoresEran días de ejercicios estratégicos, esos que se realizan cada cierto tiempo para entrenar al pueblo acerca de cómo proceder en caso de la explosión de una bomba nuclear, la invasión alienígena de Marte o del Norte, la emancipación de las hormigas, etc., etc, armamento ruso y tácticas cubanas mediante.

Presunto delito: Dos pasajeros huían a todo meter después de robar las pertenencias de algunos tripulantes del ómnibus Yutong que se volcara en un punto X de una carretera X de Sancti Spíritus. Al final (adivinen) dos oficiales de nuestra victoriosa Policía Nacional los atrapaban. Vaya, todo un episodio de Tras la huella, un CSI a lo cubano en vivo y en directo para las cámaras, micrófonos y grabadoras de los medios provinciales.

Los supuestos delincuentes eran flacos, dice el que contó la historia, con piernas ágiles para la carrera. Los policías, aunque un poco subiditos de peso, tenían cierto porte de superhéroes.

Comenzó la función: Luego del hipotético percance de la guagua, los bandidos corrían a toda velocidad con pertenencias ajenas; dos versiones espirituanas del correcaminos de Disney… Detrás, los oficiales perseguían a los cuatreros para ajusticiarlos. “Malditos bandidos, no se escaparán, la verdad siempre triunfa sobre el mal, y nosotros entrenamos mañana, tarde, noche y ʻmadrugáʼ para atrapar a esta gentuza”, debió rumiar para sus adentros el guardia para mayor credibilidad en el papel, supongo.

Ladrones con ventaja. Policías continúan la persecución. Ladrones ganan más ventaja, casi se pierden en el monte. Las libritas de más de los policías empiezan a pasar la cuenta. Cámaras, micrófonos y grabadoras captando el momento. Ladrones siguen corriendo. Policías muestran signos de sofoco. El ejercicio no está saliendo como lo previsto.

Desde el altavoz ordenan: “Compañeros malhechores: hace falta que disminuyan la velocidad para que la policía los acabe de coger”.

Bajo la pluma del Maestro

Bajo la pluma del maestroTambién él tuvo que lidiar con lectores inconformes, acontecimientos de último minuto, emergencias y tragos amargos. Quizás tuvo que enfrentar períodos de menos abundancia para sacar sus escritos de la imprenta con el mínimo decoro. A fin de cuentas su grandeza no se había escrito todavía. Era, simplemente, el hombre que desde los 15 años había sucumbido al encanto de la escritura, cuando puso en manos de doña Leonor sus primeros versos: A mi madre; el hombre que hizo de la cuartilla en su tribuna de expresión.

Mas, ni siquiera en la jornada más tempestuosa dejaron salir palabras de su pluma, y no precisamente las más apegadas a la literatura, sino las que retrataban las luces y sombras de la realidad que le tocó vivir. Era, simplemente, un periodista de aquellos años.

Lo que sí no pudo prever Martí fue que, siglos después, erigirían una especie de estandarte, de declaración de principios para quienes decidieron consagrar su existencia al oficio que cierto escritor latinoamericano calificó como el más bello del mundo.

“No es el oficio de la prensa informar ligera y frívolamente sobre los hechos que acaecen (…) Toca a la prensa encaminar, explicar, enseñar, guiar, dirigir; tócale examinar los conflictos (…) tócale proponer soluciones, madurarlas y hacerlas fáciles, someterlas a consulta y reformarlas según ella; tócale, en fin, establecer y fundamentar enseñanzas si pretende que el país le respete, y que conforme a sus servicios y merecimientos, la proteja y la honre”, escribió el 8 de julio de 1875.

Tales ideas, sin embargo, a veces parecen caer en la hojarasca de las gavetas institucionales, parecen más hechas para los libros de teoría que para el periodismo nuestro de cada día. Tales ideas encuentran, a veces, un listón muy difícil de esquivar frente a los muros desde donde se dicta silencio.

La fuente informativa que cierra la puerta, el funcionario que se escabulle delante de nuestras narices, el jefe que intenta pasar gato por liebre, el líder bendecido con la potestad de no ofrecer declaraciones… aparecen una y otra vez durante el ejercicio reporteril cotidiano, ¿acaso de por vida?

¿Dónde quedan las misiones que encomendara Martí a la prensa de explicar, fortalecer y aconsejar, de hacer estudios de las graves necesidades del país para fundar sus mejoras? ¿Dónde queda aquello de “aceptar lo que viene en forma de razonado consejo”? ¿Dónde queda aquello de que “la prensa no puede ser, en estos tiempos de creación, mero vínculo de noticias, ni mera sierva de intereses, ni mero desahogo de la exuberante y hojosa imaginación”.

Pese a asistir a las más disímiles recreaciones de la vida del más universal cubano —desde las más realistas, hasta las premiadas de alto concepto estético—, por parte de las letras, sin embargo, todavía falta largo trecho para aspirar a aquel periodismo nuevo y diferente que aspiraba el Héroe Nacional cuando comenzó a escribir en El Diablo Cojuelo.

Como expresara una colega: “Lo que no imagino es al Apóstol solicitando permiso para escribir sobre tal o más cual tema, esperando en su sillón de Nueva York por los datos que prometió enviarle cierto funcionario que, a su vez, debía consultarlo con el nivel central; no lo imagino, definitivamente, cambiando por eufemismos sus metáforas más osadas. Él —escrito así, en mayúsculas, como suele imprimirse el nombre de Dios— no lo habría permitido”.

Volver

Volver(…) Bajo el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia hoy me ven volver (…)

A poco más de un año sin pisar los adoquines, camino por la ciudad cuya fisonomía era capaz de reproducir con los ojos cerrados, al menos de los lugares donde se cuece la imagen cosmopolita que alivia la ausencia de mar que signa este paraje. Sin temor a equivocarme creo que por vez primera puedo aquilatar el significado de aquello que esbozara Carlos Gardel: “Sentir / que es un soplo la vida / que veinte años no es nada…”.

Llego con la despedida de la tarde, subo por la misma calle de siempre hasta llegar al costado del parque central. El lugar mantiene su condición de punto de encuentro para amigos y enamorados, a ratos veo a alguien con la guitarra al hombro o con pinta de viajero de la ruta 3 y creo que aún existe el riesgo que algún pájaro te “bendiga” desde las ramas con sus “esencias naturales”. Pero el trasiego es distinto: ahora es una zona wifi, casi todo el mundo está con el celular en la mano, hablando por IMO, revisando Facebook, el correo electrónico o liberando sus demonios en las redes.

También aquí ha crecido el cuentapropismo de la noche a la mañana. Existen nuevos restaurantes, temáticos incluso, punticos de alimentos ligeros, talleres para reparar celulares, tiendecitas para comprar gangarrias…

Mas, en la esquina sigue el lugar para matar el hambre si eres universitario, donde las muchachitas podían —¿pueden?— entrar en sayas cortas y blusas de tirantes, pero los hombres necesitaban —¿necesitan?— cumplir un código de etiqueta de un sitio de lujo.

Está el Coppelia, con su escasez de sabores y la cola que dobla la esquina, la señora que pide un peso para comprar cualquier cosa, el café, los artesanos, el sitio de las hamburguesa de ave-rigua, el chofer proponiendo “taxi, taxi” y, más abajo, la parada de la guagua donde hay que lanzarse para “clasificar”.

Aunque a lo lejos escucho propuestas de tarjetas Nauta para Internet, es la ciudad de los recuerdos la que se dibuja ahora, cuando la felicidad se resumía a tener la barriga llena con comida decorosa, estirar el dinero de la semana para permitirse alguna fiesta y caer de vez en cuando en la embriaguez para vociferar en plena calle que había llegado la hora de “subir las manos pa´rriba, mi gente”.

Vale la pena regresar, no por caer en la letanía de la nostalgia, sino, entre tantas otras cosas que cada quien puede esgrimir de acuerdo a su filosofía de vida, para comprobar que el banco de los secretos, la esquina de los besos a escondidas, la casa que fue aula, el teatro con el recuerdo del romance, el espacio de las tertulias y de la espera…permanecen allí.