Archivo mensual: marzo 2016

Azúcar

AzúcarA Toto, que contó esta historia antes de irse de viaje al infinito

Le costó tremendo trabajo “bajarle muela” toda la noche —seducir, cortejar, enamorar a la muchacha para quien no domine el idioma “cubano”, compañeros—.Empezó con la retahíla de significados existenciales detrás de su obra: que si dejaba mensajes ocultos con sus pinceles, que si la línea difusa evocaba la tristeza, que si la profundidad de los planos resultaba una analogía con el vacío existencial de las almas en desgracia…Ella, pasada de tragos, como él, creyó cada metáfora.

Quedaron al día siguiente para tomar un café en casa del pintor. Allí estaban: él justificando el reguero, el desastre de los rincones. “Es que tú sabes que así somos los artistas…”, explicabamientras ponía la cafetera en el fogón e invocaba el espíritu de los poetas románticos para construir un nuevo repertorio de frases. Ella esperaba en el sillón.

El café coló. Las tazas,fregadas horas antes para sacudirle el polvo de meses, no podían relucir más y la azucarera… taratatán ¡con casi nada de azúcar! Y la lata donde se guardaba el azúcar de la cuota ¡vacía! ¡Ni un granito de blanca! ¡Ni un granito de prieta! Todo un repertorio nuevo de metáforas en su mente, pero ¿azúcar? nada de nada.

“Ay, mi madre, de dónde saco azúcar a esta hora. Yo te digo a ti que le ronca los timbales. Ñoooo, qué clase embarque, asere. ¿Pedirle al vecino? ¡Na! ¡Tú estás locooooo!”.

Pero antes muerto que sencillo.

(“No te pongas nervioso, es verdad que más rápido se coge a un mentiroso que a un cojo, pero tranquilo”)

—¿Cuántas cucharaditas de azúcar te pongo, mi cielo?—

—Dos, por favor.

Y la cuchara raspó y raspó el fondo de la azucarera para completar la dosis.

— Eh, ¿y tú? — le preguntó ella.

— ¿Yo?…

(“Por tu madre piensa rápido, que vas a quedar en ridículo. Dale, pon tono de gente fina, a fin de cuentas no puede ser tan malo. Aprieta y traga. ¡Tú eres hombre, coño!”)

…Yo toda mi vida lo he tomado sin azúcar. Me gusta más.

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El hombre que regresó con las cenizas

El hombre que regresó con las cenizasApenas sin conocerse, tres médicos coincidían en un paraje inhóspito de Sudáfrica, sorteando el calor durante el día y el frío durante la noche mientras aprendían palabras básicas de un dialecto desconocido, acostumbraban el paladar a nuevos sabores y luchaban de nuevo con la nostalgia.

“De las relaciones que tengas con quienes viven contigo, la estancia en un país extraño puede ser una bendición o una verdadera tortura. Esa es tu familia cuando estás lejos”, me dijo uno de ellos cuando casi estaba curado de espanto por sobrevivir a la muerte.

“Uno nunca sabe lo que se va a encontrar. El mundo está lleno de enfermedades que uno ni se imagina. Uno nunca sabe lo que se va a encontrar”, repetía, y el llanto le entrecortaba la voz.

Andrés siempre quiso ser médico. Luchó fuerte por llevar la bata blanca en tiempos en que la medicina no estaba contaminada con el virus de la masividad y la exportación de recursos era un término exclusivo de asuntos económicos, ajeno por completo al capital humano.

Gracias a la medicina, Andrés logró levantar desde los cimientos la casa del reparto universitario que había acomodado después de estar en Venezuela y Brasil. Gracias a la medicina, Andrés ganó el respeto de sus homólogos. Gracias a la medicina, Andrés por poco se vuelve loco.

La vida nunca le será suficiente para agradecer la imprevista llegada del paciente que lo atrasó para entrar al improvisado quirófano. Aquel día iban operarían los tres médicos en “una de las cirugías más grandes que he visto en mi vida. Una mujer había llegado traumada de un accidente. Tenía heridas por todas partes, múltiples fracturas, los órganos eran un desastre, y otras cuestiones médicas que no vas a entender. ¿Tú has visto Anatomía de Grey? Algo parecido. No creas que esos casos se ven nada más en las series americanas”.

Apenas el bisturí rozó la piel, fue como si liberaran un demonio. Todos cayeron como fichas de dominó. “Nadie quedó vivo, muchacho. Aquello parecía la escena de un crimen. Todavía yo me preguntó qué tenía esa mujer”.

Horas más tarde, Andrés convivía con dos hornacinas de cenizas. “Lo único que hacía era pensar en mi hijo, en cuándo carajo yo iba a salir de allí”. Así estuvo casi dos meses. “Y calladito, bien calladito”.

Dice que solo respiró aliviado cuando bajó del avión y entregó las esencias de los otros dos médicos a los familiares.

Las puertas y ventanas de la casa de Andrés no conocieron la luz del sol por casi tres meses. En un rincón, envuelto en una colcha, Andrés se refugiaba en el silencio; un silencio que fue desapareciendo con ayuda, aunque a ratos un rescoldo amenaza con prenderse.

Hace poco las cámaras de la televisión local convertían la casa de Andrés en un set. Lo iban a entrevistar como colaborador internacionalista. Vistió bata de mangas largas —reservada para visitas de gente de nivel, o del nivel central—. Ese día también era de corbata, y de los mejores zapatos, y del mejor pantalón. Pero, sobre todo, era el día de la mejor sonrisa, de contar historias con sabor a victoria y callar otras que, aunque también reales, nunca se van a publicar.