El hombre que regresó con las cenizas

El hombre que regresó con las cenizasApenas sin conocerse, tres médicos coincidían en un paraje inhóspito de Sudáfrica, sorteando el calor durante el día y el frío durante la noche mientras aprendían palabras básicas de un dialecto desconocido, acostumbraban el paladar a nuevos sabores y luchaban de nuevo con la nostalgia.

“De las relaciones que tengas con quienes viven contigo, la estancia en un país extraño puede ser una bendición o una verdadera tortura. Esa es tu familia cuando estás lejos”, me dijo uno de ellos cuando casi estaba curado de espanto por sobrevivir a la muerte.

“Uno nunca sabe lo que se va a encontrar. El mundo está lleno de enfermedades que uno ni se imagina. Uno nunca sabe lo que se va a encontrar”, repetía, y el llanto le entrecortaba la voz.

Andrés siempre quiso ser médico. Luchó fuerte por llevar la bata blanca en tiempos en que la medicina no estaba contaminada con el virus de la masividad y la exportación de recursos era un término exclusivo de asuntos económicos, ajeno por completo al capital humano.

Gracias a la medicina, Andrés logró levantar desde los cimientos la casa del reparto universitario que había acomodado después de estar en Venezuela y Brasil. Gracias a la medicina, Andrés ganó el respeto de sus homólogos. Gracias a la medicina, Andrés por poco se vuelve loco.

La vida nunca le será suficiente para agradecer la imprevista llegada del paciente que lo atrasó para entrar al improvisado quirófano. Aquel día iban operarían los tres médicos en “una de las cirugías más grandes que he visto en mi vida. Una mujer había llegado traumada de un accidente. Tenía heridas por todas partes, múltiples fracturas, los órganos eran un desastre, y otras cuestiones médicas que no vas a entender. ¿Tú has visto Anatomía de Grey? Algo parecido. No creas que esos casos se ven nada más en las series americanas”.

Apenas el bisturí rozó la piel, fue como si liberaran un demonio. Todos cayeron como fichas de dominó. “Nadie quedó vivo, muchacho. Aquello parecía la escena de un crimen. Todavía yo me preguntó qué tenía esa mujer”.

Horas más tarde, Andrés convivía con dos hornacinas de cenizas. “Lo único que hacía era pensar en mi hijo, en cuándo carajo yo iba a salir de allí”. Así estuvo casi dos meses. “Y calladito, bien calladito”.

Dice que solo respiró aliviado cuando bajó del avión y entregó las esencias de los otros dos médicos a los familiares.

Las puertas y ventanas de la casa de Andrés no conocieron la luz del sol por casi tres meses. En un rincón, envuelto en una colcha, Andrés se refugiaba en el silencio; un silencio que fue desapareciendo con ayuda, aunque a ratos un rescoldo amenaza con prenderse.

Hace poco las cámaras de la televisión local convertían la casa de Andrés en un set. Lo iban a entrevistar como colaborador internacionalista. Vistió bata de mangas largas —reservada para visitas de gente de nivel, o del nivel central—. Ese día también era de corbata, y de los mejores zapatos, y del mejor pantalón. Pero, sobre todo, era el día de la mejor sonrisa, de contar historias con sabor a victoria y callar otras que, aunque también reales, nunca se van a publicar.

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2 Respuestas a “El hombre que regresó con las cenizas

  1. como esas anecdotas deben existir miles

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