Archivo mensual: abril 2016

Aléjate, Santo Tomás

Aléjate, Santo TomásQuisiera salir de la crisis de escepticismo que me consume en los últimos días. La fe nunca me ha faltado, aunque me tilden de loco, romántico, soñador, utópico…, pero admito que por estos días comulgo con el discípulo de Jesús: necesito ver para creer.

Leo y releo la prensa. Navego a deshoras por Internet. Busco dentro de las líneas, intento escuchar un mensaje más allá de las tribunas.

Quizás el problema soy yo. Quizás mis competencias interpretativas van en picada, pero me cuesta dilucidar más allá de la epidermis de las palabras.

Vuelven los análisis profundos y sensibles, los debates, las comisiones, el énfasis en lo que nos falta, las tareas, las misiones, la necesidad de no cometer los mismos errores. De nuevo enriquecemos documentos, hablamos de orden, exigencia, cuantificamos intervenciones…

Del otro lado de la pantalla, del papel y del dial, sin embargo, se me antoja preguntar cuándo será, cómo será… Hemos volteado el catalejo hacia nosotros muchas veces. Hemos estado frente al espejo en demasía. Después de eso, ¿qué?

No es apatía, no es desconfianza, aclaro a quienes reconstruyen discursos a conveniencia, sin autorizo previo. Como expresara una colega en una emisora local: “la gente de a pie, los obreros que dejan el sudor en sus puestos de trabajo, las personas que aportan a la sociedad en su conjunto necesitan ver reflejados los cambios del país y sus avances en la cotidianidad de sus hogares”.

Por eso vuelvo a rogar a la Divina Providencia no ser como Santo Tomás cuando precisó introducir el dedo en las heridas de su Maestro para entrar en razón, sino en permanecer en el otro bando, ese que Jesucristo definió en las Sagradas Escrituras como dichosos, porque creyeron sin haber visto.

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Pasaporte

PasaporteEn 24 horas caduca mi pasaporte. Lo tengo desde el 2010, cuando los profetas callejeros vaticinaron que subirían el precio por solicitarlo. Por aquel entonces costaba 50 CUC —nada barato, aclaro—. Hoy cuestan 100 CUC.

Por aquel entonces también hablaron de aplazar el tiempo de renovación, de flexibilizaciones para viajar, de reducción de papeleo, de que bastaba con la solvencia para costear el pasaje a cualquier lugar del mundo, excepto a cierto vecino del Norte. Entonces, no era a cualquier lugar del mundo.

Yo me veía debajo del oso y el madroño, en la puerta de Alcalá, en el templo de la Sagrada Familia, de Gaudí. España era el summum bonum de los sueños, la única posibilidad real de viajar. Viajar para conocer y volver. Viajar. Conocer. Volver.

Mientras esperaba en la oficina de Inmigración y Extranjería tracé mi itinerario de viaje, los lugares imprescindibles, la ropa, las horas de sueño y los muebles de casa que podía vender para sufragar los gastos.

De aquellos augurios, sin embargo, lo único cierto fue la subida de precios del pasaporte. El resto fueron falsos presagios. Nunca hubo flexibilidades, ni reducción de papeleo… No eran tiempos de ciudadanía española para nietos, a la cual, por cierto, tampoco pude acceder.

¡Y yo que aguanté la alergia del saco polvoriento del fotógrafo con tal de quedar bien en la foto!

Dos años después abrí el pasaporte para estamparle un sello: el de la prórroga. Si vencía tenía que pagar 100 CUC por una credencial nueva.

Esa es la única página utilizada del documento. La única tinta que tiene. El resto morirán vacías, vírgenes, inmaculadas, ni siquiera con una rúbrica de negación. Ni siquiera con un vuelo a la Isla de la Juventud.

Nunca quise atiborrarlo de visados, pero creí que a estas alturas las pirámides de Egipto, al menos, estarían en la lista de deseos cumplidos. Fantasías de adolescentes le llaman, o algo así.

“Mijo, tu pasaporte está a punto de cantar”, me dicen mis amigos en chanza. Río, pero al momento me pongo serio.

Me pongo serio porque París todavía vive en la nostalgia, porque no soy ciudadano español ni ningún funcionario de alto rango para poder viajar. Me pongo serio porque un día alguien le puso límites al cielo de Cuba.