Archivo mensual: agosto 2016

Manos para reconstruir

Manos para reconstruirDurante tres meses y 10 días que duró la reparación de mi casa las manos de nuestros amigos terminaron embarradas de pintura de aceite, cemento y arena; sueño —¿acaso delirio?— que mantuvo en vilo a Carlos Enrique y Galinka durante 22 años desde aquel noviembre de la década del 90 en que los camiones de mudanza depositaron las cajas repletas de tarecos en aquella vivienda que mi bisabuela dejó a mi padre como único legado.

Periodísticamente, quizás, una imagen de la renovación ilustraría mejor este post que no esta de mis dedos larguiruchos, pero sería más vanidad que gratitud.

Sin todas las manos que se dejaron la piel mañana, tarde, noche y madrugada (hubo días de acostarnos pasadas las 4:30 am) hoy no sería posible contemplar los techos de tejas criollas al atardecer desde la terraza, tomarse un café en el jardín, tertuliar en la recuperada saleta como fue en el principio de los tiempos o sentarnos a la mesa en la cocina que renació después de casi medio siglo de ausencia.

Nada hubiese sido posible sin las manos de quienes acuñaron la intervención, del arquitecto delante de la pantalla concibiendo el proyecto, de los gestores bancarios que aprobaron el mare magnum de papeles para otorgarnos el crédito…

Y nada hubiese sido posible sin los amigos, los de dentro y los de fuera, los que a diario escribían para dar ánimos y estar al tanto del proceso, los que se alegraron con nosotros a través de la redes, los que nos salvaron de los imprevistos y las tristezas paralelas con las que debimos lidiar, los que asumieron este sueño como propio y se pusieron en camino para localizar materiales en los más variopintos parajes de Cuba, sin tener por qué.

Cuando vi al padre Cirilo, el párroco del pueblo, bendiciendo la casa; cuando vi el chaparrón que cayó esa tarde (he ahí las manos de los amigos que ya no están, pero igual sonrieron desde otra dimensión), comprobé que todavía vale la pena soñar.

Más allá del fatuo vanaglorio que pudiera consumirme después de semejante odisea, digna —¿por qué no?— de los libros de historia (acontecimientos más insulsos se han reseñado para la posteridad), se me antoja escribir de las manos y los amigos.

A fin de cuentas, es verdad lo que un compositor cubano esbozó: “Menos mal, los amigos siempre vienen al rescate (…), los amigos traen escudos pa´salvarte y al final, se levantan como único estandarte”.

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