Archivo mensual: marzo 2017

Grafiti

Estaba en una ciudad ajena. El sol comenzaba a diluirse en el océano ante sus ojos, y que a él le servía de escenario para una sesión de fotografía.

En un momento de descanso, tuvo la idea de tomar imágenes de su sombra; recurso nada novedoso, pero al menos aliviaba el cansancio luego de horas presionando el obturador. Sigue leyendo

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A pesar de los pesares

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Te deslumbraban los medios de comunicación, era lo único que tenías claro. De ahí a estudiar Periodismo había un largo trecho. Aun así, te aventuraste a las pruebas de aptitud el 13 de marzo de 2008.

Un año más tarde, el niño mimado que eras descubrió la Universidad. La vida cambió. Tal vez quien cambió fuiste tú… Sigue leyendo

Solución

“Dibújame una vaca”, dijo sin saber las escasas virtudes que me acompañan en materia de artes plásticas.

Mis obras más decorosas (paisajes rurales, básicamente) se erigen a golpe de figuras geométricas. Semejante exceso de minimalismo da pena.

La casita trazada con un cuadrado, un triángulo a modo de techo, dos ventanas donde no cabe ni un gato recién nacido, árboles alrededor, el sol en una esquina y montañas al fondo. De vez en cuando, un manantial moribundo en la parte inferior de la hoja. De ahí no paso.

Él, en cambio, heredó el don de su padre y su madre. Con apenas 8 años juega con los colores y las formas. Recrea campos de fútbol, ciudades con rascacielos, invasiones extraterrestres; todo con la inocencia que le atañe, pero con la destreza de quien la vida premió con dotes artísticos.

“Te estoy haciendo una pintura para que lo guardes con el otro que te di”. Me enseña el jinete, el cerdito, los gallos y las palomas. “Pero me falta la vaca. No sé cómo se hace. ¿Por qué no me dibujas una vaca?”.

Intento explicarle que mi vaca puede parecer cualquier cosa menos una vaca. Para salvarme del trago amargo y ahorrarle la desilusión al niño, un amigo me aconsejó: “Si yo fuera tú, dibujo una caja y le digo que la vaca está adentro”…

La última página

la última páginaUna de las cosas que más me gusta de las libretas, las agendas, los cuadernos y todo cuanto huela a papel para dejar anotaciones es la hoja final.

En ese pedazo de papel, a veces mutilado, suelen mezclarse las catarsis cotidianas con la sensación de perder el tiempo, los datos personales con los números de teléfono, los dotes de artistas que muchos creen tener con las cuitas amorosas, la práctica de la caligrafía con chistes o chismes… hasta conformar un cuadro tan variado, tan garabateado, exponente puro del abstraccionismo.

Puede que en la portada rece: Libreta de Matemáticas, Libreta de Español, Libreta de Filosofía, Agenda de Trabajo…El contenido de la última página, sin embargo, dista mucho del nombre oficial.

Nada más socorrido que ese folio vacío para lidiar con una reunión infértil (como suelen ser todas las reuniones), una clase aburrida… y empezar a hacer trazos, escribir un chiste para el compañero de al lado, practicar la caligrafía (repetir hasta el cansancio tu firma, básicamente), jugar a los ahorcados, a los ceritos y, si estás en plena adolescencia, con las neuronas hirviendo, dibujar el corazón atravesado con una flecha y la promesa de amor eterno de Fulanita y Menganito en el centro.

Si no quedara espacio, apretamos en la esquina el número telefónico que nos acaban de dar, la dirección de correo electrónico. Incluso, hay quienes se las dan de poetas y pintores, y comienzan a componer versos o concebir obras maestras ahí.

Tiempo después, encuentras un cajón repleto de libretas, cuyos códigos solo tú conoces, con las últimas páginas saturadas de recuerdos. Le sacudes el polvo y vas directamente al final. Empiezas a viajar en el tiempo.