Grafiti

Estaba en una ciudad ajena. El sol comenzaba a diluirse en el océano ante sus ojos, y que a él le servía de escenario para una sesión de fotografía.

En un momento de descanso, tuvo la idea de tomar imágenes de su sombra; recurso nada novedoso, pero al menos aliviaba el cansancio luego de horas presionando el obturador.

“Te amo”, leyó de repente. El grafiti laceraba la fortificación militar, una de las más famosas de Latinoamérica, según le contaron. Mas, en ese instante olvidó el apego a la salvaguarda del patrimonio y a sabiendas de que se trataba de un ejercicio de irrespeto a un exponente arquitectónico, quedó ensimismado por el romanticismo del mensaje.

El mar le trajo voces del pasado que cierta vez le susurraron esas mismas palabras. Le reprochó a la vida que las letras grabadas en el suelo árido no las escribieran para él.

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