Archivo de la categoría: Para aliviar catarsis

Estoy viva

Estoy viva

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

A LTA, con la esperanza de que las palabras se transformen en el abrazo que la distancia me impide darte.

Cuando escuchas que México tembló y la ciudad se redujo a escombros se te encoge el alma, pero cuando sabes que un amigo (de esos imprescindibles) vive ahí, tu alma colapsa y tiemblas tanto como la ciudad.

Del otro lado de la pantalla de la computadora también se sufre y llora, más cuando buscas señales de vida en Messenger, en Facebook porque sabes que IMO no va funcionar, y no ves la luz verde encendida al lado de su nombre. Del otro lado de la pantalla, entonces, a uno se le va la vida. Sigue leyendo

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¿Quién me representa?

quien-me-representaLa delegada de mi circunscripción debería dimitir. Tendría menos dolores de cabeza, más tiempo para ocuparse de asuntos personales y no malgastaría tiempo en pararse frente a los vecinos con un manojo de justificaciones —no de soluciones—, recitados como si fuera una letanía (de hecho, a veces solo falta la entonación gregoriana).

Bastante tiene la pobre con enfrentarse a los molinos de viento de la cotidianidad como para erigirse en una heroína épica al estilo de Juana de Arco, quizás no por falta de vocación, sino por la soledad que asiste a quienes, como ella, llevan sobre los hombros el rosario de quejas de los electores a su cargo.

En el complejo, y a ratos disfuncional, organigrama de mando, las piezas más enclenques no son las que precisamente encumbran la pirámide. Todo el mundo conoce por dónde se rompe la soga.

Por eso nadie se alarma ante la reiteración de planteamientos. Más bien, la gente se acostumbra a la sensación de desamparo, muy parecida a la virginidad, que provocan las respuestas ambiguas y las falsas promesas, el asunto pendiente de revisión, el señalamiento “que sabemos existe y lo estudiaremos a fondo para llegar a conclusiones certeras”, acompañado del larguísimo etcétera de frases hechas, vacías.

Ante semejante estado de indefensión —vamos a ser finos para no llamarlo indolencia—, te devanas los sesos para encontrar quién te representa, cuestionas si tus derechos personales son tan grandes como el mamotreto de deberes que a diario te recuerdan debes cumplir a pie juntillas hasta entablar un monólogo digno de una tragedia shakesperiana.

Si las rectificaciones fueran directamente proporcionales a las quejas planteadas, hoy el vecino de la esquina no despertaría azorado del escándalo, ni yo fuera testigo del ejercicio arbitrario del poder que demuestra esa suerte de hijo bastardo que le ha nacido a la Oficina del Conservador en pleno centro histórico de Trinidad, bendecido desde el alto mando con la anuencia de hacer y deshacer, bajo un objeto social tan improbable como que un día los reclamos serán atendidos como Dios manda.

A estas alturas ni siquiera me enervo cuando la delegada llega con la cola entre las piernas. Ella está tan indefensa como yo, tan falta de potestad como yo, tan falta de representación como yo.

A medio camino

a-medio-caminoA N., por las confesiones

Sin previo aviso, le cortaron las alas. El portazo fue más estridente que el de Nora, la protagonista de la obra de Ibsen que tantas veces leyó en el Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas.

Desde el jueves pasado, dice, las noches son largas. Ese jueves el Noticiero Nacional de la Televisión Cubana recuperó por media hora los índices de audiencia de antaño, cuando Telesur no le arrebataba primicias por su deliberada falta de inmediatez, bromea.

Varada en una isla donde hablan un idioma que apenas domina, procura ordenar los pensamientos. Las grandes avenidas, el sueño de perseguir un sueño (su sueño), la entrada al MOMA… regresan a la tierra de las ilusiones.

Quizás, murmura, no hay otra oportunidad y debe conformarse con la ilusión. No sería ni la primera ni la última que vivirá así. “Al menos no me enteré de la noticia en medio del mar”, escribe para consolarse y consolar a los suyos, en vilo desde entonces.

Pregunta. No encuentra respuestas. Piensa más de lo que ha pensado en sus 29 años de existencia. Reacomoda las ideas, las pone de cabeza, las voltea…, pero al final sabe que no podrá mojarse los pies.

Invierno

inviernoMe acosté con esperanzas y me levanté conmocionado, al igual que medio mundo. Allá, en las mismas entrañas, ellas amanecieron de luto, al igual que medio mundo.

Aquí. Allá. No pocos tienen el credo en la boca. Y eso de “quedarse sin palabras”, por un instante, no fue metáfora. Las palabras desaparecieron. Solo silencio. Silencio que da paso a la resignación.

Ojalá tuviera yo la capacidad de una vecina cercana, cuyo universo se resume a aprovechar el alza turística de diciembre, garantizar el cupo total de las habitaciones y pagar la patente para vivir un poco mejor.

Mas, yo no dejo de pensar en el invierno a las puertas; el invierno que puede traer pesadillas si el que ha sido electo para gobernar desde la Casa Blanca no abraza la cordura.

Consciente de cuán ajeno estoy de apuntalar un discurso cinco estrellas en cuestiones políticas, me limito a rezar y esperar.

Esperar. Rezar… para que Donald Trump no nos haga volver al punto de partida, a las barricadas infértiles; para convencerme que la idea fija de que “winter in coming” es solo un espejismo, una secuela por la obsesión a Game of Thrones.