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Repentista de ciudad

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Como todo guajiro que se respete, Mateo Chaviano nació en pleno monte. En Báez, para ser exactos, un punto de la geografía de Sancti Spíritus, pero el destino lo llevó a recalar en el reparto Armando Mestre, en Trinidad, medio siglo atrás.

Con más de 70 años surcándole el rostro, Mateo debe ser el único repentista citadino de la villa, al menos de los que quedan en activo y, el más querido en los campos del Escambray. Sigue leyendo

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Algodón de azúcar

algodon-de-azucarLo admito: me babeo con el algodón de azúcar. No los grandotes, incluso coloreados, que a ratos aparecen en series o películas, sino los que venden en la Semana de la Cultura, los carnavales u otro acontecimiento similar en Cuba (a fin de cuentas solo cambia el nombre, porque el denominador común resulta la política de pan y circo).

Basta un motor viejo, un redondel metálico alrededor (donde se pegan los “hilos blancos”), una armazón para levantar del suelo la rústica maquinaria y un cable largo para enchufarlo al poste de electricidad más cercano para fabricar las nubes dulces pegadas a una varilla de río.

Cuando era niño, a veces los vendedores no tenían la varilla y te embarrabas las manos de almíbar. Niño al fin, cuando terminada de comer, iba directico a limpiarme en la ropa; proceso interrumpido por los gritos de mami con su típico: ¡Oyeeeeee, ni se te ocurra, que tú no lavas, papito! ¿Tú no querías algodón? ¡Pues coge algodón!

El algodón de azúcar también ha salvado los bolsillos cubanos. Para nada es el negocio de las grandes fortunas, pero sí una alternativa ante las urgencias cotidianas.

Bien lo sabe Migdalia, cuarentona natural de Amancio, Las Tunas, quien conoce al dedillo el cronograma  de casi todas fiestas (vamos a darle un margen de error) y/o celebraciones pueblerinas del país.

“Me alquilo con dos o tres personas que tienen el negocio de castillos inflables o algún aparato (dícese a la versión Made in Cuba de los objetos similares a los de un parque de diversiones que convierten determinada zona en un efímero sitio recreativo infantil durante el jolgorio). Allí, voy a dormir nada más. Como cualquier cosa: bocadito, pizzas. Yo vengo a trabajar”.

Migdalia vende al algodón a 3 pesos en moneda nacional. Según me explica, el precio responde al costo de la materia prima. Debe, además, asumir gastos de transporte y posterior traslado de su negocio ambulante, además del pago por el permiso de vender y el consumo de electricidad.

Con casi una década en la comercialización popular, a Migdalia no hay quien le haga un cuento de cómo lidiar con la escasez de recursos, ni con inspectores, ni con niños inconformes, ni con padres que le reclaman “échele un poquito más de algodón, mi tía, que son tres pesos”, ni con gente preguntona como yo.

Guajira, como dice ser, sin nada que ocultar, te cuenta su historia sin remilgos ni lamentaciones. “Gracias a esto, he levantado mi casa y mantengo a mis dos muchachos. A esta maquinita que tú ves aquí hay que hacerle un pedestal”.

Quiero saber de sus hijos, al cuidado de la abuela mientras dura la fiesta; quiero saber de sus sueños, de su oficio anterior a convertirse en vendedora, pero han aparecido niños que quieren comprar algodón. Migdalia tiene que trabajar.

94 años no es nada

94 años no es nadaNació entre vientos de salitre, en la lejana fecha de 1921. Ese día, el salón de la casa construida por los patriarcas familiares en el poblado pesquero de Casilda trasmutó en el salón de parto donde doña Caridad confió la vida de su segundo hijo a la comadrona de turno. Luis Modesto Germán David Fortecus, así lo nombraron, pero desde la barriga le endilgaron al pequeño el apodo de Peruchito porque el padre se llamaba Pedro.

Dicen que, cuando joven, fue tremendo jodedor, amante a los juegos de mesa y a las mujeres lindas. Dicen que era buen bailador, que imponía presencia en las noches de sociedad y que el aroma de sus perfumes y la elegancia de los trajes hacía suspirar a más de una mujer, al punto de que, tantos años después, quienes le concedieron una pieza en aquel tiempo recuerdan las fragancias.

Hace casi 26 años que lo conozco, y todavía no me termina de contar su historia. Sé de los cursos por correspondencia para graduarse como técnico de radio, de cuando ayudó a fundar la emisora CMHT en Trinidad, de cuando vistió de verde olivo e integró las filas del Directorio Revolucionario 13 de marzo y allanó el camino para la liberación de la villa donde ha transcurrido su existencia, del día en que descubrió a Onelia, el amor de su vida, con quien sostuvo un noviazgo de más de una década.

Sé de su ateísmo confeso y su comunismo enraizado, de su teoría de la evolución humana a partir de una especie de marcianos, de su pasión por los tangos de Gardel. Sé que sucumbe ante la melodía de Pedro Navaja, interpretada por el panameño Rubén Blades, de cómo se labró la inteligencia devorando libros ante los aprietos del bolsillo, de los días en que le hacía “el trencito” a su nieto para, bajo un aparente juego, desarrollar las habilidades motoras de un sietemesino majadero.

Puedo escribir de tantas, pero tantas cosas, que no me alcanzarían las hojas. Y aún no terminaría de saberlo todo. Lo sé, porque hace apenas unos días me contó de cuando casi lo reclutan para irse a la Segunda Guerra Mundial. Fue ahí cuando constaté que una vida entera no basta para descubrirle todos los secretos.

Cuando hoy cumple 94 años, la nitidez de su memoria me deja boquiabierto, y quedo absorto al escucharlo disertar de política extranjera con tal maestría que he llegado a envidiarlo.

Quizá entre tanta vida variopinta, lo que más le agradezca sea llevar por segundo nombre el suyo, y ese apodo de “Pirro” con que me bautizó al nacer en honor al rey de Epiro, Macedonia y Sicilia, y mis pelos rubios, hasta el fin de los tiempos.

Quizá entre tanta vida variopinta lo que más agradezca sea tenerlo cerca, verlo amanecer este martes, cuando ya suman 94 mayos en su calendario, y me permita regalarle una botella de vino tinto para su copita vespertina, convertirlo en un modelo nonagenario y abrazarlo pese a su poca simpatía por las muestras de afecto.

No se puede escribir con la cabeza fría de quien no guarda recelos cuando le pides hurgar en su memoria, de quien te demuestra a diario que 94 años no es nada cuando se quiere vivir, aunque la vida te dé palos algunas veces.

No me avergüenza pecar de deslumbramiento o dejarme arrastrar por las emociones mientras tecleo. Cuando se trata de mi abuelo, pierdo el control.

El sobreviviente que alivia las penas

El sobreviviente que alivia las penasNunca antes había visto la muerte tan de cerca como aquel día en que le diagnosticaron el ébola. Después de cuatro días luchando contra lo que suponía era una enfermedad pasajera, el joven Daniel Kamara, de 19 años, solo empeoraba.

Moribundo, dejó atrás aquella casa sin número —en Free Town las viviendas no se enumeran— de la calle Don King, hasta llegar al hospital Kerry Town, erigido en Sierra Leona, en busca de los médicos cubanos.

“Llegó con vómitos, cefalea, fiebre de 39, dolor muscular y ligero sangramiento por las encías —narra el enfermero trinitario Francisco Gonzalo Prada Morales (Panchi), a través del buzón electrónico—. Según lo establecido, los primeros días son determinantes para el tratamiento”.

Acostumbrados a lidiar con emergencias de todo tipo, desvistieron a Kamara de inmediato, cremaron sus ropas tal como establece el protocolo y procedieron a darle un baño. “Enseguida abrió los ojos y dijo algo en creole; no sé si ‘gracias’ o si preguntaba algo. Más tarde los exámenes confirmaron nuestras sospechas: positivo al ébola y la malaria, una muy mala combinación”.

Tal diagnóstico mantuvo en estado crítico a Kamara durante 48 horas más, hasta que comenzó a articular frases coherentes y la fiebre y el sangramiento cedieron de a poco. En tan solo 10 días al joven le volvió el alma al cuerpo, “una recuperación bastante rápida teniendo en cuenta el estado en que llegó”, continúa Panchi.

Si bien confiaba en la mejoría del paciente, el enfermero trinitario nunca imaginó que al comunicarle al joven su inmunidad al virus, el muchacho se convertiría, por voluntad propia, en una suerte de guardián de los pacientes más críticos de la sala.

Ahora, con su cuerpo mismo como escudo, sin más aditamentos que guantes y nasobuco, las jornadas de Kamara, que permanecía ingresado para evitar cualquier recaída, transcurrían acompañando, dándoles agua y pronunciando palabras de alivio en creole a quienes aun no habían vencido la enfermedad.

“Tengo 30 años de experiencia y te garantizo, mi hermano, que jamás había visto nada parecido. El día del alta lloró como un niño, compadre, y mostraba a base de señas su agradecimiento al equipo de colaboradores. Desde el visor del traje lo vi abandonar la sala, con esa satisfacción que bien conocemos los que ayudamos a salvar vidas”.

Sin embargo, Kamara no regresó a la casa en la calle Don King. A la salida del hospital, una propuesta aguardaba su decisión: continuar su desempeño con los enfermos de ébola como trabajador del centro.

No fue necesaria una respuesta: Daniel torció el rumbo, se cubrió la boca, las manos, se mezcló con el ejército de trajes blancos, llegó a los pies del más convaleciente y empezó a hablarle en creole para aliviarle la agonía.

La historia de Daniel Kamara (a la derecha) conmovió a los colaboradores cubanos.

La historia de Daniel Kamara (a la derecha) conmovió a los colaboradores cubanos.