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Origami, de nuevo

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Fotos: Carlos Luis Sotolongo Puig

De Marcel escribí una, dos, tres veces, y escribiría hasta el infinito. Es culpa de la fascinación que siento por este adolescente que ha hecho del origami su consagración personal en Trinidad.

Ya no habita únicamente el mundo del origami clásico o el modular, sino también el del kusudama y el origata. Yo, ajeno a tanta palabra extraña, contemplo su obra más reciente.

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Repentista de ciudad

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Como todo guajiro que se respete, Mateo Chaviano nació en pleno monte. En Báez, para ser exactos, un punto de la geografía de Sancti Spíritus, pero el destino lo llevó a recalar en el reparto Armando Mestre, en Trinidad, medio siglo atrás.

Con más de 70 años surcándole el rostro, Mateo debe ser el único repentista citadino de la villa, al menos de los que quedan en activo y, el más querido en los campos del Escambray. Sigue leyendo

Carta de un padre arrepentido

Carta de un padre arrepentidoIsla nuestra de cada día, hija:

Y todavía me sigues dando alegrías, aunque casi no te atienda y me excuse en el trabajo, en el tiempo, en las vueltas de la vida, en el exceso de nostalgia. Me sorprendes con nuevos amigos que deciden quedarse los martes, con letras que otros hacen viajar Internet mediante, reclamando historias.

Yo solo te pido una nueva oportunidad. Este martes, el primero del 2016, estoy en pleno corazón del macizo montañoso Guamuhaya, como ha quedado dispuesto luego de una redistribución territorial que más me huele a asuntos de latifundistas que otra cosa, y en la rama de aquel árbol al pie de la montaña un zunzún revolotea, quizás para recordarme que es martes y no puedo permitirme una semana más de ausencia.

Ahora te abro, me regalas el informe del año anterior para que retome el hábito semanal, me muestras barras estadísticas muy alentadoras, jamás en cero, pese al abandono acumulado. Recogiendo las cosa viejas, encuentro apuntes pendientes de escritura, memorias que algún día me servirán para ordenar los recuerdos. Y me demuestras que el problema no es esterilidad frente a la cuartilla en blanco.

Nuevas puertas se abren porque han leído todo cuanto he contado aquí y les gusta. Aumentan los seguidores en el buzón electrónico. Y yo no te agradezco.

Hagamos un trato: te voy a vestir con nuevas ropas digitales, también tengo letras sin estrenar. Recompensaré el tiempo porque no puedo recuperarlo, es imposible.

En el primer martes del año me bajo de la nube, para volver a andar. Prometo un 2016 como mereces.

A estas alturas solo quiero ofrecerte mis disculpas.

Atentamente,

Tu padre.

A mucha honra, mamía

IMG_1620“Caballero, ¡cómo ha cambiado esto!”, concluyen, a veces con euforia; otras, con cierta dosis de nostalgia, quienes regresan a Trinidad después de un período de ausencias. Y puede que tengan razón.

El rostro de desamparo que durante años tuvo el Centro Histórico, por suerte, habita solamente en las instantáneas sepias de los archivos o en las memorias de quienes vivieron —y sufrieron en carne propia— los años en quela Plaza Mayor y sus alrededores devenían una boca de lobo apenas despuntaba el anochecer.

Puede que ahora el añejo corazón de la villa simule, más bien, una avenida parisina —así ha declarado más de un visitante, no yo, que solo conozco la París retratada en Internet—; que cada día se inaugura un restaurante, una cafetería, un hostal y que ahora se añore el silencio como nunca antes. Mas, allá donde se cuece el orgullo, al menos todavía, no ha llegado el contagio.

Aun cuando el tiempo pase, se sigue diciendo “mamía” —apócope de alma mía— y “hey, sí” en medio de una conversación informal. Si tocan a la puerta respondemos con un “Vaaaaa”, el punto de randa La trinitaria continúa naciendo de la urdimbre, nos resistimos a decir que somos espirituanos si nos preguntan la procedencia y no existe nada mejor que una jaba de guano para ir a buscar los mandados. Y se sigue cantando el Miserere en latín cada Semana Santa, y la Plegaria de los Siete Dolores de la Virgen, y a cada rato se recuerdan a los locos del pueblo con sus dichos y costumbres inmortales, y las leyendas que aprendimos de la abuela o los libros de los cronistas.

Puede que ahora el añejo corazón de la villa simule más bien una avenida parisina, es cierto; piel adentro, sin embargo,seguimos suscribiendo con puntos y comas aquel nombramiento no oficial de República Federativa Independiente. ¡Y a mucha honra, mamía!