Archivo de la etiqueta: abuela

Máscaras

MáscarasOdio las máscaras, incluso las de porcelana china con exquisita factura. Las máscaras me decepcionan.

Siempre me han parecido una suerte de muro, de fachada, de telón para ocultar o disimular las verdaderas esencias de cada quien. Si hay una máscara no puedo mirar a los ojos, y mi padre siempre me ha dicho que hay que mirar a los ojos cuando se habla frente a frente, como le enseñó su abuela cuando era niño.

“No vengas con máscaras”, he advertido más de una vez. Aun así, se han arriesgado. Pero llega el momento en que el antifaz se resquebraja, el tiempo para fingir se agota. A veces lo descubro a tiempo. A veces me sorprende de golpe y porrazo.

Cuando creo estar curado de espanto, otra máscara aparece.

Entonces me sobrecojo, me quedo quieto, a la espera de hacer realidad lo que mi abuelo, con la sapiencia de 95 años, me repite a diario: “Todo pasa, hasta la ciruela pasa…”.

Las máscaras me decepcionan. Odio las máscaras.

Anuncios

Los mil y un nombres de mi madre

Los mil y un nombre de mi madre islanuestradecadadiaA Galinka, una trinitaria con nombre ruso.

Como Clara, en La casa de los espíritus, mi abuela tuvo una revelación cuando escogió el nombre para mi madre. El personaje bendecido con la clarividencia en la novela de Isabel Allende, lo supo la noche en que hizo el amor con Esteban Trueba, su esposo, y en el último gemido vaticinó que llevaría en su vientre a una niña, a quien bautizaría como Blanca. Muchos años después, en la vida real, mientras hojeaba una revista rusa, mi abuela leyó que una de las hijas de Yuri Gagarin se llamaba Galinka y resolvió que ese sería el nombre de su hija; un momento de alucinación, sin dudas, según recoge el imaginario familiar, porque después se supo que la hija del cosmonauta soviético se llamaba Galia.

Pero en aquel instante místico mi abuela no reparó en el error y anotó en su libreta de nombres el que habría de ponerle a su descendiente. Así fue, Onelia Formoso, a quien la vida me robó antes de yo nacer, tenía un cuaderno decorado con estrellas hechas con sus manos; una suerte de grimorio personal que el tiempo y las urgencias de la vida hicieron desaparecer, donde apuntaba los nombres que más tarde pondría a primos, hermanos y sobrinos si se le pedía consulta como hermana mayor y segunda matriarca familiar. Hasta algunos vecinos fueron inscritos con varias de sus creaciones. “Eran listas y listas de nombres simples y compuestos, extraídos de boletines, suplementos, periódicos o frutos de su imaginación”, dicen.

Sin embargo, pese a su capacidad premonitoria, mi abuela no fue capaz de avizorar las consecuencias que traería ese nombre para mi madre. De modo que desde aquel 22 de noviembre de 1962 -no saquen la cuenta de la edad, ¡jum!-, cuando asomó al mundo, comenzó el bregar de la pequeña al decir cómo se llamaba. Según hemos averiguado -corríjanme si alguien sabe ruso, por favor- Galinka, en tanto nombre propio, no existe; es el diminutivo de Galia. Entonces, en realidad, el nombre propio de mi mamá es algo así como “Juanita, Anita, Rosita…”.

Demás está decirles todo cuanto ha pasado la pobre desde que iba a la escuela y tomaban la asistencia, luego para hacer algún trámite. Por eso desde su juventud Galinka, acostumbrada ya a escuchar frases así después de presentarse: “¿Eh?, ¿Cómo?, Repita, por favor; ¿Y cómo se escribe eso?…”, conoce de sobra la expresión de desconcierto en las caras de quienes le preguntan el nombre. Para ahorrar la repetición, lo divide en sílabas: “Anota -dice-, es Ga-lin-ka”. Después los anotadores, eminencias todos, descubren el agua tibia: “Eso es ruso, ¿no?”. Una vez en una cuenta telefónica, cuando no existía la digitalización, llegó el papelito del Centro Telefónico y la operadora inscribió la llamada a nombre de Galin Kapuig (Puig es su primer apellido). Por suerte el título universitario vino sin errores.

Todavía hoy, después de 28 años de casada con mi padre, mis tías abuelas continúan pronunciándolo mal. Al menos puede presumir de un nombre único que, tanto ella o yo, no hemos vuelto a escuchar. Ni el Microsoft Word lo reconoce y lo subraya como si fuera un desliz ortográfico. Ahora mismo acabo de dar clic en la opción “Agregar al diccionario” en la PC.

A tal punto llega la imaginación de la gente a la hora de llamar a mi mamá que yo, tan buen hijo, me dediqué en los últimos meses a construir una lista titulada Los mil y un nombres de mi madre. Aquí figuran los más repetidos: Galinga, Kalinga, Yalinka, Kalinka, Lalinka, Dalinka, Dalita. Otras personas, más “cariñosas”, apuestan por abreviaturas como Lali, Dali o Yali.

Mi madre, resignada a su suerte, responde a cada uno y ya no pierde el tiempo en aclarar su verdadero nombre. Al final, en cuanto la gente voltee, lo olvida, y cuando regresan a verla, cometen otra vez el error.

Arbolito, arbolito

ArbolitoSi no fuera por esta imagen en blanco y negro, mi memoria no tuviera recuerdo alguno de mi primer arbolito de navidad. Un amigo de mi padre captó aquel instante; gracias a él y su instantánea es que puedo contar esta historia.

El día exacto en que fue tomada es imposible de determinarlo porque las fechas se confunden en las remembranzas de mis padres. Lo único cierto es que tuve mi primer árbol de navidad a los dos años, después de bautizarme porque en aquellos tiempos mi abuelo materno, marxista por convicción y comunista a toda costa, no admitía colocar una planta vestida con algodón para simular la nieve y ataviada de andariveles de colores en un rincón de casa.

Siempre me han dicho que vine a este mundo, entre otros asuntos, a cambiarle el corazón a mi abuelo porque él me ha consentido lo que nunca le permitió a mi madre. Ya lo dijo en más de una ocasión el periodista cubano Luis Sexto: “Los abuelos generan el único cariño gratuito de la vida (…) Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la bodega, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda”.

Así pues, aquel día mi abuelo no chistó cuando su yerno “sembró” en el jarrón de mi difunta abuela las desvencijadas ramas del arbolito de su niñez, las cubrió de algodón, bolas pintadas con esmalte de uñas, un rostro de Papá Noel de cartón y colocó encima del televisor ruso, marca Orizon, mi primer árbol de navidad.

Dicen que reí mucho, tal vez por el colorido, por el impacto de la cara de aquel hombre gordo con barba blanca y sonrisa exagerada, acaso porque mis padres me contagiaron su alegría o quizá porque desde entonces mi fe empezaba a crecer. No sé.

Mi primer arbolito no tuvo guirnaldas, en aquellos tiempos de austeridad no se conocía de los adelantos de las industrias capitalistas en cuestiones navideñas. Mi Belén, pesebre o nacimiento, como le decimos en Cuba, fue muy pequeño o al menos así me dijeron porque tampoco conservo memorias al respecto. Muchos años después fue que supe de lucecitas para los arbolitos, de María, José y el niño Jesús, y aprendí a disfrutar la Navidad.

Desde entonces han transcurrido más de dos décadas. Ahora no queda espacio en mi palacete decimonónico donde no cuelgue un ornamento de navidad; escuchamos villancicos y recordamos a los que no están con nosotros en estas fechas por distintos motivos.

Pero siempre recordaré con especial cariño mi primer arbolito de navidad, del cual todavía perduran adornos, a pesar del tiempo. Creo que aún sobreviven algunas motas del primer algodón, no exagero.

Con ese pinito verde comenzó la alegría de mis diciembres y el corazón de mi abuelo se llenó de luces navideñas, esas que justo hoy contemplaré con mi familia y en especial con él cuando me tome una foto a su lado con el pesebre y el arbolito de casa al fondo, una tradición iniciada por mí hace algunos años. Mi abuelo, sonriente, posa conmigo cada 24 de diciembre, a solo horas para recordar el nacimiento del Emmanuel.